Capítulo 31 · 15 min de lectura · 19 min de escucha
Apéndice E: Razones que llevaron al señor Müller a establecer una casa de huérfanos
CONSTANTEMENTE se me presentaban casos que demostraban que una de las cosas que más necesitaban los hijos de Dios en nuestros días era que su fe fuera fortalecida. Por ejemplo: visitaba quizá a un hermano que trabajaba en su oficio catorce o aun dieciséis horas al día, con el resultado inevitable de que no solo sufría su cuerpo, sino que su alma estaba flaca y no hallaba gozo en las cosas de Dios. En tales circunstancias, podía señalarle que debía trabajar menos, para que no sufriera su salud corporal y para que pudiera cobrar fuerzas para el hombre interior leyendo la palabra de Dios, meditando en ella y orando. Sin embargo, por lo general hallaba que la respuesta era algo así: «Pero si trabajo menos, no gano lo suficiente para el sustento de mi familia. Aun ahora, trabajando tanto, apenas me alcanza. Los salarios son tan bajos que tengo que trabajar duro para obtener lo que necesito». No había confianza en Dios. No había fe verdadera en la verdad de aquella palabra: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Yo podía responder algo así: «Mi querido hermano, no es tu trabajo el que sostiene a tu familia, sino el Señor; y él, que te ha alimentado a ti y a tu familia cuando no podías trabajar en absoluto a causa de una enfermedad, ciertamente proveería para ti y los tuyos si, con el fin de obtener alimento para tu hombre interior, trabajaras solo tantas horas al día como te permitieran tener el debido tiempo para el retiro. ¿Y no sucede ahora que comienzas el trabajo del día tras haber tenido solo unos pocos momentos apresurados para la oración; y cuando dejas el trabajo por la noche y piensas leer entonces un poco de la palabra de Dios, no estás demasiado agotado de cuerpo y de mente para disfrutarla, y no te quedas dormido a menudo mientras lees las Escrituras, o mientras estás de rodillas en oración?» El hermano admitía que así era; admitía que mi consejo era bueno; pero aun así yo leía en su semblante, aunque no lo dijera realmente: «¿Cómo me las arreglaría si pusiera en práctica tu consejo?» Anhelaba, por tanto, tener algo que mostrar al hermano como prueba visible de que nuestro Dios y Padre es el mismo Dios fiel que siempre ha sido; tan dispuesto como siempre a DEMOSTRAR que es el DIOS VIVO, en nuestros días como antes, para con todos los que ponen en él su confianza.—Otras veces hallaba a hijos de Dios afligidos en su ánimo por la perspectiva de la vejez, cuando quizá ya no pudieran trabajar, y por eso atormentados por el temor de tener que ir al asilo de pobres. Si en tal caso les señalaba cómo su Padre celestial ha ayudado siempre a los que han puesto en él su confianza, tal vez no siempre dijeran que los tiempos han cambiado; pero era bastante evidente que no consideraban a Dios como el Dios VIVO. Mi espíritu se abatía muchas veces por esto, y anhelaba poner delante de los hijos de Dios algo por lo cual pudieran ver que él no desampara, ni aun en nuestros días, a los que se apoyan en él.—Otra clase de personas eran los hermanos dedicados a los negocios, que sufrían en su alma y cargaban de culpa su conciencia por llevar sus negocios casi de la misma manera que los inconversos. La competencia en el comercio, los malos tiempos, el país superpoblado, se daban como razones por las que, si el negocio se llevaba sencillamente conforme a la palabra de Dios, no podía esperarse que prosperara. Uno de esos hermanos quizá expresaba el deseo de encontrarse en otra situación; pero muy rara vez veía yo que se tomara una posición firme por Dios, que hubiera la santa determinación de confiar en el Dios vivo y depender de él, a fin de conservar una buena conciencia. También a esta clase deseaba mostrar, por una prueba visible, que Dios es inmutablemente el mismo.