Capítulo 7 · 25 min de lectura
La fe, las obras y el arrepentimiento
La fe sin obras está muerta y no puede salvar al hombre
Algunos creen, además, que los hombres que no abandonan el nombre de Cristo, que han sido bautizados en la Iglesia con su bautismo y que nunca han sido separados de la Iglesia por ningún cisma o herejía, aunque vivieran en el más grave pecado y jamás lo lavaran con la penitencia ni lo redimieran con la limosna, sino que persistieran en él con obstinación hasta el último día de su vida, serán salvos por el fuego; es decir, que aunque padezcan un castigo de fuego, que dure un tiempo proporcionado a la magnitud de sus crímenes y maldades, no serán castigados con el fuego eterno. Pero quienes creen esto, siendo con todo católicos, me parece que se dejan extraviar por cierto sentimiento benévolo, natural en el ser humano. Porque la Sagrada Escritura, cuando se la consulta, da una respuesta muy distinta. He escrito un libro sobre este tema, titulado De la fe y las obras, en el cual, según mis fuerzas y con la ayuda de Dios, he mostrado a partir de la Escritura que la fe que nos salva es aquella que el apóstol Pablo describe con bastante claridad cuando dice: “Porque en Jesucristo ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.” Pero si obra el mal, y no el bien, entonces sin duda, como dice el apóstol Santiago, “está muerta, estando sola.” El mismo apóstol dice también: “¿De qué aprovechará, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” Y además, si un hombre malvado ha de ser salvo por el fuego a causa de su sola fe, y si esto es lo que el bienaventurado apóstol Pablo quiere decir cuando afirma: “Mas él será salvo, aunque así como por fuego”; entonces la fe sin obras puede salvar al hombre, y lo que dice su coapóstol Santiago tendría que ser falso. Y también sería falso lo que el propio Pablo dice en otro lugar: “No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” Porque si los que perseveran en estos caminos de maldad han de ser, a pesar de todo, salvos a causa de su fe en Cristo, ¿cómo puede ser verdad que no heredarán el reino de Dios?
El verdadero sentido del pasaje de 1 Cor. III. 11–15 acerca de los que son salvos, aunque así como por fuego
Pero como estas declaraciones tan claras e inconfundibles de los apóstoles no pueden ser falsas, aquel dicho oscuro acerca de los que edifican sobre el fundamento, que es Cristo, no oro, plata y piedras preciosas, sino madera, heno y hojarasca (pues son estos, se dice, los que serán salvos, aunque así como por fuego, salvándolos el mérito del fundamento), debe interpretarse de modo que no contradiga las afirmaciones claras antes citadas. Ahora bien, la madera, el heno y la hojarasca pueden, sin incongruencia, entenderse como aquel apego a las cosas del mundo —por lícitas que sean en sí mismas— tal que no pueden perderse sin pesar del alma. Y aunque este pesar quema, con todo, si Cristo ocupa el lugar de fundamento en el corazón —esto es, si nada se antepone a él, y si el hombre, aun ardiendo de dolor, está más dispuesto a perder las cosas que tanto ama que a perder a Cristo—, es salvo por el fuego. Pero si, en tiempo de tentación, prefiere aferrarse a las cosas temporales y terrenas antes que a Cristo, no tiene a Cristo por fundamento; pues pone las cosas terrenas en primer lugar, y en un edificio nada precede al fundamento. Asimismo, el fuego del que habla el apóstol en este lugar ha de ser un fuego por el cual ambos hombres deben pasar: tanto el que edifica sobre el fundamento oro, plata y piedras preciosas, como el que edifica madera, heno y hojarasca. Pues enseguida añade: “El fuego probará la obra de cada uno cuál sea. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá galardón. Si la obra de alguno fuere quemada, él sufrirá pérdida; mas él será salvo, aunque así como por fuego.” El fuego, pues, probará no la obra de uno solo de ellos, sino la de ambos. Ahora bien, la prueba de la adversidad es una especie de fuego del que se habla claramente en otro lugar: “El horno prueba las vasijas del alfarero, y el horno de la adversidad a los hombres justos.” Y este fuego obra, en el curso de esta vida, exactamente del modo que dice el apóstol. Si toca a dos creyentes, el uno “cuidando de las cosas que son del Señor, de cómo agradar al Señor”, es decir, edificando sobre Cristo el fundamento oro, plata y piedras preciosas; y el otro “cuidando de las cosas que son del mundo, de cómo agradar a su mujer”, es decir, edificando sobre el mismo fundamento madera, heno y hojarasca, la obra del primero no se quema, porque no ha entregado su amor a cosas cuya pérdida pueda causarle dolor; pero la obra del segundo se quema, porque las cosas que se gozan con deseo no pueden perderse sin dolor. Pero como, según nuestra suposición, aun este último prefiere perder tales cosas antes que perder a Cristo, y como no abandona a Cristo por temor a perderlas, aunque se aflige cuando en efecto las pierde, es salvo, pero así como por fuego; porque el pesar por lo que amó y ha perdido lo quema. Mas no lo derriba ni lo consume, porque está protegido por su fundamento inmóvil e incorruptible.
