El Enquiridión
La voluntad de Dios y los dos reinos

Capítulo 9 · 26 min de lectura

La voluntad de Dios y los dos reinos

¿En qué sentido dice el Apóstol que «Dios quiere que todos los hombres sean salvos», cuando, de hecho, no todos son salvos?

Por tanto, debemos indagar en qué sentido se dice de Dios lo que el apóstol ha afirmado con toda verdad: «El cual quiere que todos los hombres sean salvos.» Porque, de hecho, no todos, ni siquiera la mayoría, son salvos; de modo que parecería que lo que Dios quiere no se cumple, interfiriendo la voluntad del hombre con la voluntad de Dios y estorbándola. Cuando preguntamos la razón por la que no todos los hombres son salvos, la respuesta corriente es: «Porque los hombres mismos no quieren.» Esto, ciertamente, no puede decirse de los niños de pecho, pues no está en su poder ni querer ni no querer. Pero si pudiéramos atribuir a su voluntad los movimientos infantiles que hacen en el bautismo, cuando oponen toda la resistencia que pueden, diríamos que también ellos no quieren ser salvos. Sin embargo, nuestro Señor dice claramente en el Evangelio, al reprender a la ciudad impía: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!», como si la voluntad de Dios hubiera sido vencida por la voluntad de los hombres, y como si, cuando los más débiles se interponen con su falta de voluntad, la voluntad del más fuerte no pudiera llevarse a cabo. Y ¿dónde está aquella omnipotencia que ha hecho todo lo que quiso en la tierra y en el cielo, si Dios quiso juntar a los hijos de Jerusalén y no lo logró? ¿O más bien fue que Jerusalén no quiso que sus hijos fuesen juntados? Pero aun cuando ella no quiso, Él juntó a tantos de sus hijos como quiso; porque no es que quiera unas cosas y las haga, y quiera otras y no las haga, sino que «Él ha hecho todo lo que quiso en el cielo y en la tierra.»

La predestinación a la vida eterna es enteramente de la gracia gratuita de Dios

Y además, ¿quién será tan necio y blasfemo como para decir que Dios no puede cambiar las malas voluntades de los hombres, cualesquiera, cuandoquiera y dondequiera que Él escoja, y dirigirlas hacia el bien? Pero cuando hace esto, lo hace por misericordia; cuando no lo hace, por justicia deja de hacerlo, porque «de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece.» Y cuando el apóstol dijo esto, estaba ilustrando la gracia de Dios, en relación con la cual acababa de hablar de los mellizos en el vientre de Rebeca, «los cuales, no habiendo aún nacido, ni habiendo hecho bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama, le fue dicho: El mayor servirá al menor.» Y respecto a este asunto cita otro testimonio profético: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.» Pero advirtiendo cómo lo que había dicho podría afectar a quienes no podían penetrar con su entendimiento la profundidad de esta gracia, dice: «¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera.» Pues parece injusto que, a falta de todo mérito o demérito, de obras buenas o malas, Dios ame al uno y aborrezca al otro. Ahora bien, si el apóstol hubiera querido que entendiéramos que había obras buenas futuras del uno y obras malas del otro, las cuales por supuesto Dios previó, jamás habría dicho «no por las obras», sino «por las obras futuras», y de ese modo habría resuelto la dificultad; o más bien, entonces no habría habido dificultad alguna que resolver. Pero tal como está, después de responder «En ninguna manera» —es decir, líbrenos Dios de que haya injusticia en Dios—, procede a demostrar que no hay injusticia en que Dios haga esto, y dice: «Porque a Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré.» Ahora bien, ¿quién sino un necio pensaría que Dios fue injusto, ya sea al infligir justicia penal a los que la habían merecido, o al extender misericordia a los indignos? Luego saca su conclusión: «Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» Así, ambos mellizos nacieron hijos de ira, no por causa de obras propias, sino porque estaban atados en las cadenas de aquella condenación original que vino por Adán. Pero Aquel que dijo «Tendré misericordia del que tendré misericordia» amó a Jacob por su gracia inmerecida, y aborreció a Esaú por su juicio merecido. Y como este juicio era debido a ambos, el primero aprendió del caso del segundo que el hecho de no caer sobre él el mismo castigo no le daba ocasión de gloriarse en mérito alguno propio, sino solamente en las riquezas de la gracia divina; porque «no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» Y en verdad todo el rostro, y, si se me permite la expresión, cada rasgo del semblante de la Escritura transmite, mediante una analogía muy profunda, esta saludable advertencia a todo el que la contempla con atención: que el que se gloría, gloríese en el Señor.

