Santo en Cristo
Santidad y humildad

Capítulo 14 · 11 min de lectura

Santidad y humildad

«Así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, cuyo nombre es Santo: Yo habito en el lugar alto y Santo, y con el de espíritu contrito y humilde, para vivificar el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los contritos».—Is. 57:15.

Muy admirable es la revelación que tenemos en Isaías de Dios, el Santo, como el Redentor y el Salvador de su pueblo. En medio del pueblo que Él creó y formó para sí, habitará como el Santo, manifestando su poder y su gloria, llenándolo de gozo y alegría. Todas estas promesas, sin embargo, se refieren al pueblo como un todo. Nuestro texto de hoy revela un rasgo nuevo y especialmente hermoso de la Santidad divina en su relación con el individuo. El Alto y Sublime, cuyo nombre es Santo, y cuya única morada digna es la eternidad, Él mira al hombre de corazón humilde y contrito; con él habitará. La Santidad de Dios es su Amor que se abaja. Así como es fuego consumidor contra todos los que se ensalzan delante de Él, para el espíritu del humilde es como el brillo del sol, que reaviva el corazón y da vida.

El profundo significado de esta promesa se ve con claridad cuando lo relacionamos con las demás promesas de los tiempos del Nuevo Testamento. El gran rasgo del Nuevo Pacto, en su superioridad sobre el antiguo, es este: que mientras en la ley y en su institución todo era externo, en el Nuevo el reino de Dios estaría dentro. Las leyes de Dios dadas y escritas en el corazón, un espíritu nuevo puesto dentro de nosotros, el Espíritu mismo de Dios dado para morar dentro de nuestro espíritu, y así el corazón y la vida interior hechos aptos para ser el templo y la morada de Dios; esto es lo que constituye el privilegio peculiar del ministerio del Espíritu. Nuestro texto es quizá el único en el Antiguo Testamento en que esta morada del Santo, no solo entre el pueblo, sino en el corazón del creyente individual, se manifiesta con claridad. En él los dos aspectos de la Santidad divina alcanzarían su plena manifestación: Yo habito en el lugar alto y Santo, y también con el de espíritu contrito y humilde. En su cielo de lo alto, el lugar alto y sublime, y en nuestro corazón, contrito y humilde, Dios tiene su morada. La Santidad de Dios es su gloria que lo separa por una distancia infinita, no solo del pecado, sino aun de la criatura, elevándolo muy por encima de ella. La Santidad de Dios es su Amor, que lo atrae hacia abajo, hacia el pecador, para levantarlo a su comunión y semejanza, y hacerlo santo como Él es santo. El Santo busca al humilde; el humilde halla al Santo: tales son las dos lecciones que hemos de aprender hoy.

El Santo busca al humilde. No hay nada que tenga tal atractivo para Dios, que tenga tal afinidad con la santidad, como un espíritu contrito y humilde. La razón es evidente. No hay ley en el mundo natural ni en el espiritual más sencilla que esta: que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio en el mismo momento. Solo en la medida en que el nuevo ocupante pueda expulsar aquello de que estaba lleno el espacio puede realmente poseerlo. En el hombre, el yo tiene la posesión, y la propia voluntad el dominio, y no hay lugar para Dios. Es sencillamente imposible que Dios habite o reine cuando el yo está en el trono. Mientras, por la influencia cegadora del pecado y del amor propio, ni siquiera el creyente sea verdaderamente consciente de hasta qué punto reina esta propia voluntad, no puede haber verdadera contrición ni humildad. Pero cuando el Espíritu de Dios la descubre, y el alma ve cómo ha sido precisamente el yo el que secretamente ha estado excluyendo a Dios, ¡con qué vergüenza queda quebrantada, y cómo anhela romper del todo con el yo, para que Dios tenga su lugar! Es este quebrantamiento, y este continuo quebrantarse, lo que expresa la palabra contrición. Y cuando el alma ve qué necedad y qué culpa ha sido, por su secreto honrar del yo, mantener al Santo lejos del lugar al que solo Él tiene derecho, y que Él tan bienaventuradamente habría llenado, se postra en total abatimiento de sí, con el único deseo de ser nada, y de dar a Dios el lugar y la alabanza que le son debidos.