No es imposible que algunos creyentes pasen por un fuego purgatorio en la vida futura
Y no es imposible que algo de este mismo género tenga lugar aun después de esta vida. Es una cuestión que puede investigarse, y sea comprobarse, sea dejarse en duda, si algunos creyentes pasarán por una especie de fuego purgatorio, y si, en proporción a que hayan amado con mayor o menor devoción los bienes perecederos, serán librados de él con mayor o menor prontitud. Esto, sin embargo, no puede aplicarse a ninguno de aquellos de quienes se dice que “no heredarán el reino de Dios”, a menos que, tras un arrepentimiento adecuado, les sean perdonados sus pecados. Cuando digo “adecuado”, quiero decir que no han de ser estériles en la limosna; pues tanto insiste la Sagrada Escritura en esta virtud, que nuestro Señor nos anuncia de antemano que no atribuirá a los que están a su derecha otro mérito sino el abundar en ella, ni a los que están a su izquierda otro defecto sino el carecer de ella, cuando dirá a los primeros: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino”, y a los segundos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno.”
La limosna no expiará el pecado si no se cambia la vida
Debemos guardarnos, sin embargo, de que alguien suponga que los pecados graves, como los que cometen quienes no heredarán el reino de Dios, pueden perpetrarse a diario y expiarse a diario con la limosna. La vida debe cambiarse para mejor; y la limosna ha de emplearse para propiciar a Dios por los pecados pasados, no para comprar impunidad para la comisión de tales pecados en el futuro. Pues Él a nadie ha dado licencia para pecar, aunque en su misericordia pueda borrar los pecados ya cometidos, si no descuidamos dar la debida satisfacción.
La oración diaria del creyente satisface por los pecados leves que a diario manchan su vida
Ahora bien, la oración diaria del creyente satisface por aquellos pecados cotidianos, de índole momentánea y leve, que son incidentes inevitables de esta vida. Pues puede decir: “Padre nuestro que estás en los cielos”, ya que para tal Padre ha vuelto a nacer del agua y del Espíritu. Y esta oración ciertamente quita los pecados muy pequeños de la vida cotidiana. Quita también aquellos que en otro tiempo hicieron muy perversa la vida del creyente, pero que ahora, transformado para mejor por el arrepentimiento, ha abandonado; con tal que, tan de veras como dice “Perdónanos nuestras deudas” (pues no faltan deudas que perdonar), así de veras diga “como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”; es decir, con tal que haga lo que dice que hace: porque perdonar a quien pide perdón es, en verdad, dar limosna.
Hay muchas clases de limosna cuya práctica ayuda a alcanzar el perdón de nuestros pecados
Y conforme a este principio de interpretación, el dicho de nuestro Señor, “Dad limosna de lo que tenéis, y he aquí todas las cosas os serán limpias”, se aplica a toda obra provechosa que el hombre hace por misericordia. No solo, pues, da limosna quien da de comer al hambriento, de beber al sediento, vestido al desnudo, hospitalidad al forastero, refugio al fugitivo, quien visita al enfermo y al encarcelado, rescata al cautivo, socorre al débil, guía al ciego, consuela al afligido, sana al enfermo, encamina al extraviado, aconseja al perplejo y provee a las necesidades del menesteroso; no solo este, sino también quien perdona al pecador da limosna; y quien corrige con golpes, o refrena mediante alguna clase de disciplina a aquel sobre quien tiene autoridad, y que al mismo tiempo perdona de corazón el pecado con que fue agraviado, o ruega que le sea perdonado, es también dador de limosna, no solo por cuanto perdona o pide perdón por el pecado, sino también por cuanto reprende y corrige al pecador; pues también en esto muestra misericordia. Ahora bien, mucho bien se otorga a quienes lo reciben de mala gana, cuando se mira a su provecho y no a su placer; y ellos mismos con frecuencia resultan ser sus propios enemigos, mientras que sus verdaderos amigos son aquellos a quienes tienen por enemigos, y a los cuales, en su ceguera, devuelven mal por bien. (A un cristiano, en verdad, no le es lícito devolver mal ni siquiera por mal.) Y así hay muchas clases de limosna, por cuya práctica ayudamos a alcanzar el perdón de nuestros pecados.
