El Enquiridión
La Caída y la gracia de Dios

Capítulo 3 · 12 min de lectura

La Caída y la gracia de Dios

Las causas secundarias del mal son la ignorancia y la concupiscencia

Este es el primer mal que sobrevino a la creación inteligente, esto es, su primera privación del bien. Tras él se introdujo, ahora incluso en contra de la voluntad del hombre, la ignorancia del deber y la concupiscencia de lo que es dañino; y estas trajeron consigo el error y el sufrimiento, los cuales, cuando se sienten inminentes, producen aquel encogimiento del ánimo que se llama temor. Además, cuando la mente alcanza los objetos de su deseo, por dañinos o vanos que sean, el error le impide percibir su verdadera naturaleza, o bien sus percepciones son dominadas por un apetito enfermizo, y así se ensoberbece con un gozo insensato. De estas fuentes del mal, que brotan del defecto más que de la abundancia, mana toda forma de miseria que asedia a una naturaleza racional.

Los juicios de Dios sobre los hombres y los ángeles caídos. La muerte del cuerpo es el castigo propio del hombre

Y sin embargo, tal naturaleza, en medio de todos sus males, no podía perder el anhelo de la felicidad. Ahora bien, los males que he mencionado son comunes a todos los que por su maldad han sido justamente condenados por Dios, ya sean hombres o ángeles. Pero hay una forma de castigo propia del hombre: la muerte del cuerpo. Dios le había amenazado con este castigo de muerte si pecaba, dejándolo ciertamente al libre albedrío de su propia voluntad, pero mandándole obedecer bajo pena de muerte; y lo colocó en medio de la felicidad del Edén, como en un refugio protegido de la vida, con la intención de que, si conservaba su justicia, ascendiera desde allí a un lugar mejor.

Por el pecado de Adán toda su posteridad fue corrompida y nació bajo la pena de muerte en que él había incurrido

Desde allí, después de su pecado, fue arrojado al destierro, y por su pecado todo el linaje del cual era la raíz quedó corrompido en él, y con ello sujeto a la pena de muerte. Y así sucede que todos los que descendieron de él, y de la mujer que lo había inducido al pecado y fue condenada juntamente con él —siendo prole de la concupiscencia carnal sobre la cual recayó el mismo castigo de la desobediencia—, quedaron manchados con el pecado original, y por él fueron arrastrados, a través de diversos errores y sufrimientos, a aquel último e interminable castigo que padecen en común con los ángeles caídos, sus corruptores y señores, y partícipes de su condenación. Y así, “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y de esta manera la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” Por “el mundo” el apóstol, por supuesto, entiende aquí todo el género humano.

El estado de miseria al que el pecado de Adán redujo a la humanidad, y la restauración efectuada por la misericordia de Dios

Así, pues, estaban las cosas. Toda la masa del género humano yacía bajo condenación, sumida y revolcándose en la miseria, y era zarandeada de una forma de mal a otra; y, habiéndose unido al bando de los ángeles caídos, pagaba la bien merecida pena de aquella impía rebelión. Porque todo cuanto los malvados hacen libremente por una concupiscencia ciega y desenfrenada, y todo cuanto padecen contra su voluntad en forma de castigo manifiesto, todo ello pertenece evidentemente a la justa ira de Dios. Pero la bondad del Creador nunca deja de suministrar vida y fuerza vital a los ángeles malvados (sin la cual su existencia pronto llegaría a su fin); ni, en el caso de la humanidad, que procede de una estirpe condenada y corrompida, de dar forma y vida a su simiente, de formar sus miembros, y, a través de las diversas estaciones de su vida y en las distintas partes de la tierra, de avivar sus sentidos y otorgarles el sustento que necesitan. Porque juzgó mejor sacar el bien del mal que no permitir que existiese mal alguno. Y si hubiera determinado que, en el caso de los hombres como en el de los ángeles caídos, no hubiese restauración a la felicidad, ¿no habría sido del todo justo que el ser que se rebeló contra Dios, que en el abuso de su libertad despreció y quebrantó el mandamiento de su Creador cuando con tanta facilidad podía haberlo guardado, que desfiguró en sí mismo la imagen de su Creador apartándose obstinadamente de su luz, que por un mal uso de su libre albedrío se desligó de su saludable sujeción a las leyes del Creador— no habría sido justo que tal ser fuese entera y eternamente abandonado por Dios, y dejado a padecer el castigo perpetuo que tan sobradamente había merecido? Ciertamente así lo habría hecho Dios, si fuera solamente justo y no también misericordioso, y si no hubiese dispuesto que su misericordia inmerecida resplandeciera con mayor brillo en contraste con la indignidad de aquellos sobre quienes recae.