Así como la misericordia de Dios es gratuita, así sus juicios son justos, y no pueden ser contradichos

Ahora bien, después de encomiar la misericordia de Dios, diciendo: «Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia», para encomiar también su justicia (pues el hombre que no obtiene misericordia halla, no iniquidad, sino justicia, no habiendo iniquidad en Dios), añade en seguida: «Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.» Y luego saca una conclusión que se aplica a ambas cosas, es decir, tanto a su misericordia como a su justicia: «De manera que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece.» «Tiene misericordia» por su gran bondad; «endurece» sin injusticia alguna; de modo que ni el que es perdonado puede gloriarse en mérito propio alguno, ni el que es condenado puede quejarse de otra cosa que de su propio demérito. Porque es la gracia sola la que separa a los redimidos de los perdidos, habiendo sido todos envueltos en una común perdición por su común origen. Ahora bien, si alguno, al oír esto, dijere: «¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?», como si no se debiera culpar al hombre por ser malo, puesto que Dios de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece, líbrenos Dios de avergonzarnos de responder como vemos que respondió el apóstol: «Antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para deshonra?» Ahora bien, algunas personas necias piensan que en este pasaje el apóstol no tenía respuesta que dar, y que, a falta de una razón que aducir, reprendió la presunción de quien lo interrogaba. Pero hay gran peso en este dicho: «Antes, oh hombre, ¿quién eres tú?»; y en un asunto como este le sugiere al hombre, en una sola palabra, los límites de su capacidad, y al mismo tiempo encierra en realidad una razón importante. Porque si un hombre no entiende estas cosas, ¿quién es él para replicar contra Dios? Y si las entiende, no halla ya lugar alguno para replicar. Porque entonces percibe que todo el género humano fue condenado en su cabeza rebelde por un juicio divino tan justo, que si ni un solo miembro del género humano hubiera sido redimido, nadie podría con justicia haber puesto en duda la justicia de Dios; y que era justo que los que son redimidos fuesen redimidos de tal manera que mostrasen, por el mayor número de los que quedan sin redimir y abandonados en su justa condenación, lo que todo el género humano merecía, y adónde llevaría el merecido juicio de Dios aun a los redimidos, si su misericordia inmerecida no se interpusiera; para que se cerrase toda boca de los que quieren gloriarse en sus propios méritos, y para que el que se gloría, gloríese en el Señor.

La voluntad de Dios nunca es frustrada, aunque se haga mucho que es contrario a su voluntad

Estas son las grandes obras del Señor, dispuestas conforme a toda su voluntad, y tan sabiamente dispuestas que, cuando la creación inteligente, tanto angélica como humana, pecó, haciendo no su voluntad sino la suya propia, Él usó la misma voluntad de la criatura que obraba en oposición a la voluntad del Creador como instrumento para llevar a cabo su voluntad; el sumamente Bueno tornando así en bien aun lo que es malo, para condenación de aquellos a quienes en su justicia ha predestinado al castigo, y para salvación de aquellos a quienes en su misericordia ha predestinado a la gracia. Porque, en cuanto atañe a su propia conciencia, estas criaturas hicieron lo que Dios no quería que se hiciese; pero, en vista de la omnipotencia de Dios, de ningún modo pudieron lograr su propósito. Porque en el hecho mismo de que obraron en oposición a su voluntad, se cumplió su voluntad respecto de ellas. Y de ahí que «las obras del Señor son grandes, dispuestas conforme a toda su voluntad», porque de un modo indeciblemente extraño y maravilloso, aun lo que se hace en oposición a su voluntad no frustra su voluntad. Pues no se haría si Él no lo permitiese (y por supuesto su permiso no es de mala gana, sino voluntario); ni un Ser bueno permitiría que se hiciese el mal, sino porque en su omnipotencia puede tornar el mal en bien.