La mayor de todas las limosnas es perdonar a nuestros deudores y amar a nuestros enemigos
Pero ninguna de ellas es mayor que perdonar de corazón un pecado que se ha cometido contra nosotros. Porque es cosa relativamente pequeña desear el bien, o aun hacer el bien, a un hombre que no te ha hecho ningún mal. Cosa mucho más alta, y fruto de la bondad más excelsa, es amar a tu enemigo, y desear siempre el bien, y cuando tengas la ocasión, hacer el bien al hombre que te desea el mal y que, cuando puede, te hace daño. Esto es obedecer el mandamiento de Dios: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen.” Pero, viendo que esta es una disposición del ánimo a la que solo llegan los hijos perfectos de Dios, y que, aunque todo creyente debe afanarse por alcanzarla, y por medio de la oración a Dios y de una lucha esforzada consigo mismo procurar elevar su alma hasta esta medida, con todo, un grado de bondad tan elevado difícilmente puede pertenecer a la gran multitud que, según creemos, es oída cuando emplea esta petición: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”; en vista de todo esto, no cabe dudar de que el compromiso implícito se cumple si un hombre, aunque no haya llegado todavía a amar a su enemigo, con todo, cuando aquel que ha pecado contra él le pide que le perdone su pecado, lo perdona de corazón. Pues ciertamente desea ser él mismo perdonado cuando ora “como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, esto es: Perdónanos nuestras deudas cuando pedimos perdón, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores cuando nos piden perdón.
Dios no perdona los pecados de quienes no perdonan de corazón a los demás
Ahora bien, quien pide perdón al hombre contra quien ha pecado, movido por su pecado a pedir perdón, no puede ser tenido por enemigo en tal sentido que resulte tan difícil amarlo ahora como lo era cuando estaba empeñado en una hostilidad activa. Y el hombre que no perdona de corazón a aquel que se arrepiente de su pecado y pide perdón, no crea que sus propios pecados le son perdonados por Dios. Porque la Verdad no puede mentir. ¿Y qué lector u oyente del Evangelio habrá dejado de advertir que la misma persona que dijo “Yo soy la Verdad” nos enseñó también esta forma de oración, y que, para grabar hondamente en nuestra mente esta petición en particular, dijo: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”? El hombre a quien el trueno de esta advertencia no despierta, no está dormido, sino muerto; y, con todo, tan poderosa es aquella voz, que puede despertar aun a los muertos.
Los malvados e incrédulos no quedan limpios por dar limosna, si no nacen de nuevo
Sin duda, pues, quienes viven en grave maldad y no se cuidan de reformar su vida y sus costumbres, y sin embargo, en medio de todos sus crímenes y vicios, no dejan de dar limosna con frecuencia, en vano se consuelan con el dicho de nuestro Señor: “Dad limosna de lo que tenéis, y he aquí todas las cosas os serán limpias.” Pues no entienden hasta dónde alcanza este dicho. Mas para que lo entiendan, oigan lo que Él dice. Porque leemos en el Evangelio lo siguiente: “Y mientras hablaba, le rogó cierto fariseo que comiese con él; y entrando Jesús, se sentó a la mesa. Y el fariseo, al verlo, se maravilló de que no se hubiese lavado primero antes de comer. Y le dijo el Señor: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato; mas lo interior de vosotros está lleno de rapiña y de maldad. Necios, ¿el que hizo lo de fuera, no hizo también lo de dentro? Mas dad limosna de lo que tenéis, y he aquí todas las cosas os serán limpias.” ¿Habremos de entender esto en el sentido de que a los fariseos que no tienen la fe de Cristo todas las cosas les son limpias, con solo que den limosna al modo en que estos hombres cuentan la limosna, aunque nunca hayan creído en Cristo ni hayan vuelto a nacer del agua y del Espíritu? Pero lo cierto es que todos son inmundos los que no son limpiados por la fe de Cristo, según aquella expresión: “purificando sus corazones por la fe”; y que el apóstol dice: “Para los contaminados e incrédulos nada es puro; antes su mente y su conciencia están corrompidas.” ¿Cómo, pues, podrían todas las cosas ser limpias a los fariseos, aunque diesen limosna, si no eran creyentes? ¿Y cómo podrían ser creyentes si no estaban dispuestos a tener fe en Cristo y a nacer de nuevo por su gracia? Y, con todo, lo que oyeron es verdad: “Dad limosna de lo que tenéis, y he aquí todas las cosas os serán limpias.”
