Espigas entre las Gavillas
La fe y la seguridad

Capítulo 2 · 10 min de lectura

La fe y la seguridad

La fe es necesaria

«todo lo que es amable, y puro, y de buen nombre», procure alcanzarlo; pero recuerde que todas estas cosas juntas, sin fe, no agradan a Dios. Las virtudes, sin fe, son pecados blanqueados. La incredulidad lo anula todo. Es la mosca en el ungüento; es el veneno en la olla. Sin fe —con todas las virtudes de la pureza, con toda la benevolencia de la filantropía, con toda la bondad de la simpatía desinteresada, con todos los talentos del genio, con todo el valor del patriotismo y con toda la firmeza de los principios— usted no tiene derecho a la aceptación divina, porque «sin fe es imposible agradar a Dios».

La fe alimenta toda virtud; la incredulidad marchita en capullo toda virtud. Miles de oraciones han sido detenidas por la incredulidad; muchos cánticos de alabanza, que habrían engrosado el coro de los cielos, han sido sofocados por murmuraciones de incredulidad; más de una noble empresa concebida en el corazón se ha malogrado, antes de poder salir a la luz, por causa de la incredulidad. La fe es la cabellera de Sansón del cristiano: córtela, y él ya no podrá hacer nada. Pedro, mientras tuvo fe, anduvo sobre las olas del mar. Pero de pronto vino una ola tras él, y dijo: «Esa me arrastrará»; y luego otra por delante, y clamó: «Esa me sepultará»; y pensó: «¿Cómo pude ser tan presuntuoso como para caminar sobre la cresta de estas olas?». Y en cuanto dudó, comenzó a hundirse. La fe era el flotador de Pedro: lo mantenía a flote; pero la incredulidad lo hizo descender. Puede decirse que la vida del cristiano es siempre un «andar sobre las aguas», y toda ola querría tragarlo; pero la fe le permite mantenerse en pie. En el momento en que usted deja de creer, en ese mismo momento le siguen la angustia y el fracaso. Oh, ¿por qué, entonces, duda usted?

El remedio para las dudas

La mejor manera de fortalecer su fe es tener comunión con Cristo. Si usted tiene comunión con Cristo, no puede ser incrédulo. Cuando su mano izquierda está bajo mi cabeza, y su mano derecha me abraza, no puedo dudar. Cuando mi Amado se sienta a su mesa, y me lleva a Su casa del banquete, y Su bandera sobre mí es el amor, entonces, en verdad, creo. Cuando festejo con Él, mi incredulidad se avergüenza y esconde la cabeza. Hablen, ustedes que han sido guiados por verdes pastos, y hechos reposar junto a aguas de reposo; ustedes que han visto Su vara y Su cayado, y esperan verlos aun cuando anden por el valle de sombra de muerte; hablen, ustedes que se han sentado a Sus pies con María, o han reclinado la cabeza sobre su pecho con el muy amado Juan; ¿no han hallado que, cuando han estado cerca de Cristo, su fe se ha fortalecido, y que, cuando han estado lejos de Él, su fe se ha debilitado? Es imposible mirar a Cristo a la cara y luego dudar de Él. Cuando usted no puede verlo, entonces duda de Él; pero debe creer cuando su Amado le habla y dice: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven». Entonces no hay vacilación; usted debe levantarse de las tierras bajas de su duda hasta los montes de la seguridad.

