Santo en Cristo
La santidad y la libertad

Capítulo 21 · 12 min de lectura

La santidad y la libertad

«Habiendo sido hechos libres del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia; ahora presentad vuestros miembros como siervos de la justicia para santificación. Y ahora, hechos libres del pecado y siervos de Dios, tenéis vuestro fruto para santificación, y como fin la vida eterna.»—Romanos 6:18, 19, 22.

«Nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús.»—Gálatas 2:4.

«Para libertad nos hizo libres Cristo; estad, pues, firmes, y no os sujetéis de nuevo al yugo de esclavitud.»—Gálatas 5:1.

No hay posesión más preciosa ni de mayor valor que la libertad. Nada hay más inspirador y elevado; nada, por otra parte, más deprimente y degradante que la esclavitud. Despoja al hombre de aquello que constituye su hombría: el poder de decidir por sí mismo, de obrar por sí mismo, de ser y hacer lo que quisiera.

El pecado es esclavitud; la servidumbre a un poder extraño que ha alcanzado el dominio sobre nosotros, y que a menudo nos obliga a un servicio de lo más renuente. La redención de Cristo restaura nuestra libertad y nos libra del poder del pecado. Si de veras hemos de vivir como redimidos, no basta con mirar la obra que Cristo hizo para llevar a cabo nuestra redención, sino que debemos aceptar y comprender plenamente cuán completa, cuán segura, cuán absoluta es la libertad con que Él nos hizo libres. Solo al «estar firmes en nuestra libertad en Cristo Jesús» podemos tener nuestro fruto para santificación.

Es notable cuán rara vez aparece la palabra santo en la gran argumentación de la Epístola a los Romanos, y cómo, allí donde se usa dos veces en el capítulo vi en la expresión «para santificación», se presenta con toda claridad como la meta y el fruto que se alcanzan mediante una vida de justicia. Ese doble «para santificación», que señala un resultado por obtener, va precedido de un doble «hechos libres del pecado y siervos de la justicia». Nos enseña cómo la libertad respecto del poder del pecado y la entrega al servicio de la justicia no son todavía, por sí mismas, la santidad, sino la senda segura y única por la cual esta se alcanza. Una verdadera percepción y una plena entrada en nuestra libertad del pecado en Cristo son indispensables para una vida de santidad. Fue cuando Israel quedó libre de Faraón que Dios comenzó a revelarse como el Santo; y es al reconocernos «libres del pecado», librados de la mano de todos nuestros enemigos, que hemos de servir a Dios en justicia y santidad todos los días de nuestra vida.

«Habiendo sido hechos libres del pecado:» para entender bien esta palabra, debemos guardarnos de un doble error. No hemos de reducirla a menos, ni introducir en ella más, de lo que el Espíritu Santo quiere decir aquí con ella. Pablo no habla ni de una imputación ni de una experiencia. No debemos limitarla a ser librados de la maldición o del castigo del pecado. El contexto muestra que él habla, no de nuestra posición judicial, sino de una realidad espiritual: nuestra unión viva con Cristo en su muerte y resurrección, y el quedar así enteramente sustraídos al dominio o poder del pecado. «El pecado no se enseñoreará de vosotros.» Tampoco habla aún de una experiencia, de que sintamos que estamos libres de todo pecado. Habla del gran hecho objetivo de que Cristo nos ha librado por fin del poder que el pecado tenía para obligarnos a hacer su voluntad y sus obras, y nos exhorta a que, en la fe de este hecho glorioso, rehusemos con denuedo escuchar el mandato o la tentación del pecado. Conocer nuestra libertad que tenemos en Cristo, nuestra liberación del señorío y poder del pecado, es el camino para realizarla como experiencia.

En tiempos antiguos, cuando los turcos o los moros hacían a menudo esclavos a los cristianos, con frecuencia se pagaban grandes sumas por el rescate de quienes estaban en cautiverio. Pero más de una vez sucedió que, allá en el interior del país de la esclavitud, los rescatados nunca recibían la noticia; a sus amos les convenía demasiado ocultársela. Otros, en cambio, recibían la noticia, pero se habían acostumbrado tanto a su servidumbre que no lograban animarse al esfuerzo de llegar a la costa. La pereza o la desesperanza los mantenía en la esclavitud; no podían creer que alguna vez fueran capaces de alcanzar a salvo la tierra de la libertad. El rescate había sido pagado; en verdad estaban libres; y, sin embargo, en su experiencia, por causa de la ignorancia o de la falta de valor, seguían en cautiverio. La redención de Cristo ha puesto fin de manera tan completa al pecado y al poder legal que este tenía sobre nosotros —pues «el poder del pecado es la ley»— que en realidad, en la más honda verdad, el pecado no tiene poder para forzar nuestra obediencia. Solo cuando le permitimos reinar de nuevo, cuando nos entregamos otra vez como sus siervos, puede ejercer su dominio. Satanás hace cuanto puede por mantener a los creyentes en la ignorancia de cuán completa es esta su libertad respecto de su esclavitud. Y porque los creyentes se contentan tanto con sus propias ideas de lo que significa la redención, y tan poco anhelan y suplican verla y poseerla en su plenitud de liberación y bendición, la experiencia de hasta qué punto puede realizarse la libertad del pecado es muy débil. «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» Es por el Espíritu Santo, por su luz y su guía interior, humildemente esperadas y a las que uno se rinde, como esta libertad llega a ser posesión nuestra.