—Había además otra clase de personas: individuos que ejercían profesiones en las que no podían continuar con buena conciencia, o personas que se hallaban en una posición contraria a la Escritura respecto de las cosas espirituales; pero ambas clases temían, por las consecuencias, abandonar la profesión en la que no podían permanecer con Dios, o dejar su posición, no fuera que se quedaran sin empleo. Mi espíritu anhelaba ser un instrumento para fortalecer su fe, dándoles no solo ejemplos de la palabra de Dios de su disposición y su poder para ayudar a todos los que se apoyan en él, sino mostrándoles con pruebas que él es el mismo en nuestros días. Sabía bien que la palabra de Dios debería bastar, y por gracia me bastaba a mí; pero aun así consideraba que debía tender una mano a mis hermanos, por si de algún modo, mediante esta prueba visible de la inmutable fidelidad del Señor, pudiera fortalecer sus manos en Dios; porque recordaba la gran bendición que mi propia alma había recibido por medio de los tratos del Señor con su siervo A. H. Francke, quien, dependiendo solo del Dios vivo, estableció una inmensa casa de huérfanos que yo había visto muchas veces con mis propios ojos. Me consideré, pues, obligado a ser siervo de la Iglesia de Dios en el punto particular en que había alcanzado misericordia: a saber, en poder tomar a Dios por su palabra y apoyarme en ella. Todos estos ejercicios de mi alma, que resultaban del hecho de que tantos creyentes a quienes llegué a conocer estaban atormentados y angustiados en su ánimo, o cargaban de culpa su conciencia, por no confiar en el Señor, fueron usados por Dios para despertar en mi corazón el deseo de poner delante de la iglesia en general, y delante del mundo, una prueba de que él no ha cambiado en lo más mínimo; y me pareció que la mejor manera de hacerlo era establecer una casa de huérfanos. Tenía que ser algo que pudiera verse, aun con el ojo natural. Ahora bien, si yo, un hombre pobre, solo por medio de la oración y la fe, obtenía, sin pedírselo a ninguna persona, los medios para establecer y sostener una casa de huérfanos, habría algo que, con la bendición del Señor, podría servir para fortalecer la fe de los hijos de Dios, además de ser un testimonio a la conciencia de los inconversos de la realidad de las cosas de Dios. Esta fue, pues, la razón principal para establecer la casa de huérfanos. Ciertamente deseaba de corazón ser usado por Dios para el bien corporal de niños pobres privados de ambos padres, y procurar en otros aspectos, con la ayuda de Dios, hacerles bien para esta vida;—anhelaba también particularmente ser usado por Dios para que los queridos huérfanos fueran criados en el temor de Dios;—pero aun así, el primer y principal objetivo de la obra era (y sigue siendo) que Dios fuera engrandecido por el hecho de que los huérfanos a mi cargo reciben todo lo que necesitan solo por la oración y la fe, sin que yo ni mis colaboradores pidamos nada a nadie, para que así se vea que Dios ES FIEL TODAVÍA, y que OYE LA ORACIÓN TODAVÍA.
Las tres razones principales para establecer una casa de huérfanos son: 1. Que Dios sea glorificado, si le place proveerme de los medios, al verse que no es cosa vana confiar en él; y que así se fortalezca la fe de sus hijos. 2. El bienestar espiritual de niños huérfanos de padre y madre. 3. Su bienestar temporal.
Aquello hacia lo cual mi mente se ha dirigido particularmente es establecer una casa de huérfanos en la que niños desamparados, huérfanos de padre y madre, reciban alimento, vestido y una educación bíblica. Acerca de esta casa de huérfanos proyectada quisiera decir:
1. Se propone que esté vinculado con el Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero en lo que respecta a los informes, las cuentas, la supervisión y los principios con que se dirija, de modo que, en cierto sentido, pueda considerarse un nuevo objetivo del Instituto, pero con esta diferencia: que solo se destinarán a la casa de huérfanos los fondos que se den expresamente para él. Por tanto, si algún creyente prefiriera sostener, o bien los objetivos que hasta ahora han sido ayudados con los fondos de este Instituto, o bien la casa de huérfanos proyectada, bastará con que lo indique para que el dinero se destine en consecuencia.
