Santo en Cristo
La santidad y la felicidad

Capítulo 22 · 13 min de lectura

La santidad y la felicidad

«El reino de Dios es gozo en el Espíritu Santo».—Romanos 14:17.

«Los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo».—Hechos 13:52.

«Entonces Nehemías dijo: Este día es santo para el Señor; no os entristezcáis, porque el gozo del Señor es vuestra fuerza. Así los levitas hacían callar a todo el pueblo, diciendo: Callad, porque el día es santo; no os aflijáis. Y todo el pueblo se fue a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras».—Nehemías 8:10-12.

El hondo significado del gozo en la vida cristiana apenas se comprende. Con demasiada frecuencia se le tiene por algo secundario, cuando en realidad su presencia es esencial, como la prueba de que Dios verdaderamente nos satisface y de que su servicio es nuestra delicia. En la vida del hogar no nos sentimos satisfechos con que se observen todas las conveniencias del buen trato y cada uno cumpla su deber para con el otro; el verdadero amor nos hace felices el uno en el otro; y cuando el amor derrama su calor de afecto, la alegría es el sol que llena la casa de resplandor. Aun en el sufrimiento o la pobreza, los miembros de una familia que se ama son un gozo los unos para los otros. Sin esta alegría, sobre todo, no hay verdadera obediencia de parte de los hijos. No es el mero cumplimiento de un mandato, ni la ejecución de un servicio, lo que un padre busca; es la disposición pronta y gozosa con que se hace lo que lo vuelve grato.

Así ocurre exactamente en el trato de los hijos de Dios con su Padre. Aun en el empeño por una vida de consagración y de obediencia al evangelio, corremos continuamente el peligro de volver a caer bajo la ley, con su: Harás. La consecuencia es siempre el fracaso. La ley solo produce ira; no da ni vida ni fuerza. Únicamente mientras permanecemos en el gozo de nuestro Señor, en el gozo de nuestra liberación del pecado, en el gozo de su amor y de lo que él es para nosotros, en el gozo de su presencia, tenemos el poder para servir y obedecer. Solo cuando somos librados de todo amo —del pecado, del yo y de la ley— y solo cuando nos regocijamos en esta libertad, tenemos el poder para prestar un servicio que satisfaga a Dios y a nosotros mismos. «Os volveré a ver —dijo Jesús—, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo». El gozo es la evidencia y la condición de la presencia personal y permanente de Jesús.

Si la santidad es la hermosura y la gloria de la vida de fe, es evidente que aquí, sobre todo, no puede faltar el elemento del gozo. Ya hemos visto cómo la primera mención de Dios como el Santo fue en el cántico de alabanza a la orilla del Mar Rojo; cómo Ana y María, en sus momentos de inspiración, alabaron a Dios como el Santo; cómo el nombre del tres veces Santo en el cielo llega hasta nosotros en el cántico de los serafines; y cómo, ante el trono, tanto los seres vivientes como la multitud vencedora que canta el cántico del Cordero adoran a Dios como el Santo. Hemos de «adorarle en la hermosura de la santidad», de «cantar alabanzas a la memoria de su santidad»; solo en el espíritu de adoración, alabanza y gozo podemos conocer plenamente a Dios como santo. Mucho más, solo bajo la inspiración del amor y del gozo que adoran podemos nosotros mismos ser hechos santos. Es al cesar de todo temor y ansiedad, de todo esfuerzo y tensión, y al descansar con cánticos en lo que Jesús es en su obra consumada como nuestra santificación, al descansar y regocijarnos en él, que seremos hechos partícipes de su santidad. Es el día de reposo el día que Dios ha bendecido, el día de bendición y de alegría; y es el día que él bendijo el que es su día santo. La santidad y la bienaventuranza son inseparables.

¿Pero no está esto en contradicción con la enseñanza de la Escritura y la experiencia de los santos? ¿No están el sufrimiento y la tristeza entre los medios que Dios ha escogido para la santificación? ¿No son las promesas para los quebrantados de corazón, los pobres en espíritu y los que lloran? ¿No son la negación de uno mismo y el renunciamiento a todo cuanto tenemos, la crucifixión con Cristo y el morir cada día, el camino a la santidad? ¿Y no es todo esto más cuestión de tristeza y dolor que de gozo y alegría?

