El Enquiridión
El bien, el mal y el error

Capítulo 2 · 28 min de lectura

El bien, el mal y el error

Qué debemos creer. En cuanto a la naturaleza, no le es necesario al cristiano saber más que esto: que la bondad del Creador es la causa de todas las cosas

Cuando, pues, se pregunta qué debemos creer en materia de religión, no es necesario indagar en la naturaleza de las cosas, como hicieron aquellos a quienes los griegos llaman physici; ni debemos alarmarnos por que el cristiano ignore la fuerza y el número de los elementos —el movimiento, el orden y los eclipses de los cuerpos celestes; la forma de los cielos; las especies y naturalezas de los animales, plantas, piedras, fuentes, ríos, montañas—; ni la cronología ni las distancias; ni las señales de las tormentas venideras; ni otras mil cosas que aquellos filósofos han averiguado, o creen haber averiguado. Pues aun estos mismos hombres, dotados como están de tanto talento, ardiendo en celo, abundando en ocio, rastreando algunas cosas con ayuda de la conjetura humana, investigando otras con auxilio de la historia y la experiencia, no lo han averiguado todo; y aun sus jactados descubrimientos son más a menudo meras conjeturas que conocimiento cierto. Al cristiano le basta creer que la única causa de todas las cosas creadas, sean celestiales o terrenales, sean visibles o invisibles, es la bondad del Creador, el único Dios verdadero; y que nada existe fuera de Él que no derive de Él su existencia; y que Él es la Trinidad —a saber, el Padre, y el Hijo engendrado del Padre, y el Espíritu Santo que procede del mismo Padre, pero un solo y mismo Espíritu del Padre y del Hijo—.

El Creador supremamente bueno hizo buenas todas las cosas

Por la Trinidad, así suprema, igual e inmutablemente buena, fueron creadas todas las cosas; y estas no son suprema, igual e inmutablemente buenas, pero sin embargo son buenas, aun tomadas por separado. Sin embargo, tomadas en conjunto, son muy buenas, porque su ensemble constituye el universo en todo su maravilloso orden y belleza.

Lo que en el universo se llama mal no es sino la ausencia del bien

Y en el universo, aun aquello que se llama mal, cuando está regulado y puesto en su propio lugar, no hace sino realzar nuestra admiración por el bien; pues gozamos y valoramos más el bien cuando lo comparamos con el mal. Porque el Dios Todopoderoso, quien, como aun los paganos reconocen, tiene supremo poder sobre todas las cosas, siendo Él mismo supremamente bueno, jamás permitiría la existencia de nada malo entre sus obras, si no fuera tan omnipotente y bueno que puede sacar bien aun del mal. Pues ¿qué es aquello que llamamos mal, sino la ausencia del bien? En los cuerpos de los animales, la enfermedad y las heridas no significan otra cosa que la ausencia de salud; pues cuando se efectúa una curación, ello no significa que los males que estaban presentes —a saber, las enfermedades y las heridas— se alejen del cuerpo y habiten en otra parte: cesan del todo de existir; porque la herida o la enfermedad no es una sustancia, sino un defecto en la sustancia carnal —siendo la carne misma una sustancia, y por tanto algo bueno, del cual esos males (es decir, las privaciones del bien que llamamos salud) son accidentes—. Del mismo modo, lo que se llaman vicios en el alma no son sino privaciones del bien natural. Y cuando se curan, no se trasladan a otra parte: cuando cesan de existir en el alma sana, no pueden existir en ninguna otra parte.

Todos los seres fueron hechos buenos, pero, no habiendo sido hechos perfectamente buenos, están sujetos a la corrupción