En el capítulo sexto Pablo habla de la libertad respecto del pecado; en el capítulo vii (vers. 3, 4, 6), de la libertad respecto de la ley, siendo ambas nuestras en Cristo y en la unión con Él. En el capítulo viii (ver. 2) habla de esta libertad como llegada a ser nuestra en la experiencia. Dice: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» La libertad que es nuestra en Cristo ha de llegar a ser nuestra en apropiación y goce personales por medio del Espíritu Santo. Lo segundo depende de lo primero: cuanto más plena la fe, cuanto más clara la percepción, cuanto más triunfante el gloriarse en Cristo Jesús y en la libertad con que Él nos hizo libres, tanto más pronta y más plena la entrada en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Así como la libertad está en Cristo solamente, así también es el Espíritu de Cristo solo quien la hace nuestra en posesión práctica, y nos mantiene morando en ella: «el espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» A medida que el Espíritu nos revela a Jesús como Señor y Maestro, el nuevo Maestro, el único que tiene algo que decir sobre nosotros, y nos lleva a entregarnos, a presentar nuestros miembros, a rendir toda nuestra vida al servicio de Dios en Cristo, nuestra fe en la libertad respecto del pecado se convierte en conciencia y en realización. Creyendo en lo completo de la redención, el cautivo sale como «el liberto del Señor». Sabe ahora que el pecado ya no tiene poder ni por un momento para mandar obediencia. Podrá intentar hacer valer su antiguo derecho; podrá hablar en tono de autoridad; podrá atemorizarnos hasta el miedo y la sumisión; poder no tiene ninguno sobre nosotros, salvo que nosotros, olvidando nuestra libertad, cedamos a su tentación y nosotros mismos le demos poder.

Somos los libertos del Señor. «Tenemos nuestra libertad en Cristo Jesús.» En Romanos vii Pablo describe las terribles luchas del alma que aún busca cumplir la ley, pero se halla del todo impotente; vendida al pecado, cautiva y esclava, sin la libertad de hacer lo que todo el corazón desea. Pero cuando el Espíritu ocupa el lugar de la ley, el lamento «¡Oh, miserable de mí!» se cambia en el canto de victoria: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo: la ley del Espíritu de vida me ha librado.»

¡Cuántas incontables quejas de fuerza insuficiente para hacer la voluntad de Dios, de esfuerzo infructuoso y esperanzas defraudadas, de continuo fracaso, hacen eco en mil formas distintas al lamento del cautivo: «¡Oh, miserable de mí!»! ¡Gracias a Dios! hay liberación. «¡Para libertad nos hizo libres Cristo! Estad, pues, firmes, y no os sujetéis de nuevo al yugo de esclavitud.» Satanás procura siempre echar de nuevo sobre nosotros el yugo, ya del pecado, ya de la ley, para engendrar otra vez el espíritu de esclavitud, como si el pecado o la ley, con sus exigencias, tuvieran de algún modo poder sobre nosotros. No es así: no se deje enredar; permanezca firme en la libertad con que Cristo le hizo libre. Escuchemos el mensaje: «Habiendo sido hechos libres del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia; ahora presentad vuestros miembros como siervos de la justicia para santificación.» «Habiendo sido hechos libres del pecado, y hechos siervos de Dios, tenéis vuestro fruto para santificación.» Para ser santo, usted debe ser libre, perfectamente libre; libre para que Jesús le gobierne, le guíe; libre para que el Espíritu Santo disponga de usted, respire en usted, obre su obra secreta, apacible, pero poderosa, de modo que crezca hasta alcanzar toda la libertad que Jesús ha ganado para usted. El templo no podía ser santificado por la morada de Dios, sino en cuanto estaba libre de todo otro señor y de todo otro uso, para ser de Él y de su servicio solamente. El templo interior de nuestro corazón no puede ser verdadera y plenamente santificado, sino en cuanto estamos libres de todo otro señor y poder, de todo yugo de esclavitud, o de temor, o de duda, para dejar que su Espíritu nos conduzca a la perfecta libertad que tiene su fruto en la verdadera santidad.

