Capítulo 8 · 5 min de lectura
Su cuerpo es el templo del Espíritu Santo
1 Corintios 6:15, 19, 20 La Biblia nos enseña que el Cuerpo de Cristo es la congregación de los fieles. Estas palabras se toman por lo general en su sentido espiritual, mientras que la Biblia nos pregunta expresamente si acaso no sabemos que nuestros cuerpos son miembros de Cristo. Del mismo modo, cuando la Biblia habla de la morada del Espíritu Santo o de Cristo, limitamos Su presencia a la parte espiritual de nuestro ser: nuestra alma, o nuestro corazón. Sin embargo, la Biblia dice expresamente: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?». Cuando la Iglesia comprenda que el cuerpo también tiene parte en la redención que es por Cristo, por la cual debe ser restituido a su destino original, para ser morada del Espíritu Santo, para servir como instrumento Suyo, para ser santificado por Su presencia, reconocerá también todo el lugar que la sanidad divina tiene en la Biblia y en los designios de Dios.
El relato de la creación nos dice que el hombre se compone de tres partes. Dios formó primero el cuerpo del polvo de la tierra, tras lo cual sopló en él «aliento de vida». Hizo entrar en él Su propia vida, Su Espíritu. Por esta unión del Espíritu con la materia, el hombre vino a ser «alma viviente». El alma, que es esencialmente el hombre, halla su lugar entre el cuerpo y el espíritu; es el vínculo que los une. Por el cuerpo, el alma se encuentra en relación con el mundo exterior; por el espíritu, con el mundo invisible y con Dios. Por medio del alma, el espíritu puede someter el cuerpo a la acción de las potencias celestiales y así espiritualizarlo; por medio del alma, también el cuerpo puede actuar sobre el espíritu y atraerlo hacia lo terrenal. El alma, sujeta a las solicitaciones tanto del espíritu como del cuerpo, está en posición de escoger entre la voz de Dios, que habla por el Espíritu, o la voz del mundo, que habla por medio de los sentidos.
Esta unión de espíritu y cuerpo forma una combinación única en la creación; hace del hombre la joya de la obra de Dios. Ya habían existido otras criaturas; algunas, como los ángeles, eran todo espíritu, sin cuerpo material alguno; y otras, como los animales, eran solo carne, dotadas de un cuerpo animado por un alma viviente, pero desprovistas de espíritu. El hombre estaba destinado a mostrar que el cuerpo material, gobernado por el espíritu, era capaz de ser transformado por el poder del Espíritu de Dios, y de ser así conducido a participar de la gloria celestial.
Sabemos lo que el pecado y Satanás han hecho con esta posibilidad de transformación gradual. Por medio del cuerpo, el espíritu fue tentado, seducido, y se hizo esclavo de los sentidos. Sabemos también lo que Dios ha hecho para destruir la obra de Satanás y cumplir el propósito de la creación. «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:8). Dios preparó un cuerpo para Su Hijo (Hebreos 10:5). «El Verbo fue hecho carne» (Juan 1:14). «En Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Colosenses 2:9). «El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24). Y ahora Jesús, resucitado de entre los muertos con un cuerpo tan libre de pecado como Su espíritu y Su alma, comunica a nuestro cuerpo la virtud de Su cuerpo glorificado. La Cena del Señor es «la comunión del cuerpo de Cristo»; y nuestros cuerpos son «miembros de Cristo» (1 Corintios 10:16; 6:15; 12:27).
La fe nos pone en posesión de todo lo que la muerte de Cristo y Su resurrección nos han procurado, y no es solo en nuestro espíritu y nuestra alma donde la vida de Jesús resucitado manifiesta su presencia aquí abajo; es también en el cuerpo donde obraría conforme a la medida de nuestra fe.
«¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?». Muchos creyentes se figuran que el Espíritu Santo viene a morar en nuestro cuerpo como nosotros moramos en una casa. Nada de eso. Yo puedo habitar en una casa sin que ella llegue a ser parte de mi ser. Puedo dejarla sin sufrir; ninguna unión vital existe entre mi casa y yo. No es así con la presencia de nuestra alma y espíritu en nuestro cuerpo. La vida de una planta vive en cada parte de ella y la penetra toda; y nuestra alma no se limita a morar en tal o cual parte del cuerpo, el corazón o la cabeza, por ejemplo, sino que penetra por todas partes, hasta el extremo de los miembros más pequeños. La vida del alma penetra todo el cuerpo; la vida en todas partes prueba la presencia del alma. De igual manera viene el Espíritu Santo a morar en nuestro cuerpo. Penetra su totalidad. Nos anima y nos posee infinitamente más de lo que podemos imaginar.
Del mismo modo en que el Espíritu Santo trae a nuestra alma y espíritu la vida de Jesús, Su santidad, Su gozo, Su fortaleza, viene también a impartir al cuerpo enfermo toda la vigorosa vitalidad de Cristo tan pronto como la mano de la fe se extiende para recibirla.
Cuando el cuerpo está plenamente sujeto a Cristo, crucificado con Él, renunciando a toda voluntad propia e independencia, sin desear otra cosa que ser templo del Señor, es entonces cuando el Espíritu Santo manifiesta en el cuerpo el poder del Salvador resucitado. Solo entonces podemos glorificar a Dios en nuestro cuerpo, dejándole plena libertad para manifestar en él Su poder, para mostrar que Él sabe cómo librar Su templo del dominio de la enfermedad, del pecado y de Satanás.
Capítulo 8 completado
Su cuerpo es el templo del Espíritu Santo