Capítulo 28 · 12 min de lectura
La santidad y el servicio
«Si alguno, pues, se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil para el uso del Maestro, dispuesto para toda buena obra.»—2 Timoteo 2:21.
«Un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales. Una nación santa, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.»—1 Pedro 2:5, 9.
A través de toda la Escritura hemos visto que todo lo que Dios santifica ha de ser usado en el servicio de su Santidad. Su Santidad es una energía infinita que solo halla su reposo en santificar: a la revelación de lo que Él es en sí mismo, «Yo, el Señor, soy santo», Dios añade continuamente la declaración de lo que hace, «Yo soy el Señor que santifico». La santidad es un fuego ardiente que se extiende, que busca consumir lo que es impuro y comunicar su propia bienaventuranza a todos los que quieran recibirla. La santidad y el egoísmo, la santidad y la inactividad, la santidad y la pereza, la santidad y la impotencia, son del todo irreconciliables. Todo lo que leemos como santo fue tomado al servicio de la Santidad de Dios.
Miremos de nuevo la revelación de lo que es santo en la Escritura. El séptimo día fue hecho santo, para que en él Dios santificara a su pueblo. El tabernáculo era santo, para servir de morada al Santo, como el centro desde el cual su Santidad pudiera manifestarse al pueblo. El altar era santísimo, para que santificara las ofrendas puestas sobre él. Los sacerdotes con sus vestiduras, la casa con su mobiliario y sus utensilios, los sacrificios y la sangre; todo lo que llevaba el nombre de santo tenía un uso y un propósito. De Israel, a quien Dios redimió de Egipto para que fuera una nación santa, Dios dijo: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Los santos ángeles, los santos profetas y apóstoles, las santas Escrituras; todos llevaban el título por haber sido santificados para el servicio de Dios. Nuestro Señor habla de sí mismo «como el Hijo, a quien el Padre santificó y envió al mundo». Y cuando dice: «Yo me santifico a mí mismo», añade de inmediato el propósito: es en el servicio del Padre y de sus redimidos, «para que también ellos sean santificados en la verdad». Y ¿podría pensarse posible, ahora que Dios, en Cristo el Santo, y en el Espíritu Santo, está cumpliendo su propósito y reuniendo un pueblo de santos, «los santos», «hechos santos en Cristo», que ahora la santidad y el servicio fueran separados? ¡Imposible! Aquí comprenderemos por primera vez plenamente cuán esenciales son el uno para el otro. Tratemos de captar su relación mutua. Solo somos hechos santos para que sirvamos. Solo podemos servir en la medida en que somos santos.
La santidad es esencial para el servicio eficaz. En el Antiguo Testamento vemos grados de santidad, no solo en los lugares santos, sino igualmente en las personas santas. En la nación, los levitas, los sacerdotes, y luego el Sumo Sacerdote, hay un avance de grado en grado: así como en cada etapa sucesiva el círculo se estrecha, y el servicio es más directo y entero, así la santidad requerida es más alta y más definida. Así es también en esta dispensación más espiritual: cuanto más de santidad, mayor la aptitud para el servicio; cuanto más hay de verdadera santidad, más hay de Dios, y más verdadera y honda es la entrada que Él ha tenido en el alma. Más completo es el dominio que tiene sobre el alma para usarla en su servicio.
En la Iglesia de Cristo se hace una gran cantidad de trabajo que rinde muy poco fruto. Muchos se lanzan a la obra en quienes hay muy poca verdadera santidad, poco del Espíritu Santo. A menudo trabajan con la mayor diligencia, y, en cuanto a la influencia humana, con el mayor éxito. Y, sin embargo, los verdaderos resultados espirituales en la edificación de un templo santo en el Señor son muy pocos. El Señor no puede obrar en ellos, porque no tiene el dominio de su vida interior. Su morada personal y su comunión, el reposo de su Santa Presencia, su Santidad reinando y gobernando en el corazón y la vida; a todo esto son relativamente extraños. Con razón se ha dicho que el trabajo es la cura de la pobreza y la enfermedad espirituales; para algunos creyentes que habían estado buscando la santidad aparte del servicio, el llamado a trabajar ha sido una bendición inefable. Pero para muchos solo ha sido un velo adicional para cubrir la terrible falta de santidad del corazón y de comunión del corazón con el Dios vivo. Se han lanzado a la obra con más fervor que nunca, y sin embargo no tienen en su corazón el testimonio reposante y refrescante de que su obra es aceptable y aceptada.
