Capítulo 11 · 13 min de lectura
La santidad y la separación
«Yo soy el Señor vuestro Dios, que os he apartado de los pueblos. Y me seréis santos, porque yo el Señor soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos.»—Lev. 20:24, 26.
«Hasta que se cumplan los días en los cuales él se aparta para el Señor, será santo…. Todos los días de su separación es santo para el Señor.»—Núm. 6:5, 8.
«Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él fuera del campamento, llevando su vituperio.»—Heb. 13:12, 13.
La separación no es santidad, pero es el camino hacia ella. Aunque no puede haber santidad sin separación, puede haber separación que no conduzca a la santidad. Es de profunda importancia comprender tanto la diferencia como la conexión, para que seamos guardados del error de la derecha, que cuenta la separación por sí sola como santidad, así como del error de la izquierda, que busca la santidad sin separación.
La palabra hebrea para santidad procede quizá de una raíz que significa apartar. Pero allí donde en nuestra traducción tenemos «apartar», o «separar», o «poner aparte», tenemos palabras muy distintas. La palabra para santo se usa exclusivamente para expresar esa idea especial. Y aunque la idea de lo santo siempre incluye la de la separación, es en sí misma algo infinitamente más alto. Es de gran importancia comprender bien esto, porque el ser puesto aparte para Dios, la entrega a su reclamo, la devoción o consagración a su servicio, se presenta a menudo como si esto constituyese la santidad. Nunca insistiremos con demasiada seriedad en el pensamiento de que esto es solo el comienzo, el presupuesto: la santidad misma es infinitamente más; no lo que yo soy, o hago, o doy, es la santidad, sino lo que Dios es, y da, y hace en mí. Es que Dios tome posesión de mí lo que me hace santo; es la Presencia y la gloria de Dios lo que verdaderamente santifica. Un estudio atento de las palabras de Dios a Israel nos dejará esto claro. Ocho veces hallamos en Levítico la expresión: «Seréis santos, porque yo soy santo». La santidad es el más alto atributo de Dios, que expresa no solo su relación con Israel, sino su ser y naturaleza mismos, su infinita perfección moral. Y aunque es con pasos muy lentos y graduales como puede enseñar a la mente carnal y entenebrecida del hombre lo que esto significa, desde el mismísimo comienzo dice a su pueblo que su propósito es que sean como Él mismo: santos porque Él es santo, y así como Él es santo. Decirme que Dios aparta a los hombres para sí para que sean suyos, así como Él se da a sí mismo para ser de ellos, me habla de una relación que existe, pero no me dice nada de la verdadera naturaleza de este Ser Santo, ni del valor esencial de la santidad que me comunicará. La separación es solo el poner aparte y tomar posesión del vaso que ha de ser limpiado y usado; es el llenarlo con el precioso contenido que le confiamos lo que le da su verdadero valor. La santidad es el llenado divino sin el cual la separación nos deja vacíos. La separación no es santidad.
Pero la separación es esencial para la santidad. «Os he apartado de los pueblos, y me seréis santos.» Hasta que no haya escogido y apartado un vaso de los que le rodean, y, si es preciso, lo haya limpiado, no puedo llenarlo ni usarlo. He de tenerlo en mi mano, con dominio pleno y exclusivo de él por el momento, o no verteré en él la preciosa leche o el vino. Y así también Dios apartó a su pueblo cuando lo sacó de Egipto, lo apartó para sí mismo cuando le dio su pacto y su ley, para tenerlo bajo su control y poder, a fin de llevar a cabo su propósito de hacerlo santo. Esto no podía hacerlo hasta tenerlo aparte, y haber despertado en él la conciencia de que era su pueblo especial, entera y únicamente suyo, hasta haberle enseñado también a apartarse para Él. La separación es esencial para la santidad.
La institución del nazareo confirmará esto, y sacará también muy claramente a la luz lo que significa la separación. Israel había de ser una nación santa. Su santidad estaba especialmente tipificada en sus sacerdotes. En cuanto al israelita individual, en ninguna parte de los libros de Moisés leemos que fuese santo. Pero había ordenanzas por medio de las cuales el israelita que de buen grado quisiera probar su deseo de ser enteramente santo podía hacerlo. Podía apartarse de la vida ordinaria de la nación que le rodeaba, y vivir la vida de un nazareo, de un apartado. Esta separación era aceptada, en aquellos días de sombra y figura, como santidad. «Todos los días de su separación es santo para el Señor.»
