Capítulo 15 · 11 min de lectura
El Santo de Dios
«Por lo cual también aquel santo ser que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios».—Lucas 1:35.
«Nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Santo de Dios».—Juan 6:69.
«El santo del Señor»: solo una vez (Sal. 106:16) se halla esta expresión en el Antiguo Testamento. Se dice de Aarón, en quien la santidad, en la medida en que entonces podía ser revelada, había hallado su más completa encarnación. El título aguardaba su cumplimiento en Aquel que, solo Él, en su propia persona, podía mostrar perfectamente la santidad de Dios en la tierra: Jesús, el Hijo del Padre. En Él vemos la santidad como divina, como humana, como nuestra misma.
1. En Él vemos en qué consiste aquella Incomparable Excelencia de la Naturaleza Divina. «Amaste la justicia y aborreciste la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros». El infinito aborrecimiento que Dios tiene del pecado, y su defensa de lo Recto, podrían parecer de poco valor moral, por ser una necesidad de su naturaleza. En el Hijo vemos la Santidad Divina puesta a prueba. Él es probado y tentado. Padece, siendo tentado. Prueba que la Santidad tiene en verdad un valor moral: está dispuesta a hacer cualquier sacrificio, aun a entregar la vida y dejar de existir, antes que consentir en el pecado. Al entregarse a la muerte, antes que ceder a la tentación del pecado; al entregarse a la muerte, para que el justo juicio del Padre fuese honrado; Jesús probó cómo la Justicia es un elemento de la Santidad Divina, y cómo el Santo es santificado en Justicia.
Pero este es solo un lado de la Santidad. El fuego que consume también purifica: hace partícipe de su propia y hermosa naturaleza de Luz a todo lo que es capaz de asimilación. Así, la Santidad Divina no solo mantiene su propia pureza; también la comunica. En esto se vio en verdad que Jesús era el Santo de Dios: en que nunca dijo: «Apártate, que soy más santo que tú». Su santidad se mostró como la encarnación misma de Aquel que había dicho: «Así dijo el Alto y Sublime, cuyo Nombre es Santo: Yo habito en el lugar Alto y Santo, y con el que es de espíritu contrito». En Él se vio la afinidad que la santidad tiene con todo lo que está perdido, desvalido y pecador. Probó que la santidad no es solo la energía que, en santo enojo, se aparta de todo lo impuro, sino que, en santo amor, aparta hacia sí aun lo más pecaminoso, para salvarlo y bendecirlo. En Él vemos cómo la Santidad Divina es la armonía de la Justicia Infinita con el Amor Infinito.
2. Tal es el aspecto Divino del carácter de Cristo, al mostrar Él en forma humana lo que es la Santidad de Dios. Pero hay otro aspecto, para nosotros no menos interesante e importante. No solo queremos saber cómo es santo Dios, sino cómo debe obrar el hombre para ser santo como Dios es santo. Jesús vino a enseñarnos que es posible ser hombres y, con todo, tener la vida de Dios morando en nosotros. Ordinariamente pensamos que la gloria y la infinita Perfección de la Deidad son el marco propio en que ha de verse la hermosura de la santidad: Jesús probó la perfecta adaptación e idoneidad de la naturaleza humana para manifestar aquello que es la gloria esencial de la Deidad. Nos mostró cómo, al escoger y hacer la voluntad de Dios, y hacerla su propia voluntad, el hombre puede ser verdaderamente santo como Dios es santo.
El valor de este aspecto de la Encarnación depende de que comprendamos intensamente la verdadera humanidad de nuestro Señor. El terrible proceso de separación y purificación que se lleva a cabo siempre en el horno ardiente de la Santidad Divina, consumiendo siempre y asimilando siempre, esperamos verlo en Él en las luchas de una voluntad verdaderamente humana. La santidad, para ser verdaderamente humana, no solo debe ser un don, sino también una conquista. Viniendo de Dios, debe ser aceptada y apropiada personalmente, en la entrega voluntaria de todo lo que no está de acuerdo con ella. En Jesús, al renunciar Él claramente a su propia voluntad, y hacer y padecer la voluntad del Padre, tenemos la revelación de lo que es la santidad humana, y de cuán verdaderamente el hombre, mediante la unidad de la voluntad, puede ser santo como Dios es santo.