El aumento de la fe

La manera en que la mayoría de los hombres ven aumentada su fe es por medio de una gran tribulación. No nos fortalecemos en la fe en los días de sol. Es en el tiempo tempestuoso cuando la fe se hace más fuerte. La fe no es un logro que caiga como el suave rocío del cielo; por lo general llega en el torbellino y la tormenta. Mire los viejos robles; ¿cómo es que han llegado a arraigarse tan hondamente en la tierra? Pregunte a los vientos de marzo, y ellos se lo dirán. No fue la lluvia de abril lo que lo hizo, ni el dulce sol de mayo, sino el viento recio que sacudía el árbol de un lado a otro, haciendo que sus raíces se hundieran más y se aferraran con más firmeza. Y así debe ser con nosotros. No podemos formar grandes soldados en los cuarteles de casa; han de forjarse en medio de los disparos que silban y del cañón que truena. No podemos esperar formar buenos marineros en la Serpentine; han de adiestrarse muy lejos, en el mar profundo, donde aúllan los vientos salvajes y los truenos redoblan como tambores en la marcha del Dios de los ejércitos. Las tormentas y las tempestades son las que hacen de los hombres marinos curtidos y recios. Ellos ven las obras del Señor, y sus maravillas en lo profundo. Así sucede con los cristianos. La Gran-fe ha de tener grandes pruebas. El Sr. Gran-corazón nunca habría sido el Sr. Gran-corazón si no hubiera sido antes el Sr. Gran-tribulación. Valiente-por-la-verdad nunca habría puesto en fuga a aquellos enemigos, ni habría sido tan valiente, si los enemigos no lo hubieran atacado primero. Debemos esperar grandes tribulaciones antes de alcanzar mucha fe.

El autor y consumador de la fe

¡Oh Señor! ¡Qué poca cosa son los mejores hombres lejos de Ti! ¡Cuán alto se levantan cuando Tú los levantas! ¡Cuán bajo caen si Tú retiras Tu mano! Nuestro gozo, en medio de la aflicción, es cuando Tú nos capacitas para decir: «Aunque él me matare, en él esperaré»; pero si Tú quitas Tu Espíritu, no podemos confiar en Ti ni siquiera en el día más luminoso. Cuando las tempestades se agolpan a nuestro alrededor, podemos sonreírles, si Tú estás con nosotros; pero en la más hermosa mañana que jamás haya brillado sobre un corazón humano, dudamos y fracasamos si Tú no estás aún con nosotros, para preservar y fortalecer la fe que Tú mismo has otorgado.

La fe y el sentimiento

Somos salvos por la fe, y no por el sentimiento; y sin embargo existe entre la fe santa y el sentimiento consagrado una relación como la que hay entre la raíz y la flor. La fe es permanente como la raíz que está siempre incrustada en el suelo; el sentimiento es ocasional, y tiene sus estaciones: el bulbo no siempre hace brotar el tallo verde, y mucho menos está siempre coronado de sus muchas flores. La fe es el árbol, el árbol esencial: nuestros sentimientos son como el aspecto de ese árbol durante las distintas estaciones del año. A veces nuestra alma está llena de flor y de capullo, y las abejas zumban gratamente y recogen miel dentro de nuestro corazón. Es entonces cuando nuestros sentimientos dan testimonio de la vida de nuestra fe, así como los brotes de la primavera dan testimonio de la vida del árbol. Al poco, nuestros sentimientos cobran aún mayor vigor, y después de llegar al verano de nuestras delicias, quizá de nuevo comenzamos a marchitarnos en la hoja seca y amarilla del otoño; más aún, a veces el invierno de nuestro desaliento y desesperación despojará al árbol de cada una de sus hojas, y nuestra pobre fe queda como un tronco fulminado, sin señal de verdor. Y con todo, mientras el árbol de la fe esté allí, somos salvos. Que la fe florezca o no, que dé o no fruto gozoso en nuestra experiencia, mientras esté allí en toda su permanencia, somos salvos. No obstante, tendríamos la más grave razón para desconfiar de la vida de nuestra fe si esta no floreciera a veces con gozo, y a menudo diera fruto para santidad.