Todas las cosas que existen, por tanto, viendo que el Creador de todas ellas es supremamente bueno, son ellas mismas buenas. Pero como no son, a semejanza de su Creador, suprema e inmutablemente buenas, su bien puede ser disminuido y aumentado. Ahora bien, que el bien sea disminuido es un mal, aunque, por mucho que sea disminuido, es necesario, si el ser ha de continuar, que quede algún bien que constituya el ser. Pues por pequeño o de cualquier clase que sea el ser, el bien que lo hace ser no puede ser destruido sin destruir el ser mismo. Una naturaleza incorrupta es justamente tenida en estima. Pero si, además, fuera incorruptible, sin duda se la considera de valor aún más alto. Cuando, en cambio, se corrompe, su corrupción es un mal, porque se le priva de alguna clase de bien. Pues si no se le priva de ningún bien, no recibe daño alguno; pero sí recibe daño, luego se le priva de bien. Por tanto, mientras un ser está en proceso de corrupción, hay en él algún bien del cual está siendo privado; y si quedara una parte del ser que no pudiera ser corrompida, esta será ciertamente un ser incorruptible, y en consecuencia el proceso de corrupción tendrá por resultado la manifestación de este gran bien. Pero si no deja de ser corrompido, tampoco puede dejar de poseer bien del cual la corrupción pueda privarlo. Mas si fuera entera y completamente consumido por la corrupción, entonces no quedará bien alguno, porque no habrá ser alguno. Por lo cual la corrupción no puede consumir el bien sino consumiendo el ser. Todo ser, por tanto, es un bien; un gran bien, si no puede ser corrompido; un pequeño bien, si puede: pero en todo caso, solo el necio o el ignorante negará que es un bien. Y si fuera enteramente consumido por la corrupción, entonces la corrupción misma tendrá que cesar de existir, pues no quedará ser alguno en el cual pueda habitar.

No puede haber mal donde no hay bien; y un hombre malo es un bien malo

En consecuencia, no hay nada de lo que llamamos mal, si no hay nada bueno. Pero un bien que está enteramente sin mal es un bien perfecto. Un bien, en cambio, que contiene mal es un bien defectuoso o imperfecto; y no puede haber mal donde no hay bien. De todo esto llegamos al curioso resultado de que, puesto que todo ser, en cuanto es un ser, es bueno, cuando decimos que un ser defectuoso es un ser malo, parece que decimos que lo que es bueno es malo, y que nada sino lo que es bueno puede ser malo, viendo que todo ser es bueno, y que ningún mal puede existir sino en un ser. Nada, pues, puede ser malo sino algo que es bueno. Y aunque esto, así enunciado, parece ser una contradicción, sin embargo el rigor del razonamiento no nos deja escape de la conclusión. No obstante, debemos guardarnos de incurrir en la condenación profética: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!». Y sin embargo nuestro Señor dice: «El hombre malo, del mal tesoro de su corazón, saca lo malo». Ahora bien, ¿qué es el hombre malo sino un ser malo? pues el hombre es un ser. Ahora bien, si el hombre es una cosa buena porque es un ser, ¿qué es un hombre malo sino un bien malo? Sin embargo, cuando distinguimos con exactitud estas dos cosas, hallamos que no es porque sea hombre que es un mal, ni porque sea perverso que es un bien; sino que es un bien porque es hombre, y un mal porque es perverso. Quienquiera, pues, que diga: «Ser hombre es un mal», o: «Ser perverso es un bien», cae bajo la denuncia profética: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!». Pues condena la obra de Dios, que es el hombre, y alaba el defecto del hombre, que es la perversidad. Por tanto, todo ser, aun cuando sea defectuoso, en cuanto es un ser es bueno, y en cuanto es defectuoso es malo.

El bien y el mal son una excepción a la regla de que atributos contrarios no pueden predicarse del mismo sujeto. El mal surge en lo que es bueno, y no puede existir sino en lo que es bueno

En consecuencia, en el caso de estos contrarios que llamamos bien y mal, no se cumple la regla de los lógicos de que dos contrarios no pueden predicarse al mismo tiempo de la misma cosa. Ningún tiempo es a la vez oscuro y claro; ningún alimento o bebida es a la vez dulce y amargo; ningún cuerpo es a la vez y en el mismo lugar negro y blanco; ninguno es a la vez y en el mismo lugar deforme y hermoso. Y se halla que esta regla se cumple respecto de muchos, en verdad de casi todos los contrarios: que no pueden existir al mismo tiempo en una sola cosa. Pero aunque nadie puede dudar de que el bien y el mal son contrarios, no solo pueden existir al mismo tiempo, sino que el mal no puede existir sin el bien, ni en cosa alguna que no sea buena. El bien, en cambio, puede existir sin el mal. Pues un hombre o un ángel puede existir sin ser perverso; pero nada puede ser perverso sino un hombre o un ángel: y en cuanto es hombre o ángel, es bueno; en cuanto es perverso, es un mal. Y estos dos contrarios son de tal modo coexistentes, que si el bien no existiera en lo que es malo, tampoco podría existir el mal; porque la corrupción no podría tener ni un lugar donde habitar, ni una fuente de donde brotar, si no hubiera nada que pudiera ser corrompido; y nada puede ser corrompido sino lo que es bueno, pues la corrupción no es otra cosa que la destrucción del bien. De lo que es bueno, pues, surgieron los males, y salvo en lo que es bueno no existen; ni hubo otra fuente de la cual pudiera surgir naturaleza mala alguna. Pues si la hubiera, entonces, en cuanto esto era un ser, era ciertamente un bien: y un ser que fuera incorruptible sería un gran bien; y aun uno que fuera corruptible tendría que ser en alguna medida un bien, pues solo corrompiendo lo que había de bueno en él podría la corrupción hacerle daño.

