Santo en Cristo
El llamado de Dios a la santidad

Capítulo 2 · 11 min de lectura

El llamado de Dios a la santidad

«Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Seréis santos, porque yo soy santo.»—1 Pedro 1:15, 16.

El llamamiento de Dios es la manifestación en el tiempo del propósito de la eternidad: «a los que predestinó, a estos también llamó». Los creyentes son «los llamados conforme a su propósito». En su llamamiento nos revela cuáles son sus pensamientos y su voluntad acerca de nosotros, y cuál es la vida a la que nos invita. En su llamamiento nos deja en claro cuál es la esperanza de nuestro llamamiento; a medida que espiritualmente lo comprendemos y entramos en él, nuestra vida en la tierra será el reflejo de su propósito en la eternidad.

La Sagrada Escritura emplea más de una palabra para señalar el objeto o la meta de nuestro llamamiento, pero ninguna con más frecuencia que la que Pedro menciona aquí: Dios nos ha llamado a ser santos como él es santo. Pablo se dirige dos veces a los creyentes como «llamados a ser santos» (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2). «Dios nos llamó», dice, «no a inmundicia, sino a santificación» (1 Tesalonicenses 4:7). Cuando escribe: «El Dios de paz os santifique por completo», añade: «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:24). Del llamamiento mismo se habla como de «un santo llamamiento». El propósito eterno del cual el llamamiento es el fruto, se relaciona también continuamente con la santidad como su meta. «Nos escogió en él, para que fuésemos santos y sin mancha» (Efesios 1:4). «A quienes Dios escogió desde el principio para salvación en santificación» (2 Tesalonicenses 2:13). «Elegidos según el conocimiento anticipado del Padre, mediante la santificación del Espíritu» (1 Pedro 1:2). El llamamiento es el descubrimiento del propósito que el Padre desde la eternidad había puesto en su corazón: que fuésemos santos.

No necesita demostración el hecho de que es de infinita importancia saber correctamente para qué nos ha llamado Dios. Un malentendido en este punto puede tener consecuencias fatales. Puede que usted haya oído que Dios lo llama a la salvación o a la felicidad, a recibir el perdón o a alcanzar el cielo, sin haber advertido nunca que todo esto era subordinado. Era a «salvación en santificación», era a la santidad en primer lugar, como el elemento en el cual han de hallarse la salvación y el cielo. Las quejas de muchos cristianos por su falta de gozo y de fuerza, por su fracaso y su falta de crecimiento, se deben sencillamente a esto: el lugar que Dios dio a la santidad en su llamamiento, ellos no se lo han dado en su respuesta. Dios y ellos aún no han llegado a un acuerdo en esto.

No es de extrañar que Pablo, en el capítulo en que había hablado a los efesios de haber sido «escogidos para ser santos», ore para que a los creyentes les sea dado el espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Dios, para que puedan conocer «la esperanza de su llamamiento» (1:17, 18). Todos nosotros, que sentimos que muy poco hemos comprendido que somos llamados a la santidad, hagamos esta oración. Es justamente lo que necesitamos. Pidamos a Dios que nos muestre cómo, así como aquel que nos ha llamado es él mismo santo, así también nosotros hemos de ser santos; nuestro llamamiento es un llamamiento santo, un llamamiento ante todo y por encima de todo, a la santidad. Pidámosle que nos muestre qué es la santidad, su santidad primero, y luego la nuestra; que nos muestre cómo ha puesto en ello su corazón como la única cosa que quiere ver en nosotros, por ser su propia imagen y semejanza; que nos muestre también la inefable bienaventuranza y gloria de compartir con Cristo su santidad. ¡Oh, que Dios por su Espíritu nos enseñara qué significa que somos llamados a ser santos como él es santo! Fácilmente podemos concebir cuán poderosa influencia ejercería.

«Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos». ¡Cómo nos muestra este llamamiento de Dios el verdadero motivo de la santidad! «Sed santos, porque yo soy santo». Es como si Dios dijera: La santidad es mi bienaventuranza y mi gloria; sin ella no podéis, por la naturaleza misma de las cosas, verme ni gozaros de mí. La santidad es mi bienaventuranza y mi gloria; no hay nada más alto que se pueda concebir; os invito a compartirla conmigo, os invito a la semejanza conmigo: «Sed santos, porque yo soy santo». ¿No basta acaso, no tiene ningún atractivo, no os mueve ni os atrae poderosamente la esperanza de estar conmigo, participantes de mi santidad? No tengo nada mejor que ofrecer; me ofrezco a mí mismo: «Sed santos, porque yo soy santo». ¿No clamaremos fervientemente a Dios para que nos muestre la gloria de su santidad, a fin de que nuestras almas se hagan dispuestas a darlo todo en respuesta a este maravilloso llamamiento?

