El Enquiridión
El bautismo y el perdón de los pecados

Capítulo 5 · 15 min de lectura

El bautismo y el perdón de los pecados

El sacramento del bautismo señala nuestra muerte al pecado con Cristo, y nuestra resurrección con Él a una vida nueva

Y este es el significado del gran sacramento del bautismo que se celebra entre nosotros: que todos los que alcanzan esta gracia mueran al pecado, como se dice que Él murió al pecado, porque murió en la carne, que es la semejanza del pecado; y que, al levantarse regenerados de la fuente bautismal, así como Él resucitó vivo del sepulcro, comiencen una vida nueva en el Espíritu, cualquiera que sea la edad del cuerpo.

El bautismo, y la gracia que él prefigura, están abiertos a todos, tanto a los niños como a los adultos

Porque desde el niño recién nacido hasta el anciano encorvado por la edad, así como no hay nadie excluido del bautismo, tampoco hay nadie que en el bautismo no muera al pecado. Pero los niños mueren solamente al pecado original; los que son mayores mueren también a todos los pecados que sus vidas malvadas han añadido al pecado que trajeron consigo.

Al hablar del pecado, con frecuencia se pone el singular por el plural, y el plural por el singular

Pero aun de estos últimos se dice con frecuencia que mueren al pecado, aunque sin duda no mueren a un solo pecado, sino a todos los numerosos pecados actuales que han cometido de pensamiento, palabra u obra; porque muchas veces se pone el singular por el plural, como cuando el poeta dice: “Llenan su vientre con el soldado armado”, aunque en el caso al que aquí se alude intervenían muchos soldados. Y leemos en nuestras propias Escrituras: “Ruega al Señor que quite de nosotros la serpiente”. No dice serpientes, aunque el pueblo padecía a causa de muchas; y así en otros casos. Cuando, por el contrario, el pecado original se expresa en plural, como cuando decimos que los niños son bautizados para la remisión de los pecados, en lugar de decir para la remisión del pecado, esta es la figura inversa del lenguaje, por la cual el plural se pone en lugar del singular; como en el Evangelio se dice de la muerte de Herodes: “porque muertos son los que procuraban la muerte del niño”, en lugar de decir: “él ha muerto”. Y en el Éxodo dice Moisés: “Se han hecho dioses de oro”, aunque solo habían hecho un becerro, del cual dijeron: “Estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto”, poniendo también aquí el plural en lugar del singular.

En el primer pecado de Adán estaban implicadas muchas clases de pecado

Sin embargo, aun en aquel único pecado, que “por un hombre entró en el mundo, y así pasó a todos los hombres”, y por causa del cual los niños son bautizados, pueden observarse varios pecados distintos, si se le analiza, por así decirlo, en sus elementos separados. Porque hay en él soberbia, pues el hombre quiso estar bajo su propio dominio antes que bajo el dominio de Dios; y blasfemia, pues no creyó a Dios; y homicidio, pues atrajo la muerte sobre sí mismo; y fornicación espiritual, pues la pureza del alma humana fue corrompida por las seductoras lisonjas de la serpiente; y hurto, pues el hombre destinó a su propio uso el alimento que le había sido prohibido tocar; y avaricia, pues codició más de lo que debía haberle bastado; y cualquier otro pecado que, mediante una reflexión atenta, pueda descubrirse implicado en este único pecado reconocido.

Es probable que los niños estén implicados en la culpa no solo de la primera pareja, sino también de sus propios padres inmediatos

Y se dice, con mucha apariencia de probabilidad, que los niños están implicados en la culpa de los pecados no solo de la primera pareja, sino también de sus propios padres inmediatos. Porque aquel juicio divino, “Visitaré las iniquidades de los padres sobre los hijos”, ciertamente se les aplica antes de que entren bajo el nuevo pacto por la regeneración. Y era este nuevo pacto el que se profetizaba cuando Ezequiel dijo que los hijos no llevarían la iniquidad de los padres, y que ya no sería un proverbio en Israel: “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera”. Aquí está la necesidad de que cada hombre nazca de nuevo, para que sea librado del pecado en que nació. Porque los pecados cometidos después pueden ser curados por la penitencia, como vemos que sucede tras el bautismo. Y por tanto el nuevo nacimiento no se habría dispuesto sino porque el primer nacimiento era pecaminoso, tan pecaminoso que aun quien nació legítimamente dentro del matrimonio dice: “En iniquidades fui formado, y en pecados me concibió mi madre”. No dijo en iniquidad, ni en pecado, aunque habría podido decirlo con propiedad; sino que prefirió decir “iniquidades” y “pecados”, porque en aquel único pecado que pasó a todos los hombres, y que fue tan grande que por él la naturaleza humana quedó sujeta a la muerte inevitable, pueden distinguirse muchos pecados, como mostré antes; y además, porque hay otros pecados de los padres inmediatos que, aunque no tienen el mismo efecto de producir un cambio de naturaleza, sin embargo sujetan a los hijos a culpa, a menos que la gracia y la misericordia divinas intervengan para rescatarlos.

