Capítulo 11 · 4 min de lectura
La oración
La oración perseverante
No abandone aquellas oraciones que el Espíritu de Dios ha puesto en su corazón, pues recuerde que aquello que ha pedido bien merece la espera. Además, cuando ora, usted es un mendigo; por tanto, no debe hacerse el exigente en cuanto al momento en que Dios habrá de escucharle. Si tuviera una idea correcta de sí mismo, diría: «Es una maravilla que Él me escuche siquiera, siendo yo tan indigno. ¿Acaso el Infinito inclina de veras Su oído hacia mí? ¿Puedo esperar que al fin me escuche? Entonces bien puedo continuar mis oraciones.»
Y recuerde que es su única esperanza: no hay otro Salvador. Esto o nada: la sangre de Cristo, o de lo contrario la ira eterna. ¿Y a quién irá usted, si se aparta de Él? Nadie ha perecido jamás mientras suplicaba misericordia; por tanto, persevere.
Además, hombres mejores que usted han tenido que esperar. Reyes, patriarcas y profetas han esperado; por tanto, sin duda puede usted contentarse con permanecer un poco en la antecámara del Rey. Es un honor sentarse, como lo hizo Mardoqueo, a la puerta. ¡Siga orando, siga esperando!
«¡Ah!», dice alguno, «eso es justamente lo que llevo mucho tiempo haciendo.» Sí, sí, hay distintas clases de espera. Un hombre dice: «He estado esperando», pero se ha cruzado de brazos y se ha dormido. De ese modo puede usted esperar hasta perderse. La espera a la que me refiero es «tenerlo todo dispuesto»: la espera del pobre enfermo por el médico, que clama de dolor: «¿Ya viene el doctor?» Saldré fiador por mi Maestro cuando digo que ninguno así será despedido con las manos vacías. Él jamás quebrantará su promesa. Póngalo a prueba: ¡póngalo a prueba!
La oración creyente
Las oraciones son escuchadas en el cielo muy en proporción a nuestra fe. La fe pequeña obtendrá misericordias muy grandes, pero la fe grande, otras aún mayores. Era costumbre en tiempos antiguos que todos los pobres de la parroquia acudieran a cada casa con escudillas para pedir provisiones; y fuera cual fuera el tamaño de la escudilla, toda persona generosa la llenaba. La fe es nuestra escudilla: si solo tenemos «fe pequeña», esa se nos llenará; pero si tenemos «fe grande», también esa se nos llenará. La fe pequeña obtiene mucho; pero la fe grande es un mercader noble y principesco, y hace un gran negocio: consigue millones donde la fe pequeña solo gana centenares. La fe grande echa mano del tesoro de Dios.
Continúe en la oración
Ore mucho. Las plantas de Dios crecen más aprisa en la cálida atmósfera del aposento: es un invernadero para la vegetación espiritual. Quien quiera crecer fuerte debe arrodillarse a menudo ante el trono de la gracia. De todos los ejercicios de entrenamiento para las batallas espirituales, el ejercicio de rodillas es el más saludable y fortalecedor.
Las oraciones no sumisas
Cuando examinamos nuestras oraciones, tenemos mucha razón para lamentar el espíritu no sumiso que con demasiada frecuencia las impregna. ¡Cuántas veces, en nuestras oraciones, no hemos simplemente luchado con Dios por una bendición —pues eso era lícito—, sino que la hemos exigido imperiosamente! No hemos dicho: «Niégame esto, oh Dios mío, si así te place»; no hemos estado dispuestos a decir, como lo hizo el Redentor: «No obstante, no sea como yo quiero, sino como Tú»; sino que hemos pedido según la ciega inclinación de nuestra ignorancia, como si no pudiéramos soportar una negativa del consejo omnisciente de Su voluntad. Olvidados de una humilde deferencia a la sabiduría y la gracia superiores de nuestro Señor, hemos pedido y declarado que no nos contentaríamos a menos que se nos concediera aquel deseo particular en que teníamos puesto el corazón. Ahora bien, siempre que venimos a Dios y pedimos algo que consideramos un bien verdadero, tenemos derecho a suplicar con fervor; pero erramos cuando traspasamos los límites del fervor y llegamos a exigir. Nos corresponde pedir una bendición, mas no definir cuál habrá de ser la bendición. Nos corresponde poner nuestra cabeza bajo las manos poderosas de la bendición divina, pero no nos corresponde levantar esas manos, como José levantó las de Jacob, y decir: «No así, padre mío». Debemos contentarnos si Él da la bendición con las manos cruzadas; tan contentos de que ponga Su mano izquierda sobre nuestra cabeza como la derecha. No debemos entrometernos en la despensa de Dios: «El Señor es; haga lo que bien le parezca». La oración jamás fue concebida para ser un grillete sobre la soberanía de Dios. Siempre debemos añadir, al pie de la oración, esta posdata celestial: «Padre, niega esto si es lo que más conviene a Tu gloria». Cristo no quiere tener nada que ver con oraciones dictatoriales.
Capítulo 11 completado
La oración