El Enquiridión
Cristo el Mediador

Capítulo 4 · 14 min de lectura

Cristo el Mediador

Los hombres, siendo por naturaleza hijos de ira, necesitaban un Mediador. En qué sentido se dice que Dios se aíra

Y así el género humano yacía bajo una justa condenación, y todos los hombres eran hijos de ira. De la cual ira está escrito: “Todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un relato que se cuenta.” De la cual ira dice también Job: “El hombre nacido de mujer, corto de días y lleno de aflicción.” De la cual ira dice también el Señor Jesús: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; mas el que no cree al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.” No dice que vendrá, sino que “permanece sobre él”. Porque todo hombre nace con ella; por lo cual dice el apóstol: “Éramos por naturaleza hijos de ira, como los demás.” Ahora bien, como los hombres yacían bajo esta ira a causa de su pecado original, y como este pecado original era tanto más grave y mortífero cuanto mayor era el número y la magnitud de los pecados actuales que se le añadían, hacía falta un Mediador, esto es, un reconciliador, que, mediante el ofrecimiento de un solo sacrificio, del cual eran figuras todos los sacrificios de la ley y de los profetas, quitase esta ira. Por lo cual dice el apóstol: “Porque si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, ya reconciliados, seremos salvos por su vida.” Ahora bien, cuando se dice que Dios se aíra, no le atribuimos ese sentimiento turbado que existe en el ánimo de un hombre airado, sino que llamamos con el nombre de “ira” a su justo desagrado contra el pecado, palabra trasladada por analogía de las emociones humanas. Pero el que nosotros seamos reconciliados con Dios por medio de un Mediador, y recibamos el Espíritu Santo, de modo que quienes éramos enemigos seamos hechos hijos (“porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios”): esta es la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.

El inefable misterio del nacimiento de Cristo el Mediador por medio de la Virgen María

Ahora bien, acerca de este Mediador ocuparía demasiado espacio decir algo que fuese en verdad digno de Él; y, en efecto, decir lo que es digno de Él no está en el poder del hombre. Porque ¿quién explicará con palabras coherentes esta sola afirmación, que “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”, para que creamos en el único Hijo de Dios Padre todopoderoso, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María? El sentido de que el Verbo se hizo carne no es que la naturaleza divina se cambiara en carne, sino que la naturaleza divina asumió nuestra carne. Y por “carne” hemos de entender aquí “hombre”, poniéndose la parte por el todo, como cuando se dice: “Por las obras de la ley ninguna carne será justificada”, esto es, ningún hombre. Porque hemos de creer que a aquella naturaleza humana que Él tomó no le faltó parte alguna, salvo que era una naturaleza enteramente libre de toda mancha de pecado, no una naturaleza como la que se concibe entre los dos sexos por la concupiscencia carnal, que nace en pecado y cuya culpa se lava en la regeneración, sino tal como convenía que diera a luz una virgen, cuando la fe de la madre, y no su concupiscencia, fue la condición de la concepción. Y si su virginidad hubiera sido menoscabada aun al darlo a luz, Él no habría nacido de una virgen; y sería falso (lo cual Dios no permita) que naciera de la Virgen María, como lo cree y proclama toda la Iglesia, la cual, a imitación de su madre, cada día da a luz miembros de su cuerpo, y no obstante permanece virgen. Lee, si te place, mi carta sobre la virginidad de la santa María que envié a aquel eminente varón, cuyo nombre menciono con respeto y afecto, Volusiano.