Es difícil decidir si los pecados de los demás progenitores de un hombre le son imputados

Pero respecto de los pecados de los demás progenitores que se interponen entre Adán y los propios padres de un hombre, bien puede plantearse una cuestión: si todo el que nace está implicado en todos los actos malvados acumulados de ellos, en toda su culpa original multiplicada, de modo que cuanto más tarde nace, tanto peor es su condición; o si Dios amenaza con visitar la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación porque, en su misericordia, no extiende su ira contra los pecados de los progenitores más allá de eso, no sea que quienes no obtienen la gracia de la regeneración fueran aplastados bajo una carga demasiado pesada si se les obligara a llevar como culpa original todos los pecados de todos sus progenitores desde el mismísimo principio del género humano, y a pagar la pena debida por ellos; o si alguna otra solución de esta gran cuestión puede o no hallarse en la Escritura mediante una búsqueda más diligente y una interpretación más cuidadosa: no me atrevo a afirmarlo temerariamente.

La culpa del primer pecado es tan grande que solo puede ser lavada en la sangre del Mediador, Jesucristo

No obstante, aquel único pecado, admitido en un lugar donde reinaba tan perfecta felicidad, fue de carácter tan atroz que en un solo hombre todo el género humano quedó originalmente, y por así decirlo, radicalmente, condenado; y no puede ser perdonado ni borrado sino por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el único que ha tenido poder para nacer de tal modo que no necesitara un segundo nacimiento.

Cristo no fue regenerado en el bautismo de Juan, sino que se sometió a él para darnos ejemplo de humildad, así como se sometió a la muerte, no como castigo del pecado, sino para quitar el pecado del mundo

Ahora bien, los que fueron bautizados con el bautismo de Juan, por quien el mismo Cristo fue bautizado, no fueron regenerados; pero fueron preparados mediante el ministerio de su precursor, que clamaba: “Preparad el camino del Señor”, para Aquel en quien únicamente podían ser regenerados. Porque su bautismo no es solo con agua, como lo era el de Juan, sino también con el Espíritu Santo; de modo que todo el que cree en Cristo es regenerado por aquel Espíritu, del cual, habiendo sido engendrado Cristo, no necesitó regeneración. Por lo cual aquel anuncio del Padre que se oyó después de su bautismo, “Hoy te he engendrado”, no se refería a aquel único día del tiempo en que fue bautizado, sino al único día de una eternidad inmutable, para mostrar que este hombre era uno en persona con el Unigénito. Pues cuando un día ni comienza con el fin del ayer ni termina con el principio del mañana, es un hoy eterno. Por eso pidió ser bautizado en agua por Juan, no para que se lavara alguna iniquidad suya, sino para manifestar la profundidad de su humildad. Porque el bautismo no halló en Él nada que lavar, como la muerte no halló en Él nada que castigar; de modo que fue con la más estricta justicia, y no por la mera violencia del poder, como el diablo fue aplastado y vencido: pues, como había dado muerte a Cristo del modo más injusto, no habiendo en Él pecado que mereciera la muerte, era justísimo que por medio de Cristo perdiera su dominio sobre aquellos que por el pecado estaban justamente sujetos a la servidumbre en que los tenía. A ambas cosas, pues, es decir, tanto al bautismo como a la muerte, se sometió Él, no por una lamentable necesidad, sino por su propia y libre compasión hacia nosotros, y como parte de una disposición por la cual, así como un hombre introdujo el pecado en el mundo, esto es, sobre todo el género humano, así un hombre había de quitar el pecado del mundo.

Cristo quitó no solo el único pecado original, sino también todos los demás pecados que se le han añadido

Con esta diferencia: el primer hombre introdujo un solo pecado en el mundo, pero este hombre quitó no solo aquel único pecado, sino todo lo que halló añadido a él. Por eso dice el apóstol: “Y no como por uno que pecó, así también el don; porque el juicio a la verdad vino de uno para condenación, mas el don gratuito vino de muchas ofensas para justificación”. Porque es evidente que el único pecado que traemos con nosotros por naturaleza nos pondría bajo condenación aunque estuviera solo; pero el don gratuito justifica al hombre de muchas ofensas: pues cada hombre, además del único pecado que, en común con todos los de su especie, trae consigo por naturaleza, ha cometido muchos pecados que son estrictamente suyos.

Todos los hombres nacidos de Adán están bajo condenación, y solo si nacen de nuevo en Cristo son librados de la condenación

Pero lo que dice un poco después, “Así que, como por la ofensa de uno vino el juicio a todos los hombres para condenación, así también por la justicia de uno vino a todos los hombres el don gratuito para justificación de vida”, muestra con suficiente claridad que no hay nadie nacido de Adán que no esté sujeto a condenación, y que nadie, a menos que nazca de nuevo en Cristo, es librado de la condenación.