La voluntad de Dios, que es siempre buena, se cumple a veces por medio de la mala voluntad del hombre

A veces, sin embargo, un hombre, en la bondad de su voluntad, desea algo que Dios no desea, aun cuando la voluntad de Dios es también buena, más aún, buena de manera mucho más plena y mucho más segura (pues su voluntad nunca puede ser mala): por ejemplo, si un buen hijo anhela que su padre viva, cuando es la buena voluntad de Dios que muera. Por otra parte, es posible que un hombre de mala voluntad desee lo que Dios quiere en su bondad: por ejemplo, si un mal hijo desea que su padre muera, cuando esta es también la voluntad de Dios. Es evidente que el primero desea lo que Dios no desea, y que el segundo desea lo que Dios sí desea; y no obstante, el amor filial del primero está más en armonía con la buena voluntad de Dios, aunque su deseo sea distinto del de Dios, que la falta de afecto filial del segundo, aunque su deseo sea el mismo que el de Dios. Tan necesario es, al determinar si el deseo de un hombre es de aprobar o de reprobar, considerar lo que conviene desear al hombre y lo que conviene desear a Dios, y cuál es en cada caso el verdadero motivo de la voluntad. Porque Dios lleva a cabo algunos de sus propósitos, los cuales por supuesto son todos buenos, por medio de los malos deseos de los hombres perversos: por ejemplo, fue por medio de los perversos designios de los judíos, que obraban el buen propósito del Padre, que Cristo fue muerto; y este suceso fue tan verdaderamente bueno que, cuando el apóstol Pedro expresó su renuencia a que ocurriese, fue llamado Satanás por Aquel que había venido para ser muerto. ¡Cuán buenas parecían las intenciones de los piadosos creyentes que no querían que Pablo subiese a Jerusalén, no fuera que le sobreviniesen allí los males que Agabo había predicho! Y sin embargo era el propósito de Dios que él padeciese estos males por predicar la fe de Cristo, y que así llegase a ser testigo de Cristo. Y este propósito suyo, que era bueno, Dios no lo cumplió por medio de los buenos consejos de los cristianos, sino por medio de los malos consejos de los judíos; de modo que los que se oponían a su propósito fueron más verdaderamente sus siervos que los que eran instrumentos voluntarios de su cumplimiento.

La voluntad del Dios omnipotente nunca es frustrada, y nunca es mala

Pero por fuertes que sean los propósitos, ya de los ángeles, ya de los hombres, sean buenos o malos, ya concuerden estos propósitos con la voluntad de Dios, ya la contraríen, la voluntad del Omnipotente nunca es frustrada; y su voluntad nunca puede ser mala, porque aun cuando inflige el mal es justa, y lo que es justo ciertamente no es malo. El Dios omnipotente, pues, ya se apiade en misericordia de quien quiere, ya endurezca en juicio a quien quiere, nunca es injusto en lo que hace, nunca hace cosa alguna sino por su propia y libre voluntad, y nunca quiere nada que no ejecute.

Interpretación de la expresión en 1 Tim. II. 4: «El cual quiere que todos los hombres sean salvos.»

