Santo en Cristo
La santidad y el cuerpo

Capítulo 24 · 13 min de lectura

La santidad y el cuerpo

«El templo de Dios es santo, el cual templo sois vosotros. El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo. ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros? Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.»—1 Corintios 3:16; 6:13, 19.

«La que no está casada se preocupa por las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu.»—1 Corintios 7:34.

«Presentad vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.»—Romanos 12:1.

Al entrar en el mundo, nuestro bendito Señor dijo: «Un cuerpo me preparaste; he aquí, vengo para hacer tu voluntad, oh Dios.» Al dejar de nuevo este mundo, fue en su propio cuerpo que llevó nuestros pecados sobre el madero. Así pues, fue en el cuerpo, no menos que en el alma y el espíritu, donde hizo la voluntad de Dios. Y por eso está escrito: «Por esa voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.»

Al orar por los tesalonicenses y su santificación, Pablo dice: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que vuestro espíritu, alma y cuerpo sean guardados enteros e irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo.» De sí mismo había hablado como «llevando siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.» Su anhelo y esperanza ardientes eran «que Cristo sea magnificado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte.» La relación entre el cuerpo y el espíritu es tan íntima, el poder del pecado en el espíritu llega en tan gran medida a través del cuerpo, el cuerpo es tan claramente el objeto tanto de la redención de Cristo como de la renovación del Espíritu Santo, que nuestro estudio de la santidad quedará gravemente incompleto si no acogemos la enseñanza de la Escritura sobre la santidad en el cuerpo.

Bien se ha dicho que el cuerpo es, para el alma y el espíritu que moran y actúan dentro de él, como los muros de la ciudad. A través de ellos entra el enemigo. En tiempo de guerra, todo cede ante la defensa de los muros. A menudo, porque el creyente no conoce la importancia de mantener los muros defendidos, de mantener el cuerpo santificado, fracasa en conservar el alma y el espíritu irreprensibles. O bien, porque no comprende que la guarda y la santificación del cuerpo en todas sus partes deben ser tan claramente una obra de fe, y tan directamente por el gran poder de Jesús y la morada del Espíritu, como la renovación de la vida interior, el progreso en la santidad es tan débil. El gobierno de la ciudad lo confiamos a Jesús; pero la defensa de los muros la guardamos en nuestras propias manos; el Rey no nos guarda como esperábamos, y no logramos descubrir el secreto del fracaso. Es el Dios de paz mismo, quien santifica por completo, quien ha de guardar el espíritu y el alma y el cuerpo enteros e irreprensibles. El tabernáculo con su madera, el templo con su piedra, eran tan santos como todo lo que se encerraba dentro de sus muros: los santos de Dios necesitan que el cuerpo sea santo.

Para comprender el pleno significado de esto, recordemos cómo fue a través del cuerpo que entró el pecado. «La mujer vio que el árbol era bueno para comer»: esta fue la tentación en la carne; a través de ella el alma fue alcanzada, «era agradable a los ojos»; a través del alma pasó luego al espíritu, «y codiciable para alcanzar la sabiduría». En la descripción que hace Juan de lo que hay en el mundo (1 Juan 2:15), hallamos la misma triple división: «los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida». Y las tres tentaciones de Jesús por parte de Satanás corresponden exactamente: primero procuró alcanzarle a través del cuerpo, en la sugerencia de satisfacer su hambre haciendo pan; la segunda (véase Lucas 4) apeló al alma, en la visión de los reinos de este mundo y su gloria; la tercera al espíritu, en el llamado a afirmar y probar su filiación divina arrojándose abajo. Aun al Hijo de Dios le vino la primera tentación, como a Adán y a todos en el mundo, como deseo de la carne, el anhelo de gratificar el apetito natural y lícito del hambre. No podemos observar con demasiado cuidado que fue en una cuestión de comer lo que parecía bueno para comer donde se cometió el primer pecado del hombre, y que esa misma cuestión de comer para satisfacer el hambre fue el campo de batalla en que tuvo lugar el primer encuentro del Redentor con Satanás. Es en la cuestión de comer y beber lo que es bueno y lícito donde más cristianos de los que se dan cuenta son vencidos por Satanás. Tener todo apetito del cuerpo bajo el gobierno y la regulación del Espíritu Santo a algunos les parece innecesario, a otros demasiado difícil. Y sin embargo debe ser así, si el cuerpo ha de ser santo, como templo de Dios, y hemos de glorificarle en nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Los primeros acercamientos del pecado se hacen a través del cuerpo: en el cuerpo se ganará la victoria completa.