Tal quebrantamiento y humillación es doloroso. Su intensa realidad consiste en esto: que el alma no puede ver nada en sí misma en que confiar o esperar. Y menos aún puede imaginar que ella sea objeto de la complacencia divina, o vaso apto para la bendición divina. Y sin embargo, este es justamente el mensaje que la Palabra del Señor trae a nuestra fe. Nos dice que el Santo, que habita en el lugar alto y sublime, busca y prepara para sí una morada aquí en esta tierra. Nos dice, justamente lo que el verdaderamente contrito y humilde nunca podría imaginar, y aun ahora apenas puede creer: que es incluso, que es solamente, con tales personas con quienes Él habitará. Estos son aquellos en quienes Dios puede ser glorificado, en quienes hay lugar para que Él ocupe el sitio del yo y llene con Él mismo el lugar vaciado. El Santo busca al humilde. Justamente cuando vemos que no hay nada en nosotros que admirar o en que descansar, Dios ve en nosotros todo lo que admirar y en que descansar, porque hay lugar para Él mismo. El humilde es la morada del Santo.

El humilde halla al Santo. Justamente cuando la conciencia del pecado y de la debilidad, y el descubrimiento de cuánto hay del yo, le hace temer que usted nunca podrá ser santo, el Santo se da a sí mismo. No mientras usted mira al yo, y procura saber si ya es lo bastante contrito y humilde—no, sino cuando, sin mirar ya al yo, porque ha renunciado a toda esperanza de ver en él otra cosa que pecado, usted alza la mirada al Santo, verá cómo su promesa es su única esperanza. Es en la fe donde el Santo se revela al alma contrita. La fe es siempre lo contrario de lo que vemos y sentimos; mira a Dios solo. Y cree que, en su más honda conciencia de falta de santidad, y en su temor de que nunca podrá ser santa, Dios, el Santo, que hace santo, está cerca como Redentor y Salvador. Y se contenta con estar abajo, en la conciencia de su indignidad y vacío, y aun así se regocija en la seguridad de que Dios mismo toma posesión y reaviva el corazón del contrito. Feliz el alma que está dispuesta a aprender de una vez la lección de que, todo el tiempo, será la experiencia simultánea de debilidad y poder, de vacío y llenura, de honda y real humillación, y la igualmente real y muy admirable morada del Santo.

Este es, en verdad, el profundo misterio de la vida divina. Para la razón humana es una paradoja. Cuando Pablo dice de sí mismo: «como quienes mueren, y he aquí vivimos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como no teniendo nada, mas poseéndolo todo», no hace sino dar expresión a la ley del reino: que a medida que el yo es desplazado y el hombre llega a ser nada, Dios llegará a ser todo. Junto al más hondo sentir de nada y de debilidad, el sentir de riquezas infinitas y el gozo inefable pueden llenar el corazón. Por honda y bienaventurada que llegue a ser la experiencia de la cercanía, la bendición, el amor, la morada real del Santo, nunca es una morada en el viejo yo; es siempre una Presencia divina que humilla al yo para dar lugar a que solo Dios sea exaltado. El poder de la muerte de Cristo, la comunión de su cruz, obra a cada momento junto al poder y al gozo de su resurrección. «El que se humilla, será ensalzado»; en la bienaventurada vida de fe, la humillación y la exaltación son simultáneas, dependiendo cada una de la otra.

El humilde halla al Santo; y cuando lo ha hallado, la posesión solo lo humilla aún más. No es que no haya peligro ni tentación de que la carne se ensalce en la posesión, sino que, una vez conocido el peligro, el alma humilde busca gracia para temer de continuo, con un temor que solo se aferra con más firmeza a Dios solo. Nunca por un momento imagine usted que alcanza un estado en que el yo o la carne estén absolutamente muertos. No; por la fe usted entra y permanece en una comunión con Jesús, en quien están crucificados; permaneciendo en Él, usted queda libre del poder de ellos, pero solo en la medida en que cree, y, al creer, ha salido de sí y mora en Jesús. Por tanto, cuanto más abundante llegue a ser la gracia de Dios, y cuanto más bienaventurada la morada del Santo, manténgase usted tanto más abajo. Su peligro es mayor, pero su Ayuda está ahora más cerca: conténtese con confesar temblando el peligro, y ello le hará osado en la fe para reclamar la victoria.