¡Hermano mío! escuche el mensaje. «Si alguno se limpia, será instrumento para honra, santificado, útil para el uso del Maestro, dispuesto para toda buena obra». No podría exponerse la ley del servicio con mayor claridad o hermosura. Un instrumento para honra, uno a quien el Rey se deleitará en honrar, debe ser un instrumento limpiado de toda contaminación de carne y espíritu. Solo entonces puede ser un instrumento santificado, poseído y habitado por el Espíritu Santo de Dios. Así llega a ser útil para el uso del Maestro. Él puede usarlo, y obrar en él, y manejarlo. Y así, limpios y santos, y entregados en las manos del Maestro, quedamos divinamente preparados para toda buena obra. La santidad es esencial para el servicio. Si el servicio ha de ser aceptable a Dios, y eficaz para su obra en las almas, y ha de ser un gozo y una fuerza para nosotros mismos, debemos ser santos. La voluntad de Dios debe primero vivir en nosotros, si ha de ser hecha por nosotros.
¡Cuántos obreros fieles hay, lamentando la falta de poder; anhelándolo y orando por él, y sin embargo sin obtenerlo! Han gastado su fuerza más en el atrio exterior del trabajo y del servicio que en la vida interior de la comunión y de la fe. Verdaderamente nunca han entendido que solo cuando el Maestro toma posesión de ellos, cuando el Espíritu Santo los tiene a su disposición, puede Él usarlos, pueden ellos tener verdadero poder. A menudo anhelan y claman por lo que llaman un bautismo de poder. Olvidan que el camino para tener el poder de Dios en nosotros es que nosotros mismos estemos en su poder. Póngase usted en el poder de Dios; deje que su santa voluntad viva en usted; viva en ella y en obediencia a ella, como quien no tiene poder para disponer de sí mismo; deje que el Espíritu Santo more dentro, como en su Templo Santo, revelando al Santo en el trono, gobernándolo todo; Él sin falta lo usará a usted como instrumento para honra, santificado y útil para el uso del Maestro. La santidad es esencial para el servicio eficaz.
Y el servicio no es menos esencial para la verdadera santidad. Lo hemos repetido tantas veces: la santidad es una energía, una intensa energía de deseo y de sacrificio propio, para hacer a otros partícipes de su propia pureza y perfección. Cristo se sacrificó a sí mismo; ¿en qué consistió aquel sacrificio, y cuál fue su fin? Se santificó a sí mismo para que también nosotros fuéramos santificados. Una santidad que es egoísta es un engaño. La verdadera santidad, la santidad de Dios en nosotros, se manifiesta en amor, en buscar y amar a los impuros, para que también ellos lleguen a ser santos. El amor que se sacrifica a sí mismo es de la esencia misma de la santidad. El Santo de Israel es su Redentor. El Santo de Dios es el Salvador que muere. El Espíritu Santo de Dios santifica. No hay santidad en Dios sino la que está muy activamente ocupada en amar y salvar y bendecir. Así debe ser también en nosotros. Que todo pensamiento de santidad, todo acto de fe o de oración, todo esfuerzo en pos de ella, sea animado por el deseo y la entrega a la Santidad de Dios para su uso en el logro de su objeto. Que toda su vida sea una entregada distinta y definidamente a Dios para su uso y servicio. Sus circunstancias pueden parecer desfavorables. Dios puede parecer mantener la puerta cerrada contra su trabajo por Él en la forma que usted quisiera; su sentido de ineptitud puede ser doloroso. Con todo, quede como asunto establecido entre Dios y el alma, que su anhelo de santidad es para que sea usted más apto para que Él lo use, y que lo que Él le ha dado de su Santidad en Cristo y en el Espíritu está todo a su disposición, esperando ser usado. Esté listo para que Él lo use; viva, en una vida diaria de servicio humilde, abnegado y amoroso hacia los demás, la gracia que ha recibido. Hallará usted que en la unión e intercambio de la adoración y el trabajo, la Santidad de Dios reposará sobre usted.