Para dar limosna rectamente, debemos empezar por nosotros mismos y compadecernos de nuestra propia alma
Porque el hombre que quiere dar limosna como debe, ha de empezar por sí mismo y darse primero a sí mismo. Porque la limosna es obra de misericordia; y con toda verdad se dice: “Tener misericordia de tu alma es agradable a Dios.” Y para este fin nacemos de nuevo, para ser agradables a Dios, que con justicia se desagrada de aquello que trajimos con nosotros cuando nacimos. Esta es nuestra primera limosna, que nos damos a nosotros mismos cuando, por la misericordia de un Dios compasivo, hallamos que somos miserables, y confesamos la justicia de su juicio por el cual somos hechos miserables —del cual dice el apóstol: “El juicio vino por uno para condenación”—; y alabamos la grandeza de su amor, del cual el mismo predicador de la gracia dice: “Dios encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”; y así, juzgando con verdad de nuestra propia miseria y amando a Dios con el amor que Él mismo ha dado, llevamos una vida santa y virtuosa. Pero los fariseos, aunque daban como limosna el diezmo de todos sus frutos, aun de los más insignificantes, pasaban por alto el juicio y el amor de Dios, y de este modo no comenzaban su limosna en casa ni extendían primeramente su compasión a sí mismos. Y es con referencia a este orden del amor que se dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Cuando, pues, nuestro Señor los hubo reprendido porque se limpiaban por fuera, pero por dentro estaban llenos de rapiña y de maldad, les aconsejó, en el ejercicio de aquella caridad que cada hombre se debe a sí mismo en primer lugar, que limpiasen lo interior. “Mas antes”, dice, “dad limosna de lo que tenéis, y he aquí todas las cosas os serán limpias.” Luego, para mostrar qué era lo que aconsejaba, y qué era lo que ellos no se cuidaban de hacer, y para mostrar que no pasaba por alto ni olvidaba su limosna, dice: “¡Mas ay de vosotros, fariseos!”; como si quisiera decir: Ciertamente os aconsejo que deis limosnas que os hagan limpias todas las cosas; “pero ¡ay de vosotros! porque diezmáis la menta, y la ruda, y toda clase de hortalizas”; como si quisiera decir: Conozco estas limosnas vuestras, y no penséis que ahora os amonesto respecto de tales cosas; “y pasáis por alto el juicio y el amor de Dios”, limosna por la cual habríais podido quedar limpios de toda impureza interior, de suerte que aun los cuerpos que ahora laváis os habrían sido limpios. Pues este es el sentido de “todas las cosas”, tanto las interiores como las exteriores, como leemos en otro lugar: “Limpia primero lo de dentro, para que también lo de fuera quede limpio.” Mas para que no pareciera despreciar la limosna que daban de los frutos de la tierra, dice: “Esto os era necesario hacer”, refiriéndose al juicio y al amor de Dios, “sin dejar de hacer aquello”, refiriéndose al pago de los diezmos.
Si queremos darnos limosna a nosotros mismos, debemos huir de la iniquidad; porque el que ama la iniquidad aborrece su alma
Aquellos, pues, que piensan que por dar limosna, por profusa que sea, sea en dinero o en especie, pueden comprarse el privilegio de persistir impunemente en sus crímenes monstruosos y vicios abominables, no se engañen así. Porque no solo cometen estos pecados, sino que los aman tanto que querrían seguir cometiéndolos para siempre, con tal de poder hacerlo con impunidad. Ahora bien, el que ama la iniquidad aborrece su propia alma; y el que aborrece su propia alma no es misericordioso, sino cruel con ella. Pues, amándola según el mundo, la aborrece según Dios. Pero si deseara darle una limosna que le hiciera limpias todas las cosas, la aborrecería según el mundo y la amaría según Dios. Ahora bien, nadie da limosna a menos que reciba lo que da de Aquel que no tiene necesidad de ello. Por eso se dice: “Su misericordia saldrá a mi encuentro.”
