Capítulo 16 · 12 min de lectura
El Espíritu Santo
«Pero esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.» —Juan 7:39.
«El Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas.» —Juan 14:26.
«Dios os escogió para salvación, en santificación del Espíritu y la fe en la verdad.» —2 Tesalonicenses 2:13. (Véase 1 Pedro 1:2.)
A veces se ha dicho que, mientras la Santidad de Dios resalta con mayor prominencia en el Antiguo Testamento, en el Nuevo ha de ceder el paso a la revelación de su amor. Difícilmente podría hacerse tal observación si se comprendiera plenamente que el Espíritu es Dios, y que, cuando toma el epíteto Santo como su propio nombre, es para enseñarnos que ahora la Santidad de Dios ha de acercarse más que nunca, y ha de revelarse especialmente como el poder que nos hace santos. En el Espíritu Santo, Dios, el Santo de Israel, y aquel que fue el Santo de Dios, se acercan para el cumplimiento de la promesa: «Yo soy el Señor que os santifico». La santidad de Dios, invisible e inaccesible, había sido revelada y acercada en la vida de Cristo Jesús; todo lo que estorbaba nuestra participación en ella había sido quitado por su muerte. El nombre de Espíritu Santo nos enseña que es obra especial del Espíritu impartírnosla y hacérnosla propia.
Procure comprender el sentido de esto: el epíteto que a lo largo de todo el Antiguo Testamento perteneció al Dios Santo, ahora se aplica a aquel Espíritu que está dentro de usted. La Santidad de Dios en Cristo llega a ser santidad en usted, porque este Espíritu está en usted. Las palabras, y las realidades divinas que ellas expresan, Santo y Espíritu, están ahora inseparable y eternamente unidas. Usted solo puede tener tanto del Espíritu como esté dispuesto a tener de santidad. Usted solo puede tener tanta santidad como tenga del Espíritu que mora en su interior.
Hay quienes oran por el Espíritu porque anhelan tener su luz, su gozo y su fuerza. Y sin embargo sus oraciones traen poco aumento de bendición o de poder. Es porque no le conocen ni le desean rectamente como el Espíritu Santo. Su ardiente pureza, su luz que escudriña y convence, su dar muerte a las obras del cuerpo, del yo con su voluntad y su poder, su conducir a la comunión de Jesús al entregar él su voluntad y su vida al Padre: en nada de esto han pensado. El Espíritu no puede obrar con poder en ellos porque no le reciben como el Espíritu Santo, en santificación del Espíritu. A veces, en tiempos de avivamiento, como entre los corintios y los gálatas, puede en verdad venir con sus dones y poderosas obras, mientras que su poder santificador se manifiesta muy poco. (1 Corintios 14:4; 13:8; 3:1-3; Gálatas 3:3; 5:15-26.) Pero a menos que ese poder santificador sea reconocido y aceptado, sus dones se perderán. Sus dones, al venir sobre nosotros, no tienen otro fin que preparar el camino para el poder santificador dentro de nosotros. Debemos tomar la lección a pecho: podemos tener tanto del Espíritu como estemos dispuestos a tener de su Santidad. Estar llenos del Espíritu ha de significar para nosotros: estar plenamente santos.
Lo inverso es igualmente cierto. Solo podemos tener tanta santidad como tengamos del Espíritu. Algunas almas buscan muy seriamente ser santas, pero lo hacen en gran medida con sus propias fuerzas. Leerán libros y escucharán discursos con la mayor diligencia; emplearán todo esfuerzo por asir cada pensamiento y poner en práctica cada consejo. Y sin embargo han de confesar que todavía son muy ajenas al verdadero y profundo reposo, gozo y poder de permanecer en Cristo, y de ser santas en él. Buscaron la santidad más que al Espíritu. Han de aprender cómo aun toda la santidad que está tan cerca y tan clara en Cristo queda fuera de nuestro alcance, salvo cuando el Espíritu Santo mora dentro y la imparte. Han de aprender a orar por él y por su poderoso fortalecimiento (Efesios 3:16), a creer para recibirle (Juan 4:14; 7:37), a rendirse por la fe a él como morador (1 Corintios 3:14; 6:19). Han de aprender a cesar del propio esfuerzo en el pensar y el creer, en el querer y el correr; a esperar en Dios, y aguardarle con paciencia. Él, por su Espíritu Santo, nos hará santos. Ser santo significa: ser lleno del Espíritu.