Cuando los ángeles rebeldes fueron arrojados, los demás permanecieron en el goce de la felicidad eterna con Dios

Mientras, pues, algunos de los ángeles, en su soberbia e impiedad, se rebelaron contra Dios y fueron precipitados de su morada celestial a las tinieblas más profundas, los restantes moraron con Dios en pureza y felicidad eternas e inmutables. Porque no todos habían nacido de un solo ángel que hubiera caído y sido condenado, de modo que no estaban todos, como los hombres, envueltos por un solo pecado original en los lazos de una culpa heredada, y así sujetos a la pena en que uno había incurrido; sino que, cuando aquel que después vino a ser el diablo se ensoberbeció junto con sus cómplices en el crimen, y por esa misma exaltación fue precipitado con ellos, los demás permanecieron firmes en la piedad y en la obediencia a su Señor, y obtuvieron lo que antes no habían gozado: un conocimiento seguro y cierto de su eterna seguridad, y la libertad respecto de toda posibilidad de caer.

La parte restaurada de la humanidad, conforme a las promesas de Dios, sucederá en el lugar que perdieron los ángeles rebeldes

Y así plació a Dios, Creador y Gobernador del universo, que —puesto que no todo el conjunto de los ángeles había caído en la rebelión— la parte de ellos que había caído permaneciera eternamente en la perdición, y que la otra parte, que en la rebelión había permanecido firmemente leal, se regocijara en el conocimiento seguro y cierto de su eterna felicidad; pero que, por otro lado, la humanidad, que constituía el resto de la creación inteligente, habiendo perecido sin excepción bajo el pecado, tanto el original como el actual, y bajo los castigos consiguientes, fuese restaurada en parte y llenara el vacío que la rebelión y caída de los demonios habían dejado en la compañía de los ángeles. Porque esta es la promesa a los santos: que en la resurrección serán iguales a los ángeles de Dios. Y así la Jerusalén de arriba, que es la madre de todos nosotros, la ciudad de Dios, no será despojada de ninguno del número de sus ciudadanos; quizá reine sobre una población aún más abundante. No conocemos el número ni de los santos ni de los demonios; pero sabemos que los hijos de la santa madre que en la tierra fue llamada estéril sucederán en el lugar de los ángeles caídos, y morarán para siempre en aquella morada de paz de la cual estos cayeron. Mas el número de los ciudadanos, tanto el que ahora es como el que ha de ser, está presente ante los pensamientos del gran Creador, que llama a las cosas que no son como si fuesen, y todo lo dispone con medida, número y peso.

Los hombres no son salvos por las buenas obras, ni por la libre determinación de su propia voluntad, sino por la gracia de Dios mediante la fe

Pero esta parte del género humano a la cual Dios ha prometido el perdón y una participación en su reino eterno, ¿pueden ser restaurados por el mérito de sus propias obras? De ningún modo. Porque ¿qué buena obra puede realizar un hombre perdido, sino en la medida en que ha sido librado de la perdición? ¿Pueden hacer algo por la libre determinación de su propia voluntad? De nuevo digo: de ningún modo. Porque fue por el mal uso de su libre albedrío como el hombre se destruyó a sí mismo y destruyó su libertad. Pues, así como quien se da muerte a sí mismo ha de estar, por supuesto, vivo cuando se mata, pero después de haberse dado muerte deja de vivir y no puede devolverse la vida, así también, cuando el hombre pecó por su propio libre albedrío, entonces, venciéndolo el pecado, se perdió la libertad de su voluntad. “Porque el que es vencido por alguno, queda hecho esclavo del que lo venció.” Este es el juicio del apóstol Pedro. Y como esto es ciertamente verdad, ¿qué clase de libertad, pregunto, puede poseer el esclavo, sino cuando le place pecar? Porque libremente está en servidumbre el que con placer hace la voluntad de su amo. Por consiguiente, el que es siervo del pecado es libre para pecar. Y por ello no será libre para obrar el bien hasta que, librado del pecado, comience a ser siervo de la justicia. Y esta es la verdadera libertad, porque halla placer en la obra justa; y es al mismo tiempo una santa servidumbre, porque es obediente a la voluntad de Dios. Pero ¿de dónde le viene esta libertad para obrar el bien al hombre que está en servidumbre y vendido bajo el pecado, sino de ser redimido por Aquel que ha dicho: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”? Y antes de que esta redención se opere en un hombre, cuando aún no es libre para hacer lo que es recto, ¿cómo puede hablar de la libertad de su voluntad y de sus buenas obras, a no ser que esté hinchado por aquella necia soberbia de jactancia que el apóstol reprime cuando dice: “Por gracia sois salvos, por medio de la fe”?