2. Solo se establecerá si el Señor provee tanto los medios para ello como personas idóneas para dirigirlo.
En cuanto a los medios, quisiera hacer las siguientes observaciones: La razón de proponer ampliar el campo no es que últimamente hayamos tenido abundancia particular de medios, pues más bien hemos estado en estrechez. Sin embargo, las muchas respuestas misericordiosas que el Señor nos había dado respecto de este Instituto nos llevaron al hermano C——r y a mí a entregarnos a la oración, pidiéndole que nos supliera los medios para continuar la obra, ya que consideramos contrario a la Escritura contraer deudas. Durante cinco días oramos varias veces, tanto juntos como por separado. Después de ese tiempo el Señor comenzó a responder nuestras oraciones, de modo que, en pocos días, se nos dieron unas 50l. Diría además que los tratos tan misericordiosos y tiernos de Dios conmigo, al haber suplido, en respuesta a la oración, durante los últimos cinco años, mis propias necesidades temporales sin ningún ingreso seguro, de modo que se me han enviado dinero, provisiones y ropa en momentos en que me hallaba en gran estrechez, y no solo en pequeñas sino en grandes cantidades; y no solo de personas que vivían en el mismo lugar que yo, sino a considerable distancia; y no solo de amigos íntimos, sino de personas a quienes nunca he visto: todo esto, digo, me ha llevado a menudo a pensar, ya desde hace cuatro años, que el Señor no me había dado esta sencilla confianza en él solo para mí mismo, sino también para otros. A menudo, cuando veía a niños pobres y abandonados corriendo por las calles de Teignmouth, me decía: «¿No será la voluntad de Dios que yo establezca escuelas para estos niños, pidiéndole que me dé los medios?» Sin embargo, aquello quedó solo como un pensamiento en mi mente durante dos o tres años. Hace unos dos años y seis meses fui particularmente movido de nuevo a hacer algo por los niños desamparados, al ver a tantos de ellos mendigando por las calles de Bristol y llegando a nuestra puerta. No se dejó de hacer, pues, por falta de confianza en el Señor, sino por la abundancia de otras cosas que reclamaban todo el tiempo y las fuerzas de mi hermano Craik y mías; porque el Señor había dado fe, y también había mostrado, con el siguiente ejemplo, además de muchísimos otros, tanto lo que puede como lo que quiere hacer. Una mañana, estando sentado en mi cuarto, pensé en la angustia de ciertos hermanos y me dije: «¡Oh, si quisiera el Señor darme los medios para ayudar a estos pobres hermanos!» Como una hora después se me enviaron £60 como regalo para mí de parte de un hermano a quien hasta el día de hoy nunca he visto, y que entonces residía, y todavía reside, a varios miles de millas de aquí. ¿No debería una experiencia así, junto con promesas como la de Juan 14:13, 14, animarnos a pedir con toda confianza, para nosotros y para otros, bendiciones tanto temporales como espirituales? El Señor (porque no puedo sino pensar que fue él) trajo una y otra vez a mi mente el pensamiento de estos pobres niños, hasta que al fin terminó en el establecimiento de «El Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero»; y desde su fundación se me ha traído a la mente de manera semejante, primero hace unos catorce meses y repetidas veces desde entonces, pero sobre todo durante estas últimas semanas, el establecer una casa de huérfanos. Mi oración frecuente últimamente ha sido que, si es de Dios, lo haga realidad; y si no, que quite de mí todo pensamiento al respecto. Esto último no ha sucedido, sino que he sido llevado cada vez más a pensar que el asunto puede ser de él. Ahora bien, si así es, él puede mover a su pueblo en cualquier parte del mundo (porque no miro a Bristol, ni aun a Inglaterra, sino al Dios vivo, de quien es el oro y la plata) a confiarnos los medios a mí y al hermano C——r, a quien el Señor ha dispuesto a ayudarme en esta obra. Mientras no los tengamos, nada podemos hacer en cuanto a alquilar una casa, amueblarla, etc. Pero una vez que se nos haya enviado cuanto se necesita para ello, así como personas adecuadas para dedicarse a la obra, no creemos necesario esperar hasta que la casa de huérfanos tenga una dotación, o un número de suscriptores anuales; sino que confiamos en que el Señor, que nos ha enseñado a pedir nuestro pan de cada día, nos capacitará para mirar a él para suplir las necesidades diarias de los niños que le plazca poner a nuestro cuidado. Cualquier donativo será recibido en mi casa. Si algunos creyentes tienen mesas, sillas, armazones de cama, ropa de cama, loza o cualquier clase de muebles de casa que puedan ceder para amueblar la casa; o retazos, o piezas de percal, lino, franela, paño o cualquier material útil para prendas de vestir; o ropa ya usada, se recibirán con gratitud.
