Capítulo 23 · 11 min de lectura
En Cristo, nuestra santificación
«Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.»—1 Corintios 1:30-31.
Estas palabras nos conducen ahora al centro mismo de la revelación de Dios acerca del camino de la santidad. Conocemos los pasos del camino que conduce hasta aquí. Él es santo, y suya es la santidad. Él santifica acercándose. Su presencia es santidad. En la vida de Cristo, la santidad que solo había sido revelada en símbolo, y como promesa de bienes venideros, había tomado realmente posesión de una voluntad humana, y se había hecho una con la verdadera naturaleza humana. En su muerte había sido quitado todo obstáculo que pudiera impedir la transmisión de esa naturaleza santa a nosotros: Cristo se había hecho verdaderamente nuestra santificación. En el Espíritu Santo tuvo lugar la comunicación efectiva de esa santidad. Y ahora queremos comprender cuál es la obra que hace el Espíritu Santo, y cómo Él nos comunica esta naturaleza santa: cuál es nuestra relación con Cristo como nuestra santificación, y cuál es la posición que hemos de adoptar hacia Él, para que en su plenitud y en su poder pueda hacer su obra en nosotros.
La respuesta divina a esta pregunta es: «De Dios estáis vosotros en Cristo.» Lo único que necesitamos comprender es qué son esta nuestra posición y vida en Cristo, y cómo esa posición y esa vida pueden, de nuestra parte, ser aceptadas y mantenidas. De esto podemos estar seguros: que no es algo elevado y fuera de nuestro alcance. No hace falta ningún esfuerzo agotador ni ningún suspiro sin esperanza: «¿Quién subirá al cielo, esto es, para traer abajo a Cristo?» Es una vida destinada a los pecadores y a los cansados, a los indignos y a los impotentes. Es una vida que es el don del amor del Padre, y que Él mismo revelará en cada uno que viene a Él con confianza de niño. Es una vida destinada a nuestra vida cotidiana, que en toda circunstancia y situación cambiante nos hará y nos guardará santos.
«De Dios estáis vosotros en Cristo.» Antes de que nuestro bendito Señor dejara el mundo, dijo: ¡He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo! Y de Él está escrito: «El que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.» «La Iglesia es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.» En el Espíritu Santo el Señor Jesús está con su pueblo aquí en la tierra. Aunque invisible, y no en la carne, su Presencia personal es tan real en la tierra como cuando andaba con sus discípulos. En la regeneración el creyente es sacado de su antiguo lugar «en la carne;» ya no está en la carne, sino en el espíritu (Romanos 8:9); está real y efectivamente en Cristo. El Cristo vivo lo rodea por su santa Presencia. Dondequiera y comoquiera que se halle, por muy ignorante que sea de su posición o por muy infiel que le sea, allí está en Cristo. Por un acto de gracia divina y omnipotente, ha sido plantado en Cristo, rodeado por todos lados por el Poder y el Amor de Aquel que todo lo llena, cuya plenitud mora especialmente en su cuerpo aquí abajo, la Iglesia.
¿Y cómo puede quien anhela conocer plenamente a Cristo como su santificación llegar a vivir lo que Dios quiere decir y ha provisto en esto—«en Cristo»? Lo primero que debe recordarse es que es cosa de fe y no de sentimiento. La promesa de la morada interior y de la vivificación del Santo es para los humildes y contritos. Justo cuando siento más hondamente que no soy santo, y que nada puedo hacer para hacerme santo, cuando me avergüenzo de mí mismo, precisamente entonces es el momento de apartarme de mí mismo y decir muy quedamente: estoy en Cristo. Aquí Él está en torno a mí. Como el aire que me rodea, como la luz que brilla sobre mí, aquí está mi Señor Jesús conmigo en su presencia oculta, pero divina y realísima. Mi fe debe, en quieto reposo y confianza, inclinarse ante el Padre, de quien y por cuya Poderosa Gracia estoy en Cristo: Él me lo revelará con claridad y poder cada vez mayores. Lo hace a medida que creo, y al creer abro toda mi alma para recibir lo que ello implica: el sentido de mi pecaminosidad e impiedad debe convertirse en la fuerza de mi confianza y dependencia. En tal fe permanezco en Cristo.