Creyentes, que profesan ser nada y confiar solo en la gracia, les ruego que escuchen el maravilloso mensaje. El Alto y Sublime, cuyo nombre es Santo, y que habita en el Lugar Santo, y que no puede habitar sino en un Lugar Santo, busca una morada aquí en la tierra. ¿Se la darán ustedes? ¿No caerán en el polvo, para que Él halle en ustedes el corazón humilde en que ama morar? ¿No creerán ahora que aun en ustedes, por bajos y quebrantados que se sientan, Él se deleita en hacer su morada? «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino»; con ellos habita el Rey. ¡Oh, este es el camino a la santidad! Sean humildes, y la santa cercanía y presencia de Dios en ustedes será su santidad. Al oír el mandato, Sed santos, porque yo soy santo, que la fe reclame la promesa, y responda: ¡Seré santo, oh Dios Santísimo!, si Tú, el Santo, moras conmigo.

Sed santos, porque yo soy santo.

¡Oh Señor! Tú eres el Alto y Sublime, cuyo Nombre es Santo. Y con todo, Tú dices: «Yo habito en el lugar alto y santo, y con el de espíritu contrito y humilde». ¡Sí, Señor! Cuando el alma toma el lugar bajo, y tiene bajos pensamientos de sí misma, hasta sentir que no es nada, Tú te complaces en venir y consolarla, en morar con ella y reavivarla.

¡Oh Dios mío! Mi nada de criatura me humilla; mis muchas transgresiones me humillan; mi pecaminosidad innata me humilla; pero esto me humilla más que todo: tu infinita condescendencia, y la inefable morada que te dignas conceder. Es tu Santidad, que en Cristo lleva nuestro pecado, tu Santo Amor que sobrelleva nuestro pecado, y consiente en morar en nosotros; ¡oh Dios! Es este amor que sobrepasa todo conocimiento el que me humilla. Te ruego que dejes que haga su obra, hasta que el yo esconda su cabeza y huya ante la presencia de tu gloria, y solo Tú seas todo.

¡Santo Señor Dios! Te ruego que me humilles. ¿No salías antiguamente al encuentro de tus siervos, y te mostrabas a ellos hasta que caían sobre sus rostros y temían? ¡Tú sabes, Dios mío, que no tengo humildad alguna que pueda traerte! En mi bendito Salvador, que se humilló a sí mismo en forma de siervo, y hasta la muerte de cruz, me escondo. En Él, en su espíritu y semejanza, quisiera vivir delante de ti. Óbralo Tú en mí, por el Espíritu Santo que mora en mí, y, así como estoy muerto al yo en Él, y su cruz me hace nada, deja que tu santa morada me reavive y me vivifique. Amén.

1. Humildad y santidad. Mantenga firme la íntima conexión. La humildad es tomar el lugar que me corresponde; la santidad, dar a Dios el lugar que le corresponde. Si soy nada delante de Él, y Dios es todo para mí, estoy en el camino seguro de la santidad. La humildad es santidad, porque da toda la gloria a Dios.

2. «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Estas primeras palabras del Maestro, cuando abrió sus labios para proclamar el Reino, son a menudo las últimas en los corazones de sus discípulos. «El Reino está en el Espíritu Santo:» para los pobres en espíritu, aquellos que saben que no tienen nada que sea realmente espiritual, el Espíritu Santo viene a ser su vida. Los pobres en espíritu son el Reino de los Santos: en ellos el Espíritu Santo revela al Rey.

3. Muchos se esfuerzan mucho por ser humildes con Dios, pero con los hombres mantienen sus derechos y alimentan el yo. Recuerde que la gran escuela de la humildad delante de Dios es aceptar el humillar de los hombres. Cristo se santificó a sí mismo al aceptar la humillación y la injusticia que los hombres malos pusieron sobre Él.

4. La humildad nunca ve su propia hermosura, porque rehúsa mirarse a sí misma: solo se admira de la condescendencia del Dios Santo, y se regocija en la humildad de Jesús, el Santo de Dios, nuestro Santo.

5. El vínculo entre la santidad y la humildad es la morada. El Sublime, cuyo nombre es Santo, habita con el contrito. Y donde Él habita está el Lugar Santo.


Día Catorce.

Capítulo 14 completado

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