Espigas entre las Gavillas
La santidad y la vida nueva

Capítulo 12 · 11 min de lectura

La santidad y la vida nueva

La religión, un asunto personal

Algunos dicen que pondrán a prueba la santidad de la religión de Cristo por la santidad del pueblo de Cristo. Le respondo que usted no tiene derecho a someter la cuestión a semejante prueba. La prueba adecuada que debe emplear es probarla usted mismo: «Gustad, y ved que es bueno Jehová». Al gustar y ver, comprobará usted su bondad, y por ese mismo proceso ha de comprobar la santidad de su Evangelio. Su tarea es buscar a Cristo crucificado para usted mismo, no aceptar la representación que otro hombre haga acerca del poder de la gracia para subyugar la corrupción y santificar el corazón. Por cuanto Dios le ha dado una Biblia, quiso que usted la leyera, y no que se contentara con leer a los hombres. No ha de contentarse con sentimientos que surgen de la conversación de otros; su único poder para conocer la verdadera religión consiste en tener a su Santo Espíritu obrando sobre su propio corazón, para que usted mismo experimente cuál es el poder de la religión. No tiene derecho a juzgar la religión por nada ajeno o externo a ella misma. Y si la desprecia antes de haberla probado usted mismo, quedará como confeso en este mundo por necio, y en el mundo venidero por criminal. Y, sin embargo, así ocurre con la mayoría de los hombres. Si oye usted a un hombre injuriar la Biblia, por lo general podrá concluir que nunca la lee. Y puede estar bien seguro de que, si oye a un hombre hablar contra la religión, jamás supo lo que era la religión. La verdadera religión, una vez que se apodera del corazón, nunca permite que un hombre riña con ella. Llamará a Cristo su mejor amigo aquel que de algún modo conoce a Cristo. Hemos hallado a muchos que han despreciado los goces de este mundo, pero jamás hallamos a uno que se apartara de la religión con hastío o disgusto después de haberla disfrutado una vez. ¡No! ¡No! Usted eligió sus propios engaños, y los eligió por su propia cuenta y riesgo; los alimenta a su propio peligro. Porque si toma su religión de otras personas, y se deja llevar por el ejemplo de los que profesan para descartar la religión, es, no obstante, culpable de su propia sangre. Dios no le ha dejado a la incierta carta de los caracteres de los hombres: le ha dado su propia Palabra, la palabra más segura del testimonio, a la cual usted hace bien en estar atento.

La santidad

La santidad es el plano arquitectónico sobre el cual Dios edifica su templo vivo.

El corazón nuevo

Dios no promete que mejorará nuestra naturaleza, ni que remendará nuestros corazones quebrantados. No; la promesa es que nos dará corazones nuevos y espíritus rectos. La naturaleza humana está demasiado perdida para poder repararse jamás. No es una casa que está un poco deteriorada, con alguna que otra teja arrancada del techo, y aquí y allá un trozo de yeso caído del cielo raso. No; está podrida de arriba abajo; los cimientos mismos han sido socavados; no hay en ella un solo madero que esté sano; todo es podredumbre, desde el techo más alto hasta el más bajo cimiento, y está a punto de caer. Dios no intenta remendarla; no apuntala las paredes ni vuelve a pintar la puerta; no la adorna ni la embellece, sino que determina que la vieja casa sea enteramente derribada, y que Él edificará una nueva. Está demasiado perdida para ser remendada. Si solo estuviera un poco deteriorada, podría restaurarse. Si solo una rueda o dos de esa gran cosa llamada «Humanidad» estuvieran estropeadas, entonces Aquel que hizo al hombre podría arreglarlo todo; podría poner un diente nuevo donde se había roto, y otra rueda donde se había arruinado, y la máquina podría funcionar de nuevo. Pero no; el conjunto está estropeado; no hay una sola palanca que no esté rota; ni un solo eje que no esté descompuesto. «Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, todo es heridas, contusiones y llagas podridas». Por tanto, el Señor no intenta reparar esta cosa, sino que dice: «Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros».