3. Pero ¿de qué sirve que hayamos visto en Jesús que un hombre puede ser santo? Su ejemplo sería en verdad una burla si no nos mostrase el camino, ni nos diese el poder, para llegar a ser como Él. Traernos esto fue, en verdad, el objeto supremo de la Encarnación. La naturaleza Divina de Cristo no hizo simplemente que su humanidad participase de su santidad, dejándolo aún como nada más que un hombre individual. Su Divinidad dio a la santidad humana que Él forjó, a la santa naturaleza humana que Él perfeccionó, un valor infinito y un poder de comunicación. Con Él una vida nueva, la Vida Eterna, fue injertada en el tronco de la humanidad. Por todos los que creen en Él, se santificó a sí mismo, para que ellos mismos fuesen también santificados en verdad. Porque su muerte fue el gran triunfo de su obediencia a la voluntad del Padre, quebrantó para siempre el dominio del pecado, expió nuestra culpa, y le ganó del Padre el poder de hacer a su pueblo partícipe de su propia vida y santidad. En su Resurrección y Ascensión se manifestaron el poder de la Vida Nueva y su derecho al dominio universal, y Él es ahora en plena verdad el Santo de Dios, teniendo en sí mismo, como Cabeza, el poder de una Santidad, a la vez Divina y humana, para comunicarla a cada miembro de su cuerpo.
¡El Santo de Dios! Con una plenitud de sentido que sobrepasa todo conocimiento, en espíritu y en verdad, Jesús lleva ahora este título. Él es ahora el único Santo a quien Dios ve, de tan infinito alcance y poder de santidad, que puede ser santidad para cada uno de sus hermanos. Y así como Él es para Dios el Santo, en quien Él se deleita, y por causa de quien se deleita en todos los que están en Él, así también Cristo puede ser ahora para nosotros el único Santo en quien nos deleitamos, en quien la Santidad de Dios ha llegado a ser nuestra. «Nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Santo de Dios»,—bienaventurados los que pueden decir esto, y se saben santos en Cristo.
Al hablar del misterio de la Santa Trinidad, vimos cómo Cristo está en medio, entre el Padre y el Espíritu, como el punto de unión en que se encuentran. En el Hijo, «la imagen misma de su sustancia» (Heb. 1:3), tenemos la revelación objetiva de la Deidad, la Santidad Divina encarnada y acercada. En el Espíritu Santo tenemos la misma revelación subjetivamente, la Santidad Divina entrando en lo más íntimo de nuestro ser y revelándose allí. La obra del Espíritu Santo es revelar y glorificar a Cristo como el Santo de Dios, al tomar de su Santidad y hacerla nuestra. Él nos muestra cómo todo está en Cristo; cómo Cristo es todo para nosotros; cómo estamos en Cristo; y cómo, como Salvador vivo, Cristo, por medio de su Espíritu, toma y guarda el cuidado de nosotros y de nuestra vida de santidad. Él hace que Cristo sea en verdad para nosotros el Santo de Dios.
¡Hermano mío! Si usted quiere ser santo, si quiere conocer el camino de santidad de Dios, aprenda a conocer a Cristo como el Santo de Dios. Usted está en Él, «santo en Cristo». Usted ha sido puesto, por un acto de Poder Divino, en Cristo, y ese mismo Poder lo mantiene allí, plantado y arraigado en aquella Divina plenitud de vida y santidad que hay en Él. Su Santa Presencia, y el poder de su vida eterna, lo rodean: deje que el Espíritu Santo le revele esto. El Espíritu Santo está dentro de usted como el poder de Cristo y de su vida. Secreta, silenciosa, pero poderosamente, si usted mira al Padre esperando su obra, Él fortalecerá la fe de que usted está en Cristo, y de que la vida Divina, que así lo rodea por todos lados, entrará y tomará posesión de usted. Estudie y ore para creer y comprender que es en Cristo como el Santo de Dios, en Cristo en quien la Santidad de Dios está preparada para usted como una santa naturaleza y un santo vivir, que usted está, y que usted puede permanecer.
