Santo en Cristo
El Santo de Israel

Capítulo 12 · 12 min de lectura

El Santo de Israel

«Yo soy el Señor, que os hago subir de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios; seréis, pues, santos, porque yo soy santo. Yo el Señor que os santifico, soy santo».—Lev. 11:45, 21:8.

«Yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador. Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor, tu Santo, el Creador de Israel, tu Rey».—Isa. 43:3, 14, 15.

En el libro de Éxodo hallamos a Dios haciendo provisión para la santidad de Su pueblo. En los tiempos santos y los lugares santos, las personas santas, las cosas santas y los servicios santos, había enseñado a Su pueblo que todo lo que le rodeaba, que todo lo que se acercara a Él, debía ser santo. Solo moraría en medio de la santidad; Su pueblo había de ser un pueblo santo. Pero no hay mención directa de Dios mismo como santo. En el libro de Levítico se nos lleva un paso más adelante. Aquí, por primera vez, tenemos a Dios hablando de Su propia santidad, y haciéndola el fundamento de la santidad de Su pueblo, así como su prenda y su poder. Sin esto, la revelación de la santidad sería incompleta, y el llamado a la santidad, impotente. La verdadera santidad vendrá a nosotros cuando aprendamos que solo Dios mismo es santo. Él solo hace santo; es al venir a Él mismo, y al quedar unidos a Él mismo en obediencia y amor, cuando Su santidad puede reposar sobre nosotros.

Desde los libros de Moisés en adelante, hallaremos que el nombre de Dios como santo aparece pocas veces en los escritos inspirados, hasta que llegamos a Isaías, el profeta evangelista. Allí aparece veintiséis veces, y su verdadero sentido se abre en la manera en que va unido al nombre de Salvador y Redentor. Los sentimientos de gozo, de confianza y de alabanza, con que un pueblo redimido miraría a su Libertador, se mencionan todos en relación con el nombre del Santo. «Canta y da voces de júbilo, moradora de Sion, porque grande es el Santo de Israel en medio de ti». «Los pobres de entre los hombres se gozarán en el Santo de Israel». «Te regocijarás en el Señor, y en el Santo de Israel te gloriarás». En el Paraíso vimos que Dios el Creador era Dios el Santificador, perfeccionando la obra de Sus manos. En Israel vimos que Dios el Redentor era siempre Dios el Santificador, santificando al pueblo que había escogido para Sí. Aquí, en Isaías, vemos cómo es Dios el Santificador, el Santo, quien ha de llevar a cabo la gran redención del Nuevo Testamento: como el Santo, Él es el Redentor. Dios redime porque es santo, y ama hacer santo: la santidad será la redención perfeccionada. La redención y la santidad juntas se hallan en la relación personal con Dios. La llave del secreto de la santidad se ofrece a cada creyente en aquella palabra: «Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor, tu Santo». Acercarse, conocer, poseer al Santo, y ser poseído por Él, es la santidad.

Si la santidad de Dios es así la única esperanza de la nuestra, es justo que procuremos saber qué es esa santidad. Y aunque en verdad la hallemos ser algo que sobrepasa todo conocimiento, no será en vano recoger lo que de ella se ha revelado en la Palabra. Hagámoslo en espíritu de santo temor y adoración, confiando en que el Espíritu Santo sea nuestro maestro.

Y notemos primero cómo esta santidad de Dios, aunque a menudo se menciona como uno de los atributos divinos, apenas puede contarse como tal, al nivel de los demás. Los otros atributos se refieren todos a algún aspecto o característica especial de la naturaleza divina; la santidad parece expresar lo que es la esencia misma o la perfección del Ser Divino mismo. Ninguno de los atributos puede predicarse de todo lo que pertenece a Dios; pero la Escritura habla de Su santo Nombre, Su santo Día, Su santa Morada, Su santa Palabra. En la palabra Santo tenemos la aproximación más cercana posible a un resumen de todas las perfecciones divinas, la descripción de lo que es la Divinidad. Hablamos de los otros atributos como perfecciones divinas, pero en este tenemos la única expresión humana para la Perfección Divina misma. Es por esta razón que los teólogos han hallado tanta dificultad en formular una definición que pueda expresar todo lo que la palabra significa.