Por consiguiente, cuando oímos y leemos en la Escritura que Él «quiere que todos los hombres sean salvos», aunque bien sabemos que no todos los hombres son salvos, no por eso hemos de restringir la omnipotencia de Dios, sino más bien entender la Escritura «El cual quiere que todos los hombres sean salvos» como significando que ningún hombre es salvo si Dios no quiere su salvación: no que no haya hombre cuya salvación Él no quiera, sino que ningún hombre es salvo aparte de su voluntad; y que, por tanto, debemos rogarle que quiera nuestra salvación, porque si Él la quiere, necesariamente ha de cumplirse. Y era de la oración a Dios de lo que hablaba el apóstol cuando empleó esta expresión. Y por el mismo principio interpretamos la expresión del Evangelio: «La luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo»: no que no haya hombre que no sea alumbrado, sino que ningún hombre es alumbrado sino por Él. O bien se dice «El cual quiere que todos los hombres sean salvos»; no que no haya hombre cuya salvación Él no quiera (pues ¿cómo, entonces, explicar el hecho de que no quiso hacer milagros en presencia de algunos que, según dijo, se habrían arrepentido si los hubiera hecho?), sino que hemos de entender por «todos los hombres» el género humano en todas sus variedades de rango y condición: reyes, súbditos; nobles, plebeyos; encumbrados, humildes; doctos e indoctos; los sanos de cuerpo, los débiles; los ingeniosos, los torpes, los necios; los ricos, los pobres, y los de mediana condición; varones, hembras, niños de pecho, muchachos, jóvenes; los de poca edad, los de mediana edad y los ancianos; de toda lengua, de toda costumbre, de todas las artes, de todas las profesiones, con todas las innumerables diferencias de voluntad y de conciencia, y cuanto más hay que establece distinción entre los hombres. Pues ¿cuál de todas estas clases hay de la cual Dios no quiera que los hombres sean salvos en todas las naciones por medio de su Hijo unigénito, nuestro Señor, y por tanto los salva? Porque el Omnipotente no puede querer en vano cosa alguna que quiera. Ahora bien, el apóstol había mandado que se hiciesen oraciones por todos los hombres, y había añadido especialmente: «Por los reyes y por todos los que están en autoridad», de quienes podría suponerse que, en el orgullo y la pompa de su posición mundana, se apartarían de la humildad de la fe cristiana. Luego, diciendo: «Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador», es decir, que se hiciesen oraciones por los tales, añade en seguida, como para quitar todo motivo de desesperación: «El cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.» Dios, pues, en su gran condescendencia, ha tenido a bien conceder a las oraciones de los humildes la salvación de los encumbrados; y ciertamente tenemos muchos ejemplos de esto. También nuestro Señor emplea el mismo modo de hablar en el Evangelio, cuando dice a los fariseos: «Diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza.» Pues los fariseos no diezmaban lo que pertenecía a otros, ni todas las hierbas de todos los habitantes de otras tierras. Así como, pues, en este lugar hemos de entender por «toda hortaliza» toda clase de hierbas, así en el pasaje anterior podemos entender por «todos los hombres» toda clase de hombres. Y podemos interpretarlo de cualquier otra manera que nos plazca, con tal de que no nos veamos obligados a creer que el Dios omnipotente haya querido que se hiciese algo que no se hizo; porque, dejando a un lado todas las ambigüedades, si «Él ha hecho todo lo que quiso en el cielo y en la tierra», como de Él canta el salmista, ciertamente no quiso hacer nada que no haya hecho.

Dios, previendo el pecado del primer hombre, ordenó sus propios designios en consecuencia

Por lo cual, Dios habría estado dispuesto a conservar aun al primer hombre en aquel estado de salvación en que fue creado, y, después de haber engendrado hijos, a trasladarlo en el momento oportuno, sin la intervención de la muerte, a un lugar mejor, donde habría estado no solo libre de pecado, sino libre aun del deseo de pecar, si hubiera previsto que el hombre tendría la voluntad firme de persistir en el estado de inocencia en que fue creado. Pero como previó que el hombre haría mal uso de su libre albedrío, es decir, que pecaría, Dios dispuso sus propios designios más bien con miras a hacer bien al hombre aun en su pecaminosidad, para que así la buena voluntad del Omnipotente no fuese anulada por la mala voluntad del hombre, sino que se cumpliese a pesar de ella.