La respuesta se hallará en la recta comprensión de la vida de fe. La fe eleva por encima de lo que sentimos o experimentamos, y da posesión de lo que es su mismo opuesto. En la vida cristiana hay siempre una paradoja: lo que parecen opuestos irreconciliables se encuentran juntos en un mismo momento. Pablo lo expresa con estas palabras: «Como moribundos, mas he aquí vivimos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo». Y en otro lugar así: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte». La contradicción aparente halla su reconciliación no solo en la unión de las dos vidas, la humana y la divina, en la persona de cada creyente, sino de modo especial en que somos, en un solo y mismo momento, partícipes de la muerte y de la resurrección de Cristo. La muerte de Cristo fue una muerte de dolor y de sufrimiento, una muerte real y terrible, un desgarramiento de los lazos que unían el alma y el cuerpo, el espíritu y la carne. El poder de esa muerte obra en nosotros: hemos de dejar que obre poderosamente si hemos de vivir en santidad; porque en aquella muerte él se santificó a sí mismo, para que nosotros mismos fuésemos santificados en verdad. Nuestra santidad está, como la suya, en la muerte a nuestra propia voluntad y a toda nuestra propia vida. Pero —esto hemos de procurar comprenderlo— no nos acercamos a la muerte desde el lado desde el cual Cristo la enfrentó, como a un enemigo que hay que vencer, como a un sufrimiento que hay que soportar antes de poder entrar en la vida nueva. No; el creyente que sabe lo que Cristo es como el Resucitado se acerca a la muerte —a la crucifixión del yo, de la carne y del mundo— desde el lado de la resurrección, el lugar de la victoria, en el poder del Cristo Viviente. Cuando fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte y en su resurrección como nuestras; y Cristo mismo, el Señor Resucitado y Viviente, nos conduce triunfalmente a la experiencia del poder de su muerte. Y así, para el creyente que verdaderamente vive por la fe, y que no busca en sus propios forcejeos crucificar y mortificar la carne, sino que conoce al Señor viviente, el hondo gozo de la resurrección no le abandona ni por un momento, sino que es su fuerza para lo que a otros puede parecer solo doloroso sacrificio y cargar la cruz. Dice con Pablo: «Me glorío en la cruz por la cual he sido crucificado». Nunca, como tantos hacen, formula la pregunta de Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» sin hacer resonar la respuesta gozosa y triunfante como experiencia presente: «Doy gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor». «Gracias a Dios, que siempre nos lleva en triunfo en Cristo». Es el gozo de un Salvador presente, de la experiencia de una salvación perfecta, el gozo de una vida de resurrección, lo único que da el poder para entrar profunda y plenamente en la muerte que Cristo murió, y entregar nuestra voluntad y nuestra vida para ser enteramente santificadas a Dios. En el gozo de esa vida, de la cual nunca está ausente el poder de la muerte, es posible decir con el Apóstol a cada momento: «Como moribundos, mas he aquí vivimos; como entristecidos, mas siempre gozosos».

Procuremos aprender las dos lecciones: la santidad es esencial para la verdadera felicidad; la felicidad, esencial para la verdadera santidad. La santidad es esencial para la verdadera felicidad. Si usted quiere tener gozo, la plenitud del gozo, un gozo permanente que nada pueda quitarle, sea santo como Dios es santo. La santidad es bienaventuranza. Nada puede oscurecer ni interrumpir nuestro gozo sino el pecado. Cualquiera que sea nuestra prueba o tentación, el gozo de Jesús —del cual dice Pedro: «en quien ahora os alegráis con gozo inefable»— puede más que compensarla y superarla. Si perdemos nuestro gozo, ha de ser por causa del pecado. Puede ser una transgresión real, o un seguir inconsciente del yo o del mundo; puede ser la mancha en la conciencia de algo dudoso, o puede ser la incredulidad que quiere vivir por vista, y que piensa más en sí misma y en su gozo que en el Señor solo: sea lo que sea, nada puede quitarnos el gozo sino el pecado. Si hemos de vivir vidas de gozo, asegurando a Dios, a los hombres y a nosotros mismos que nuestro Señor lo es todo, que es más que todo para nosotros, ¡oh, seamos santos! Gloriémonos en aquel que es nuestra santidad: en su presencia hay plenitud de gozo. Vivamos en el Reino que es gozo en el Espíritu Santo; el Espíritu de santidad es el Espíritu de gozo, porque es el Espíritu de Dios. Son los santos, los consagrados de Dios, quienes gritarán de júbilo.

Y la felicidad es esencial para la verdadera santidad. Si usted quiere ser un cristiano santo, debe ser un cristiano feliz. Jesús fue ungido por Dios con «óleo de alegría», para que él pudiera darnos «óleo de gozo». En todos nuestros empeños por la santidad, las ruedas girarán con pesadez si no está el óleo del gozo; solo esto quita toda tensión y todo roce, y hace que el avance sea fácil y deleitoso. Procure comprender el valor divino del gozo. Es la evidencia de que usted está en la presencia del Padre y de que mora en su amor. Es la prueba de que está conscientemente libre de la ley y de la tensión del espíritu de esclavitud. Es la señal de su libertad de la inquietud y de la responsabilidad, porque usted se regocija en Cristo Jesús como su Santificación, su Guardador y su Fuerza. Es el secreto de la salud y la fuerza espirituales, que llena todo su servicio con la feliz seguridad de niño de que el Padre no pide nada para lo cual no dé fuerza, y de que acepta todo lo que se hace, por débil que sea, en este espíritu. La verdadera felicidad siempre se olvida de sí misma: se pierde en el objeto de su gozo. A medida que el gozo del Espíritu Santo nos llena, y nos regocijamos en Dios el Santo, por medio de nuestro Señor Jesucristo, a medida que nos perdemos en la adoración y el culto del tres veces Santo, llegamos a ser santos. Este es, aun aquí en el desierto, «el Camino de Santidad: los rescatados del Señor vendrán con cánticos; los redimidos andarán por él; gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; alcanzarán gozo y alegría».