La separación consistía especialmente en tres cosas: templanza, en la abstinencia del fruto de la vid; humillación, en no cortarse ni raparse el cabello («al hombre le es deshonroso dejarse crecer el cabello»); sacrificio propio, en no contaminarse ni aun por su padre o su madre, a la muerte de estos. Lo que debemos notar especialmente es que la separación no era de cosas ilícitas, sino de cosas lícitas. No había nada pecaminoso en sí en que Abraham viviera en la casa de su padre, o en que Israel morara en Egipto. Es en renunciar, no solo a lo que puede probarse que es pecado, sino a todo lo que pueda estorbar la plena intensidad de nuestra entrega en las manos de Dios para hacernos santos, donde se manifiesta el espíritu de separación.
Aprendamos las lecciones que esta verdad sugiere. Debemos conocer la necesidad de la separación. No es una exigencia arbitraria de Dios, sino que tiene su fundamento en la naturaleza misma de las cosas. Apartar una cosa es dejarla libre para un uso o propósito especial, para que con poder indiviso cumpla la voluntad de quien la escogió, y así realice su destino. Es el principio que está en la raíz de toda división del trabajo; la completa dedicación a una sola rama de estudio o de labor es el camino al éxito y a la perfección. Tengo ante mí un bosque de robles, con todos los árboles brotando derechos y muy juntos unos a otros. En las afueras hay un árbol separado de sus compañeros; su grueso tronco y sus ramas de amplia extensión prueban cómo el estar separado, y tener una gran porción de terreno reservada para su propio uso, sobre la cual raíces y ramas pueden extenderse, es el secreto de su crecimiento y grandeza. Nuestras facultades humanas son limitadas; si Dios ha de tomar plena posesión, si hemos de gozarle plenamente, la separación para Él no es sino el requisito sencillo, natural e indispensable. Dios nos quiere todos para sí, para poder darse todo Él a nosotros.
Debemos conocer el propósito de la separación. Se halla en lo que Dios ha dicho: «Me seréis santos, porque yo el Señor soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos.» Dios nos ha apartado para sí mismo en el sentido más profundo de la palabra; para poder entrar en nosotros, y mostrarse a sí mismo en nosotros. Su santidad es la suma y el centro de todas sus perfecciones; nos ha apartado para poder hacernos santos como Él mismo. La separación nunca tiene valor alguno en sí misma; puede llegar a ser sumamente perversa o dañina; todo depende del objeto propuesto. Es a medida que Dios nos obtiene y toma plena posesión de nosotros, a medida que la vida eterna en Cristo tiene el dominio de todo nuestro ser, a medida que el Espíritu Santo fluye plena y libremente a través de nosotros, de modo que moramos en Dios, y Dios en nosotros, que la separación será, no cosa de ordenanzas y observancias, sino una realidad espiritual. Y es a medida que este propósito de Dios se ve y se acepta y se persigue, que las difíciles preguntas acerca de qué debemos ser separados, y cuánto sacrificio exige la separación, hallarán fácil respuesta. Dios nos separa de todo lo que no nos conduce a su santidad y comunión.
Necesitamos, sobre todo, conocer el poder de la separación, el poder que nos introduce en ella en el espíritu del deseo y del gozo, de la libertad y del amor. La gran palabra separadora en el lenguaje humano es la palabra Mío. En ella tenemos el gran manantial del esfuerzo y de la felicidad: en el niño con sus juguetes, en el trabajo con sus ganancias y recompensas, en el patriota que muere por su patria, es este Mío el que pone su mano sobre lo que aparta de todo lo demás. Es la gran palabra que usa el amor. Sea el niño que dice a su madre: Mi propia mamá, y suscita la respuesta: Mi propio hijo; sea el esposo que aparta a la hija de su amado hogar y de sus padres para que llegue a ser suya; o sea el Dios Santo que habla: «Os he apartado de los pueblos, para que seáis Míos;» siempre es con ese Mío con que el amor ejerce su poderosa fuerza, y atrae de todo lo demás hacia sí. Dios mismo no conoce argumento más poderoso, no puede desplegar atracción más poderosa que esta: «para que seáis Míos.» Y el poder de la separación vendrá a nosotros, y obrará en nosotros, a medida que nos entregamos a estudiar y comprender ese santo propósito, a escuchar y apropiarnos de ese maravilloso Mío, a ser aprehendidos y poseídos por ese Amor Todopoderoso.