El argumento precedente no es en modo alguno incompatible con el dicho de nuestro Señor: «No puede el buen árbol llevar malos frutos»

Pero cuando decimos que el mal brota del bien, que no se piense que esto contradice el dicho de nuestro Señor: «No puede el buen árbol llevar malos frutos». Pues, como dice Aquel que es la Verdad, no se cogen uvas de los espinos, porque las uvas no crecen en los espinos. Pero vemos que en buen suelo pueden crecer tanto vides como espinos. Y del mismo modo, así como un árbol malo no puede llevar buen fruto, así una voluntad mala no puede producir buenas obras. Pero de la naturaleza del hombre, que es buena, puede brotar una voluntad buena o una mala. Y ciertamente al principio no hubo fuente alguna de la cual pudiera brotar una voluntad mala, sino la naturaleza del ángel o del hombre, que era buena. Y nuestro Señor mismo lo muestra claramente en el mismísimo lugar donde habla del árbol y de su fruto. Pues dice: «O haced el árbol bueno, y su fruto bueno; o haced el árbol corrompido, y su fruto corrompido» —advirtiéndonos con bastante claridad que los malos frutos no crecen en un buen árbol, ni los buenos frutos en un árbol malo; pero que, no obstante, el suelo mismo, con el cual quería significar a aquellos a quienes entonces se dirigía, podría hacer crecer una u otra clase de árboles—.

No es esencial para la felicidad del hombre que conozca las causas de las convulsiones físicas; pero sí lo es que conozca las causas del bien y del mal

Ahora bien, en vista de estas consideraciones, cuando nos agrada aquel verso de Marón: «Feliz el que pudo conocer las causas de las cosas», no debemos suponer que sea necesario para la felicidad conocer las causas de las grandes convulsiones físicas, causas que yacen escondidas en los más secretos repliegues del reino de la naturaleza: «de dónde viene el terremoto cuya fuerza hace que los profundos mares se hinchen y rompan sus barreras, y de nuevo vuelvan sobre sí mismos y se asienten». Pero debemos conocer las causas del bien y del mal, en la medida en que el hombre pueda conocerlas en esta vida, a fin de evitar los errores y las aflicciones de que esta vida está tan llena. Pues nuestra meta ha de ser siempre alcanzar aquel estado de felicidad en que ninguna aflicción nos angustie, y ningún error nos extravíe. Si hemos de conocer las causas de las convulsiones físicas, no hay ninguna que más nos importe conocer que las que afectan a nuestra propia salud. Pero viendo que, en nuestra ignorancia de estas, gustosamente recurrimos a los médicos, parecería que podríamos soportar con considerable paciencia nuestra ignorancia de los secretos que yacen escondidos en la tierra y en los cielos.

La naturaleza del error. No todo error es dañino, aunque es deber del hombre evitarlo en cuanto le sea posible