El hombre fue creado de tal manera que pudiese elegir el bien o el mal: en la vida futura, la elección del mal será imposible

Ahora bien, convenía que el hombre fuese al principio creado de tal manera que tuviese en su poder tanto querer lo recto como querer lo malo; no sin recompensa si quería lo primero, y no sin castigo si quería lo segundo. Pero en la vida futura no estará en su poder querer el mal; y sin embargo esto no constituirá restricción alguna a la libertad de su voluntad. Por el contrario, su voluntad será mucho más libre cuando le sea totalmente imposible ser esclavo del pecado. Jamás deberíamos pensar en culpar a la voluntad, o decir que no era voluntad, o que no había de llamarse libre, cuando de tal modo deseamos la felicidad que no solo rehuimos la miseria, sino que hallamos del todo imposible obrar de otra manera. Así como, pues, el alma aun ahora halla imposible desear la infelicidad, así en el futuro le será del todo imposible desear el pecado. Pero no había de quebrantarse la disposición de Dios, conforme a la cual quiso mostrar cuán bueno es un ser racional que es capaz aun de abstenerse del pecado, y con todo cuánto mejor es aquel que no puede pecar en absoluto; así como aquella era una especie inferior de inmortalidad, y sin embargo era inmortalidad, cuando le era posible al hombre evitar la muerte, aunque queda reservada para el futuro una inmortalidad más perfecta, cuando le será imposible al hombre morir.

La gracia de Dios fue necesaria para la salvación del hombre tanto antes de la caída como después de ella

La primera inmortalidad la perdió el hombre por el ejercicio de su libre albedrío; la segunda la obtendrá por la gracia, mientras que, si no hubiera pecado, la habría obtenido por merecimiento. Sin embargo, aun en ese caso no habría podido haber mérito sin gracia; porque, aunque el mero ejercicio del libre albedrío del hombre bastaba para introducir el pecado, su libre albedrío no habría bastado para mantenerlo en la justicia, a menos que Dios lo hubiese asistido impartiéndole una porción de su inmutable bondad. Así como está en el poder del hombre morir cuando quiera (pues, por no hablar de otros medios, cualquiera puede darse fin a sí mismo por la simple abstinencia de alimento), pero la mera voluntad no puede conservar la vida a falta de alimento y de los demás medios de vida; así el hombre en el paraíso era capaz, por su mera voluntad, simplemente abandonando la justicia, de destruirse a sí mismo; pero mantener una vida de justicia habría sido demasiado para su voluntad, a menos que hubiese sido sostenida por el poder del Creador. Después de la caída, sin embargo, se requirió un ejercicio más abundante de la misericordia de Dios, porque la voluntad misma había de ser librada de la esclavitud en que la tenían el pecado y la muerte. Y la voluntad no debe su libertad en modo alguno a sí misma, sino solamente a la gracia de Dios que viene por la fe en Jesucristo; de modo que la voluntad misma, por la cual aceptamos todos los demás dones de Dios que nos conducen a su don eterno, es ella misma preparada por el Señor, como dice la Escritura.

La vida eterna, aunque es la recompensa de las buenas obras, es ella misma el don de Dios

Por lo cual, aun la vida eterna misma, que es sin duda la recompensa de las buenas obras, el apóstol la llama el don de Dios. «Porque la paga del pecado —dice— es muerte; mas el don de Dios es vida eterna por Jesucristo Señor nuestro.» La paga (stipendium) se abona como retribución por el servicio militar; no es un don: por lo cual dice «la paga del pecado es muerte», para mostrar que la muerte no fue infligida inmerecidamente, sino como la debida retribución del pecado. Pero un don, a menos que sea del todo inmerecido, no es en absoluto un don. Hemos de entender, pues, que los buenos merecimientos del hombre son ellos mismos el don de Dios, de modo que cuando estos obtienen la recompensa de la vida eterna, no es sino gracia dada por gracia. El hombre, por tanto, fue hecho recto de tal manera que, aunque incapaz de permanecer en su rectitud sin ayuda divina, podía por su mera voluntad apartarse de ella. Y cualquiera de estos caminos que hubiera escogido, la voluntad de Dios se habría cumplido, o por él, o acerca de él. Por tanto, como escogió hacer su propia voluntad antes que la de Dios, la voluntad de Dios se cumple acerca de él; porque Dios, de una misma y sola masa de perdición que constituye el género humano, hace un vaso para honra y otro para deshonra; para honra en misericordia, para deshonra en juicio; a fin de que nadie se gloríe en el hombre, y por consiguiente tampoco en sí mismo.