Cristo en vosotros

¿Qué es tener «Cristo en vosotros»? El romanista cuelga la cruz sobre su pecho; el verdadero cristiano lleva la cruz en su corazón; y una cruz dentro del corazón es uno de los más dulces remedios para una cruz sobre las espaldas. Si tiene usted una cruz en su corazón —Cristo crucificado en usted, la esperanza de gloria—, la cruz de las tribulaciones de este mundo le parecerá bastante ligera, y podrá sostenerla con facilidad. Cristo en el corazón significa a Cristo creído, a Cristo amado, a Cristo confiado, a Cristo desposado, a Cristo con quien se tiene comunión, a Cristo como nuestro alimento diario, y a nosotros mismos como el templo y el palacio donde Jesucristo camina cada día. ¡Ah! Hay muchos que son totalmente ajenos al significado de esta frase. No saben lo que es tener a Jesucristo en ellos. Aunque saben un poco acerca de Cristo en el Calvario, nada saben de Cristo en el corazón. Ahora bien, recuerde que Cristo en el Calvario no salvará a nadie, a menos que Cristo esté en el corazón. El Hijo de María, nacido en el pesebre, no le salvará a usted, a menos que también nazca en su corazón, y viva allí: su gozo, su fortaleza y su consolación.

El gran objeto de la vida

Como cristianos, siempre debemos distinguirnos del mundo en el gran objeto de nuestra vida. En cuanto a los hombres mundanos, unos buscan riquezas, otros fama; unos buscan comodidad, otros placer. De manera subordinada puede usted buscar cualquiera de estas cosas, pero su motivo principal y primordial como cristiano debe ser siempre vivir para Cristo. ¿Vivir para la gloria? Sí, pero para la gloria de Él. ¿Vivir para el consuelo? Sí, pero que todo su consuelo esté en Él. ¿Vivir para el placer? Sí, pero cuando esté alegre, cante salmos y haga melodía en su corazón al Señor. ¿Vivir para las riquezas? Sí, pero para ser rico en fe. Puede atesorar, pero atesore en el cielo, «donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan». Puede hacer que la más común de las ocupaciones llegue a ser verdaderamente sagrada, dedicando su vida diaria por entero al servicio de Jesús, tomando como lema: «Para mí el vivir es Cristo». Existe tal cosa como vivir así una vida consagrada; y si alguno niega su posibilidad, quede convicto por sí mismo, porque no obedece aquel precepto: «Si pues coméis, ó bebéis, ó hacéis otra cosa, hacedlo todo á gloria de Dios».

La religión, un asunto del presente

La religión debe ser cosa del presente, porque el presente tiene vínculos tan íntimos con el futuro. La Escritura nos dice que esta vida es una siembra, y el futuro es la cosecha: «el que siembra para la carne, de la carne segará corrupción; el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna». Como la semilla engendra la planta, así esta vida presente engendra el futuro eterno. El cielo y el infierno son, después de todo, sino el desarrollo de nuestro carácter presente, pues ¿no está escrito: «el que es santo, santifíquese todavía; el que es injusto, sea injusto todavía»? ¿Acaso no sabemos que en el corazón de todo pecado dormita la condenación? ¿No es una verdad temible que el germen del tormento eterno duerme en todo deseo vil, en todo pensamiento impío, en todo acto impuro, de modo que el infierno no es sino una gran erupción de lava adormecida, que había estado tan quieta que, mientras el monte se cubría de hermoso verdor hasta su cumbre, la muerte viene y ordena a esa lava levantarse; y por las laderas de la existencia eterna del hombre, la ardiente lava de la miseria eterna se derrama a sí misma? Y, sin embargo, ya estaba allí antes, porque el pecado es el infierno, y la rebelión contra Dios es el preludio de la miseria. Así ocurre con el cielo; sé que el cielo es una recompensa, no de deuda, sino de gracia; pero aun así el cristiano tiene dentro de sí lo que le anticipa un cielo. ¿Qué dijo Cristo? «Yo doy vida eterna a mis ovejas». No dijo: «daré», sino: «doy ahora». Tan pronto como creen en mí, les doy vida eterna. «El que cree en aquel que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condenación». El cristiano tiene dentro de sí los semilleros de un paraíso; a su debido tiempo, la luz que está sembrada para el justo, y la alegría que está sembrada para los rectos de corazón, brotarán, y segarán la cosecha. ¿No es evidente, entonces, que la religión es algo que debemos tener aquí? ¿No está prominentemente revelado que la religión es importante para el presente? Porque si esta vida es la siembra del futuro, ¿cómo puedo esperar segar en otro mundo cosechas distintas de las que aquí he estado sembrando? ¿Cómo puedo confiar en que seré salvo entonces, si no soy salvo ahora? ¿Cómo puedo tener esperanza de que el cielo sea mi herencia eterna, si las arras no comienzan en mi propia alma en la tierra?