Porque aunque debemos, con el mayor cuidado posible, evitar el error, no solo en las cosas grandes sino aun en las pequeñas, y aunque no podemos errar sino por ignorancia, no se sigue de ello que, si un hombre ignora una cosa, deba por eso caer en el error. Ese es más bien el destino del hombre que cree saber lo que no sabe. Pues acepta lo falso como si fuera verdadero, y esa es la esencia del error. Pero es cuestión de grandísima importancia cuál sea el asunto respecto del cual un hombre se equivoca. Pues sobre uno y el mismo asunto rectamente preferimos un hombre instruido a uno ignorante, y un hombre que no está en error a uno que lo está. En el caso de asuntos diferentes, sin embargo —esto es, cuando un hombre sabe una cosa, y otro una cosa distinta, y cuando lo que el primero sabe es útil, y lo que el segundo sabe no es tan útil, o es en realidad dañino—, ¿quién no preferiría, respecto de las cosas que el segundo sabe, la ignorancia del primero al conocimiento del segundo? Pues hay puntos en que la ignorancia es mejor que el conocimiento. Y del mismo modo, a veces ha sido una ventaja apartarse del camino recto —al viajar, sin embargo, no en la moral—. A mí mismo me ha ocurrido tomar el camino equivocado donde se juntaban dos caminos, de modo que no pasé por el lugar donde una banda armada de donatistas me acechaba. Sin embargo, llegué al lugar adonde me dirigía, aunque por una ruta indirecta; y cuando supe de la emboscada, me felicité por mi error, y di gracias a Dios por él. Ahora bien, ¿quién no preferiría ser el viajero que cometió un error como este, antes que el salteador que no cometió ninguno? Y de ahí, quizá, es que el príncipe de los poetas pone estas palabras en boca de un amante en su desdicha: «¡Cómo estoy perdido, cómo me he dejado arrastrar por un mal error!»; pues hay un error que es bueno, ya que no solo no hace daño, sino que produce alguna ventaja real. Pero cuando miramos más de cerca la naturaleza de la verdad, y consideramos que errar es justamente tomar lo falso por lo verdadero, y lo verdadero por lo falso, o tener por incierto lo que es cierto, y por cierto lo que es incierto, y que el error en el alma es tanto más horrible y repulsivo cuanto más bello y plausible parece cuando lo pronunciamos, o asentimos a él, diciendo: «Sí, sí; No, no» —seguramente esta vida que vivimos es en verdad miserable, aunque solo fuera por esto: que a veces, para conservarla, es necesario caer en el error—. Dios no quiera que tal sea aquella otra vida, donde la verdad misma es la vida del alma, donde nadie engaña, y nadie es engañado. Pero aquí los hombres engañan y son engañados, y son más dignos de lástima cuando extravían a otros que cuando ellos mismos son extraviados al poner su confianza en mentirosos. Y sin embargo, tanto rehúye el alma racional de lo que es falso, y con tanto empeño lucha contra el error, que aun quienes gustan de engañar son muy renuentes a ser engañados. Pues el mentiroso no piensa que él yerra, sino que lleva al error a otro que confía en él. Y ciertamente no yerra respecto del asunto sobre el cual miente, si él mismo conoce la verdad; pero se engaña en esto: que piensa que su mentira no le hace daño, cuando todo pecado es más dañino para el que peca que para aquel contra quien se peca.

Nunca es lícito decir una mentira; pero las mentiras difieren mucho en culpa, según la intención y el asunto