Lo que la Escritura enseña sobre la intimidad de la conexión entre el cuerpo y el espíritu, la fisiología lo confirma. Lo que a primera vista parecen meras transgresiones físicas dejan una mancha y ejercen una influencia degradante sobre el alma, y a través de ella arrastran hacia abajo al espíritu. Y por otro lado, los pecados espirituales, los pecados del pensamiento y la imaginación y la disposición, pasan a través del alma al cuerpo, se fijan en la constitución nerviosa, y se expresan incluso en el semblante y en los hábitos o las tendencias del cuerpo. El pecado ha de ser combatido no solo en la región del espíritu: si hemos de perfeccionar la santidad, debemos limpiarnos de toda contaminación de carne y espíritu. «Si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.» Si en verdad hemos de ser limpiados del pecado y hechos santos para Dios, el cuerpo, como las defensas exteriores, ha de ser asegurado muy especialmente del poder de Satanás y del pecado.

¿Y cómo ha de hacerse esto? Dios ha hecho una provisión muy especial para ello. La Santa Escritura habla de manera tan explícita del Espíritu Santo, el Espíritu que comunica santidad, en relación con el cuerpo. A primera vista parece como si la palabra, vuestros cuerpos, se usara simplemente como equivalente de, vuestras personas, vosotros mismos. Pero a medida que la visión más profunda del poder del pecado en el cuerpo, y la necesidad de una liberación especialmente allí, aviva nuestra percepción, vemos lo que significa que el cuerpo sea el templo del Espíritu Santo. Notamos cuán especialmente es de los pecados en el cuerpo de los que Pablo habla como profanadores del santo templo de Dios; y cómo es a través del poder del Espíritu Santo en el cuerpo que él quiere que glorifiquemos a Dios. «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Glorificad, pues, a Dios, en el poder del Espíritu Santo, en vuestro cuerpo.» El Espíritu Santo no solo ha de ejercer una influencia restrictiva y reguladora sobre los apetitos del cuerpo y su gratificación, de modo que se den con moderación y templanza —este es solo el lado negativo—, sino que debe haber un elemento positivamente espiritual, que haga del ejercicio de las funciones naturales un servicio de santo gozo y libertad para la gloria de Dios; ya no un amenazante estorbo para la vida de obediencia y comunión, sino un medio de gracia, una ayuda real para la vida espiritual. Solo en un cuerpo que está lleno de la vida santa, muy enteramente poseído por el Espíritu de Dios, será este el caso.


¿Y cómo puede obtenerse esto? En la verdadera vida cristiana, la abnegación es el camino al disfrute, la renuncia a la posesión, la muerte a la vida. Mientras haya algo que pensemos que tenemos libertad y poder para usar o disfrutar rectamente, con tal de hacerlo con moderación, aún no hemos visto ni confesado nuestra propia falta de santidad, ni la necesidad de la entera renovación del Espíritu Santo. No basta con decir: «Todo lo que Dios creó es bueno, si se recibe con acción de gracias»; debemos recordar la añadidura: «porque es santificado por la palabra de Dios y la oración». Esta santificación de toda cosa creada y de su uso es algo tan real y solemne como la santificación de nosotros mismos. Y esto solo se dará donde, si es necesario, sacrifiquemos el don y la libertad de usarlo, hasta que Dios nos dé el poder de usarlo verdaderamente para su sola gloria. De una de las más sagradas instituciones divinas, el matrimonio, Pablo, que tanto denuncia a quienes prohíben casarse, dice claramente que puede haber casos en que un celibato voluntario sea el camino más seguro y aceptable de ser «santo así en cuerpo como en espíritu». Cuando ser santo como Dios es santo llega de veras a ser el gran deseo y fin de la vida, todo será acariciado o abandonado según promueva ese fin supremo. La presencia real y activa del Espíritu Santo en la vida del cuerpo será el fuego que se mantiene ardiendo continuamente sobre el altar.

¿Y cómo ha de alcanzarse esto? Del cuerpo, como del espíritu, es Dios, Dios en Cristo, quien es nuestro Guardador y nuestro Santificador. La guarda de los muros de la ciudad ha de confiarse a Aquel que gobierna en su interior. «Estoy persuadido de que Él es poderoso para guardar mi depósito», para conservar lo que le he confiado, debe llegar a ser tan definidamente verdad del cuerpo, y de cada una de sus funciones de las que somos conscientes de que es ocasión de duda o de tropiezo, como lo ha sido del alma que le confiamos para salvación. Un depósito fijo en un banco es dinero entregado fuera de mis manos para ser guardado allí: el cuerpo, o cualquier parte de él que necesite ser hecha santa, ha de ser un depósito en manos de Jesús. La fe ha de confiar en que él lo acepta y lo guarda; la oración y la alabanza han de renovar cada día de nuevo la seguridad, han de confirmar la entrega del depósito, y mantener la comunión con Jesús. Permaneciendo así en él y en su santidad, recibiremos, en una vida de confianza y gozo, el poder de probar, aun en el cuerpo, cuán plena y enteramente estamos en Aquel que nos fue hecho santificación, cuán real y verdadera es la santidad de Dios en su pueblo.