En el bautismo, que es la semejanza de la muerte y resurrección de Cristo, todos, tanto los niños como los adultos, mueren al pecado para andar en una vida nueva

Y después de haber dicho, acerca de la condenación por medio de un solo hombre y del don gratuito por medio de un solo hombre, cuanto juzgó suficiente para aquella parte de su epístola, el apóstol pasa a hablar del gran misterio del santo bautismo en la cruz de Cristo, y a explicarnos claramente que el bautismo en Cristo no es otra cosa que una semejanza de la muerte de Cristo, y que la muerte de Cristo en la cruz no es sino una semejanza del perdón del pecado: de modo que, tan real como es su muerte, así de real es la remisión de nuestros pecados; y tan real como es su resurrección, así de real es nuestra justificación. Dice: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”. Pues había dicho antes: “Mas donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia”. Y por eso se plantea a sí mismo la cuestión de si sería justo perseverar en el pecado a causa de la consiguiente abundancia de la gracia. Pero responde: “En ninguna manera”; y añade: “¿Cómo los que hemos muerto al pecado, viviremos aún en él?”. Luego, para mostrar que hemos muerto al pecado, dice: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, hemos sido bautizados en su muerte?”. Si, pues, el hecho de que fuimos bautizados en la muerte de Cristo prueba que hemos muerto al pecado, se sigue que aun los niños que son bautizados en Cristo mueren al pecado, siendo bautizados en su muerte. Porque no se hace excepción alguna: “Todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, hemos sido bautizados en su muerte”. Y esto se dice para probar que hemos muerto al pecado. Ahora bien, ¿a qué pecado mueren los niños en su regeneración sino a aquel pecado que traen consigo al nacer? Y por tanto también a ellos se les aplica lo que sigue: “Porque somos sepultados juntamente con Él en la muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fue crucificado con Él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, libre es del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñoreará más de Él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo Señor nuestro”. Ahora bien, había comenzado probando que no debemos perseverar en el pecado para que la gracia abunde, y había dicho: “¿Cómo los que hemos muerto al pecado, viviremos aún en él?”. Y para mostrar que hemos muerto al pecado, añadió: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, hemos sido bautizados en su muerte?”. Y así concluye todo este pasaje tal como lo comenzó. Porque ha introducido la muerte de Cristo de tal manera que da a entender que el mismo Cristo también murió al pecado. ¿A qué pecado murió, sino a la carne, en la cual no había pecado, sino la semejanza del pecado, y que por eso fue llamada con el nombre de pecado? A los que son bautizados en la muerte de Cristo, pues —y esta categoría incluye no solo a los adultos, sino también a los niños—, les dice: “Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo Señor nuestro”.

La cruz y sepultura de Cristo, su resurrección, ascensión y su sentarse a la diestra de Dios, son imágenes de la vida cristiana

Todos los acontecimientos, pues, de la crucifixión de Cristo, de su sepultura, de su resurrección al tercer día, de su ascensión al cielo, de su sentarse a la diestra del Padre, fueron dispuestos de tal modo que la vida que el cristiano lleva aquí se modelara conforme a ellos, no meramente en un sentido místico, sino en realidad. Porque respecto de su crucifixión se dice: “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias”. Y respecto de su sepultura: “Somos sepultados juntamente con Él en la muerte por el bautismo”. Respecto de su resurrección: “Para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida”. Y respecto de su ascensión al cielo y de su sentarse a la diestra del Padre: “Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.

La segunda venida de Cristo no pertenece al pasado, sino que tendrá lugar al fin del mundo

Pero lo que creemos acerca de la acción de Cristo en el futuro, cuando venga del cielo a juzgar a los vivos y a los muertos, no tiene relación con la vida que ahora llevamos aquí; pues no forma parte de lo que hizo en la tierra, sino de lo que hará al fin del mundo. Y es a esto a lo que se refiere el apóstol en lo que sigue inmediatamente al pasaje antes citado: “Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, entonces también vosotros apareceréis con Él en gloria”.

La expresión “Cristo juzgará a los vivos y a los muertos” puede entenderse en cualquiera de dos sentidos

Ahora bien, la expresión “juzgar a los vivos y a los muertos” puede interpretarse de dos maneras: o bien podemos entender por los “vivos” a aquellos que en su advenimiento aún no habrán muerto, sino a quienes hallará vivos en la carne, y por los “muertos” a aquellos que han partido del cuerpo, o que habrán partido antes de su venida; o bien podemos entender que los “vivos” significan los justos, y los “muertos” los injustos, pues los justos serán juzgados igual que los demás. Ahora bien, el juicio de Dios se toma a veces en mal sentido, como, por ejemplo: “los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio”; y a veces en buen sentido, como: “Sálvame, oh Dios, por tu nombre, y júzgame por tu poder”. Esto se entiende fácilmente cuando consideramos que es el juicio de Dios el que separa a los buenos de los malos, y pone a los buenos a su diestra, para que sean librados del mal, y no destruidos con los impíos; y es por esta razón que el salmista clamó: “Júzgame, oh Dios”, y luego añadió, como en explicación: “y aparta mi causa de la de una nación impía”.

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