Pero aquí surge una cuestión muy difícil y muy intrincada, sobre la cual una vez escribí un gran libro, por hallar necesario darle respuesta. La cuestión es esta: si en algún momento puede llegar a ser deber de un hombre bueno decir una mentira. Pues algunos llegan al extremo de sostener que hay ocasiones en que es obra buena y piadosa cometer incluso perjurio, y decir lo que es falso en asuntos que se refieren a la adoración de Dios, y a la naturaleza misma de Dios. A mí, sin embargo, me parece cierto que toda mentira es pecado, aunque hay una gran diferencia según con qué intención y sobre qué asunto se miente. Pues el pecado del hombre que dice una mentira para ayudar a otro no es tan atroz como el del hombre que dice una mentira para dañar a otro; y el hombre que con su mentir pone a un viajero en el camino equivocado no hace tanto daño como el hombre que con representaciones falsas o engañosas tuerce todo el curso de una vida. Nadie, por supuesto, ha de ser condenado como mentiroso por decir lo que es falso, creyéndolo verdadero, porque tal hombre no engaña conscientemente, sino que más bien es él mismo engañado. Y, por el mismo principio, un hombre no ha de ser acusado de mentir, aunque a veces pueda ser reprensible de temeridad, si por descuido admite lo que es falso y lo tiene por verdadero; pero, por otro lado, el hombre que dice lo que es verdadero, creyéndolo falso, es, en cuanto a su propia conciencia se refiere, un mentiroso. Pues al decir lo que no cree, dice lo que para su propia conciencia es falso, aun cuando de hecho fuera verdadero; ni está en modo alguno libre de mentir el hombre que con su boca dice la verdad sin saberlo, pero en su corazón quiere decir una mentira. Y, por tanto, no mirando al asunto de que se habla, sino únicamente a la intención del que habla, el hombre que sin saberlo dice lo que es falso, pensando todo el tiempo que es verdadero, es mejor hombre que aquel que sin saberlo dice lo que es verdadero, pero en su conciencia se propone engañar. Pues el primero no piensa una cosa y dice otra; pero el segundo, aunque sus afirmaciones puedan ser verdaderas de hecho, tiene un pensamiento en su corazón y otro en sus labios: y esa es la esencia misma de la mentira. Pero cuando pasamos a considerar la verdad y la falsedad respecto de los asuntos de que se habla, el punto sobre el cual uno engaña o es engañado se vuelve cosa de la mayor importancia. Pues aunque, en cuanto a la propia conciencia de un hombre se refiere, es mayor mal engañar que ser engañado, no obstante es mal mucho menor decir una mentira respecto de asuntos que no se refieren a la religión, que ser llevado al error respecto de asuntos cuyo conocimiento y creencia son esenciales para la recta adoración de Dios. Para ilustrar esto con un ejemplo: supongamos que un hombre dijera de alguien que ha muerto que aún está vivo, sabiendo que esto no es cierto; y que otro hombre, siendo engañado, creyera que Cristo, al cabo de algún tiempo (hazlo tan largo como quieras), ha de morir; ¿no sería incomparablemente mejor mentir como el primero, que ser engañado como el segundo? ¿y no sería un mal mucho menor llevar a algún hombre al primer error, que ser llevado por cualquier hombre al segundo?

Los errores de los hombres varían mucho en la magnitud de los males que producen; pero, aun así, todo error es en sí mismo un mal

En algunas cosas, pues, es un gran mal ser engañado; en algunas es un pequeño mal; en algunas ningún mal en absoluto; y en algunas es una verdadera ventaja. Para su grave daño es engañado un hombre cuando no cree lo que conduce a la vida eterna, o cree lo que conduce a la muerte eterna. Es un pequeño mal que un hombre sea engañado cuando, tomando la falsedad por verdad, atrae sobre sí molestias temporales; pues la paciencia del creyente tornará aun estas para buen uso, como cuando, por ejemplo, tomando a un hombre malo por bueno, recibe daño de él. Pero quien cree que un hombre malo es bueno, y sin embargo no sufre daño alguno, en nada está peor por haber sido engañado, ni cae bajo la denuncia profética: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno!». Pues hemos de entender que esto se dice no acerca de los hombres malos, sino acerca de las cosas que hacen malos a los hombres. De ahí que el hombre que llama bueno al adulterio caiga justamente bajo aquella denuncia profética. Pero el hombre que llama bueno al adúltero, teniéndolo por casto, y no sabiendo que es adúltero, no cae en error alguno respecto de la naturaleza del bien y del mal, sino que solo comete un error en cuanto a los secretos de la conducta humana. Llama bueno al hombre sobre la base de creerlo ser lo que es sin duda bueno; llama malo al adúltero, y bueno al hombre puro; y llama bueno a este hombre, no sabiéndolo adúltero, sino creyéndolo puro. Además, si al cometer un error uno escapa de la muerte, como he dicho arriba que una vez me ocurrió, uno hasta deriva alguna ventaja de su error. Pero cuando afirmo que en ciertos casos un hombre puede ser engañado sin daño alguno para sí, o hasta con alguna ventaja para sí, no quiero decir que el error en sí mismo no sea mal, o sea en sentido alguno un bien; me refiero solo al mal que se evita, o a la ventaja que se gana, al cometer el error. Pues el error, considerado en sí mismo, es un mal: un gran mal si concierne a un gran asunto, un pequeño mal si concierne a un pequeño asunto, pero siempre un mal. Pues ¿quién que sea de sano juicio puede negar que es un mal recibir lo que es falso como si fuera verdadero, y rechazar lo que es verdadero como si fuera falso, o tener por cierto lo que es incierto, y por incierto lo que es cierto? Pero una cosa es pensar que un hombre es bueno cuando en realidad es malo, lo cual es un error; y otra cosa es no sufrir ningún daño ulterior a consecuencia del error, suponiendo que el hombre malo a quien tenemos por bueno no nos inflige ningún daño. Del mismo modo, una cosa es pensar que vamos por el camino recto cuando no es así; y otra cosa es cuando este error nuestro, que es un mal, conduce a algún bien, tal como librarnos de una emboscada de hombres malvados.