¿Comprenden esto todos los hijos de Dios? Que la santidad no es sino otro nombre, el verdadero nombre, que Dios da a la felicidad; que es, en verdad, bienaventuranza inefable saber que Dios sí nos hace santos, que nuestra santidad está en Cristo, que el Espíritu Santo de Cristo está dentro de nosotros. No hay nada tan atrayente como el gozo: ¿han comprendido los creyentes que este es el gozo del Señor: ser santos? ¿O no es acaso la idea de tensión, de sacrificio y de suspiros, de dificultad y de lejanía, tan prominente, que el pensamiento de ser santo apenas ha alegrado jamás el corazón? Si así ha sido, que no lo sea más. «Te gloriarás en el Santo de Israel»: reclamemos esta promesa. Que la creyente seguridad de que nuestro Padre amoroso, y nuestro amado Señor Jesús, y el Espíritu Santo, que con ternura de paloma reposa dentro de nosotros, se han comprometido a hacer la obra, y la están haciendo, nos llene de alegría. No busquemos nuestro gozo en lo que vemos de santidad en nosotros mismos: regocijémonos en la Santidad de Dios en Cristo como nuestra; regocijémonos en el Santo de Israel. Así será nuestro gozo inefable e incesante; así le daremos a él la gloria.

Sed santos, porque yo soy santo.

¡Dios bendito sobre todo! Te ruego que reveles, a mí y a todos tus hijos, el secreto de regocijarnos en ti, el Santo de Israel.

Tú ves cuánto del servicio de tus propios amados hijos está aún en el espíritu de esclavitud, y cuántos nunca han creído todavía que el Camino de Santidad es uno por el cual pueden andar con cánticos, y en el que alcanzarán gozo y alegría. ¡Oh Padre! Enseña a tus hijos a regocijarse en ti.

Te pido especialmente que nos enseñes que, en profunda pobreza de espíritu, en humildad y contrición y total vacío, en la conciencia de que no hay santidad en nosotros, podemos cantar todo el día de tu Santidad como nuestra, de tu gloria que tú pones sobre nosotros, y que sin embargo todo el tiempo es solo tuya. ¡Oh Padre! Abre de par en par a tus hijos el bendito misterio del Reino, esto es, la fe que todo lo ve en Cristo y nada en sí misma; que en verdad todo lo tiene y de todo se goza en él; que nunca tiene ni se goza de nada en sí misma.

Bendito Dios, en tu Palabra has dicho: «Los mansos aumentarán su gozo en el Señor, y los pobres entre los hombres se regocijarán en el Santo de Israel». Oh, concédenos, por tu Espíritu Santo, en mansedumbre y pobreza de espíritu, vivir de tal modo en Cristo que su Santidad sea nuestro gozo siempre creciente, y que en ti mismo, el Santo de Israel, nos regocijemos todo el día. Y que todos vean en nosotros cuán grande bienaventuranza es vivir como los santos de Dios. Amén.

1. El gran estorbo para el gozo en Dios es esperar hallar algo en nosotros mismos de qué gozarnos. Al comienzo de esta búsqueda de la santidad siempre esperamos ver un gran cambio obrado en nosotros mismos. A medida que se nos conduce más adentro de lo que son la fe y la vida de fe, comprendemos cómo, aunque no vemos el cambio como lo esperábamos, podemos con todo regocijarnos con gozo inefable en lo que Jesús es. Este es el secreto de la santidad.

2. El gozo ha de cultivarse. Regocijarse es un mandato dado con más frecuencia de lo que sabemos. Es parte de la obediencia de la fe regocijarse cuando no tenemos ganas de hacerlo. La fe se regocija y canta, porque Dios es santo.

3. «Llenos de gozo y del Espíritu Santo», «El Reino es gozo en el Espíritu Santo». El Espíritu Santo, el Bendito Espíritu de Jesús, está dentro de usted, una verdadera fuente de agua viva, de gozo y de alegría. Oh, procure conocerle a él, que mora en usted, para que obre todo lo que Jesús tiene para usted: él será en usted el Espíritu de fe y de gozo.

4. El amor y el gozo siempre se acompañan. El amor, que se niega y se olvida de sí mismo por los hermanos y por los perdidos, viviendo en ellos, halla el gozo de Dios. «El reino de Dios es gozo en el Espíritu Santo».


Día vigésimo segundo.

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