La palabra hebrea original, ya derivada de una raíz que significa separar, ya de otra con la idea de resplandecer, expresaba la idea de algo distinguido de lo demás, separado de ello por una excelencia superior. Dios es Separado y distinto de todo lo creado, se mantiene separado de todo lo que no es Dios; como el Santo, mantiene Su gloria y perfección divinas contra cuanto pudiera interferir con ellas: «No hay santo como el Señor»; «¿A quién me haréis semejante, o a quién seré comparado?, dice el Santo». Como Santo, Dios es en verdad el Incomparable; la santidad es solo Suya; no hay nada como ella en el cielo ni en la tierra, salvo cuando Él la da. Y así nuestra santidad consistirá, no en una separación humana en la que intentemos imitar la de Dios —no—, sino en entrar en Su separación; en pertenecerle enteramente; en ser apartados por Él y para Él mismo.

Estrechamente ligada a esto está la idea de la Exaltación: «Así dice el Alto y Santo, cuyo nombre es Santo». Fue el Santo quien fue visto sentado sobre un trono alto y sublime, objeto de la adoración de los serafines. En el Salmo 99 se habla especialmente de la santidad de Dios en relación con Su exaltación. Por esta razón, también, Su santidad va tan a menudo unida a Su Gloria y Majestad (véase «Sexto Día»). Y aquí se verá que nuestra santidad no es sino la pobreza y la humildad que vienen cuando «la altivez del hombre será abatida, y solo el Señor será exaltado».

Si indagamos más de cerca en qué consiste la infinita excelencia de esta Separación y Exaltación, somos llevados a pensar en la Pureza Divina, y eso no solo en su aspecto negativo —como aborrecimiento del pecado—, sino con el elemento más positivo de la perfecta hermosura. Porque somos pecadores, y la revelación de la santidad de Dios está en un mundo de pecado, es natural, es justo y conveniente, que la primera, que la permanente impresión de la santidad de Dios, sea la de una Pureza Infinita que no puede mirar el pecado, en cuya Presencia conviene al pecador esconder su rostro y temblar. La Justicia de Dios, que prohíbe y condena y castiga el pecado, tiene su raíz en Su santidad, es uno de sus dos elementos: el poder devorador y destructor del fuego consumidor. «Dios, el Santo, es santificado en justicia» (Isa. 5:16); en justicia se mantiene y se revela la santidad del Santo. Pero la Luz no solo descubre lo que es impuro, para que sea purificado, sino que es en sí misma algo de infinita hermosura. Y así, algunos de nuestros hombres más santos no han vacilado en hablar de la santidad de Dios como la infinita Hermosura o Belleza del Ser Divino, la Pureza y la Belleza Perfectas de aquella Luz en la que Dios habita. Y si la santidad de Dios ha de hacerse nuestra, ha de reposar sobre nosotros y entrar en nosotros; ha de haber, sin cesar, el santo temor que tiembla ante el pensamiento de contristar la infinita sensibilidad de este Santo con nuestros pecados, y, a la vez, lado a lado y en perfecta armonía con él, el hondo anhelo de contemplar la Hermosura del Señor, una admiración de Su gloria divina, y una gozosa entrega para ser solo Suyos.

Debemos dar un paso más. Cuando Dios dice: «Yo soy santo: yo santifico», vemos que uno de los principales elementos de Su santidad es este: que busca comunicarse a sí misma, hacer partícipe de su propia perfección y bienaventuranza. Esto no es sino Amor. En la maravillosa revelación en Isaías de lo que el Santo es para Su pueblo, hemos de guardarnos de leer mal la preciosa Palabra de Dios. No se dice que, aunque Dios es el Santo, y aborrece el pecado, y debe castigar y destruir, no obstante esto Él salvará. De ninguna manera. Antes bien, se nos enseña que como el Santo, precisamente porque es el Santo, que se deleita en hacer santo, Él será el Libertador de Su pueblo. (Véase Oseas 11:9.) Es a la santidad, por encima de todo lo demás, a lo que somos invitados a mirar, en lo que a confiar, en lo que a gozarnos. El Santo es el que hace santo: redime y salva para ganar nuestra confianza para Sí, para atraernos a Sí mismo como el Santo, para que en el apego personal a Él mismo aprendamos a obedecer, a ser de un mismo sentir con Él, a ser santos como Él es santo.

La santidad divina es, pues, aquella infinita Perfección de la Divinidad en la que la Justicia y el Amor están en perfecta armonía, de la cual proceden, y que juntos revelan. Es aquella Energía de la vida divina en cuyo poder Dios no solo se guarda libre de toda debilidad o pecado de criatura, sino que sin cesar busca elevar a la criatura a la unión consigo mismo y a la plena participación de Su propia pureza y perfección. La gloria de Dios como Dios, como el Dios de la Creación y de la Redención, es Su santidad. Es en esto en lo que realmente consiste la Separación y la Exaltación de Dios, aun por encima de todo pensamiento del hombre. «Dios es luz»; en Su infinita Pureza revela todas las tinieblas, y sin embargo no tiene comunión con ellas. Las juzga y las condena; salva de ellas, y eleva a la comunión de Su propia pureza y bienaventuranza. Este es el Santo de Israel.