No todo error es pecado. Un examen de la opinión de los filósofos académicos, de que, para evitar el error, debemos en todos los casos suspender el asentimiento

No estoy seguro de si errores como los siguientes —cuando uno se forma una buena opinión de un hombre malo, no sabiendo qué clase de hombre es; o cuando, en lugar de las percepciones ordinarias por medio de los sentidos corporales, se nos presentan otras apariencias de índole semejante, que percibimos en el espíritu, pero pensamos que percibimos en el cuerpo, o percibimos en el cuerpo, pero pensamos que percibimos en el espíritu (como el error que cometió el apóstol Pedro cuando el ángel de repente lo libró de sus cadenas y de su prisión, y él pensó que veía una visión); o cuando, en el caso de los objetos sensibles mismos, tomamos lo áspero por liso, o lo amargo por dulce, o pensamos que la materia pútrida tiene buen olor; o cuando tomamos el paso de un carruaje por un trueno; o tomamos a un hombre por otro, siendo los dos muy parecidos, como sucede a menudo en el caso de los gemelos (de ahí que nuestro gran poeta lo llame «un error grato a los padres»)— no estoy seguro de si estos, y otros errores de esta clase, deban llamarse pecados. Ni emprendo ahora resolver una cuestión muy espinosa, que dejó perplejos a aquellos pensadores tan agudos, los filósofos académicos: si un hombre sabio debe dar su asentimiento a algo, viendo que puede caer en el error al asentir a la falsedad; pues todas las cosas, según ellos afirman, o son desconocidas o son inciertas. Ahora bien, poco después de mi conversión escribí tres volúmenes para quitar de mi camino las objeciones que yacen, por así decirlo, en el umbral mismo de la fe. Y ciertamente era necesario, desde el principio mismo, remover esta absoluta desesperación de alcanzar la verdad, que parece verse fortalecida por los argumentos de estos filósofos. Ahora bien, a sus ojos todo error se considera pecado, y piensan que el error solo puede evitarse suspendiendo enteramente el asentimiento. Pues dicen que el hombre que asiente a lo que es incierto cae en el error; y se esfuerzan, con los más agudos, pero más audaces argumentos, por mostrar que, aunque la opinión de un hombre resultara por casualidad verdadera, no hay sin embargo certeza de su verdad, a causa de la imposibilidad de distinguir la verdad de la falsedad. Pero para nosotros, «el justo vivirá por la fe». Ahora bien, si se quita el asentimiento, la fe también se va; pues sin asentimiento no puede haber creencia. Y hay verdades, las conozcamos o no, que deben ser creídas si queremos alcanzar una vida feliz, esto es, la vida eterna. Pero no estoy seguro de si se debe discutir con hombres que no solo no saben que hay una vida eterna ante ellos, sino que no saben si están viviendo en el momento presente; más aún, dicen que no saben lo que les es imposible ignorar. Pues es imposible que alguien ignore que está vivo, viendo que, si no está vivo, le es imposible ignorar cosa alguna; pues no solo el conocimiento, sino también la ignorancia, pueden ser atributo únicamente del que vive. Pero, en verdad, ellos piensan que, al no reconocer que están vivos, evitan el error, cuando aun su mismo error prueba que están vivos, ya que quien no está vivo no puede errar. Así como, pues, no solo es verdadero, sino cierto, que estamos vivos, así hay muchas otras cosas a la vez verdaderas y ciertas; y Dios no quiera que jamás se llame sabiduría, y no el colmo de la necedad, negar el asentimiento a estas.

