Capítulo 36 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
Apéndice L: Comunión eclesial, bautismo, etc.
CUANDO el hermano Craik y yo comenzamos a trabajar en Bristol y, en consecuencia, algunos creyentes se unieron a nosotros en comunión, reuniéndose con nosotros en Bethesda, empezamos a congregarnos sobre la base de la Palabra escrita únicamente, sin regla eclesiástica alguna. Desde el principio se entendió que, según el Señor nos ayudara, lo probaríamos todo por la palabra de Dios, e introduciríamos y retendríamos solo aquello que pudiera demostrarse por la Escritura. Cuando tomamos esta resolución, el 13 de agosto de 1832, fue ciertamente en debilidad, pero fue con rectitud de corazón.—Por esta razón, como nosotros mismos no teníamos plena certeza de si debían ser recibidos en comunión solo los que habían sido bautizados después de haber creído, o todos los que creían en el Señor Jesús, sin tener en cuenta el bautismo, nada se determinó sobre este punto. Nos sentíamos libres para partir el pan y estar en comunión con quienes no estaban bautizados, y por eso podíamos trabajar con buena conciencia en Gideon, donde la mayor parte de los santos, al menos al principio, no estaban bautizados; pero, al mismo tiempo, abrigábamos el deseo secreto de que solo se unieran a nosotros en Bethesda creyentes bautizados. Nuestra razón para ello era que habíamos presenciado en Devonshire mucha desunión dolorosa, que a nuestro juicio resultaba de que creyentes bautizados y no bautizados estuvieran en comunión. Así pues, sin hacer de ello una regla, que la iglesia de Bethesda hubiera de ser de comunión restringida, procurábamos, no obstante, que quienes solicitaban la comunión fueran instruidos acerca del bautismo. Durante muchos meses no surgió dificultad alguna, pues nadie solicitó la comunión sino quienes ya habían sido bautizados, o deseaban serlo, o se convencían del carácter bíblico del bautismo de los creyentes después de haber conversado nosotros con ellos; más tarde, sin embargo, solicitaron la comunión tres hermanas, ninguna de las cuales había sido bautizada; y sus convicciones no cambiaron después de haber conversado con ellas. Como, no obstante, el hermano Craik y yo las teníamos por verdaderas creyentes, y nosotros mismos no estábamos plenamente convencidos de cuál era la mente del Señor en tal caso, nos pareció justo que estas hermanas fueran recibidas; pero de modo que lo fueran por unanimidad, como se hacían entonces todos nuestros actos de iglesia; mas sabíamos para entonces que había varios en comunión con nosotros que no podían, en conciencia, recibir a creyentes no bautizados. Mencionamos, por tanto, los nombres de las tres hermanas a la iglesia, explicando que ellas no veían que el bautismo de los creyentes fuera bíblico, y que, si algún hermano veía por ese motivo alguna razón por la que no debieran ser recibidas, nos lo hiciera saber. El resultado fue que varios se opusieron, y se celebraron dos o tres reuniones, en las que escuchamos las objeciones de los hermanos y procuramos, por nuestra parte, conocer la mente de Dios sobre el punto. Mientras pasaban así varios días antes de que se decidiera el asunto, una de aquellas tres hermanas vino a darnos las gracias por no haberla recibido antes de ser bautizada, pues ahora veía que solo la vergüenza y el temor de los hombres la habían retenido, y que el Señor la había hecho ahora dispuesta a bautizarse. Con esta circunstancia, aquellos hermanos que consideraban bíblico que todos fueran bautizados antes de ser recibidos en comunión se vieron confirmados en sus convicciones; y en cuanto al hermano Craik y a mí, nos hizo al menos preguntarnos todavía más si aquellos hermanos no tendrían razón; y sentimos, por tanto, que en semejante estado de ánimo no podíamos oponernos a ellos. Así pues, la hermana que deseaba ser bautizada fue recibida en comunión, pero las otras dos no. Nuestra conciencia se vio menos afectada por esto, porque todos, aun sin estar bautizados, podían tomar la cena del Señor con nosotros en Bethesda, aunque no fueran recibidos en plena comunión; y porque en Gideon, donde había creyentes bautizados y no bautizados, podían incluso ser recibidos en plena comunión; pues todavía no habíamos visto con claridad que no hay ninguna distinción bíblica entre estar en comunión con ciertas personas y partir el pan con ellas. Así quedaron las cosas durante muchos meses, es decir, se recibía a los creyentes al partimiento del pan aun en Bethesda, aunque no estuvieran bautizados, pero no se les recibía a todos los privilegios de la comunión.