Pero porque es de fe, por tanto es del Espíritu Santo. De Dios estáis vosotros en Cristo. No es como si Dios nos hubiera colocado y plantado en Cristo, y nos hubiera dejado ahora a nosotros el mantener la unión. No, Dios es el Eterno, el Dios de la vida perdurable, que obra cada instante con un poder que ni por un momento cesa. Lo que Dios da, lo continúa dando con un dar que nunca cesa. Es Él quien, por el Espíritu Santo, hace de esta vida en Cristo una bendita realidad en nuestra conciencia. «Hemos recibido el Espíritu de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha concedido.» La fe no solo depende de Dios en cuanto al don que ha de aceptar, sino en cuanto al poder para aceptarlo. La fe no solo necesita al Hijo como su plenitud y su alimento; necesita al Espíritu como su poder para recibir y retener. Y así la bendita posesión de todo lo que significa estar en Cristo nuestra santificación viene a medida que aprendemos a inclinarnos ante Dios en oración de fe por las poderosas operaciones del Espíritu, y en la profunda confianza de niño de que Él revelará y glorificará en nosotros a este Cristo nuestra santificación en quien estamos.
¿Y cómo revelará el Espíritu a este Cristo en quien estamos? Será especialmente como el Viviente, el Amigo y Maestro personal. Cristo no es solo nuestro Ejemplo y nuestro Ideal. Su vida no es solo una atmósfera y una inspiración, como hablamos de un hombre que poderosamente nos influye con sus escritos. Cristo no es solo un tesoro y una plenitud de gracia y poder, a los cuales el Espíritu ha de conducirnos. Sino que Cristo es el Salvador vivo, con un corazón que late con un amor tiernísimamente humano, y a la vez divino. Es en este amor que Él se acerca, y en este amor Él nos recibe, cuando el Padre nos planta en Él. En el poder de un amor personal Él desea ejercer influencia, y unirnos a sí mismo. En ese amor suyo tenemos la garantía de que su Santidad entrará en nosotros; en ese amor, el gran poder por el cual entra. A medida que el Espíritu nos revela dónde estamos morando, en Cristo y en su amor, y que este Cristo es un Señor y Salvador vivo, se despierta dentro de nosotros el entusiasmo de un apego personal, y la devoción de una amante lealtad, que nos hacen enteramente suyos. Y nos resulta posible creer que podemos ser santos: nos sentimos seguros de que en la senda de la santidad podemos ir de poder en poder.
Tal comprensión creyente de nuestra relación con Cristo como estando en Él, y tal apego personal a Aquel que nos ha recibido en su amor y nos guarda permaneciendo en él, viene a ser el manantial de una nueva obediencia. La voluntad de Dios viene a nosotros a la luz de la vida de Cristo y de su amor—cada mandamiento primero cumplido por Él, y luego transmitido a nosotros como la segura y muy bendita ayuda hacia una comunión más perfecta con el Padre y su Santidad. Cristo llega a ser Señor y Rey en el alma, en el poder del Espíritu Santo, guiando la voluntad a toda la perfecta voluntad de Dios, y probándose a sí mismo ser su santificación, al coronar su obediencia con una entrada cada vez mayor de la Presencia y la Santidad de Dios.
¿Hay algún amado hijo de Dios en algo dispuesto a desanimarse al pensar en qué clase de persona debería ser en todo vivir santo? Permítame animarle a cobrar aliento. ¿Podría Dios haber ideado algo más maravilloso o hermoso para criaturas tan pecadoras e impotentes? Piense tan solo: Cristo, el propio Hijo de Dios, hecho santificación para usted. El Cristo Poderoso, Amoroso y Santo, santificado por medio del sufrimiento para poder compadecerse de usted, dado para hacerle santo. ¿Qué más podría usted desear? Sí, hay más: «De Dios está usted en Él.» Lo comprenda o no, por débilmente que lo advierta, ahí está, algo divinísimamente verdadero y real. Usted está en Cristo, por un acto del propio Poder Todopoderoso de Dios. Y allí, en Cristo, Dios mismo anhela establecerle y confirmarle hasta el fin. Y tiene usted, la mayor maravilla de todas, al Espíritu Santo dentro de usted para enseñarle a conocer, y creer, y recibir, todo lo que hay en Cristo para usted. Y si tan solo confiesa que en usted no hay sabiduría ni poder para la santidad, ninguno en absoluto, y permite que Cristo, «la sabiduría de Dios y el poder de Dios,» por el Espíritu Santo dentro de usted, le lleve adelante, y pruebe cuán completa, cuán fielmente, cuán poderosamente puede ser su santificación, Él lo hará muy gloriosamente.