El pecado de la incredulidad

Dudar de la misericordia de Dios es tenido por algunos como un pecado muy pequeño; de hecho, algunos han llegado incluso a exaltar las dudas y los temores del pueblo de Dios como frutos y gracias, y como evidencias de un gran adelanto en la experiencia. Pero dudar de la bondad, de la fidelidad y del amor de Dios es una ofensa gravísima. No puede ser pecado leve el que hace a Dios mentiroso; y sin embargo la incredulidad arroja en efecto una sospecha vil y calumniosa sobre la veracidad del Santo de Israel. No puede ser ofensa pequeña la que acusa de perjurio al Creador del cielo y de la tierra; y sin embargo, si yo desconfío de Su juramento y me niego a creer Su promesa, sellada con la sangre de Su propio Hijo, tengo por indigno de mi confianza el juramento de Dios; y así, en verdad, acuso al Rey del Cielo de ser falso a Su pacto y a Su juramento. Además, la incredulidad hacia Dios es la fuente de innumerables pecados. Como la nube negra es el origen de muchas gotas de lluvia, así la oscura incredulidad es la madre de muchos crímenes. Es un pecado que todo creyente debería condenar, contra el que debería luchar, que debería, de ser posible, someter, y que ciertamente debería ser objeto de nuestro profundo arrepentimiento y aborrecimiento.

Poca-fe

Un inconveniente de la «poca fe» es que, aunque siempre está segura del cielo, muy rara vez lo cree así. Poca-fe está tan seguro del cielo como Gran-fe. Cuando Jesucristo cuente Sus joyas en el día postrero, tomará para Sí tanto las perlas pequeñas como las grandes. Por pequeño que sea un diamante, es precioso porque es un diamante. Así también la fe, por pequeña que sea, si es fe verdadera, es «igualmente preciosa» que la que alcanzaron los apóstoles. Cristo jamás perderá ni la más pequeña joya de Su corona. Poca-fe está siempre seguro del cielo, porque el nombre de Poca-fe está en el libro de la vida eterna. Poca-fe fue escogido por Dios antes de la fundación del mundo. Poca-fe fue comprado con la sangre de Cristo; sí, y costó tanto como Gran-fe. «Por cada varón, un siclo» era el precio de la redención. Cada hombre, grande o pequeño, príncipe o campesino, tenía que redimirse con un siclo. Cristo los ha comprado a todos, pequeños y grandes, con la misma sangre preciosísima. Poca-fe está siempre seguro del cielo, porque Dios ha comenzado en él la obra, y Él la llevará a cabo. Dios lo ama, y lo amará hasta el fin. Dios le ha provisto una corona, y no permitirá que la corona cuelgue allí inútil; le ha erigido una mansión en el cielo, y no permitirá que la mansión quede deshabitada para siempre. Poca-fe está siempre a salvo, pero muy rara vez lo sabe. Si usted se encuentra con él, a veces teme el infierno; muy a menudo teme que la ira de Dios permanezca sobre él. Le dirá que el país que está al otro lado del río jamás podrá pertenecer a alguien tan vil como él. Unas veces es porque se siente muy indigno; otras es porque las cosas de Dios son demasiado buenas para ser verdad, dice; o no puede pensar que puedan ser verdad para alguien como él. A veces teme no ser de los elegidos; otras teme no haber sido llamado como es debido, o no haber venido a Cristo como es debido; al poco, teme que no perseverará hasta el fin, que no podrá resistir; y si usted le mata mil de sus temores, seguro que tendrá otra hueste para el día siguiente; porque la incredulidad es una de esas cosas que no se pueden destruir; usted puede matarla una y otra vez, y aun así sigue viva. Es una de esas malas hierbas que duermen en el suelo aun después de haber sido quemadas, y solo necesita un poco de aliento, o un poco de descuido, y volverá a brotar. Ahora bien, Gran-fe está seguro del cielo, y lo sabe. Sube a la cima del Pisga y contempla el paisaje a lo lejos; gusta de la dulzura del paraíso aun antes de entrar por las puertas de perla; ve las calles empedradas de oro; contempla los muros de la ciudad, cuyos cimientos son de piedras preciosas; oye la música mística de los glorificados, y comienza a percibir en la tierra los perfumes del cielo. Pero el pobre Poca-fe apenas puede mirar al sol; muy rara vez ve la luz; anda a tientas por el valle, y aunque todo está seguro, siempre se cree a sí mismo inseguro.

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