Capítulo 10 · 11 min de lectura
La santidad y la meditación
«Harás además una lámina de oro puro, y grabarás en ella: Santidad al Señor. Y estará sobre la frente de Aarón, para que Aarón lleve la iniquidad de las cosas santas que los hijos de Israel consagren en todas sus santas ofrendas; y estará continuamente sobre su frente, para que ellos sean aceptados delante del Señor.»—Éx. 28:36, 38.
La casa de Dios había de ser la morada de su Santidad, el lugar donde Él se revelaría: como el Santo, a quien nadie podía acercarse sino con temor y temblor; como Aquel que hace santo, que atrae hacia sí a todos los que habrían de ser hechos partícipes de su Santidad. De la revelación de su Presencia santa y santificadora, el centro se halla en la persona del sumo sacerdote, en su doble oficio de representar a Dios ante el hombre, y al hombre ante Dios. Él es la encarnación de la Santidad divina en forma humana, y de la santidad humana como don divino, en la medida en que la dispensación del símbolo y la sombra podía ofrecerla y expresarla. En él Dios se acercaba para santificar y bendecir al pueblo. En él el pueblo llegaba a lo más cerca de Dios. Y sin embargo, el Día mismo de la Expiación, en el cual él podía entrar en el Lugar Santísimo, no era sino la prueba de cuán falto de santidad estaba el hombre, y cuán incapaz de permanecer en la Presencia de Dios. Siendo en sí mismo una prueba de la falta de santidad de Israel, era no obstante figura y retrato del Salvador venidero, nuestro bendito Señor Jesús, una maravillosa manifestación del modo en que en adelante la santidad de Dios había de llegar a ser la porción de su pueblo.
Entre los muchos puntos en que el sumo sacerdote prefiguraba a Cristo como nuestra santificación, no hay quizá ninguno más sugerente ni más hermoso que la santa diadema que llevaba sobre su frente. Todo en él había de ser santo. Sus vestiduras eran vestiduras santas. Pero había de haber una cosa en la que esta santidad alcanzara su más plena manifestación. Sobre su frente había de llevar siempre una lámina de oro, con estas palabras grabadas en ella: Santidad al Señor. Todos habían de leer allí que todo el objeto de su existencia, lo único para lo cual vivía, era ser la encarnación y el portador de la santidad divina, el escogido por medio del cual la santidad de Dios pudiera derramarse en bendición sobre el pueblo.
El modo en que había de obrar la bendición de la santa diadema era de lo más notable. Al llevar Santidad al Señor sobre su frente, él ha de, según leemos, «llevar la iniquidad de las cosas santas que los hijos de Israel consagran; para que ellos sean aceptados delante del Señor». Para todo pecado se había dispuesto algún sacrificio o modo de expiación. Pero ¿qué del pecado que se adhiere al sacrificio mismo y al servicio religioso? «Tú amas la verdad en lo íntimo». ¡Cuán dolorosamente podía verse oprimido el adorador por la conciencia de que su penitencia, su fe, su amor, su obediencia, su consagración, eran todos imperfectos y contaminados! También para esta necesidad del adorador había provisto Dios. La santidad del sumo sacerdote cubría el pecado y la falta de santidad de sus cosas santas. La santa diadema era la garantía de Dios de que la santidad del sumo sacerdote hacía aceptable al adorador. Si él era falto de santidad, había uno entre sus hermanos que era santo, que tenía una santidad que podía valer también por él, una santidad en la cual podía confiar. Podía mirar al sumo sacerdote no solo para efectuar la expiación por su rociamiento de sangre, sino para asegurar en su persona también una santidad que lo hacía a él y a sus dádivas sumamente aceptables. En la conciencia de su propia falta de santidad podía regocijarse en un mediador, en la santidad de Otro distinto de sí mismo, el sacerdote que Dios había provisto.
¿No tenemos aquí una lección preciosísima, que nos lleva un paso más adelante en el camino de la santidad? A nuestra pregunta, cómo hace santo Dios, tenemos la respuesta divina: por medio de un hombre sobre quien la Santidad divina ha querido reposar, y cuya santidad nos pertenece a nosotros, como hermanos suyos, los miembros mismos de su propio cuerpo. Por medio de una santidad de tal eficacia, que los pecados mismos de nuestras cosas santas desaparecen, y podemos entrar en la Santa Presencia con la seguridad de ser del todo agradables.