Estudiemos paso a paso la senda maravillosa en que el Amor Divino realiza su obra separadora. En la redención prepara el camino. Israel es separado de Egipto por la sangre del Cordero y la columna de fuego que lo guía. En su mandato: «Salid, y apartaos,» despierta al hombre a la acción; en sus promesas: «Yo seré vuestro Dios,» aviva el deseo y fortalece la fe. En todos los santos y siervos de Dios, y por fin en Aquel que fue santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, señala el camino. En el poder del Espíritu Santo, el Espíritu de Santidad, sella la separación por la Presencia del Dios que mora dentro. Este es en verdad el poder de la separación. El poder separador de la Presencia de Dios; esto es lo que necesitamos conocer. «¿En qué, pues, se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo?», dijo Moisés; «¿no es en que tú andas con nosotros? Así seremos apartados, yo y tu pueblo, de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra.» Es la conciencia de la Presencia de Dios que mora dentro, que nos hace y nos guarda enteramente suyos, lo que obra la verdadera separación del mundo y de su espíritu, de nosotros mismos y de nuestra propia voluntad. Y es a medida que esta separación es aceptada y estimada y perseverada por nosotros, que la santidad de Dios entrará y tomará posesión. Y comprenderemos que ser propiedad del Señor, un pueblo suyo, es infinitamente más que ser meramente contados o reconocidos como suyos, que significa nada menos que Dios, en el poder y la morada del Espíritu Santo, llena nuestro ser, nuestros afectos y nuestra voluntad con su propia vida y santidad. Él nos aparta para sí mismo, y nos santifica para ser su morada. Él mismo viene a tomar posesión personal por la morada de Cristo en el corazón. Y entonces estamos verdaderamente separados, y guardados separados, por la presencia de Dios dentro de nosotros.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Oh Dios mío! que me has apartado para ti, te ruego, por tu gran poder, que hagas esta separación divina hecho y verdad en mí. Que dentro, en lo profundo de mi propio espíritu, y fuera, en todo mi trato, la corona de separación de mi Dios esté sobre mí.
Te ruego especialmente, oh Dios mío, ¡que perfecciones con poder la separación del yo! Sea tu Presencia en la morada de mi Señor Jesús el poder que destierra al yo del trono. Me he apartado de él con aborrecimiento; oh, Padre mío, ¡revela plenamente a tu Hijo en mí! Es su entronización en mi corazón la que puede guardarme como tuyo, al tomar Él mismo el lugar de mi propio yo.
Y dame gracia, Señor, en mi vida exterior, para esperar una sabiduría divina, a fin de que sepa dar testimonio, para tu gloria y para lo que tu pueblo necesita, de la bienaventuranza de una entrega total de todo a Dios, una separación que nada retiene, para ser suyo y solo suyo.
¡Santo Señor Dios! visita a tu pueblo. Oh, apártalos tú del mundo y de la conformidad con él. Separa, Señor, aparta a los tuyos para ti. Separa, Señor, el trigo de la paja; separa, como por fuego, el oro de la escoria; para que se vea quiénes son del Señor, sus santos. Amén.
1. El amor separa eficazmente. ¡Con qué celo reclama un esposo a su esposa, una madre a sus hijos, un avaro sus posesiones! Ruegue que el Espíritu Santo le muestre cómo Dios le trajo a sí mismo, para que usted fuese suyo. «Él es Dios santo; es Dios celoso.» El amor de Dios derramado en el corazón hace fácil la separación.
2. La muerte separa eficazmente. Si me tengo por verdaderamente muerto en Cristo, quedo separado del yo por el poder de la muerte de Cristo. La vida separa aún más poderosamente. Al decir: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí,» soy levantado fuera de la vida del yo.
3. La separación debe ser manifiesta; está destinada a ser un testimonio para los demás y para nosotros mismos; debe hallar expresión en lo externo, si interiormente ha de ser real y fuerte. Es propio de una acción simbólica que no solo exprese un sentimiento, sino que nutra y fortalezca el sentimiento al que corresponde. Cuando el alma entra en la comunión de Dios, siente la necesidad de una separación externa, a veces aun de lo que a otros parece inofensivo. Si está animada por el espíritu de humilde consagración a Dios, lo externo puede ser un gran fortalecimiento de la verdadera separación.
4. La separación para Dios y la apropiación por Él van juntas. Esta ha sido la bendición que ha venido a los mártires, confesores, misioneros: a todos los que han dado clara expresión al abandono de todo.
5. La separación comienza en amor, y termina en amor. El espíritu de separación es el espíritu del sacrificio propio, de la entrega al amor de Dios; el verdaderamente separado será el más amoroso y el que más gana amor, entregado a servir a Dios y al hombre. ¿No es acaso lo que separa, lo que distingue a Jesús de todos los demás, su amor que se sacrifica a sí mismo? Esta es su separación, en la cual hemos de ser hechos semejantes a Él.
6. La santidad de Dios es su separación; entremos en Su separación del mundo; esa será nuestra santidad. Únase a Dios. Entonces queda usted apartado y santo. Dios separa para sí mismo, no por un acto desde fuera, sino a medida que su Voluntad y Presencia toman posesión de nosotros.
Día Once.
Capítulo 11 completado
La santidad y la separación