Capítulo 29 · 3 min de lectura · 3 min de escucha
Apéndice C: Separación de la Sociedad de Londres para Promover el Cristianismo entre los Judíos
LLEGÓ a ser para mí un asunto de solemne consideración si podía seguir vinculado a la Sociedad de la manera acostumbrada. Mis principales objeciones eran estas: 1. Si la Sociedad me enviaba, era más que probable, y aun casi necesario, en caso de salir de Inglaterra, que trabajara en el Continente, pues no era apto para ser enviado a los países de Oriente a causa de mi salud, que probablemente se habría resentido tanto por el clima como por tener que aprender otras lenguas. Ahora bien, si iba al Continente, era evidente que sin ordenación no podría tener un campo de utilidad muy amplio, ya que allí a los ministros no ordenados generalmente se les impide trabajar con libertad; pero yo no podía en conciencia someterme a ser ordenado por hombres inconversos, que pretenden tener poder para apartarme para el ministerio, o para comunicarme para esta obra algo que ellos mismos no poseen. Además de esto, tenía otras objeciones a estar vinculado con cualquier iglesia del Estado o institución religiosa nacional, que surgían de la mayor luz que había obtenido al recibir esta verdad: que la palabra de Dios es nuestra única norma, y el Espíritu Santo nuestro único maestro. Porque al comenzar a comparar lo que conocía de la iglesia establecida en Inglaterra y de las del Continente con esta única norma verdadera, la palabra de Dios, hallé que todas las iglesias establecidas, precisamente por serlo, es decir, por ser el mundo y la iglesia mezclados, no solo contienen en sí los principios que necesariamente han de llevar a apartarse de la palabra de Dios, sino que además, mientras sigan siendo iglesias establecidas, impiden por completo obrar en todo conforme a las Sagradas Escrituras.—Por otra parte, si me quedaba en Inglaterra, la Sociedad no me permitiría predicar indistintamente en cualquier lugar donde el Señor me abriera una puerta; y a la ordenación de los obispos ingleses tenía objeciones aún mayores que a la ordenación de un consistorio prusiano.
2. Tenía además una objeción de conciencia a ser guiado y dirigido por hombres en mis labores misioneras. Como siervo de Cristo, me parecía que debía ser guiado por el Espíritu, y no por los hombres, en cuanto al tiempo y al lugar; y esto lo digo con toda deferencia hacia otros que quizá sean mucho más instruidos y mucho más espirituales que yo. Un siervo de Cristo no tiene más que un Señor.
3. Amaba a los judíos, y se me había concedido dar pruebas de ello; sin embargo, no podía decir en conciencia, como el comité esperaría de mí, que pasaría la mayor parte de mi tiempo únicamente entre ellos. Porque el plan bíblico me parecía ser que, al llegar a un lugar, buscara a los judíos y comenzara mi labor particularmente entre ellos; pero que, si rechazaban el evangelio, fuera a los cristianos nominales.—Cuanto más sopesaba estos puntos, más me parecía que obraría con hipocresía si los dejaba permanecer en mi mente sin darlos a conocer al comité.
Capítulo 29 completado
Apéndice C: Separación de la Sociedad de Londres para Promover el Cristianismo entre los Judíos