El Enquiridión
La resurrección y el juicio

Capítulo 8 · 12 min de lectura

La resurrección y el juicio

La resurrección del cuerpo suscita numerosas preguntas

Ahora bien, en cuanto a la resurrección del cuerpo —no una resurrección como la que algunos han tenido, quienes volvieron a la vida por un tiempo y murieron de nuevo, sino una resurrección para la vida eterna, tal como resucitó el cuerpo del mismo Cristo—, no veo cómo podría tratar el asunto brevemente y, al mismo tiempo, dar respuesta satisfactoria a todas las preguntas que de ordinario se plantean acerca de él. Sin embargo, de que los cuerpos de todos los hombres —tanto los que ya han nacido como los que nacerán, tanto los que han muerto como los que morirán— resucitarán, ningún cristiano debe tener la menor sombra de duda.

El caso de las concepciones abortivas

De aquí surge, en primer lugar, una pregunta acerca de las concepciones abortivas, que ciertamente han nacido en el vientre de la madre, pero no de tal manera que pudieran nacer de nuevo. Porque si decidimos que estas han de resucitar, no podremos objetar ninguna conclusión que se saque respecto de las que están plenamente formadas. Ahora bien, ¿quién no se inclina más bien a pensar que los abortos informes perecen, como semillas que jamás fructificaron? Pero ¿quién se atreverá a negar, aunque no se atreva a afirmarlo, que en la resurrección se suplirá todo defecto de la forma, y que así no faltará la perfección que el tiempo habría traído, como tampoco estarán presentes las imperfecciones que el tiempo trajo consigo? De suerte que la naturaleza ni carecerá de nada conveniente y acorde con ella que la duración de los días le habría añadido, ni quedará degradada por la presencia de algo de índole contraria que la duración de los días le ha añadido; sino que lo que aún no está completo será completado, así como lo que ha sido dañado será renovado.

Si alguna vez vivieron, por fuerza han de haber muerto, y por tanto tendrán parte en la resurrección de los muertos

Y por tanto, los hombres doctos pueden investigar y discutir con todo cuidado la siguiente cuestión, aunque no sé si esté en poder del hombre resolverla: en qué momento comienza el niño a vivir en el vientre; si la vida existe de forma latente antes de manifestarse en los movimientos del ser viviente. Negar que hayan estado vivos alguna vez aquellos pequeños que son extraídos miembro a miembro del vientre —para que, si allí se les dejara muertos, no muriese también la madre— parece demasiado temerario. Ahora bien, desde el momento en que un hombre comienza a vivir, desde ese momento le es posible morir. Y si muere, dondequiera que la muerte lo alcance, no alcanzo a descubrir por qué principio se le podría negar parte en la resurrección de los muertos.

El caso de los nacimientos monstruosos

Ni siquiera respecto de las monstruosidades, que nacen y viven, por muy pronto que mueran, tenemos motivo para afirmar que no resucitarán, ni que resucitarán en su deformidad, y no más bien con un cuerpo enmendado y perfeccionado. Líbrenos Dios de pensar que aquel hombre de miembros dobles que hace poco nació en Oriente —de quien trajeron noticia hermanos dignísimos de confianza que lo habían visto, noticia que el presbítero Jerónimo, de bendita memoria, dejó por escrito—; líbrenos Dios, digo, de pensar que en la resurrección habrá un solo hombre de miembros dobles, y no dos hombres distintos, como habría sucedido si hubieran nacido gemelos. Y así también otros nacimientos que, por tener algo de más o algo de menos, o por estar muy deformes, se llaman monstruosidades, serán restaurados en la resurrección a la forma normal del hombre; y así cada alma poseerá su propio cuerpo; y ningún cuerpo estará unido a otro, aunque hubieran nacido unidos, sino que cada uno por separado poseerá todos los miembros que constituyen un cuerpo humano completo.

La materia del cuerpo nunca perece

Tampoco perece jamás la materia terrena de la que son creados los cuerpos mortales de los hombres; pues, aunque se desmenuce en polvo y ceniza, o se disuelva en vapores y exhalaciones, aunque se transforme en la sustancia de otros cuerpos o se disperse en los elementos, aunque llegue a ser alimento de bestias o de hombres y se convierta en su carne, vuelve en un instante a aquella alma humana que al principio la animó y que hizo de ella un hombre, y la hizo vivir y crecer.