Jesucristo, siendo el único Hijo de Dios, es al mismo tiempo hombre

Por lo cual Cristo Jesús, el Hijo de Dios, es a la vez Dios y hombre: Dios antes de todos los siglos, hombre en nuestro mundo; Dios, porque es el Verbo de Dios (pues “el Verbo era Dios”); y hombre, porque en su única persona el Verbo se unió a un cuerpo y a un alma racional. Por lo cual, en cuanto es Dios, Él y el Padre son uno; en cuanto es hombre, el Padre es mayor que Él. Porque, siendo el único Hijo de Dios, no por gracia sino por naturaleza, para ser también lleno de gracia se hizo Hijo del hombre; y Él mismo une ambas naturalezas en su propia identidad, y ambas naturalezas constituyen un solo Cristo; porque, “siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser” lo que era por naturaleza, “igual a Dios”. Pero se anonadó a sí mismo, y tomó sobre sí la forma de siervo, sin perder ni disminuir la forma de Dios. Y, por consiguiente, fue a la vez hecho menor y permaneció igual, siendo ambas cosas en uno, como se ha dicho; pero era lo uno como Verbo y lo otro como hombre. Como Verbo, es igual al Padre; como hombre, menor que el Padre. Un solo Hijo de Dios, y al mismo tiempo Hijo del hombre; un solo Hijo del hombre, y al mismo tiempo Hijo de Dios; no dos Hijos de Dios, Dios y hombre, sino un solo Hijo de Dios: Dios sin principio, hombre con principio, nuestro Señor Jesucristo.

La gracia de Dios se manifiesta clara y admirablemente al elevar al hombre Cristo Jesús a la dignidad del Hijo de Dios

Ahora bien, aquí la gracia de Dios se manifiesta con el mayor poder y claridad. Porque ¿qué mérito había ganado la naturaleza humana en el hombre Cristo, para que de este modo sin igual fuese asumida en la unidad de la persona del único Hijo de Dios? ¿Qué bondad de voluntad, qué bondad de deseo y de intención, qué buenas obras habían precedido, que hicieran a este hombre digno de llegar a ser una sola persona con Dios? ¿Acaso había sido hombre antes de esto, y había merecido esta recompensa sin precedentes, de ser tenido por digno de llegar a ser Dios? Ciertamente no; desde el mismo instante en que comenzó a ser hombre, no fue otra cosa que el Hijo de Dios, el único Hijo de Dios, el Verbo que se hizo carne, y por tanto era Dios; de modo que, así como cada hombre en particular une en una sola persona un cuerpo y un alma racional, así Cristo en una sola persona une al Verbo y al hombre. Ahora bien, ¿por qué fue conferida esta inaudita gloria a la naturaleza humana —gloria que, al no haber mérito antecedente, era desde luego enteramente de gracia—, sino para que aquí quienes considerasen el asunto con sobriedad y honradez pudieran contemplar una clara manifestación del poder de la gracia gratuita de Dios, y entendieran que son justificados de sus pecados por la misma gracia que hizo al hombre Cristo Jesús libre de la posibilidad de pecar? Y así el ángel, cuando anunció a la madre de Cristo el nacimiento venidero, la saludó de esta manera: “Salve, llena de gracia”; y poco después: “Has hallado gracia delante de Dios.” Ahora bien, se dijo que estaba llena de gracia y que había hallado gracia delante de Dios porque había de ser la madre de su Señor, más aún, del Señor de toda carne. Pero, hablando de Cristo mismo, el evangelista Juan, tras decir “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”, añade: “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” Cuando dice “el Verbo se hizo carne”, esto es “lleno de gracia”; cuando dice “la gloria del unigénito del Padre”, esto es “lleno de verdad”. Porque la Verdad misma, que era el unigénito del Padre, no por gracia sino por naturaleza, por gracia tomó sobre sí nuestra humanidad, y de tal modo la unió con su propia persona que Él mismo llegó a ser también el Hijo del hombre.