¡Oh, hermano mío! Venga y consienta más plenamente al camino de santidad de Dios. Sea Cristo su santificación. No un Cristo distante a quien usted mira, sino un Cristo muy cercano, en torno a usted por todas partes, en quien usted está. No un Cristo según la carne, un Cristo del pasado, sino un Cristo presente en el poder del Espíritu Santo. No un Cristo a quien usted pueda conocer por su sabiduría, sino el Cristo de Dios, que es Espíritu, y a quien el Espíritu dentro de usted, a medida que usted muere a la carne y al yo, revelará con poder. No un Cristo del que sus pequeños pensamientos puedan formar un concepto, sino un Cristo conforme a la grandeza del corazón y del amor de Dios. ¡Oh, venga y acepte a este Cristo, y regocíjese en Él! Conténtese ahora con dejarle a Él toda su debilidad, y necedad, e infidelidad, en la quieta confianza de que Él hará por usted más de lo que puede pensar. Y así sea de ahora en adelante, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Padre bendísimo! Me inclino en muda adoración ante el santo misterio de tu Divino Amor….
Oh, perdóname, que lo he conocido y creído tan poco como es digno de ser conocido y creído.
Acepta mi alabanza por lo que he visto y gustado de su Divina bienaventuranza. ¡Acepta, Señor Dios! la alabanza de un corazón alegre y amoroso que solo sabe que nunca puede alabarte dignamente.
Y escucha mi oración, ¡oh Padre mío! para que en el poder de tu Espíritu Santo, que mora en mí, pueda yo cada día aceptar y vivir plenamente lo que me has dado en Cristo mi santificación. Que las inescrutables riquezas que hay en Él sean la provisión diaria para toda mi necesidad. Que su Santidad, su deleite en tu voluntad, lleguen de veras a ser míos. Enséñame, sobre todo, cómo esto puede ser con toda certeza, porque estoy, mediante la obra de tu Todopoderoso Poder Vivificador, en Él, guardado allí por ti mismo. ¡Padre mío! mi fe clama: puedo ser santo, ¡bendito sea mi Señor Jesús!
En esta fe me entrego a ti, Señor Jesús, mi Rey y Maestro, para hacer solo tu voluntad. En todo lo que hago, grande o pequeño, quisiera actuar como uno santificado en Jesús, unido a la voluntad de Dios en Él. Eres tú solo quien puede enseñarme a hacer esto, quien puede darme fuerzas para cumplirlo. Pero confío en ti—¿no eres tú Cristo mi santificación? ¡Bendito Señor! Sí confío en ti. Amén.
1. Cristo, tal como vivió y murió en la tierra, es nuestra santificación. Su vida, el Espíritu de su vida, es lo que constituye nuestra santidad. Estar en perfecta armonía con Cristo, tener su mente, es ser santo.
2. La Santidad de Cristo tenía dos lados. Dios lo santificó por su Espíritu: Cristo se santificó a sí mismo siguiendo la guía del Espíritu, entregando su voluntad a Dios en todo. Así Dios nos ha hecho santos en Cristo; y así nosotros vamos en pos de la santidad y la perfeccionamos entregándonos al Espíritu de Dios, renunciando a nuestra voluntad y viviendo en la voluntad de Dios.
3. Bueno es que asimilemos cada aspecto de lo que Dios ha revelado de la santidad en su palabra. Pero no nos fatiguemos nunca procurando asirlo todo por completo. Volvamos más bien a la sencillez que hay en Jesús. Inclinarse a sus pies, creer que Él sabe todo lo que necesitamos, y lo tiene todo, y ama darlo todo, es reposo. Y la santidad es reposar en Jesús el reposo de Dios. Que todos nuestros pensamientos se recojan en este uno: Jesús, Bendito Jesús.
4. Esta santa vida en Cristo es para hoy, cuando usted lee esto. Porque hoy Él es hecho de Dios santificación para usted: hoy será de veras su santidad. Créale para ello; confíe en Él, alábele. Y recuerde: usted está en Él.
Día vigésimo tercero.
Capítulo 23 completado
En Cristo, nuestra santificación