Pero esta materia puede quedar dispuesta de otro modo en el cuerpo de la resurrección

Y esta materia terrena, que al abandonarla el alma se convierte en cadáver, no será restaurada en la resurrección de modo que las partes en que se separa —y que bajo diversas formas y apariencias pasan a ser partes de otras cosas (aunque todas volverán al mismo cuerpo del cual fueron separadas)— hayan de volver necesariamente a las mismas partes del cuerpo en que originalmente se hallaban. Pues, de lo contrario, suponer que el cabello recobra todo lo que nuestros frecuentes cortes y afeitados le han quitado, y las uñas todo lo que tantas veces hemos recortado, presenta a la imaginación un cuadro tal de fealdad y deformidad, que haría casi increíble la resurrección del cuerpo. Pero así como, si una estatua de algún metal fundible fuese derretida por el fuego, o reducida a polvo, o convertida en una masa informe, y un escultor quisiera rehacerla con la misma cantidad de metal, en nada afectaría a la perfección de la obra el que tal o cual partícula de la materia fuese puesta en tal o cual parte de la estatua, con tal que la estatua restaurada contuviese toda la materia de la original; así también Dios, el Artífice de maravilloso e indecible poder, restaurará con maravillosa e indecible rapidez nuestro cuerpo, empleando toda la materia de la que originalmente constaba. Ni afectará a la perfección de su restauración el que los cabellos vuelvan a ser cabellos, y las uñas uñas, o el que la parte de estos que había perecido sea transformada en carne y llamada a ocupar su lugar en otra parte del cuerpo, cuidando el gran Artista con esmero de que nada resulte impropio o fuera de lugar.

Si hubiere diferencias y desigualdades entre los cuerpos de los que resucitan, no habrá en ninguno nada ofensivo ni desproporcionado

Tampoco se sigue necesariamente que haya diferencias de estatura entre los que resucitan por el hecho de que en vida fueran de estaturas diferentes; ni es seguro que los flacos resuciten con su antigua flacura, ni los gordos con su antigua gordura. Pero si es parte del designio del Creador que cada uno conserve sus propios rasgos característicos y retenga una semejanza reconocible con lo que antes fue, mientras que en cuanto a las demás ventajas corporales todos sean iguales, entonces la materia de que cada uno se compone podrá ser modificada de tal modo que nada de ella se pierda, y que todo defecto sea suplido por Aquel que puede crear a su voluntad de la nada. Pero si en los cuerpos de los que resucitan hubiere una desigualdad bien ordenada, como la que hay en las voces que forman una armonía plena, entonces la materia del cuerpo de cada hombre será tratada de tal manera que forme un hombre apto para las asambleas de los ángeles, y que nada traiga entre ellos que hiera su sensibilidad. Y ciertamente nada indecoroso habrá allí; sino que cuanto allí hubiere será agraciado y decoroso: porque si algo no es decoroso, tampoco existirá.

En la resurrección, los cuerpos de los santos serán cuerpos espirituales

Los cuerpos de los santos, pues, resucitarán libres de todo defecto, de toda mancha, así como de toda corrupción, peso e impedimento. Porque la facilidad de su movimiento será tan completa como su dicha. Por eso sus cuerpos han sido llamados espirituales, aunque sin duda serán cuerpos y no espíritus. Pues así como ahora el cuerpo es llamado animado, aunque es un cuerpo y no un alma [anima], así entonces el cuerpo será llamado espiritual, aunque será un cuerpo y no un espíritu. De ahí que, en cuanto a la corrupción que ahora agobia al alma, y a los vicios que impelen a la carne a codiciar contra el espíritu, entonces no será carne, sino cuerpo; porque hay cuerpos que se llaman celestiales. Por lo cual está escrito: «La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios»; y, como en explicación de esto, «ni la corrupción hereda la incorrupción». Lo que el apóstol llamó primero «carne y sangre», lo llama después «corrupción»; y lo que primero llamó «el reino de Dios», lo llama después «incorrupción». Pero en cuanto a la sustancia, aun entonces será carne. Porque aun después de la resurrección el cuerpo de Cristo fue llamado carne. El apóstol, sin embargo, dice: «Se siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual»; porque tan perfecta será entonces la armonía entre la carne y el espíritu —manteniendo el espíritu viva a la carne sometida sin necesidad de alimento alguno— que ninguna parte de nuestra naturaleza estará en discordia con otra; sino que, así como estaremos libres de enemigos por fuera, tampoco nos tendremos a nosotros mismos por enemigos por dentro.