Sed santos, porque yo soy santo.

¡Bendito Señor! que eres mi santificación, vengo ahora a Ti con una petición muy especial. Oh Tú que en tu propio cuerpo llevaste nuestros pecados sobre el madero, y de quien está escrito: «Hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre», dígnate revelarme cómo mi cuerpo puede experimentar en plenitud el poder de tu maravillosa redención. Deseo de veras ser santo para el Señor en alma y cuerpo.

¡Señor! Muy poco he comprendido que mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo, que no hay nada en él que pueda ser cosa de indiferencia, que cada uno de sus estados y funciones ha de ser santidad para el Señor. Y donde vi que así debía ser, aún he procurado por mí mismo guardar de los avances del enemigo estos, los muros de la ciudad. Olvidé cómo también esta parte de mi ser podía únicamente ser guardada y santificada por la fe, por tu tomar y mantener a tu cargo lo que la fe te confió.

¡Señor Jesús! Vengo ahora a entregar este cuerpo con todas sus necesidades en tus manos. En el cansancio y el nerviosismo, en la excitación y el disfrute, en el hambre y la necesidad, en la salud y la abundancia, oh mi santo Salvador, esté mi cuerpo en tu guarda a cada momento. Tú nos llamas, «siendo libertados del pecado, a presentar nuestros miembros como siervos de la justicia para santificación». ¡Salvador! En la fe de la libertad del pecado que tengo en Ti, presento cada miembro de mi cuerpo a Ti: creo que el Espíritu de vida en Ti me hace libre de la ley del pecado en mis miembros. Ya sea viviendo o muriendo, sé Tú magnificado en mi cuerpo. Amén.

1. En el tabernáculo y el templo, la parte material había de estar en armonía con la santidad que moraba dentro, y ser su encarnación. Por eso fue hecho todo conforme al modelo mostrado en el monte. En los dos últimos capítulos del Éxodo, encontramos dieciocho veces «como el Señor había mandado». Todo, aun en el exterior, era la encarnación de la voluntad de Dios. Así también nuestro cuerpo, como templo de Dios, ha de ser en todo regulado por la palabra de Dios, avivado y santificado por el Espíritu Santo.


2. Como parte de esta santidad en el cuerpo, la Escritura menciona el vestido. Hablando del «adorno exterior de trenzar los cabellos, de llevar joyas, o de vestir ropas», como incompatible con «el adorno de un espíritu manso y apacible», Pedro dice: «Así también se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios». La santidad se veía en su manera de vestir; su cuerpo era el templo del Espíritu Santo.

3. «Si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis». Su energía vivificadora ha de reinar por todo el ser. Estamos tan acostumbrados a asociar lo espiritual con lo ideal e invisible, que necesitará tiempo y reflexión y fe comprender cómo lo físico y lo sensible influyen en nuestra vida espiritual, y han de estar bajo el dominio y la inspiración del Espíritu de Dios. Aun Pablo dice: «Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que yo mismo venga a ser desechado».

4. Si Dios realmente sopló su Espíritu en el cuerpo de Adán formado del polvo de la tierra, no se tenga por extraño que el Espíritu Santo anime ahora también nuestros cuerpos con su energía santificadora.

5. «La corporeidad es el fin de los caminos de Dios». Este profundo dicho de un antiguo teólogo nos recuerda una verdad muy descuidada. La gran obra del Espíritu de Dios es aliarse con la materia, y formarla en un cuerpo espiritual para morada de Dios. En nuestro cuerpo el Espíritu Santo lo hará, si obtiene posesión completa.

6. Es sobre esta verdad del poder del Espíritu Santo en el cuerpo que descansa lo que se llama la curación por la fe. A través de todas las edades, en tiempos de especial avivamiento espiritual, Dios ha concedido a algunos ver cómo Cristo haría, aun aquí, al cuerpo partícipe de la vida y el poder del Espíritu. Para quienes lo ven, el vínculo entre la santidad y la sanidad es muy estrecho y bendito, cuando el Señor Jesús toma posesión del cuerpo para sí mismo.


Día vigésimo cuarto.

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