Fue necesario un Mediador para reconciliarnos con Dios; y si este Mediador no hubiera sido Dios, no habría podido ser nuestro Redentor

Porque no podríamos ser redimidos, ni aun por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, si Él no fuese también Dios. Ahora bien, cuando Adán fue creado, él, siendo hombre justo, no tenía necesidad de un mediador. Pero cuando el pecado hubo puesto un ancho abismo entre Dios y el género humano, convino que un Mediador —el único del género humano que nació, vivió y murió sin pecado— nos reconciliase con Dios, y procurase aun para nuestros cuerpos una resurrección para vida eterna; a fin de que el orgullo del hombre quedase al descubierto y fuese sanado por la humildad de Dios; de que se mostrase al hombre cuán lejos se había apartado de Dios, cuando Dios se hizo carne para hacerlo volver; de que se pusiese un ejemplo al hombre desobediente en la vida de obediencia del Dios-Hombre; de que la fuente de la gracia fuese abierta al tomar el Unigénito sobre sí la forma de siervo, forma que no tenía mérito precedente alguno; de que se diese una garantía de aquella resurrección del cuerpo que se promete a los redimidos, en la resurrección del Redentor; de que el diablo fuese subyugado por la misma naturaleza que se jactaba de haber engañado, y con todo sin que el hombre fuese glorificado, no fuera que el orgullo brotase de nuevo; y, en fin, con miras a todas las ventajas que el hombre reflexivo puede percibir y describir, o percibir sin poder describir, como que dimanan del trascendente misterio de la persona del Mediador.

El estado del alma durante el intervalo entre la muerte y la resurrección

Además, durante el tiempo que media entre la muerte de un hombre y la resurrección final, el alma habita en un retiro oculto, donde goza de reposo o padece aflicción en proporción exacta al mérito que ha adquirido por la vida que llevó en la tierra.

El beneficio que reciben las almas de los muertos de los sacramentos y las limosnas de sus amigos vivos

Tampoco puede negarse que las almas de los muertos son beneficiadas por la piedad de sus amigos vivos, que ofrecen el sacrificio del Mediador, o dan limosnas en la iglesia en favor de ellos. Pero estos servicios aprovechan solamente a aquellos que durante su vida han adquirido tal mérito que servicios de esta clase pueden ayudarles. Porque hay una manera de vivir que ni es tan buena que no requiera estos servicios después de la muerte, ni tan mala que tales servicios de nada valgan después de la muerte; hay, por otra parte, una clase de vida tan buena que no los requiere; y de nuevo, una tan mala que, una vez acabada la vida, no le prestan ayuda alguna. Por tanto, es en esta vida donde se adquiere todo el mérito o demérito que puede aliviar o agravar los sufrimientos de un hombre después de esta vida. Nadie, pues, tenga esperanza de que, después de muerto, obtendrá delante de Dios el mérito que descuidó asegurarse aquí. Y por consiguiente es evidente que los servicios que la iglesia celebra por los muertos en modo alguno se oponen a las palabras del apóstol: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo»; porque el mérito que hace provechosos para un hombre los servicios de que hablo se adquiere mientras vive en el cuerpo. No a todos aprovechan estos servicios. Y ¿por qué no aprovechan a todos, sino a causa de las diferentes clases de vidas que los hombres llevan en el cuerpo? Cuando, pues, se ofrecen sacrificios, ya del altar, ya de limosnas, en favor de todos los muertos bautizados, son ofrendas de acción de gracias por los muy buenos, son ofrendas propiciatorias por los no muy malos, y en el caso de los muy malos, aunque no ayuden a los muertos, son una especie de consuelo para los vivos. Y allí donde son provechosos, su beneficio consiste, o en obtener una plena remisión de los pecados, o al menos en hacer más tolerable la condenación.