A medida que escuchamos el llamamiento, este nos muestra también la naturaleza de la verdadera santidad. «Así como él es santo, sed también vosotros santos». Ser santo es ser semejante a Dios, tener una disposición, una voluntad, un carácter como el de Dios. El pensamiento casi parece una blasfemia, hasta que escuchamos de nuevo: «Nos escogió en Cristo para ser santos». En Cristo la santidad de Dios apareció en una vida humana: en el ejemplo de Cristo, en su mente y en su Espíritu, tenemos la santidad del Invisible traducida a las formas de la vida y la conducta humanas. Ser semejante a Cristo es ser semejante a Dios; ser semejante a Cristo es ser santo como Dios es santo.

El llamamiento revela igualmente el poder de la santidad. «No hay santo sino el Señor»; no hay santidad sino la que él tiene, o más bien la que él es, y da. La santidad no es algo que hacemos o alcanzamos: es la comunicación de la vida divina, la inspiración de la naturaleza divina, el poder de la Presencia divina que reposa sobre nosotros. Y nuestro poder para llegar a ser santos ha de hallarse en el llamamiento de Dios: el Santo nos llama a sí mismo, para hacernos santos al poseerle a él mismo. No solo dice: «Yo soy santo», sino: «Yo soy el Señor, que santifico». Es porque el llamamiento a la santidad viene del Dios de infinito poder y amor por lo que podemos tener la confianza: podemos ser santos.

El llamamiento no menos revela la norma de la santidad. «Así como él es santo, así también vosotros», o (como dice el margen, R.V.): «Como el Santo que os llama, sed también vosotros santos». No hay una norma de santidad para Dios y otra para el hombre. La naturaleza de la luz es la misma, ya la veamos en el sol o en una vela; la naturaleza de la santidad permanece inmutable, ya sea Dios o el hombre en quien habita. El Señor Jesús no pudo decir menos que: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». Cuando Dios nos llama a la santidad, nos llama a sí mismo y a su propia vida: cuanto más atentamente escuchamos la voz, y la dejamos penetrar en nuestros corazones, más caerán todas las normas humanas, y solo se oirán las palabras: Santos, porque yo soy santo.

Y el llamamiento nos muestra el camino a la santidad. El llamamiento de Dios es de poderosa eficacia, un llamamiento eficaz. ¡Oh, escuchémoslo tan solo, escuchémoslo a él, y el llamamiento obrará con poder divino lo que ofrece! Él llama a las cosas que no son como si fuesen; su llamado da vida a los muertos, y santidad a aquellos a quienes ha dado vida. Nos llama a escuchar mientras habla de su santidad, y de nuestra santidad semejante a la suya. Nos llama a sí mismo, a estudiar, a temer, a amar, a reclamar su santidad. Nos llama a Cristo, en quien la santidad divina se hizo santidad humana, para ver y admirar, para desear y aceptar lo que es todo para nosotros. Nos llama a la morada y a la enseñanza del Espíritu de santidad, a entregarnos para que él haga llegar a nosotros e infunda en nosotros lo que es nuestro en Cristo. ¡Cristiano, escuche a Dios que lo llama a la santidad! Venga y aprenda qué es la santidad de él, y qué es la de usted y qué ha de ser.

Sí, guarde profundo silencio y escuche. Cuando Dios llamó a Abraham, este respondió: Heme aquí. Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza, este respondió: Heme aquí, y escondió su rostro, porque tenía miedo de mirar a Dios. Dios lo llama a usted a la santidad, a sí mismo el Santo, para hacerlo santo. Que toda su alma responda: ¡Heme aquí, Señor! ¡Habla, Señor! ¡Muéstrate, Señor! Heme aquí. A medida que usted escucha, la voz sonará cada vez más honda y cada vez más quieta: Sé santo, como yo soy santo. Sé santo, porque yo soy santo. Usted oirá una voz que sale de la gran eternidad, desde la cámara del consejo de la redención, y al captar su susurro lejano, será: Sé santo, yo soy santo. Usted oirá una voz desde el Paraíso, el Creador santificando el séptimo día para el hombre que había creado, y diciendo: Sé santo. Usted oirá la voz desde el Sinaí, entre truenos y relámpagos, y todavía es: Sé santo, porque yo soy santo. Usted oirá una voz desde el Calvario, y allí sobre todo es: Sé santo, porque yo soy santo.