Es este Dios quien nos habla: «Yo soy el Señor vuestro Dios: yo soy santo: yo santifico». Es en la adorante contemplación de Su santidad, en la confiada entrega a ella, en la amorosa comunión con Él mismo, el Santo, como podemos ser hechos santos. ¡Hermano mío! ¿quiere usted ser santo? Escuche de nuevo, y deje que, en el hondo silencio de la confianza, las palabras de Dios se hundan en su corazón: «Tu Santo». Venga a Él mismo y reclámelo como su Dios, y reclame todo lo que Él, como el Santo que hace santo, puede hacer por usted. Recuerde tan solo que la Santidad es Él mismo. Venga a Él; adórelo a Él; dele la gloria a Él. No busque, ni aun de Él, santidad en usted mismo; sea abatido el yo, y conténtese con que la Santidad es Suya. A medida que Su presencia llene su corazón, a medida que Su santidad y Gloria sean su único deseo, a medida que Su santa Voluntad y Amor sean su delicia —a medida que el Santo llegue a ser todo en todo para usted—, será santo con la santidad que Él ama ver. Y a medida que, hasta el fin, no vea usted nada que admirar en el yo, y solo Belleza en Él, sabrá que Él ha puesto de Su gloria sobre usted; y su santidad se hallará en el canto: no hay santo como el Señor.

Sed santos, porque yo soy santo.

¡Oh Dios! hemos oído de nuevo la maravillosa revelación de Ti mismo: «Yo soy santo». Y al sentir cuán infinitamente exaltada por encima de todas nuestras concepciones es Tu santidad, oímos Tu llamado, casi aún más maravilloso: «Sed santos, porque yo soy santo». Y cuando todo pensamiento de cómo habíamos de ser santos, como Tú eres santo, nos faltó, oímos Tu voz una vez más, en esta palabra, la más maravillosa de todas: «Yo os santifico». Yo soy «vuestro Santo».

¡Santísimo Dios! te suplicamos que nos concedas, en alguna debida medida, darnos cuenta de cuán impuros somos, y así ocupar el lugar que nos corresponde en Tu presencia. ¡Oh, que la pecaminosidad de nuestra naturaleza, y todo lo que es del yo, nos sea de tal modo descubierto, que ya no sea posible vivir en ello! Que la Luz que revela esto, revele también cómo Tu santidad es nuestra única esperanza, nuestro seguro refugio, nuestra completa liberación. ¡Oh Señor! habla en nuestras almas la palabra: «El Santo, tu Redentor», «Tu Santo», con tal poder por Tu Espíritu, que nuestra fe crezca hasta la firme confianza de que podemos ser santos como Tú eres santo.

¡Santo Señor Dios! te esperamos. Revélate en poder dentro de nosotros, y capacítanos para ser los mensajeros de Tu santidad, para decir a Tu pueblo cuán santo eres Tú, y cuán santos debemos ser, y cuán santos Tú nos haces. Amén.

1. Este Santo es el Dios Todopoderoso. Antes de revelarse a Israel como el Santo, se dio a conocer a Abraham como el Todopoderoso, «que da vida a los muertos». En todos sus tratos con Dios en busca de la santidad, recuerde que Él es el Todopoderoso, que puede hacer maravillas en usted. Diga a menudo: «Gloria a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos».

2. Este Santo es el Dios Justo, un fuego consumidor. Arrójese en él, para que todo lo que es pecaminoso sea destruido. Al ponerse sobre el altar, espere el fuego. «Y presentad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia».

3. Este Santo es el Dios de Amor. Él es su Padre; entréguese para dejar que el Espíritu Santo clame en usted: ¡Abba, Padre!, es decir, para dejar que Él derrame y llene su corazón con el amor paternal de Dios. La santidad de Dios es Su paternidad; nuestra santidad es la condición de hijos. Sea sencillo, amoroso, confiado.

4. Este Santo es Dios. Deje que Él sea Dios para usted; que gobierne todo, llene todo, obre todo. Adórelo, acérquese a Él, viva con Él y en Él y para Él: Él será su santidad.


Duodécimo Día.

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