La misma gracia se manifiesta además claramente en esto: que el nacimiento de Cristo según la carne es del Espíritu Santo

Porque el mismo Jesucristo que es el unigénito, esto es, el único Hijo de Dios, nuestro Señor, nació del Espíritu Santo y de la Virgen María. Y sabemos que el Espíritu Santo es el don de Dios, siendo el don, en verdad, igual al Dador. Y por tanto el Espíritu Santo también es Dios, no inferior al Padre y al Hijo. El hecho, pues, de que la natividad de Cristo en su naturaleza humana fuese por el Espíritu Santo es otra clara manifestación de la gracia. Porque cuando la Virgen preguntó al ángel cómo sería esto que él había anunciado, viendo que no conocía varón, el ángel respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.” Y cuando José quiso repudiarla, sospechando de ella adulterio, pues sabía que no estaba encinta de él, el ángel le dijo: “No temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es”; esto es: lo que sospechas engendrado de otro hombre, es del Espíritu Santo.

Jesucristo, según la carne, no nació del Espíritu Santo en tal sentido que el Espíritu Santo sea su Padre

Sin embargo, ¿hemos de decir por esto que el Espíritu Santo es el padre del hombre Cristo, y que, así como Dios Padre engendró al Verbo, así Dios Espíritu Santo engendró al hombre, y que estas dos naturalezas constituyen el único Cristo; y que como Verbo es el Hijo de Dios Padre, y como hombre el Hijo de Dios Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo, como padre suyo, lo engendró de la Virgen María? ¿Quién se atreverá a decir tal cosa? Ni es necesario mostrar por razonamiento cuántos otros absurdos se derivan de esta suposición, siendo ella misma tan absurda que los oídos de ningún creyente pueden soportar oírla. Por lo cual, según confesamos: “Nuestro Señor Jesucristo, que de Dios es Dios, y como hombre nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, teniendo ambas naturalezas, la divina y la humana, es el único Hijo de Dios Padre todopoderoso, del cual procede el Espíritu Santo.” Ahora bien, ¿en qué sentido decimos que Cristo nació del Espíritu Santo, si el Espíritu Santo no lo engendró? ¿Acaso en que lo hizo, ya que nuestro Señor Jesucristo, aunque como Dios “todas las cosas por él fueron hechas”, sin embargo como hombre fue Él mismo hecho, según dice el apóstol, “que fue hecho del linaje de David según la carne”? Pero como aquella cosa creada que la Virgen concibió y dio a luz, aunque fue unida solamente a la persona del Hijo, fue hecha por toda la Trinidad (pues las obras de la Trinidad no son separables), ¿por qué habría de mencionarse solo al Espíritu Santo como su hacedor? ¿O es que, cuando se menciona a uno de los Tres como autor de alguna obra, ha de entenderse que toda la Trinidad obra? Esto es verdad, y puede probarse con ejemplos. Pero no es preciso detenernos más en esta solución. Porque el enigma está en qué sentido se dice “nacido del Espíritu Santo”, cuando en modo alguno es el Hijo del Espíritu Santo. Porque, aunque Dios hizo este mundo, no sería correcto decir que es el Hijo de Dios, o que nació de Dios; diríamos que fue creado, o hecho, o formado, u ordenado por Él, o cualquier otra forma de expresión que podamos usar con propiedad. Aquí, pues, cuando confesamos que Cristo nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, es difícil explicar cómo es que no es el Hijo del Espíritu Santo y sí es el Hijo de la Virgen María, habiendo nacido de Él y de ella. Está claro más allá de toda duda que no nació del Espíritu Santo como de su padre en el mismo sentido en que nació de la Virgen como de su madre.