Hijo de Dios, ¿ha comprendido usted alguna vez que nuestro Padre nos llama a sí mismo, a ser santos como él es santo? ¿No hemos de confesar que la felicidad ha sido para nosotros más que la santidad, la salvación más que la santificación? ¡Oh, no es demasiado tarde para reparar el error! Unámonos ahora para escuchar la voz que llama, para acercarnos, y descubrir y conocer qué es la santidad, o más bien, descubrir y conocer al Santo mismo. Y si el primer acercamiento a él nos llena de vergüenza y confusión, nos hace temer y retroceder, escuchemos aún la Voz y el Llamado: «Sé santo, porque yo soy santo». «Fiel es el que llama, el cual también lo hará». Todos nuestros temores y preguntas hallarán respuesta en el Santo que ha revelado su santidad con este único propósito: que la compartiésemos con él. A medida que nos entreguemos en profunda quietud del alma para escuchar la santa Voz que nos llama, esta despertará en nosotros un nuevo deseo y una fe firme, y la más preciosa de todas las promesas será para nosotros esta palabra de mandato divino:

Sé santo, porque yo soy santo.

¡Oh Señor, el único Santo! Tú nos has llamado a ser santos, así como tú eres santo. ¡Señor! ¿cómo podremos, a menos que tú nos reveles tu santidad? Muéstranos, te rogamos, cómo eres santo, cuán santo eres, qué es tu santidad, para que sepamos cómo hemos de ser santos, cuán santos hemos de ser. Y cuando la vista de tu santidad solo nos muestre más cuán poco santos somos, enséñanos que tú haces participantes de tu propia santidad a los que vienen a ti por ella.

¡Oh Dios, venimos a ti, el Santo! Es al conocerte, hallarte y poseerte a ti mismo como el alma encuentra la santidad. Te suplicamos que, al venir ahora a ti, establezcas en los pensamientos de nuestro corazón que el único objeto de tu llamamiento, y de nuestro venir a ti, es la santidad. Tú quieres que seamos semejantes a ti, participantes de tu santidad. Si alguna vez nuestro corazón llega a temer, como si fuera demasiado alto, o se contenta con una salvación menor que la santidad, ¡bendito Dios, haznos oír tu voz que llama de nuevo: Sé santo, yo soy santo! Que ese llamado sea nuestro motivo y nuestra fuerza, porque fiel es el que llama, el cual también lo hará. Que ese llamado marque nuestra norma y nuestro camino; ¡oh, que nuestra vida sea tal como tú eres capaz de hacerla!

¡Padre Santo! Me inclino en humilde adoración y silencio ante ti. Que ahora tu propia voz resuene en lo profundo de mi corazón, llamándome: Sé santo, porque yo soy santo. Amén.

1. Permítame insistir ante cada lector de este pequeño libro en que, si ha de ayudarle en la búsqueda de la santidad, debe comenzar con Dios mismo. Usted debe ir a Aquel que lo llama. Solo en la revelación personal de Dios a usted, cuando él dice: Yo soy santo, puede el mandato: Sed santos, tener vida o poder.

2. Recuerde que, como creyente, usted ya ha aceptado el llamamiento de Dios, aunque no lo comprendiera plenamente. Quede como cosa resuelta que, cualquiera que sea el sentido que usted vea en el llamamiento, lo aceptará y lo cumplirá de inmediato. Si Dios me llama a ser santo, santo seré.

3. Aférrese firmemente a la palabra: «El Dios de paz os santifique por completo; fiel es el que os llama, el cual también lo hará». Con esa fe, escuche a Dios que lo llama.

4. Quédese ahora quieto, y escuche a su Padre que lo llama. Pida y cuente con el Espíritu Santo, el Espíritu de santidad, para que abra su corazón a fin de comprender este santo llamamiento. Y luego exprese la respuesta que usted ha de dar a este llamado.


Segundo día.


Capítulo 2 completado

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