Y recuerde, además, que este Cristo es su Salvador, el más paciente y compasivo de los maestros. Estudie la santidad a la luz de su rostro, mirando hacia su faz. Él vino del cielo con el propósito mismo de hacerlo a usted santo. Su amor y su poder son más que la lentitud y el pecado de usted. Aprenda a pensar en la santidad como la herencia preparada para usted, como el poder de una vida nueva que Jesús aguarda y vive para dispensar. Piense en ella como toda en Él, y en su posesión como dependiente de la posesión de Él mismo. Y así como los discípulos, aunque apenas entendían lo que confesaban, ni sabían adónde los conducía el Señor, llegaron a ser sus santos, sus consagrados, en virtud de su intenso apego a Él, así hallará usted que amar a Jesús fervientemente, y obedecerle sencillamente, es el camino seguro a la santidad y a la plenitud del Espíritu Santo.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Santísimo Señor Dios! Te bendigo porque tu amado Hijo, a quien tú santificaste y enviaste al mundo, es ahora para nosotros el Santo de Dios. Te ruego que mi vida interior sea de tal modo iluminada por el Espíritu, que yo pueda por la fe conocer plenamente lo que esto significa.
Que yo lo conozca como la revelación de tu Santidad, la encarnación en la naturaleza humana, aun hasta la muerte, de tu infinito e invencible aborrecimiento del pecado, como también de tu asombroso amor al pecador. Que mi alma se llene de gran temor y confianza en ti.
Que yo lo conozca como la manifestación de la Santidad en la cual hemos de andar ahora delante de ti. Él vivió en tu santa voluntad. Que yo lo conozca tal como Él forjó aquella santidad, para ser comunicada a nosotros en una nueva naturaleza humana, haciéndonos posible vivir una vida santa.
Que yo lo conozca tal como tú me has puesto en Él en el cielo, santo en Cristo, y tal como puedo permanecer en Él por la fe.
Que yo lo conozca, tal como Él mora en mí, el Santo de Dios en el trono de mi corazón, alentando su Santo Espíritu y manteniendo su santo gobierno. Así viviré santo en Cristo.
¡Oh Padre mío! Te agradó que en tu Hijo habitase toda la plenitud. En Él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento; en Él moran las inescrutables riquezas de la gracia y de la santidad. Te ruego, revélamelo a mí, revélalo en mí, para que no tenga que contentarme con pensamientos y deseos, sin la realidad, sino que, en el poder de una vida indestructible, yo lo conozca, y sea conocido por Él, el Santo de Dios. Amén.
1. En la santidad de Jesús vemos lo que debe ser la nuestra: justicia, que aborrece el pecado y lo da todo por verlo destruido; amor, que busca al pecador y lo da todo por verlo salvado. «El que no hace justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano».
2. Es un pensamiento solemne que podamos estar estudiando con empeño para saber qué es la santidad, y sin embargo tener poco de ella, porque tenemos poco de Jesús. Es un pensamiento bienaventurado que un hombre pueda ocuparse directamente poco del pensamiento de la santidad, y sin embargo tener mucho de ella, porque está lleno de Jesús.
3. Necesitamos todo lo que Dios enseña en su Palabra acerca de la santidad en todos sus diferentes aspectos. Necesitamos aún más volver siempre al centro vivo donde Dios imparte la santidad. Jesús es el Santo de Dios: tenerlo verdaderamente, amarlo fervientemente, confiar en Él y obedecerlo, estar en Él: esto nos hace santos.
4. Su santidad está así atesorada en este Divino, Todopoderoso y dulcísimo Salvador; ciertamente no hace falta temer que Él no esté dispuesto ni sea capaz de hacerlo a usted santo.
5. Con tal Santificador, ¿cómo es que tantos buscadores de la santidad fracasan tan tristemente, y conocen tan poco del gozo de una vida santa?
Estoy seguro de que en muchísimos es esta una sola cosa: procuran asir y retener a este Cristo con sus propias fuerzas, y no saben cómo es el Espíritu Santo dentro de ellos a quien hay que esperar para que revele a este Ser Divino, el Santo de Dios, en sus corazones.
Día Decimoquinto.
Capítulo 15 completado
El Santo de Dios