Capítulo 25 · 11 min de lectura
La santidad y la purificación
«Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.»—2 Corintios 7:1.
Que la santidad es más que la purificación, y que debe ir precedida de ella, nos lo enseña más de un pasaje del Nuevo Testamento. «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.» «Si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso santificado.» La purificación es el lado negativo: el estar separado y no tocar lo inmundo, la remoción de la impureza; la santificación es la unión y comunión positiva con Dios, y la participación de las gracias de la vida y la santidad divinas (2 Corintios 6:17-18). Así leemos también acerca del altar, que Dios habló a Moisés: «Limpiarás el altar cuando hagas expiación por él, y lo ungirás para santificarlo» (Éxodo 29:36). La purificación siempre ha de preparar el camino, y siempre debe conducir a la santidad.
Pablo habla de una doble contaminación, de carne y de espíritu, de la cual debemos limpiarnos. La conexión entre ambas es tan estrecha que en todo pecado las dos participan. La forma más baja y carnal del pecado penetrará en el espíritu y, arrastrándolo a la complicidad en el crimen, lo contaminará y lo degradará. Y así también toda contaminación del espíritu, con el tiempo, mostrará su poder en la carne. Con todo, podemos hablar de las dos clases de pecados según deben su origen más directamente a la carne o al espíritu.
«Limpiémonos de toda contaminación de carne.» Las funciones de nuestro cuerpo pueden clasificarse bajo los tres encabezados de la nutrición, la propagación y la protección de nuestra vida. Por medio de la primera, el mundo solicita a diario nuestro apetito con su comida y su bebida. Así como el fruto bueno para comer fue la tentación que venció a Eva, así los placeres de comer y beber están entre las formas más tempranas de contaminación de la carne. Estrechamente ligada a esto está la que nombramos en segundo lugar, y que en la Escritura se relaciona especialmente con la palabra carne. Sabemos cómo, en el Paraíso, al comer pecaminoso siguió de inmediato el despertar de la concupiscencia pecaminosa y de la vergüenza. En su Primera Epístola a los Corintios, Pablo relaciona estrechamente las dos (1 Corintios 6:13, 15), como también une la embriaguez y la impureza (1 Corintios 6:9-10). Luego viene la tercera forma en que la vitalidad del cuerpo se manifiesta: el instinto de conservación propia, que se levanta contra todo lo que interfiere con nuestros placeres y comodidad. Lo que se llama temperamento, con sus frutos de ira y contienda, tiene sus raíces en la constitución física, y es uno de los pecados de la carne. De todo esto, el cristiano que quiere ser santo debe limpiarse con toda determinación. Debe entregarse al escudriñamiento del Espíritu de Dios, para que se le enseñe qué hay en la carne que no está en armonía con la templanza y el dominio propio que exigen tanto la ley de la naturaleza como la ley del Espíritu. Debe creer, lo que Pablo sentía que los corintios tan enfáticamente necesitaban que se les enseñara, que el Espíritu Santo mora en el cuerpo, haciendo de sus miembros los miembros de Cristo, y en esta fe despojarse de las obras de la carne; debe limpiarse de toda contaminación de carne.
«Y de espíritu.» Así como la fuente de toda contaminación de la carne es la complacencia propia, así el egoísmo está en la raíz de toda contaminación del espíritu. En relación con Dios, se manifiesta en la idolatría, ya sea en el culto a otros dioses según nuestro propio corazón, en el amor al mundo más que a Dios, o en hacer nuestra voluntad en lugar de la suya. En relación con nuestros semejantes, se muestra en la envidia, el odio y la falta de amor, en el frío descuido o el juicio severo de los demás. En relación con nosotros mismos, se ve como orgullo, ambición o envidia, la disposición que hace del yo el centro en torno al cual todo debe girar, y por el cual todo debe ser juzgado.
Para descubrir tal contaminación del espíritu, no menos que los pecados de la carne, el creyente necesita la luz del Espíritu Santo, a fin de que la inmundicia sea de veras limpiada y desechada para siempre. Aun el pecado inconsciente, si no estamos sinceramente dispuestos a que se nos muestre, impedirá con la mayor eficacia nuestro progreso en la senda de la santidad.