Habiendo sido hechos libres del pecado, y hechos siervos de la justicia, tenéis vuestro fruto para santidad, y como fin la vida eterna. Libertad, Justicia, Santidad: estos son los pasos en el camino hacia la gloria venidera. Cuanto más hondamente entramos por la fe en nuestra libertad, que tenemos en Cristo, tanto más gozosa y confiadamente presentamos nuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Ese Dios es el Padre cuya voluntad nos deleitamos en hacer, cuyo servicio es perfecta libertad. El Redentor es el Maestro, a quien el amor nos liga en obediencia voluntaria. La libertad no es desenfreno: «somos librados de nuestros enemigos, para servirle en justicia y santidad todos los días de nuestra vida.»

La libertad es la condición de la justicia; y esta, a su vez, de la santidad. El hacer la voluntad de Dios conduce a aquella comunión, aquella simpatía del corazón con Dios mismo, de la cual brota aquel reflejo de la Presencia Divina, que es la Santidad. Habiendo sido hechos libres del pecado, hechos esclavos de la justicia y de Dios, tenemos nuestro fruto para santidad, y como fin —el fruto de la santidad se convierte, cuando madura, en la semilla de— la vida eterna.

Sed santos, porque yo soy santo.


¡Oh Dios gloriosísimo! Te ruego que abras mis ojos a esta maravillosa libertad con que Cristo me hizo libre. Que entre yo plenamente en Tu palabra: que el pecado no se enseñoreará de mí, porque no estoy bajo la ley, sino bajo la gracia. Que conozca mi libertad que tengo en Cristo Jesús, y esté firme en ella.

¡Padre! Tu servicio es perfecta libertad: revélame también esto. Tú eres el infinitamente Libre, y Tu voluntad no conoce más límites que los que ha puesto su propia perfección. Y Tú nos invitas a entrar en Tu voluntad, para que seamos libres como Tú lo eres. ¡Oh Dios mío! muéstrame la hermosura de Tu voluntad, que me libra de mí mismo y del pecado, y sea ella mi única bienaventuranza. Haz que el servicio de la justicia sea así para mí gozo y fortaleza, teniendo su fruto para santificación, llevándome a Tu Santidad.

¡Bendito Señor Jesús! mi Libertador y mi Libertad, Tuyo soy. Me entrego a Tu voluntad, para no conocer más voluntad que la Tuya. ¡Maestro! a Ti, y solo a Ti, quiero servir. ¡Tengo mi libertad en Ti! sé Tú mi Guardador. No puedo estar firme ni un momento fuera de Ti. En Ti puedo estar firme; en Ti pongo mi confianza.

¡Oh Dios santísimo! como hijo Tuyo libre, obediente y amante, Tú me harás santo. Amén.

1. La libertad es el poder de llevar a cabo sin estorbo el impulso de nuestra naturaleza. En Cristo, el hijo de Dios está libre de todo poder que pudiera impedirle vivir conforme a la ley de su nueva naturaleza.

2. Esta libertad es de fe (Gálatas 5:5, 6). Por la fe en Cristo entro en ella y me mantengo en ella.

3. Esta libertad es del Espíritu Santo. «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» «Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.» Un corazón lleno del Espíritu es hecho libre de veras. Pero no somos hechos libres para que hagamos nuestra propia voluntad. No, hechos libres para seguir la dirección del Espíritu Santo. «Donde está el Espíritu, allí hay libertad.»

4. Esta libertad es en amor. «Fuisteis llamados a libertad; solamente que no uséis vuestra libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.» La libertad con que el Hijo hace libres es una libertad para llegar a ser semejantes a Él mismo, para amar y para servir. «Aunque era libre de todos, me hice siervo de todos, para ganar a los más.» Esta es la libertad del amor.

5. «Habiendo sido hechos libres del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia para santificación.» «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva.» Solo el hombre que hace justicia puede llegar a ser santo.

6. Esta libertad es cosa de gozo y de cánticos.

7. Esta libertad es el fundamento de la santidad. El Redentor que hace libres es Dios, el Santo. Como Espíritu Santo, Él conduce a la plena posesión de ella. Ser tan libre de todo, que Dios pueda tomar completa posesión, es ser santo.


Día vigésimo primero.

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