Si indagamos más de cerca cómo es que este Espíritu Santo santifica, la respuesta es: él revela e imparte la Santidad de Cristo. La Escritura nos dice: Cristo nos ha sido hecho santificación. Él se santificó a sí mismo por nosotros, para que también nosotros fuésemos santificados en verdad. Hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo una vez para siempre. Somos santificados en Cristo Jesús. El Cristo vivo entero no es sino un tesoro de santidad para el hombre. En su vida en la tierra convirtió la Santidad divina que poseía en la moneda corriente que esta vida humana y terrenal necesita: obediencia al Padre, y humildad, y amor, y celo. Como Dios, tiene de ella suficiencia para cada momento de la vida de cada creyente.
Y con todo, todo ello queda fuera de nuestro alcance, salvo cuando el Espíritu Santo nos lo trae y nos lo comunica interiormente. Pero esta es la obra misma por la cual lleva el Nombre divino, el Santo Espíritu: glorificar a Jesús, el Santo de Dios, dentro de nosotros, y hacernos así partícipes de su Santidad. Lo hace revelando a Cristo, de modo que comenzamos a ver lo que hay en él. Lo hace descubriendo la profunda impiedad de nuestra naturaleza (Romanos 7:14-23). Lo hace fortaleciéndonos poderosamente para creer, para recibir a Jesús mismo como nuestra vida. Lo hace llevándonos a la total desesperación de nosotros mismos, a la absoluta entrega de obediencia a Jesús como Señor, a la segura confianza de la fe en el poder de un Cristo que mora en nosotros. Lo hace impartiendo, en las profundidades secretas y silenciosas del corazón y de la vida, las disposiciones y las gracias de Cristo, de modo que desde el centro interior de nuestra vida, que ha sido renovado y santificado en Cristo, la santidad fluya y lo penetre todo hasta la más extrema circunferencia. Allí donde una vez se ha despertado el deseo, y se ha creado la delicia en la ley de Dios según el hombre interior, allí, como el Espíritu de esta vida en Cristo Jesús, hace libre de la ley del pecado y de la muerte en los miembros, y conduce a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Como Dios dentro de nosotros, comunica lo que Dios en Cristo ha preparado.
Y si preguntamos una vez más cómo ha de asegurarse la obra de este Espíritu Santo, que así santifica, la respuesta es muy sencilla y clara. Él es el Espíritu del Padre Santo, y de Cristo, el Santo de Dios: de ellos ha de recibirse. «Me mostró un río de agua de vida que salía del trono de Dios y del Cordero». Jesús habla «del Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi Nombre». Nos enseñó a pedir al Padre. Pablo ora por los efesios: «Doblo mis rodillas ante el Padre, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior». Al mirar a Dios en su Santidad, y en toda su revelación desde la Creación en adelante, y al ver cómo el Espíritu fluye ahora del trono de su Santidad como el agua de vida, se despertará nuestra esperanza de que Dios le dará para que obre poderosamente en nosotros. Y al ver entonces a Jesús revelando esa santidad en la naturaleza humana, rasgando el velo en su muerte expiatoria, para que el Espíritu del Lugar Santísimo salga y, como el Espíritu Santo, sea su representante, haciéndole presente dentro de nosotros, llegaremos a confiar en que la fe en Jesús traerá la plenitud del Espíritu. Así como nos dijo que pidiéramos al Padre, nos dijo que creyéramos en él mismo. «El que en mí cree, ríos de agua viva correrán de su interior». Inclinémonos ante el Padre en el nombre de Cristo, su Hijo; creamos muy sencillamente en el Hijo como aquel en quien somos agradables al Padre, y por medio de quien el amor y la bendición del Padre nos alcanzan, y podemos estar seguros de que el Espíritu, que ya está dentro de nosotros, hará, como el Espíritu Santo, su obra con poder cada vez mayor. El misterio de la santidad es el misterio de la Trinidad: al inclinarnos ante el Padre, creyendo en el Hijo, el Espíritu Santo obrará. Y veremos el verdadero sentido de lo que Dios habló en Israel: «Yo soy santo», así habla el Padre; «Sed santos», como mi Hijo y en mi Hijo; «Yo santifico», mediante el Espíritu de mi Hijo que mora en vosotros. Adoren nuestras almas y clamen: «Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos».