La fe misma es don de Dios; y las buenas obras no faltarán en los que creen

Y para que los hombres no se arroguen a sí mismos al menos el mérito de su propia fe, sin entender que también esta es don de Dios, este mismo apóstol, que en otro lugar dice haber “alcanzado misericordia del Señor para ser fiel”, añade también aquí: “y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” Y para que no se piense que las buenas obras faltarán en los que creen, agrega además: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Seremos, pues, hechos verdaderamente libres cuando Dios nos forme, esto es, nos moldee y nos cree de nuevo, no como hombres —pues eso ya lo ha hecho—, sino como hombres buenos, lo cual su gracia está haciendo ahora, para que seamos una nueva creación en Cristo Jesús, conforme a lo que está escrito: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.” Porque Dios ya había creado su corazón en cuanto a la estructura física del corazón humano; pero el salmista ora por la renovación de la vida que aún subsistía en su corazón.

La libertad de la voluntad es también don de Dios, porque Dios obra en nosotros así el querer como el hacer

Y además, si alguno se inclinare a gloriarse, no ya de sus obras, sino de la libertad de su voluntad, como si el primer mérito le perteneciera, habiéndosele dado esta misma libertad de la buena acción como recompensa que había merecido, escuche a este mismo predicador de la gracia cuando dice: “Porque Dios es el que obra en vosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad”; y en otro lugar: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” Ahora bien, como sin duda, si un hombre tiene edad para usar de su razón, no puede creer, esperar ni amar si no quiere hacerlo, ni obtener el premio del supremo llamamiento de Dios si no corre voluntariamente por él, ¿en qué sentido es “no del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”, sino en que, como está escrito, “del Señor es la preparación del corazón”? De otro modo, si se dice “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” porque depende de ambos, esto es, tanto de la voluntad del hombre como de la misericordia de Dios, de suerte que hayamos de entender la sentencia “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” como si significara que la sola voluntad del hombre no basta si no la acompaña la misericordia de Dios, entonces se seguirá que tampoco basta la sola misericordia de Dios si no la acompaña la voluntad del hombre; y, por tanto, si con razón podemos decir “no depende del hombre que quiere, sino de Dios que tiene misericordia” porque la voluntad del hombre por sí sola no es suficiente, ¿por qué no podríamos también, con razón, decirlo a la inversa: “no depende de Dios que tiene misericordia, sino del hombre que quiere”, porque la misericordia de Dios por sí sola no basta? Sin duda, si ningún cristiano se atreverá a decir esto: “no depende de Dios que tiene misericordia, sino del hombre que quiere”, para no contradecir abiertamente al apóstol, se sigue que la verdadera interpretación de la sentencia “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” es que toda la obra pertenece a Dios, quien hace justa la voluntad del hombre y así la prepara para recibir su ayuda, y la ayuda cuando está preparada. Porque la rectitud de la voluntad del hombre precede a muchos de los dones de Dios, pero no a todos; y ella misma ha de contarse entre aquellos a los que no precede. Leemos en la Sagrada Escritura tanto que la misericordia de Dios “vendrá a mi encuentro” como que su misericordia “me seguirá”. Se anticipa al que no quiere para hacerlo querer; sigue al que quiere para hacer eficaz su voluntad. ¿Por qué se nos enseña a orar por nuestros enemigos, que manifiestamente no quieren llevar una vida santa, sino para que Dios obre en ellos la voluntad? ¿Y por qué se nos enseña a nosotros mismos a pedir para que recibamos, sino para que Aquel que ha creado en nosotros el deseo satisfaga Él mismo ese deseo? Oramos, pues, por nuestros enemigos, para que la misericordia de Dios se anticipe a ellos como se ha anticipado a nosotros; oramos por nosotros mismos para que su misericordia nos siga.

Capítulo 3 completado

La Caída y la gracia de Dios

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