Capítulo 9 · 10 min de lectura
Mirando a Jesús
Mire hacia lo alto
¡Cristiano! En todas sus tribulaciones, mire a Dios y sea salvo. En todas sus pruebas y aflicciones, mire a Cristo y halle liberación. En toda su angustia, en todo su arrepentimiento por su culpa, mire a Cristo y halle perdón. Acuérdese de poner los ojos hacia el cielo, y también el corazón hacia el cielo. Cíñase una cadena de oro y ponga uno de sus eslabones en la argolla del cielo. Mire a Cristo; no tema. No hay tropiezo cuando el hombre camina con los ojos puestos en Jesús. El que mira a Cristo camina seguro.
Nuestro Señor Jesús
Cualesquiera que sean las dichosas consecuencias que fluyen de la obediencia perfecta, de la expiación consumada, de la resurrección, la ascensión o la intercesión del Señor Jesús, todas son nuestras por su propia dádiva. Sobre su pectoral lleva ahora nuestros nombres; y en sus ruegos con autoridad ante el trono se acuerda de nosotros y aboga por nuestra causa. Las ventajas de su alta posición, su dominio sobre los principados y las potestades, y su absoluta majestad en el cielo, las emplea para el bien de quienes confían en él. Su alto estado está tan a nuestro servicio como lo estuvo su condición de abajamiento. El que se dio a sí mismo por nosotros en lo profundo de la aflicción y de la muerte, no retira la merced ahora que está entronizado en los cielos más altos. Cristo no tiene dignidad alguna que no emplee para nuestra exaltación, ni prerrogativa alguna que no ejerza para nuestra defensa. Cristo, en todas partes y de todas las maneras, es nuestra porción, para gozarla por los siglos de los siglos con la mayor abundancia.
La intercesión de Cristo
El Señor Jesús llevó cautiva la cautividad, y ahora se sienta a la diestra de Dios, intercediendo para siempre por nosotros. ¿Puede su fe imaginarlo? Como un sumo sacerdote levítico de la antigüedad, está de pie con los brazos extendidos: hay majestad en su semblante, y con autoridad intercede. Sobre su cabeza está la mitra resplandeciente de su sacerdocio, y sobre su pecho brillan las piedras preciosas en las que los nombres de su pueblo están grabados para siempre. Óigalo mientras intercede: ¿no oye usted lo que dice? ¿Es esa la oración suya que él menciona ante el trono? La oración que usted ofreció esta mañana, Cristo la ofrece ahora ante el trono de su Padre. El voto que usted acaba de pronunciar, él lo pronuncia ahora allí. Él es el Altar y el Sacerdote, y con su propio sacrificio perfuma nuestras oraciones. Y, sin embargo, quizá usted ha estado orando mucho tiempo y no ha tenido respuesta. ¡Pobre suplicante que llora! Usted ha buscado al Señor, y él no ha parecido oírle, o al menos no le ha respondido para deleite de su alma, y usted está lleno de oscuridad y pesadumbre por causa de esto. «Miradle, y seréis alumbrados». Si usted no lo logra, él lo logrará; si su intercesión pasa inadvertida, la suya no puede desecharse; si sus oraciones pueden ser como agua derramada en tierra, que no puede recogerse, las oraciones de él no son así; él es el Hijo de Dios: intercede y ha de prevalecer. Dios no puede negar a su propio Hijo lo que ahora pide, a Aquel que una vez compró misericordias con su sangre. Oh, tenga buen ánimo, continúe todavía su súplica, porque Jesús «vive siempre para interceder» por usted.
Una mirada a Cristo
Una mirada a Cristo siempre es provechosa para el cristiano; de Cristo nunca podemos tener demasiado; no puede haber tautología donde se menciona su nombre. Dénsenos Cristo siempre, Cristo por siempre. La monotonía de Cristo es dulce variedad; y aun la unidad de Cristo tiene en sí todos los elementos de la armonía. Cristo en su cruz y en su trono, en el pesebre y en la tumba: Cristo en todas partes nos es dulce. Amamos su nombre, adoramos su persona, nos deleita oír de sus obras; el tema es siempre nuevo.