El error, aunque no siempre es pecado, siempre es un mal

Pero en cuanto a aquellos asuntos respecto de los cuales nuestra creencia o incredulidad, y en verdad su verdad o supuesta verdad o falsedad, no tienen importancia alguna en lo que toca a alcanzar el reino de Dios: cometer un error en tales asuntos no ha de ser mirado como pecado, o al menos como un pecado muy pequeño e insignificante. En suma, un error en asuntos de esta clase, cualquiera que sea su naturaleza y magnitud, no se refiere al modo de acceso a Dios, que es la fe de Cristo que «obra por el amor». Pues el «error grato a los padres» en el caso de los niños gemelos no fue desviación alguna de este camino; ni el apóstol Pedro se desvió de este camino, cuando, pensando que veía una visión, de tal modo tomó una cosa por otra, que, hasta que el ángel que lo había librado se apartó de él, no distinguió los objetos reales entre los cuales se movía de los objetos visionarios de un sueño; ni el patriarca Jacob se desvió de este camino, cuando creyó que su hijo, que en realidad estaba vivo, había sido muerto por una fiera. En el caso de estas y otras impresiones falsas de la misma clase, en verdad somos engañados, pero nuestra fe en Dios permanece segura. Nos extraviamos, pero no dejamos el camino que nos conduce a Él. Mas, aun así, estos errores, aunque no son pecaminosos, han de contarse entre los males de esta vida, que hasta tal punto está sujeta a vanidad, que recibimos lo falso como si fuera verdadero, rechazamos lo verdadero como si fuera falso, y nos aferramos a lo incierto como si fuera cierto. Y aunque no invaden aquella fe verdadera y cierta por la cual alcanzamos la bienaventuranza eterna, sin embargo tienen mucho que ver con aquella miseria en que ahora vivimos. Y ciertamente, si gozáramos ahora de la verdadera y perfecta felicidad que nos aguarda, no estaríamos sujetos a engaño alguno por sentido alguno, ya sea del cuerpo o de la mente.

No es lícito decir una mentira, ni siquiera para librar a otro de un daño

Pero toda mentira debe llamarse pecado, porque no solo cuando un hombre conoce la verdad, sino aun cuando, como bien puede suceder, está equivocado y engañado, es su deber decir lo que piensa en su corazón, sea verdadero, o solo lo piense verdadero. Pero todo mentiroso dice lo contrario de lo que piensa en su corazón, con propósito de engañar. Ahora bien, es evidente que el habla fue dada al hombre, no para que con ella los hombres se engañaran unos a otros, sino para que un hombre diera a conocer a otro sus pensamientos. Usar el habla, pues, con propósito de engaño, y no para su fin señalado, es pecado. Ni hemos de suponer que haya mentira alguna que no sea pecado, porque a veces sea posible, al decir una mentira, hacer un servicio a otro. Pues es posible hacer esto también por medio del robo, como cuando robamos a un rico que nunca siente la pérdida, para dar a un pobre que se beneficia sensiblemente de lo que recibe. Y lo mismo puede decirse también del adulterio, cuando, por ejemplo, alguna mujer parece a punto de morir de amor a menos que consintamos en sus deseos, mientras que, si viviera, podría purificarse por el arrepentimiento; pero, aun así, nadie afirmará que por esta razón tal adulterio no sea pecado. Y si con tanta justicia damos tan alto valor a la castidad, ¿qué ofensa hemos tomado de la verdad, que, mientras que ninguna perspectiva de ventaja para otro nos llevará a violar aquella por el adulterio, estemos dispuestos a violar esta por la mentira? No puede negarse que han alcanzado un altísimo grado de bondad quienes nunca mienten salvo para librar a un hombre de un daño; pero en el caso de los hombres que han llegado a este grado, no es el engaño, sino su buena intención, lo que justamente se alaba, y a veces hasta se recompensa. Basta con que el engaño sea perdonado, sin que se lo haga objeto de alabanza, especialmente entre los herederos del nuevo pacto, a quienes se dice: «Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede». Y es a causa de este mal, que nunca cesa de infiltrarse mientras conservamos esta vestidura mortal, que los coherederos de Cristo mismos dicen: «Perdónanos nuestras deudas».

Resumen de los resultados de la discusión precedente

Así como es justo que conozcamos las causas del bien y del mal, al menos en la medida en que basten para el camino que nos conduce al reino, donde habrá vida sin la sombra de la muerte, verdad sin mezcla alguna de error, y felicidad no quebrantada por dolor alguno, he tratado estos temas con la brevedad que mi limitado espacio exigía. Y pienso que ya no puede haber duda alguna de que la única causa de todo bien de que gozamos es la bondad de Dios, y de que la única causa del mal es el apartamiento del bien inmutable de un ser hecho bueno pero mudable, primero en el caso de un ángel, y después en el caso del hombre.

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