Qué pecados son leves y cuáles atroces es cosa que compete al juicio de Dios
Ahora bien, qué pecados son leves y cuáles atroces no es cosa que haya de decidirse por el juicio del hombre, sino por el juicio de Dios. Porque es evidente que los apóstoles mismos han concedido una indulgencia en el caso de ciertos pecados: tómese, por ejemplo, lo que el apóstol Pablo dice a los casados: “No os defraudéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos en el ayuno y en la oración; y volved a juntaros, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia.” Ahora bien, es posible que no se hubiera considerado pecado unirse con el cónyuge, no con miras a la procreación de los hijos, que es la gran bendición del matrimonio, sino por causa del placer carnal, y para librar al incontinente de ser arrastrado por su debilidad al pecado mortal de la fornicación, o del adulterio, o de otra forma de impureza que es vergonzoso aun nombrar, y a la cual es posible que fuera arrastrado por la concupiscencia bajo la tentación de Satanás. Es posible, digo, que esto no se hubiera considerado pecado, si el apóstol no hubiera añadido: “Mas esto digo por permisión, no por mandamiento.” ¿Quién, pues, puede negar que es pecado, cuando reconocidamente solo por autoridad apostólica se concede permiso a quienes lo hacen? Otro caso del mismo género es aquel en que dice: “¿Osa alguno de vosotros, teniendo pleito contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos?” Y poco después: “Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, poned para juzgar a los que son de menor estima en la Iglesia. Para avergonzaros lo digo. ¿Así que no hay entre vosotros un sabio, ni siquiera uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que el hermano va a juicio contra el hermano, y esto ante los incrédulos?” Ahora bien, en este caso podría haberse supuesto que no es pecado tener una contienda con otro, y que el único pecado está en querer que se dirima fuera de la Iglesia, si el apóstol no hubiese añadido enseguida: “Así que, por cierto, hay ya entre vosotros una falta, porque tenéis pleitos los unos con los otros.” Y para que nadie se excuse diciendo que tenía una causa justa, y que padecía agravio, y que solo deseaba que la sentencia de los jueces reparase su agravio, el apóstol se anticipa enseguida a tales pensamientos y excusas, y dice: “¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no os dejáis más bien defraudar?” Trayéndonos así de nuevo al dicho de nuestro Señor: “Al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa”; y otra vez: “Al que te quita lo que es tuyo, no se lo vuelvas a pedir.” Por tanto, nuestro Señor ha prohibido a los suyos ir a pleito con otros hombres acerca de asuntos mundanos. Y llevando adelante este principio, el apóstol declara aquí que hacerlo es “del todo una falta.” Pero cuando, no obstante, concede su permiso para que tales causas entre hermanos se diriman en la Iglesia, juzgando otros hermanos, y solo prohíbe severamente que se lleven fuera de la Iglesia, es manifiesto que también aquí se concede una indulgencia a las flaquezas de los débiles. Es, pues, en vista de estos pecados, y de otros del mismo género, y de otros aún más leves, que consisten en ofensas de palabra y de pensamiento (como confiesa el apóstol Santiago: “En muchas cosas ofendemos todos”), que necesitamos orar cada día y a menudo al Señor, diciendo: “Perdónanos nuestras deudas”, y añadir con verdad y sinceridad: “como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.”
Pecados que parecen muy leves son a veces en realidad muy graves
Asimismo, hay algunos pecados que se considerarían muy leves, si las Escrituras no mostraran que son en realidad muy graves. Porque ¿quién supondría que el hombre que dice a su hermano “Necio” está en peligro del fuego del infierno, si no lo dijera Aquel que es la Verdad? A la herida, sin embargo, aplica enseguida el remedio, dando una regla para reconciliarse con el hermano ofendido: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete: reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda.” Otra vez, ¿quién supondría que era tan gran pecado observar días, y meses, y tiempos, y años, como lo hacen quienes se inquietan o se niegan a emprender algo en ciertos días, o en ciertos meses o años, porque las vanas doctrinas de los hombres los llevan a tener tales tiempos por afortunados o desdichados, si no tuviéramos manera de medir la magnitud del mal por el temor que expresa el apóstol, quien dice a tales hombres: “Temo por vosotros, no sea que haya trabajado en vano entre vosotros”?