Hay algunos que se quejan de que su amor al Salvador es débil y frío. Pero esto no sería así si estuvieran más con Jesús. Cuanto más cerca viva usted de Cristo, y cuanto más lo conozca, mejor lo amará. No trate de producir en sí mismo cierto grado de amor a Cristo por algún medio extraordinario; sino entre en su presencia, medite en él continuamente, represéntese sus sufrimientos por usted, y entonces lo amará: le resultará fácil, porque él atraerá su pobre corazón más cerca de sí mismo, mientras usted piensa así en él; y su amor a él crecerá justo en la proporción en que usted comprenda el amor de él hacia usted.
Buscando a Cristo
Considere, oh alma que espera, que la misericordia bien merece la espera. ¿No es acaso la salvación, la liberación de su alma del infierno? Una larga espera a la puerta de la misericordia quedará bien recompensada si el Rey, al fin, le da a usted esta joya de excelso precio.
Considere, además, cuán absolutamente indigno es usted de la misericordia; por tanto, no rehúse humillarse, ni esperar con paciencia la voluntad soberana de Jehová. A los hombres soberbios hay que atenderlos de inmediato, o se marcharán; pero usted no tiene nada de qué jactarse, y debería sentir que, si él lo pasara por alto por largo tiempo, su indignidad no podría exigir disculpa alguna por su tardanza. Además, recuerde que él sí oirá al fin. Su promesa quedaría quebrantada si un alma que ora pudiera perecer; porque él ha dicho: «Buscad, y hallaréis»; «Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo». La demora puede ser para su bien, para hundirlo más bajo en el polvo del propio abatimiento, o para hacerlo más ferviente por la bendición. Posiblemente el Señor se propone probar su fe, para que, como la mujer sirofenicia, usted redunde en honra suya por su confianza en él. Siga orando, porque «bueno es el Señor a los que en él esperan, al alma que le busca».
Considérele a él
Oh creyente, que está cansado y desalentado por lo áspero del camino, mire las pisadas del Maestro y vea cómo sufrió él. Usted está probado y atribulado, y pide consuelo. ¿Qué mejor consuelo se le puede dar que el que se le presenta en el hecho de que Jesucristo es uno con usted en su naturaleza; que él ha sufrido todo lo que usted sufre ahora; que su senda fue antaño hollada por su pie sagrado; que la copa que usted bebe es una copa que él apuró hasta el fondo; que el río por el que usted pasa es uno por el que él nadó, y cada ola y oleaje que se revuelve sobre su cabeza en tiempos antiguos se revolvió sobre él? ¡Venga! ¿Se avergüenza usted y no quiere sufrir lo que su Maestro sufrió? ¿Acaso el discípulo ha de ser mayor que su Maestro, y el siervo mayor que su Señor? ¿Ha de morir él en una cruz, y no ha de llevar usted la cruz? ¿Ha de ser él coronado de espinas, y ha de ser usted coronado de laurel? ¿Ha de ser él traspasado en las manos y los pies, y no han de sentir dolor sus seguidores? Oh, deseche esa vana ilusión. Mire a Aquel que «sufrió la cruz, menospreciando el oprobio», y esté dispuesto a soportar y a sufrir tal como él lo hizo. Usted tiene su ejemplo para guiarle, y su compasión para animarle.