¿Y no es precisamente esta la lección que necesitan muchos que buscan la santidad con fervor? Conocen todo lo que la Palabra enseña de la bendita Expiación, y del pleno perdón que ella ha traído. Creen en el amor maravilloso del Padre, y en lo que Él está dispuesto a hacer por ellos. Y no obstante, cuando oyen de la sencillez infantil, la seguridad de la fe, la obediencia amorosa y la bendita entrega con que el Padre espera que vengan a recibir la bendición, su corazón desfallece de miedo. Es como si la bendición estuviera del todo fuera de su alcance. ¿De qué sirve que se diga que el Santo se acerca tanto? Su falta de santidad los hace incapaces de reclamar o asir la Presencia que a ellos se ofrece. Vea usted cómo el Santo revela aquí su manera de hacer santo, y de preparar para la comunión de su Santidad. En su Escogido como Mediador, hay santidad preparada y atesorada, suficiente para todos los que vienen por medio de Él. Cuando me inclino a orar o adorar, y siento cuánto falta aún de aquella humildad, y fervor, y fe, que Dios tiene derecho a exigir, puedo levantar los ojos al Sumo Sacerdote en su Santidad, a la santa diadema sobre su frente, y creer que la iniquidad de mis cosas santas es llevada y quitada. Puedo, con toda mi deficiencia e indignidad, saber con toda certeza que mi oración es aceptable, un olor fragante. Puedo levantar los ojos al Santo para verle sonreírme, por amor de su Ungido. «La santa diadema estará siempre sobre su frente, para que ellos sean aceptados delante del Señor». Es la bendita verdad de la Sustitución —uno por todos—, de la Mediación; la manera de Dios de hacernos santos. El sacrificio del israelita que adora es santo y aceptable en virtud de la santidad de Otro.
La sombra del Antiguo Testamento nunca puede exponer adecuadamente la realidad del Nuevo Testamento con su plenitud de gracia y verdad. A medida que avanzamos en nuestro estudio, hallaremos que la santidad de Jesús, nuestra santificación, no solo es imputada, sino impartida, porque estamos en Él; el hombre nuevo que nos hemos vestido es creado en verdadera santidad. No solo somos tenidos por santos; somos santos, hemos recibido una nueva naturaleza santa en Cristo Jesús. «El que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos». Es nuestra unión viva con Jesús, el Santo de Dios, la que nos ha dado la naturaleza nueva y santa, y con ella un derecho y una participación en toda la santidad que hay en Jesús. Y así, cuantas veces tomamos conciencia de cuán faltos de santidad somos, no tenemos sino que venir bajo la cobertura de la Santidad de Jesús, para gozar de la plena seguridad de que nosotros y nuestras dádivas somos sumamente aceptables. Por grande que sea la flaqueza de nuestra fe, la deficiencia en nuestro deseo de la gloria de Dios, la falta en nuestro amor o celo, al ver a Jesús, con Santidad al Señor sobre su frente, levantamos nuestro rostro para recibir la sonrisa divina de plena aprobación y perfecta aceptación.