«¡Amados! limpiémonos.» De la purificación se habla a veces como la obra de Dios (Hechos 15:9; 1 Juan 1:9); a veces como la de Cristo (Juan 15:3; Efesios 5:26; Tito 2:14). Aquí se nos manda limpiarnos a nosotros mismos. Dios hace su obra en nosotros por el Espíritu Santo; el Espíritu Santo hace su obra despertándonos y capacitándonos para obrar. El Espíritu es la fuerza de la vida nueva; en esa fuerza debemos disponernos con determinación a echar fuera todo lo que es inmundo. «Salid, y apartaos, y no toquéis lo inmundo.» No es solo el hacer lo pecaminoso, no es solo el quererlo, lo que el cristiano debe evitar, sino aun el tocarlo: el contacto involuntario con ello debe ser tan insoportable que arranque el clamor: ¡Miserable de mí!, y conduzca a la liberación que el Espíritu de la vida de Cristo sí trae.
¿Y cómo ha de hacerse esta purificación? Cuando Ezequías llamó a los sacerdotes para santificar el templo que había sido contaminado, leemos (2 Crónicas 29): «Los sacerdotes entraron en la parte interior de la casa del Señor para limpiarla, y sacaron toda la inmundicia que hallaron.» Solo entonces pudieron presentarse la ofrenda por el pecado para expiación y el holocausto de consagración, junto con las ofrendas de acción de gracias, y restaurarse el servicio de Dios. Así también, todo lo que es inmundo debe ser buscado, sacado y totalmente echado fuera. Por muy profundamente arraigado que parezca el pecado, arraigado en la constitución y el hábito, debemos limpiarnos de él si hemos de ser santos. «Si andamos en luz, como él está en luz, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado.» A medida que sacamos todo pecado de la parte interior de la casa a la luz de Dios y andamos en la luz, la sangre preciosa que justifica obrará también poderosamente para limpiar: la sangre pone en contacto vivo con la vida y el amor de Dios. Vengamos a la luz con el pecado: la sangre demostrará su gran poder. Limpiémonos entregándonos a la luz para que revele y condene, a la sangre para que limpie y santifique.
«Limpiémonos, perfeccionando la santidad en el temor del Señor.» Leemos en Hebreos (10:14): «Cristo ha hecho perfectos para siempre a los santificados.» Como tantas veces hemos visto que lo que Dios ha hecho santo también el hombre debe hacerlo santo, al aceptar y apropiarse la santidad que Dios ha concedido, así aquí con la perfección que los santos tienen en Cristo. Debemos perfeccionar la santidad: la santidad debe llevarse a toda la vida, y proseguirse hasta su fin. Como santos de Dios, debemos ir adelante hacia la perfección, perfeccionando la santidad. No temamos la palabra. Nuestro bendito Señor la usó cuando nos dio el mandamiento: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.» A un niño que se esfuerza por alcanzar la perfección en el conocimiento de su profesión, que espera lograr cuando haya terminado la escuela, su maestro le dice que el camino a la perfección que anhela al final de su curso es procurar ser perfecto en las lecciones de cada día. Ser perfecto en la pequeña porción de la obra que cada hora trae es la senda hacia la perfección que coronará el todo. El Maestro nos llama a una perfección como la del Padre: ya nos ha hecho perfectos en sí mismo; nos ofrece la perspectiva de una perfección siempre creciente. Su palabra nos llama aquí, día tras día, a perfeccionar la santidad. Procuremos en cada deber ser íntegros y enteros. Como discípulos dóciles, en cada acto de adoración u obediencia, en cada tentación y prueba, hagamos lo mejor que el Espíritu de Dios pueda capacitarnos para hacer. «Tenga la paciencia su obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.» «El Dios de paz os haga perfectos en toda buena obra para que hagáis su voluntad.»