Después de la resurrección habrá dos reinos distintos, uno de felicidad eterna, el otro de eterna miseria

Después de la resurrección, sin embargo, cuando se haya consumado el juicio final y universal, habrá dos reinos, cada uno con sus propios y distintos límites: el uno de Cristo, el otro del diablo; el uno compuesto de los buenos, el otro de los malos; ambos, no obstante, compuestos de ángeles y de hombres. Los primeros no tendrán voluntad, los segundos no tendrán poder, para pecar, y ninguno de los dos tendrá poder para elegir la muerte; sino que los primeros vivirán verdadera y felizmente en la vida eterna, los segundos arrastrarán una existencia miserable en la muerte eterna sin poder morir; porque la vida y la muerte serán ambas sin fin. Pero entre los primeros habrá grados de felicidad, siendo uno más eminentemente feliz que otro; y entre los segundos habrá grados de miseria, siendo uno más tolerablemente miserable que otro.

No hay fundamento en la Escritura para la opinión de quienes niegan la eternidad de los castigos futuros

En vano, pues, algunos —en verdad, muchísimos— se lamentan del castigo eterno y de los tormentos perpetuos e ininterrumpidos de los perdidos, y dicen que no creen que haya de ser así; no, ciertamente, que se opongan de manera directa a la Sagrada Escritura, sino que, por sugerencia de sus propios sentimientos, suavizan todo lo que parece duro, y dan un giro más benigno a declaraciones que juzgan destinadas más bien a atemorizar que a ser recibidas como literalmente verdaderas. Porque «¿Ha olvidado Dios —dicen— el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?» Ahora bien, esto lo leen en uno de los santos salmos. Pero sin duda hemos de entenderlo como dicho de aquellos que en otro lugar se llaman «vasos de misericordia», porque aun ellos son librados de la miseria no por mérito propio alguno, sino solamente por la piedad de Dios. O bien, si los hombres de que hablamos insisten en que este pasaje se aplica a toda la humanidad, no hay razón por la cual debieran, por tanto, suponer que habrá un fin del castigo de aquellos de quienes se dice: «Éstos irán al castigo eterno»; pues este terminaría de la misma manera y al mismo tiempo que la felicidad de aquellos de quienes se dice: «mas los justos a la vida eterna.» Pero supongan, si el pensamiento les agrada, que las penas de los condenados son, a ciertos intervalos, en algún grado aliviadas. Porque aun en ese caso la ira de Dios —es decir, su condenación (pues es esto, y no ningún sentimiento perturbado en la mente de Dios, lo que se llama su ira)— permanece sobre ellos; esto es, su ira, aunque todavía permanece, no encierra sus piedades; aunque sus piedades se manifiestan no en poner fin a su castigo eterno, sino en mitigar sus tormentos, o en concederles un respiro de ellos; porque el salmo no dice «para poner fin a su ira», ni «cuando su ira haya pasado», sino «en su ira». Ahora bien, si esta ira estuviese sola, o si existiese en el menor grado concebible, con todo, el estar perdido fuera del reino de Dios, el ser desterrado de la ciudad de Dios, el estar alejado de la vida de Dios, el no tener parte en aquella gran bondad que Dios ha reservado para los que le temen, y ha obrado para los que en Él confían, sería un castigo tan grande que, suponiéndolo eterno, ningún tormento que conozcamos, continuado por tantas edades como la imaginación del hombre pueda concebir, podría compararse con él.

La muerte de los impíos será eterna en el mismo sentido en que lo es la vida de los santos

Esta muerte perpetua de los impíos, pues, es decir, su alejamiento de la vida de Dios, permanecerá para siempre, y será común a todos ellos, cualquier cosa que los hombres, movidos por sus afectos humanos, conjeturen acerca de una variedad de castigos, o acerca de una mitigación o intermisión de sus males; así como la vida eterna de los santos permanecerá para siempre, y será común a todos ellos, por más grados de rango y de honor que haya entre los que resplandecen con un fulgor armonioso.

Página 1 / 1 · 26 min restantes en el capítulo