Esta es la manera de Dios de hacer santo. No solo con el lugar santo, como hemos visto, sino también con las personas santas, comienza por un centro, y desde allí, en círculo cada vez más amplio, hace santo. Y de que este método divino será coronado de éxito podemos estar seguros. En la Palabra hallamos una ilustración de lo más notable de la extensión hasta la cual será realizado. Volvemos a encontrar las palabras de la santa diadema una vez más en el Antiguo Testamento, al cerrarse. En el día del Señor, «estará sobre las campanillas de los caballos: Santidad al Señor». El lema del sumo sacerdote se habrá convertido entonces en la consigna de la vida diaria; todo objeto de belleza o de servicio será santo también; desde la cabeza se habrá extendido hasta las orlas de las vestiduras. Comencemos por comprender la Santidad de Jesús en su poder para cubrir la iniquidad de nuestras cosas santas; pongámosla a prueba, y no dejemos ya que nuestra indignidad nos retenga o nos haga dudar; creamos que nosotros y nuestras cosas santas somos aceptables, porque en Cristo somos santos al Señor; vivamos en esta conciencia de aceptación, y entremos en comunión con el Santo. A medida que entramos y permanecemos en la santidad de Jesús, ella entrará y permanecerá en nosotros. Tomará posesión y difundirá su poder conquistador por toda nuestra vida, hasta que también sobre nosotros, sobre todo lo que nos pertenece, resplandezca la palabra: Santidad al Señor. Y hallaremos de nuevo cómo la manera de santidad de Dios es siempre desde un centro —aquí el centro de nuestra naturaleza renovada— por toda la circunferencia de nuestro ser, para hacer que su Santidad pruebe su poder. Con solo morar bajo la cobertura de la Santidad de Jesús, al quitar Él la iniquidad de nuestras cosas santas, nos hará santos a nosotros y a nuestra vida para el Señor.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Oh Dios mío y Padre mío! mi alma te bendice por esta maravillosa revelación de lo que son tu camino y tu gracia para con aquellos a quienes has llamado «Santos en Cristo». Tú sabes, oh Señor, cuán continuamente nuestros corazones han limitado nuestra aceptación contigo por nuestros logros, y la conciencia de nuestras faltas ha obrado condenación. Muy poco sabíamos cómo, en la Santidad de Aquel que nos hace santos, hay una eficacia divinamente infinita para cubrir nuestras iniquidades, y darnos la seguridad de perfecta aceptación. ¡Bendito Padre! abre nuestros ojos para ver, y nuestros corazones para entender esta santa diadema de nuestro bendito Jesús, con su maravilloso y bienaventurado: Santidad al Señor.
Y cuando nuestros corazones nos condenen, porque nuestras oraciones tan poco conscientemente son conformes a la voluntad o a la gloria de Dios, o verdaderamente en el nombre de Jesús, oh Padre santísimo, ten a bien mostrarnos por tu Espíritu cuán resplandeciente es la sonrisa y cuán cordial la bienvenida que todavía tenemos contigo. Enséñanos a venir en la Santidad de nuestro Sumo Sacerdote, y a entrar en la tuya, hasta que ella tome posesión de nosotros, y penetre todo nuestro ser, y todo lo que hay en nosotros sea santo al Señor. Amén.
1. La santidad no es algo que yo pueda ver o admirar en mí mismo: es cubrirme, perderme, en la Santidad de Jesús. ¡Cuán maravillosamente se prefigura esto en Aarón y en la santa diadema! Y cuanto más vea y haya comprendido de la Santidad de Jesús, tanto menos veré o buscaré de santidad en mí mismo.
2. Él me hará santo: mis genios y disposiciones serán renovados; mi corazón y mi mente, limpiados y santificados; la santidad será una nueva naturaleza; y no obstante habrá siempre la conciencia, humillante y sin embargo llena de gozo: ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.
3. Postrémonos muy bajo y tiernos delante de Dios, para que el Espíritu Santo nos revele lo que es ser santos en la Santidad de Otro, en la Santidad de Jesús, es decir, en la Santidad de Dios.
4. No se afane ni se fatigue demasiado por captar esto con el intelecto. Simplemente créalo, y mire con sencillez y confianza a Jesús para que Él lo disponga todo bien por usted.
5. Santo en Cristo. Con fe de niño tomo de nuevo la santidad de Cristo como mi cobertura delante de Dios. En obediencia amorosa la introduzco en mi voluntad y en mi vida. Confío en Jesús y le sigo: este es el camino de la santidad.
6. Si recogemos las lecciones que hemos hallado en la Palabra desde el Paraíso en adelante, vemos que los elementos de la santidad en nosotros son estos, correspondiendo cada uno a algún aspecto especial de la santidad de Dios: profundo Reposo (cap. 3), humilde Reverencia (cap. 4), entera Entrega (cap. 5), gozosa Adoración (cap. 6), sencilla Obediencia (cap. 7). Todos estos preparan para la Morada divina (cap. 8), y esta a su vez la tenemos por el Permanecer en Jesús con la Corona de Santidad sobre su cabeza.
Décimo Día.
Capítulo 10 completado
La santidad y la meditación