Capítulo 1 · 4 min de lectura
Prefacio
No hay en la Escritura palabra más claramente Divina en su origen y su significado que la palabra santo. No hay palabra que nos lleve más alto en el misterio de la Deidad, ni más hondo en el privilegio y la bienaventuranza de los hijos de Dios. Y, con todo, es una palabra que muchos cristianos jamás han estudiado ni comprendido.
No son pocos los que pueden alabar a Dios porque, durante los últimos veinte años, la consigna Sed santos ha sido acogida en muchas iglesias y círculos cristianos con mayor fervor que antes. En libros y revistas, en congresos y conferencias, en los testimonios y las vidas de los creyentes, tenemos abundantes señales de que lo que se llama el movimiento de santidad es una realidad.
¡Y, sin embargo, cuánto falta todavía! ¡Qué multitudes de cristianos creyentes hay que no tienen sino las nociones más vagas de lo que es la santidad! Y de los que la buscan, ¡cuántos apenas han aprendido lo que significa acudir a la Palabra de Dios y al mismo Dios en busca de la enseñanza que por sí sola puede revelar esta parte del misterio de Cristo y de Dios! Para muchos, la santidad no ha sido más que una expresión general de la vida cristiana en su forma más seria, sin mucha reflexión sobre lo que realmente significa el término.
Al escribir este pequeño libro, mi propósito ha sido descubrir en qué sentido usa Dios esta palabra, para que así signifique para nosotros lo que significa para Él. He procurado seguir la palabra a través de algunos de los pasajes más importantes de la Santa Escritura donde aparece, para aprender allí qué es la santidad de Dios, qué ha de ser la nuestra, y cuál es el camino por el que la alcanzamos. Me ha interesado de manera especial señalar cuán numerosos y variados son los elementos que componen la verdadera santidad como expresión Divina de la vida cristiana en toda su plenitud y perfección. Al mismo tiempo, me he esforzado sin cesar por tener presente la maravillosa unidad y sencillez que hay en ella, centrada en la persona de Jesús. A medida que avanzaba en mi trabajo, sentía cada vez más hondamente cuán alta era la tarea que había emprendido al ofrecerme a guiar a otros aun hasta los atrios exteriores del Lugar Santo del Altísimo. Y, sin embargo, la dificultad misma de la tarea me convenció de cuán necesaria era.
Temo que habrá algunos para quienes el libro sea una decepción. Han oído que la entrada a la vida de santidad no es a menudo sino un paso. Han oído hablar de creyentes, o los han visto, que podían contar del bendito cambio que ha venido sobre sus vidas desde que hallaron el maravilloso secreto de la santidad por la fe. Y ahora buscan ese secreto. No pueden entender que el secreto llega a los que no lo buscan, sino que solo buscan a Jesús. De buena gana tendrían un libro en el que todo lo que necesitan saber acerca de la Santidad y del camino hacia ella estuviera reunido en unas pocas lecciones sencillas, fáciles de aprender, de recordar y de practicar. Esto no lo hallarán. Hay algo así como un Pentecostés todavía para los discípulos de Jesús; pero le llega a aquel que lo ha dejado todo para seguir solo a Jesús, y que, siguiéndole plenamente, ha permitido que el Maestro le reprenda y le instruya. A menudo hay muy benditas revelaciones de Cristo, como Salvador del pecado, tanto en la cámara secreta como en las reuniones de los santos; pero estas se dan a aquellos para quienes han sido preparadas, y que han sido preparados para recibirlas. Aprendan todos a confiar en Jesús, y a gozarse en Él, aunque su experiencia no sea la que quisieran. Él nos hará santos. Pero, ya sea que hayamos entrado en la bendita vida de fe en Jesús como nuestra santificación, o que todavía la anhelemos desde lejos, todos necesitamos una sola cosa: la sencilla aceptación, creyente y obediente, de cada palabra que nuestro Dios ha hablado. Ha sido mi ferviente deseo poder ser un ayudador de la fe de mis hermanos, al procurar seguir con ellos la asombrosa revelación de la Santidad de Dios a través de las edades, tal como está registrada en su bendita Palabra. Ha sido mi continua oración que Dios use lo que está escrito para acrecentar en sus hijos la convicción de que debemos ser santos, el conocimiento de cómo hemos de ser santos, el gozo de que podemos ser santos, la fe de que podemos llegar a ser santos. Y que Él nos mueva a todos a clamar a Él día y noche por una visitación del Espíritu y del Poder de la Santidad sobre todo su pueblo, para que el nombre de cristiano y el de santo sean sinónimos, y todo creyente sea un vaso hecho santo y útil para el uso del Maestro.
A. M.
Wellington, 16 de noviembre de 1887.
Capítulo 1 completado
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