—En agosto de 1836 tuve una conversación con el hermano K. C. sobre el asunto de recibir a los no bautizados en la comunión, un asunto que durante años había ocupado más o menos mi mente. Este hermano me planteó la cuestión así: o los creyentes no bautizados entran en la clase de personas que andan desordenadamente, y en ese caso debemos apartarnos de ellos (2 Tesalonicenses 3:6); o no andan desordenadamente. Si un creyente anda desordenadamente, no solo hemos de apartarnos de él en la mesa del Señor, sino que nuestra conducta hacia él debe ser decididamente distinta de la que sería si no anduviera desordenadamente, en todas las ocasiones en que tengamos trato con él o entremos de algún modo en contacto con él. Ahora bien, es evidente que no es así como se conducen los creyentes bautizados con sus hermanos en la fe no bautizados. El Espíritu no permite que sea así, sino que da testimonio de que el no haber sido bautizados no implica necesariamente que anden desordenadamente; y de ahí que pueda haber la más preciosa comunión entre creyentes bautizados y no bautizados. El Espíritu no nos permite negarles la comunión en la oración, en la lectura o el escudriñamiento de las Escrituras, en el trato social e íntimo, ni en la obra del Señor; y, sin embargo, así debería ser si anduvieran desordenadamente.—Este pasaje, 2 Tesalonicenses 3:6, al que se refirió el hermano E. C., fue el medio por el cual se me mostró la mente del Señor sobre el asunto, que es que debemos recibir a todos los que Cristo ha recibido (Romanos 15:7), sin tener en cuenta la medida de gracia o de conocimiento que hayan alcanzado.—Algún tiempo después de esta conversación, en mayo de 1837, se presentó una oportunidad en que nosotros (pues el hermano Craik había visto la misma verdad) fuimos llamados a poner en práctica la luz que al Señor le había placido darnos. Una hermana que ni había sido bautizada, ni se consideraba bajo obligación alguna de serlo, solicitó la comunión. Conversamos con ella sobre este y otros asuntos y la propusimos para la comunión, aunque nuestra conversación no la había convencido de que debía bautizarse. Esto llevó a la iglesia a considerar de nuevo el punto. Expusimos nuestras razones, sacadas de la Escritura, para considerar justo recibir a esta hermana no bautizada a todos los privilegios de los hijos de Dios; pero un número considerable, tal vez un tercio, manifestó una dificultad de conciencia para recibirla. Se adujo especialmente el ejemplo de los apóstoles, que bautizaban a los primeros creyentes al profesar su fe, lo cual sería en verdad una dificultad insuperable si la verdad no hubiera estado mezclada con el error durante tanto tiempo, de modo que no prueba una desobediencia voluntaria el que alguien en nuestros días rehúse bautizarse después de creer. El Señor, sin embargo, nos dio mucha ayuda para mostrar la verdad a los hermanos, de modo que el número de quienes consideraban que solo los creyentes bautizados debían estar en comunión disminuyó casi de día en día. Al final, solo catorce hermanos y hermanas, de más de 180, creyeron justo, en este 28 de agosto de 1837, separarse de nosotros, después de haber tenido mucho trato con ellos. [Me alegra poder añadir que, aun de estos catorce, la mayor parte vio después su error y volvió a nosotros, y que el recibir en plena comunión a todos los que aman a nuestro Señor Jesús, sin tener en cuenta el bautismo, nunca ha sido fuente de desunión entre nosotros, aunque han pasado desde entonces más de cincuenta y siete años.]
Capítulo 36 completado
Apéndice L: Comunión eclesial, bautismo, etc.