Respecto de las personas que se necesitan para llevar adelante la obra, asunto de no menor importancia que la obtención de fondos, quisiera observar que las esperamos de Dios mismo, lo mismo que los fondos; y que todos los que se empleen como maestros, matronas y ayudantes, según el tamaño reducido o grande de la institución, deben sernos conocidos como verdaderos creyentes; y además, hasta donde podamos juzgar, deben estar también capacitados para la obra.
3. Por ahora nada puede decirse en cuanto al tiempo en que probablemente comenzarán las actividades; ni si la institución abarcará niños de ambos sexos, o se limitará exclusivamente a niños o a niñas; ni a qué edad serán recibidos, ni cuánto tiempo podrán permanecer en ella; porque, aunque hemos pensado en estas cosas, preferimos ser guiados en estos detalles por la cantidad de medios que el Señor ponga en nuestras manos, y por el número de personas que él provea para dirigir la institución. Si el Señor se digna usarnos como instrumentos, se publicará una breve declaración impresa tan pronto como pueda decirse algo más definido.
4. Nos ha parecido bien recibir solo a niños desamparados que hayan sido privados de ambos padres.
5. Se propone que los niños, si son niñas, sean preparados para el servicio doméstico; si son varones, para un oficio; y por tanto se les ocupará, según su capacidad y su fuerza física, en tareas útiles, y así ayudarán a mantenerse; además de esto, se propone que reciban una educación sencilla; pero el fin principal y especial de la institución será procurar, con la bendición de Dios, llevarlos al conocimiento de Jesucristo instruyéndolos en las Escrituras.
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Cuando, últimamente, revivió en mi mente el pensamiento de establecer una casa de huérfanos dependiendo del Señor, durante las dos primeras semanas solo oré que, si era del Señor, lo llevara a cabo; pero si no, que en su gracia tuviera a bien quitar de mi mente todo pensamiento al respecto. Mi incertidumbre en cuanto a conocer la mente del Señor no provenía de dudar si le agradaría que se proveyera un hogar y una educación bíblica para niños desamparados, huérfanos de padre y madre; sino de si era su voluntad que yo fuera el instrumento para poner en marcha tal objetivo, pues mis manos estaban ya más que llenas. Mi consuelo, sin embargo, era que, si era su voluntad, él proveería no solo los medios, sino también personas idóneas para cuidar de los niños, de modo que mi parte en la obra solo me tomaría la porción de tiempo que, considerando la importancia del asunto, pudiera dar a pesar de mis muchas otras ocupaciones. Durante todas aquellas dos semanas nunca pedí al Señor dinero ni personas para dedicarse a la obra. Sin embargo, el 5 de diciembre el tema de mi oración cambió de repente. Estaba leyendo el Salmo 81, y me impresionó particularmente, más que nunca antes, el versículo 10: «Abre bien tu boca, y yo la llenaré». Pensé unos momentos en estas palabras, y luego fui llevado a aplicarlas al caso de la casa de huérfanos. Me llamó la atención que nunca había pedido al Señor nada respecto de ella, excepto conocer su voluntad en cuanto a si debía establecerse o no; y entonces caí de rodillas y abrí bien mi boca, pidiéndole mucho. Pedí con sumisión a su voluntad, y sin fijar un tiempo en que debiera responder a mi petición. Oré que me diera una casa, es decir, ya fuera prestada, o que alguien fuera movido a pagar el alquiler de una, o que se diera una de manera permanente para este fin; además, le pedí £1000; y asimismo personas idóneas para cuidar de los niños. Aparte de esto, desde entonces he sido llevado a pedir al Señor que ponga en el corazón de su pueblo enviarme muebles para la casa y algo de ropa para los niños. Cuando hacía la petición, era plenamente consciente de lo que hacía, es decir, que pedía algo que no tenía ninguna perspectiva natural de obtener de los hermanos que conozco, pero que no era demasiado para que el Señor lo concediera.
Capítulo 31 completado
Apéndice E: Razones que llevaron al señor Müller a establecer una casa de huérfanos