No todo lo que nace de otro ha de llamarse hijo de aquel

No hemos de dar por sentado, pues, que todo lo que nace de una cosa haya de declararse sin más hijo de esa cosa. Porque, dejando a un lado el hecho de que un hijo nace de un hombre en un sentido distinto de aquel en que de él nace un cabello o un piojo, no siendo ninguno de estos un hijo —dejando a un lado esto, digo, por ser ilustración demasiado baja para un asunto de tanta importancia—, es cierto que quienes nacen del agua y del Espíritu Santo no pueden con propiedad ser llamados hijos del agua, aunque sí son llamados hijos de Dios Padre y de la Iglesia, su madre. Del mismo modo, pues, Aquel que nació del Espíritu Santo es el Hijo de Dios Padre, no del Espíritu Santo. Porque lo que he dicho del cabello y de las demás cosas basta para mostrarnos que no todo lo que nace de otro puede llamarse hijo de aquello de lo cual nace, así como tampoco se sigue que todos los que son llamados hijos de un hombre hayan nacido de él, pues algunos hijos son adoptados. Y algunos hombres son llamados hijos del infierno, no por haber nacido del infierno, sino por estar preparados para él, así como los hijos del reino están preparados para el reino.

El nacimiento de Cristo por el Espíritu Santo nos manifiesta la gracia de Dios

Y, por tanto, así como una cosa puede nacer de otra sin que por ello sea su hijo, y así como no todo el que es llamado hijo nació de aquel de quien es llamado hijo, es claro que esta disposición, por la cual Cristo nació del Espíritu Santo, pero no como hijo suyo, y de la Virgen María como hijo de ella, está destinada a ser una manifestación de la gracia de Dios. Porque fue por esta gracia como un hombre, sin mérito alguno antecedente, quedó desde el mismo comienzo de su existencia como hombre unido en una sola persona con el Verbo de Dios, de modo que la misma persona que era Hijo del hombre era al mismo tiempo Hijo de Dios, y la misma persona que era Hijo de Dios era al mismo tiempo Hijo del hombre; y en la asunción de su naturaleza humana en la divina, la gracia misma vino a ser en cierto modo tan natural al hombre, que no dejó lugar para la entrada del pecado. Por lo cual esta gracia es significada por el Espíritu Santo; porque Él, aunque en su propia naturaleza es Dios, también puede ser llamado el don de Dios. Y explicar todo esto suficientemente, si es que en absoluto pudiera hacerse, requeriría una discusión muy prolongada.

Cristo, que estaba Él mismo libre de pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuésemos reconciliados con Dios

Engendrado y concebido, pues, sin ninguna complacencia de la concupiscencia carnal, y por tanto sin traer consigo pecado original alguno, y por la gracia de Dios juntado y unido de un modo maravilloso e inefable en una sola persona con el Verbo, el Unigénito del Padre, hijo por naturaleza y no por gracia, y por tanto sin pecado propio alguno; no obstante, a causa de la semejanza de carne de pecado en que vino, fue llamado pecado, para que fuese ofrecido en sacrificio a fin de lavar el pecado. Porque, bajo el Antiguo Pacto, los sacrificios por el pecado eran llamados pecados. Y Aquel del cual todos estos sacrificios eran figuras y sombras fue Él mismo verdaderamente hecho pecado. De ahí que el apóstol, tras decir “os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”, añade en seguida: “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” No dice, como leen algunas copias incorrectas, “el que no conoció pecado pecó por nosotros”, como si Cristo mismo hubiera pecado por causa nuestra; sino que dice “al que no conoció pecado”, esto es, Cristo, Dios, con quien hemos de ser reconciliados, “por nosotros lo hizo pecado”, es decir, lo hizo sacrificio por nuestros pecados, por el cual pudiéramos ser reconciliados con Dios. Él, pues, siendo hecho pecado, así como nosotros somos hechos justicia (siendo nuestra justicia no la nuestra propia, sino la de Dios, no en nosotros mismos, sino en Él); Él, siendo hecho pecado, no el suyo propio, sino el nuestro, no en sí mismo, sino en nosotros, mostró, por la semejanza de carne de pecado en la cual fue crucificado, que, aunque el pecado no estaba en Él, sin embargo en cierto sentido murió al pecado, muriendo en la carne que era la semejanza del pecado; y que, aunque Él mismo nunca había vivido la vieja vida del pecado, no obstante por su resurrección prefiguró nuestra nueva vida que brota de la vieja muerte en el pecado.

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