El Espíritu Santo. Todo verdadero conocimiento del Padre en su adorable Santidad, y del Hijo en la suya, conocimiento que ha de ser nuestro, y toda participación en él, dependen de nuestra vida en el Espíritu, de conocerle y reconocerle como quien mora en nosotros como nuestra Vida. Oh, ¿cómo puede ser que, teniendo un Dios tres veces Santo, su Santidad no cubra más a su Iglesia y a sus hijos? El Espíritu Santo está entre nosotros, está en nosotros: no puede ser sino que le contristamos y le resistimos. Si usted no quisiera hacerlo, doble al instante la rodilla ante el Padre, para que le conceda las poderosas obras del Espíritu en el hombre interior. Crea que el Espíritu Santo, portador para usted de toda la Santidad de Dios y de Jesús, está en verdad en usted. Deje que él tome el lugar del yo, con sus pensamientos y esfuerzos. Ponga su alma quieta ante Dios en santo silencio, para que él le dé sabiduría; repose, en vacío y pobreza de espíritu, en la fe de que él obrará a su propia manera. Tan divina como es la santidad que Jesús trae, así de divino es el poder con que el Espíritu Santo la comunica. Entréguese día tras día, en creciente dependencia y obediencia, a esperar en él y a ser guiado por él. Sea sobre usted el temor del Santo: santifique en su corazón al Señor Dios: sea él su temor y su pavor. No tema solamente el pecado: tema sobre todo al yo, cuando se abre paso ante Dios con su servicio. Muera el yo, al rehusar y negar su obra: tenga el Espíritu Santo, en quietud, y dependencia, en la entrega de la obediencia y la confianza, el gobierno, la libre disposición de toda facultad. Espere en él: él puede, él con poder revelará e impartirá la Santidad del Padre y del Hijo.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de tu gloria! Llene esa gloria el corazón de tu hijo, mientras se inclina ante ti. Vengo ahora a beber del río del agua de vida que fluye de debajo del trono de Dios y del Cordero. ¡Gloria a Dios y al Cordero por el don que no ha subido al corazón del hombre para concebirlo: el don del Santo Espíritu que mora en nosotros!
¡Oh Padre mío! En el nombre de Jesús te pido que sea fortalecido con poder por tu Espíritu en el hombre interior. Enséñame, te ruego, a creer que tú lo has dado, a aceptarle y a esperar que llene y gobierne todo mi ser interior. Enséñame a entregarme a él; a no querer ni correr, a no pensar ni obrar con mis fuerzas, sino a esperar en tranquila confianza y a saber que él obra en mí. Enséñame qué es no tener ninguna confianza en la carne, y servirte en el Espíritu. Enséñame qué es ser guiado en todas las cosas por tu Espíritu Santo, el Espíritu de tu Santidad.
Y concede, Padre bondadoso, que por medio de él pueda oírte hablar y revelarte a mí con poder: yo soy santo. Que él glorifique para mí y en mí a Jesús, en quien tu mandamiento «Sed santos» ha sido tan bienaventuradamente cumplido en mi favor. Y dé el Espíritu Santo la unción y el sello que traen la perfecta certeza de que en él tu promesa se está cumpliendo gloriosamente: «Yo os santifico». Amén.
1. Universalmente se admite que el Espíritu Santo no tiene, en la enseñanza de la Iglesia ni en la fe de los creyentes, aquel lugar de honor y de poder que le corresponde como Revelador del Padre y del Hijo. Busque una profunda convicción de que, sin el Espíritu Santo, la enseñanza más clara sobre la santidad, los deseos más fervientes, aun las experiencias más bienaventuradas, solo serán temporales, no producirán ningún resultado permanente, no traerán ningún reposo duradero.
2. El Espíritu Santo mora dentro, y obra dentro, en lo profundo y oculto de su naturaleza. Busque sobre todas las cosas la clara y habitual certeza de que él está dentro de usted, haciendo su obra.
3. Con este fin, niéguese a sí mismo y niegue su obra en el servicio a Dios. Su propio poder para pensar y orar y creer y esforzarse: dispóngalo todo expresa y distintamente en la presencia de Dios; reclame, acepte y crea en las obras ocultas del Espíritu que mora en usted.
4. Así como el Hijo hablaba siempre del Padre, así el Espíritu señala siempre a Cristo. El alma que se entrega al Espíritu aprenderá de él a conocer cómo Cristo es nuestra santidad, cómo podemos permanecer siempre en Cristo, nuestra Santificación. ¡Qué vano esfuerzo ha sido a menudo sin el Espíritu! «Como la unción os enseñó, permanecéis en él».
5. En el templo de su corazón, amado creyente, hay un lugar secreto, tras el velo, donde mora, muchas veces del todo ignorado, el Espíritu de Dios. Inclínese en profunda reverencia ante el Padre, y pida que él obre poderosamente. Espere que el Espíritu haga su obra: él hará de su hombre interior una morada apropiada, de su corazón un trono, para Jesús, y le revelará allí.
Día decimosexto.
Capítulo 16 completado
El Espíritu Santo