No sois vuestros

Si usted es hijo de Dios, pertenece total y enteramente a Cristo. Y, sin embargo, ¿no hay muchos que parecen imaginar que, si reservan un rincón en sus almas para su religión, todo irá bien? Satanás puede recorrer los anchos campos de su juicio y de su entendimiento, y puede reinar sobre sus pensamientos y sus imaginaciones; pero si en algún rincón tranquilo se conserva la apariencia de religión, todo estará bien. ¡Oh! No se engañe en esto; Cristo jamás fue a medias en un hombre. Él tendrá todo de usted, o no tendrá nada de usted. Será Señor supremo, Amo soberano, Monarca absoluto, o de lo contrario nada tendrá que ver con usted. Puede servir a Satanás, si quiere, pero cuando le sirva, no servirá también a Cristo. Si no está usted enteramente entregado a Dios, si, en la intención y el propósito de su alma, todo pensamiento, y deseo, y facultad, y talento, y posesión no está dedicado y consagrado a Cristo, no tiene razón para creer que ha sido redimido por su preciosa sangre. En su pueblo, que Él ha comprado como suyo, reinará sin rival. Cristo no será copropietario de ningún hombre.

La naturaleza y la gracia

Nunca percibirá usted a Dios en la naturaleza, hasta que haya aprendido a ver a Dios en la gracia. Hemos oído mucho acerca de ascender desde la naturaleza hasta el Dios de la naturaleza. ¡Imposible! Un hombre bien podría intentar ir desde la cima de los Alpes hasta el cielo. Para la mente natural, todavía hay un gran abismo entre la naturaleza y Dios. Primero debe usted percibir a Dios encarnado en la persona de Cristo, antes de que perciba a Dios omnipotente en la creación que Él ha hecho. Ha oído usted mucho acerca de hombres que se deleitan en adorar en los claros del bosque, pero desdeñan frecuentar el santuario de los santos. Sí; pero había poca verdad en ello. A menudo hay gran estruendo donde hay mucho vacío; y con frecuencia hallará usted que aquellos hombres que más hablan de esta adoración natural son los que no adoran a Dios en absoluto. Las obras de Dios son un medio demasiado tosco para dejar pasar la luz. Áspero es el sendero y oscura la atmósfera, si vamos por el camino de las criaturas para descubrir al Creador en su perfección. Pero cuando veo a Cristo, veo el nuevo y vivo camino de Dios entre mi alma y mi Dios, clarísimo y placentero. Vengo a mi Dios de inmediato, y hallándolo en Cristo, lo hallo también en todas partes.

Evidencia de la vida nueva

«Si es que habéis gustado que el Señor es benigno», ello es evidencia cierta de un cambio divino; porque los hombres por naturaleza no hallan deleite en Jesús. No pregunto cuál pudo haber sido, o no haber sido, su experiencia; si Cristo le es precioso, ha habido una obra de gracia en su corazón; si le ama, si su presencia es su gozo, si su sangre es su esperanza, si su gloria es su objeto y su meta, y si su persona es el amor constante de su alma, no pudo usted haber adquirido este gusto por naturaleza, porque estaba muerto; no pudo haber adquirido este gusto por aprendizaje, porque este es un milagro que nadie sino el Dios que es soberano sobre la naturaleza podría haber obrado en usted. Que todo cristiano probado y atribulado que, no obstante, sí gusta que el Señor es bueno, tome consuelo de esto. «Los rectos te aman».

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