Los pecados, por grandes y detestables que sean, parecen leves cuando nos acostumbramos a ellos
Añádase a esto que los pecados, por grandes y detestables que sean, se tienen por leves, o por no ser pecados en absoluto, cuando los hombres se acostumbran a ellos; y esto llega tan lejos, que tales pecados no solo no se ocultan, sino que se hace alarde de ellos y se divulgan por todas partes; y así, como está escrito: “El malo se jacta del deseo de su corazón, y bendice al codicioso, a quien el Señor abomina.” La iniquidad de esta clase es llamada en la Escritura un clamor. Tienes un ejemplo en el profeta Isaías, en el caso de la viña mala: “Esperó juicio, y he aquí opresión; justicia, y he aquí clamor.” De donde también la expresión en el Génesis: “El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande”, porque en aquellas ciudades los crímenes no solo no eran castigados, sino que se cometían abiertamente, como si estuvieran bajo la protección de la ley. Y así en nuestros propios tiempos: muchas formas de pecado, aunque no exactamente las mismas que las de Sodoma y Gomorra, se practican ahora tan abierta y habitualmente, que no solo no nos atrevemos a excomulgar a un laico, sino que ni siquiera nos atrevemos a deponer a un clérigo por haberlas cometido. De suerte que, hace algunos años, cuando exponía la Epístola a los Gálatas, al comentar aquel mismo lugar donde el apóstol dice: “Temo por vosotros, no sea que haya trabajado en vano entre vosotros”, me vi obligado a exclamar: “¡Ay de los pecados de los hombres! porque solo cuando no estamos acostumbrados a ellos los rehuimos; una vez que nos acostumbramos a ellos, aunque la sangre del Hijo de Dios fue derramada para lavarlos, aunque son tan grandes que el reino de Dios está del todo cerrado contra ellos, la constante familiaridad lleva a tolerarlos todos, y la tolerancia habitual lleva a la práctica de muchos de ellos. Y concede, oh Señor, que no lleguemos a practicar todo aquello que no tenemos poder para impedir.” Pero habré de ver si lo desmedido del dolor no me arrastró a una temeridad de palabra.
Hay dos causas del pecado, la ignorancia y la debilidad; y necesitamos el auxilio divino para vencer ambas
Diré ahora esto, que a menudo he dicho antes en otros lugares de mis obras. Hay dos causas que conducen al pecado: o bien no conocemos todavía nuestro deber, o bien no cumplimos el deber que conocemos. La primera es el pecado de ignorancia, la segunda el de debilidad. Ahora bien, contra estas es nuestro deber luchar; pero ciertamente seremos vencidos en la lucha, si Dios no nos ayuda, no solo a ver nuestro deber, sino también, cuando lo vemos con claridad, a hacer que el amor de la justicia sea más fuerte en nosotros que el amor de las cosas terrenas, cuyo anhelo ardiente, o el temor de perderlas, nos lleva con los ojos abiertos a un pecado conocido. En este último caso no solo somos pecadores, pues lo somos aun cuando erramos por ignorancia, sino que además somos transgresores de la ley; porque dejamos de hacer lo que sabemos que debemos hacer, y hacemos lo que sabemos que no debemos hacer. Por lo cual, no solo debemos orar por el perdón cuando hemos pecado, diciendo: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”; sino que debemos orar por dirección, para ser guardados de pecar, diciendo: “y no nos metas en tentación.” Y hemos de orar a Aquel de quien dice el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación”: mi luz, porque quita mi ignorancia; mi salvación, porque quita mi flaqueza.
La misericordia de Dios es necesaria para el verdadero arrepentimiento
Ahora bien, aun la misma penitencia, cuando por la ley de la Iglesia hay razón suficiente para pasar por ella, con frecuencia se elude por flaqueza; porque la vergüenza es el temor de perder un placer, cuando la buena opinión de los hombres da más placer que la justicia que lleva al hombre a humillarse en la penitencia. Por lo cual la misericordia de Dios es necesaria no solo cuando el hombre se arrepiente, sino aun para llevarlo a arrepentirse. ¿De qué otro modo explicar lo que el apóstol dice de ciertas personas: “por si quizá Dios les dé el arrepentimiento”? Y antes de que Pedro llorara amargamente, el evangelista nos dice: “El Señor se volvió y lo miró.”
El hombre que desprecia la misericordia de Dios es culpable del pecado contra el Espíritu Santo
Ahora bien, el hombre que, no creyendo que los pecados son perdonados en la Iglesia, desprecia este gran don de la misericordia de Dios, y persiste hasta el último día de su vida en la obstinación de su corazón, es culpable del pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, en quien Cristo perdona los pecados. Pero esta difícil cuestión la he tratado con la mayor claridad que pude en un libro dedicado exclusivamente a este solo punto.
Capítulo 7 completado
La fe, las obras y el arrepentimiento