La resurrección de los perdidos

Pero en cuanto a aquellos que, de la masa de perdición causada por el pecado del primer hombre, no son redimidos por el único Mediador entre Dios y los hombres, también ellos resucitarán, cada uno con su propio cuerpo, pero solo para ser castigados con el diablo y sus ángeles. Ahora bien, si resucitarán con todas sus enfermedades y deformidades corporales, trayendo consigo los miembros enfermos y deformes que aquí poseyeron, sería trabajo perdido investigarlo. Pues no necesitamos fatigarnos especulando sobre su salud o su hermosura, que son cosas inciertas, cuando su condenación eterna es cosa cierta. Ni necesitamos preguntar en qué sentido será incorruptible su cuerpo, si es susceptible de dolor; o en qué sentido corruptible, si está libre de la posibilidad de morir. Porque no hay verdadera vida sino donde hay dicha en el vivir, ni verdadera incorrupción sino donde la salud no es quebrantada por dolor alguno. Cuando, sin embargo, no se permite morir a los desdichados, entonces, si puedo hablar así, la muerte misma no muere; y donde el dolor aflige al alma sin tregua y nunca llega a su fin, la corrupción misma no se consuma. Esto es llamado en la Santa Escritura «la muerte segunda».

Tanto la primera como la segunda muerte son consecuencia del pecado. El castigo es proporcionado a la culpa

Y ni la primera muerte, que acontece cuando el alma se ve obligada a dejar el cuerpo, ni la segunda muerte, que acontece cuando al alma no se le permite dejar el cuerpo que padece, habrían sido impuestas al hombre si nadie hubiera pecado. Y, por supuesto, el más leve de todos los castigos recaerá sobre aquellos que no han añadido ningún pecado actual al pecado original que trajeron consigo; y en cuanto a los demás, que sí han añadido tales pecados actuales, el castigo de cada uno será tanto más tolerable en el mundo venidero cuanto menor haya sido su iniquidad en este mundo.

En el mundo venidero, los santos conocerán más plenamente los beneficios que han recibido por la gracia

Así, cuando los ángeles y los hombres réprobos queden abandonados a padecer el castigo eterno, los santos conocerán más plenamente los beneficios que han recibido por la gracia. Entonces, contemplando los hechos mismos, verán con mayor claridad el sentido de la expresión de los salmos: «Misericordia y juicio cantaré»; porque solo por misericordia inmerecida es redimido alguno, y solo en juicio bien merecido es condenado alguno.

Entonces se explicarán los juicios de Dios

Entonces se aclarará mucho de lo que ahora es oscuro. Por ejemplo, cuando de dos niños, cuyos casos parecen en todo semejantes, uno es escogido para sí por la misericordia de Dios, y el otro es abandonado por su justicia (en lo cual el que es escogido puede reconocer lo que en justicia le correspondía, de no haber intervenido la misericordia); por qué, de estos dos, hubo de ser escogido el uno más bien que el otro, es para nosotros un problema insoluble. Y también, por qué no se obraron milagros en presencia de hombres que se habrían arrepentido al obrarse los milagros, mientras que sí se obraron en presencia de otros de quienes se sabía que no se arrepentirían. Porque nuestro Señor dice muy claramente: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho las maravillas que se han hecho en vosotras, tiempo ha que se habrían arrepentido en cilicio y ceniza». Y ciertamente no hubo injusticia alguna en que Dios no quisiera que fuesen salvos, aunque podrían haberlo sido si Él lo hubiera querido. Entonces se verá a la luz clarísima de la sabiduría lo que para los piadosos es ahora objeto de fe, aunque todavía no de conocimiento cierto: cuán segura, cuán inmutable y cuán eficaz es la voluntad de Dios; cuántas cosas puede hacer que no quiere hacer, aunque no quiere nada que no pueda ejecutar; y cuán verdadero es el canto del salmista: «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho». Y esto ciertamente no sería verdad si Dios hubiera querido alguna vez algo que no ha ejecutado; y, peor aún, si fuera la voluntad del hombre la que impidiera al Omnipotente hacer lo que le place. Nada, por tanto, sucede sino por la voluntad del Omnipotente, ya permitiendo Él que se haga, ya haciéndolo Él mismo.

El Dios omnipotente obra bien aun al permitir el mal

Tampoco podemos dudar de que Dios obra bien aun al permitir lo que es malo. Porque lo permite solo en la justicia de su juicio. Y sin duda todo lo que es justo es bueno. Aunque, por tanto, el mal, en cuanto es mal, no es un bien; sin embargo, el hecho de que exista el mal, tanto como el bien, es un bien. Porque si no fuera un bien que el mal existiese, el Bien omnipotente no permitiría su existencia, pues sin duda le es tan fácil negarse a permitir lo que no quiere como llevar a cabo lo que quiere. Y si no creemos esto, queda en peligro la primera frase misma de nuestro credo, en la cual profesamos creer en Dios Padre todopoderoso. Porque no se le llama con verdad Todopoderoso si no puede hacer cuanto le place, o si el poder de su voluntad todopoderosa es estorbado por la voluntad de cualquier criatura.

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