«El Padre santificó al Hijo, y lo envió al mundo». El mundo es el lugar para el santificado, para ser su luz, su sal, su vida. Somos «santificados en Cristo Jesús», y también enviados al mundo. ¡Oh, no temamos aceptar nuestra posición, nuestra doble posición: en el mundo, y en Cristo! En el mundo, con su pecado y su dolor, con sus miles de necesidades tocándonos en cada punto, y sus millones de almas todas esperándonos. Y en Cristo también. Por amor de aquel mundo hemos sido «santificados en Cristo», somos «santos en Cristo», tenemos «el espíritu de santificación» morando en nosotros. Como una sal santa en un mundo pecador, entreguémonos a nuestro santo llamamiento. Acerquémonos más y más a Dios que nos ha llamado. Arraiguémonos más y más hondo en Cristo nuestra santificación, en quien somos de Dios. Entremos más firme y más plenamente en esa fe en Aquel en quien estamos, por la cual toda nuestra vida quedará cubierta y recogida en la suya. Supliquemos al Padre que nos enseñe que su Espíritu Santo mora en nosotros a cada momento, haciendo, si vivimos por fe, de Cristo con su Santidad, nuestro hogar, nuestra morada, nuestra defensa segura y nuestra provisión infinita. Como Aquel que nos ha llamado es santo, seamos santos en su propio Hijo, por su propio Espíritu, y el fuego de su Santo Amor obrará por medio de nosotros su obra de juzgar y condenar, de salvar y santificar. A un alma santificada Dios la usará para salvar.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Bendito Maestro! Te doy gracias por recordarme de nuevo el propósito de tu Amor Redentor. Te diste a ti mismo para limpiar para ti un pueblo propio, celoso de buenas obras. Quisiste hacer de cada uno de nosotros un instrumento para honra, limpiado y santificado, útil para tu uso, y preparado para toda buena obra.
¡Bendito Señor! escribe hondo en mi corazón las lecciones de tu palabra. Enséñanos, a mí y a todo tu pueblo, que si hemos de trabajar para ti, si hemos de tenerte obrando en nosotros y usándonos, debemos ser muy santos, santos como Dios es santo. Y que si hemos de ser santos, debemos estar sirviéndote. Es tu propio Espíritu, por el cual nos santificas para usarnos, y santificas al usarnos. Ser enteramente poseídos de ti es el camino a la santidad y al servicio, a ambos.
¡Santísimo Salvador! estamos en ti como nuestra santificación: en ti queremos permanecer. En el reposo de una fe que confía en ti para todo, en el poder de una entrega que no tendría más voluntad que la tuya, en un amor que se perdería a sí mismo para ser enteramente tuyo, Bendito Jesús, permanecemos en ti. En ti somos santos: en ti llevaremos mucho fruto.
¡Oh, dígnate perfeccionar tu propia obra en nosotros! Amén.
1. Es difícil aclarar con palabras cómo el crecimiento en santidad simplemente se revelará como una creciente sencillez y olvido de sí, acompañado de la reposada y más bendita certeza de que Dios nos posee por completo y nos usará. Pasamos de la etapa en que el trabajo pesa como una obligación; llega a ser el gozo de llevar fruto; la certeza de la fe de que Él está cumpliendo su voluntad por medio de nosotros.
2. A veces se ha dicho que las personas podrían emplearse mejor trabajando para Dios que asistiendo a Congresos de Santidad. Esto es, sin duda, un malentendido. Fue ante el trono del Tres Veces Santo, y al oír a los serafines cantar de la Santidad de Dios, que el profeta dijo: «Heme aquí, envíame a mí». Así como la misión de Moisés, y de Isaías, y del Hijo, a quien el Padre santificó y envió, cada una tuvo su origen en la revelación de la Santidad de Dios, nuestras misiones recibirán nuevo poder a medida que nazcan más directamente de la adoración de Dios como el Santo, y sean bautizadas en el Espíritu de Santidad.
3. Que todo obrero se tome tiempo para oír el doble llamado de Dios. Si usted quiere trabajar, sea muy santo. Si usted quiere ser santo, entréguese a Dios para que lo use en su obra.
4. Note la conexión entre «santificado» y «útil para el uso del Maestro». La verdadera santidad es ser poseído de Dios; el verdadero servicio es ser usado por Dios. ¡Cuánto servicio hay en el cual nosotros somos los principales agentes, y pedimos a Dios que nos ayude y nos bendiga! El verdadero servicio es ser entregado al Maestro para que Él lo use. Entonces el Espíritu Santo es el Agente, y nosotros somos los Instrumentos de su voluntad. Tal servicio es Santidad.
5. «Yo me santifico a mí mismo, para que también ellos:» una referencia a otros es el principio raíz de toda verdadera santidad.
Vigésimo octavo día.
Capítulo 28 completado
La santidad y el servicio