«Así que, teniendo estas promesas, amados, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.» Es la fe la que da el valor y el poder para limpiarse de toda contaminación, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. Es al hacerse nuestras, por el Espíritu Santo, las promesas del amor y la morada divinos (2 Corintios 6:16-18), como participaremos de la victoria que vence al mundo: nuestra fe. En la senda por la cual ya hemos venido, desde el reposo en el Paraíso a lo largo de toda la Sagrada Escritura, hemos visto la maravillosa revelación de estas promesas en un esplendor siempre creciente. Que Dios, el Santo, nos hará santos; que Dios, el Santo, morará con los humildes; que Dios, en su Santo, ha venido a ser nuestra santidad; que Dios nos ha plantado en Cristo para que Él sea nuestra santificación; que Dios, que nos escogió en santificación del Espíritu, nos ha dado el Espíritu Santo en nuestros corazones, y ahora vela sobre nosotros en su amor para cumplir por medio de Él sus propósitos y perfeccionar nuestra santidad: tales son las promesas que se nos han presentado. «Así que, teniendo estas promesas, amados, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.»
¡Amado hermano! vea aquí de nuevo el camino de santidad de Dios. Levántese y entre en él en la fe de la promesa, plenamente persuadido de que lo que Él ha prometido, poderoso es también para cumplirlo. Saque de la parte interior de la casa toda inmundicia; tráigala a la luz de Dios; confiésela y arrójela a los pies de Aquel que la quita, y le limpia en su sangre. Entréguese por fe a perfeccionar, en Cristo su Fortaleza, la santidad a la que es llamado. Como su Padre que está en los cielos es perfecto, entréguese a Él como un niño pequeño para ser también perfecto en sus lecciones diarias y en su andar diario. Crea que su entrega es aceptada, que la carga encomendada a Él ha sido asumida. Y dé gloria a Aquel que es poderoso para hacer más de lo que usted puede pedir o pensar.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Santo Señor Jesús! Tú te entregaste por nosotros para que, habiéndonos limpiado para Ti como cosa Tuya propia, nos santificases y nos presentases a Ti mismo una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante. Bendito sea Tu Nombre por el amor maravilloso. Bendito sea Tu Nombre por la maravillosa purificación. Mediante el lavamiento por la palabra y el lavamiento en la sangre, Tú nos has hecho enteramente limpios. Y mientras andamos en la luz, Tú nos limpias en todo momento.
Con estas promesas, en el poder de Tu palabra y de Tu sangre, Tú nos llamas a limpiarnos de toda contaminación de carne y de espíritu. ¡Bendito Señor! revela con gracia, en Tu Santa Luz, todo lo que es contaminación, aun su obrar más secreto. Hazme vivir como quien ha de ser presentado ante Ti sin mancha ni arruga ni cosa semejante—purificado con una purificación divina, porque Tú te entregaste para hacerlo. Bajo el poder vivo de Tu palabra y de Tu sangre, aplicado por el Espíritu Santo, sea limpio mi camino, y limpias mis manos, limpios mis labios, y limpio mi corazón. Límpiame por completo, para que ande contigo vestido de blanco aquí en la tierra, guardando mis vestiduras sin mancha y sin contaminar. Por causa de Tu gran amor, mi bendito Señor. Amén.
1. La purificación tiene casi siempre un fin: un vaso limpio es apto para el uso. La obra espiritual hecha para Dios, con el deseo sincero de que Él, por medio de su Espíritu, nos use, dará urgencia a nuestro deseo de purificación. Un vaso no limpiado no puede ser usado: ¿no es esta la razón de que haya algunos obreros que Dios no puede bendecir?
2. Toda contaminación: una sola mancha contamina. «Limpiémonos de toda contaminación.»
3. No hay purificación sin Luz. Abra el corazón para que la Luz brille dentro.
4. No hay purificación como el fuego. Entregue la contaminación al fuego de su Santidad, el fuego que consume y purifica. Entréguela a la muerte de Jesús, a Jesús mismo.
5. «Perfeccionando la santidad en el temor de Dios:» es una obra solemne. Alegraos con temblor—ocupaos en vuestra propia salvación con temor y temblor.
6. «Teniendo estas promesas,» es una obra bienaventurada limpiarnos—entrando en las promesas, la pureza, el amor de nuestro Señor. El temor de Dios nunca debe estorbar la fe en Él. Y la verdadera fe nunca estorbará la obra práctica de la purificación.
7. Si andamos en luz, la sangre limpia. La luz revela; confesamos y abandonamos, y aceptamos la sangre; así nos limpiamos. Haya un propósito muy resuelto de estar limpios de toda contaminación, de todo lo que nuestro Padre considera una mancha.
Día veinticinco.
Capítulo 25 completado
La santidad y la purificación