El santo Salvador
Hay una expresión que usa el apóstol Pablo respecto del Señor Jesús, que es muy hermosa y significativa: «que no conoció pecado». No dice meramente que no lo hizo, sino que no lo conoció. El pecado no era conocido suyo; él conocía el dolor, pero no era conocido del pecado. Tuvo que caminar en medio de sus lugares más frecuentados, pero no lo conocía. No que ignorara su naturaleza, ni desconociera su castigo, sino que no lo conocía; le era un extraño; jamás, ni con palabra, ni con gesto, ni con sonrisa, le dio el más leve reconocimiento. Por supuesto que sabía lo que era el pecado, porque era verdadero Dios, pero con el pecado no tenía comunión, ni compañerismo, ni hermandad. Era un perfecto extraño en presencia del pecado; era un forastero; no era habitante de aquella tierra donde se reconoce el pecado. Pasó por el desierto del sufrimiento, pero en el desierto del pecado nunca pudo entrar. «Él no conoció pecado»: note esa expresión y atesórela; y cuando usted esté pensando en su Sustituto, y lo contemple sangrando en la cruz, piense que ve escrito en aquellas líneas de sangre: «Él no conoció pecado». Mezclada con lo rojo de su sangre —esa Rosa de Sarón—, contemple la pureza de su naturaleza —el Lirio de los Valles—: «Él no conoció pecado».
Cristo, nuestro ejemplo
Recuerde el bendito ejemplo de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Esto de seguro le enseñará a no vivir para sí mismo! «Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos». Su corazón está hecho de ternura, sus entrañas se derriten de amor. En todas nuestras aflicciones él es afligido. Desde el día en que se hizo carne de nuestra carne, jamás se ha escondido de nuestros sufrimientos. Nuestra gloriosa Cabeza se conmueve con todos los dolores que afligen a los miembros. Aunque ahora está coronado, no olvida las espinas que una vez llevó; en medio de los esplendores de su estado regio en el Paraíso, no se olvida de sus hijos aquí abajo. Todavía es perseguido cuando Saulo persigue a los santos; todavía sus hermanos son como la niña de sus ojos, y muy cercanos a su corazón. Si usted puede hallar en Cristo un grano de egoísmo, conságrese a sus concupiscencias y sea Mamón su dios. Si usted puede hallar en Cristo un solo átomo de dureza de corazón y de insensibilidad de espíritu, entonces justifíquese, usted cuyo corazón es como piedra ante el llanto del desolado. Pero si usted profesa ser seguidor del Hombre de Nazaret, sea lleno de compasión; él alimenta al hambriento para que no desfallezca en el camino; venda al quebrantado de corazón y sana todas sus heridas; oye el clamor del necesitado y se levanta en su ayuda. Si usted es su discípulo, vaya y haga lo mismo.
Mire a Cristo
¿Quiere usted verse libre de dudas? ¿Quiere regocijarse en el Señor con fe inconmovible y confianza inquebrantable? Entonces ¡mire a Jesús! Cierto estoy de que, si viviéramos más con Jesús, fuéramos más como Jesús, y confiáramos más en Jesús, las dudas y los temores serían cosas muy escasas y raras.
Un Salvador completo
Sería incongruente con el carácter de Aquel «por quien son todas las cosas» que hubiera enviado un Salvador incompleto; es decir, que nos hubiera dejado hacer una parte a nosotros mismos, y a Cristo hacer el resto. Mire el sol. Dios quiere que el sol alumbre la tierra: ¿acaso pide a la oscuridad de la tierra que contribuya a la luz? ¿Acaso interroga a la noche y le pregunta si no tiene en sus sombras lóbregas algo con que contribuir al resplandor del mediodía? No; se levanta el sol por la mañana, como un gigante para correr su carrera, y la tierra queda iluminada. ¿Y acaso se volverá Dios al pecador tenebroso, y le preguntará si hay en él algo que pueda contribuir a la luz eterna? No; Jesús se levanta como el Sol de justicia, con salvación en sus alas, y las tinieblas, a su venida, se hacen luz. Él solo es «la luz del mundo»; su propio brazo trajo la salvación; no pide ayuda al hombre, sino que da todo y hace todo por su propia rica gracia, y es un Salvador completo y perfecto.
Capítulo 9 completado
Mirando a Jesús