Capítulo 7 · 4 min de lectura
El camino de la fe
«E inmediatamente el padre del muchacho clamó, y dijo con lágrimas: Señor, creo; ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24).
Estas palabras han sido ayuda y fortaleza para miles de almas en su búsqueda de la salvación y de los dones de Dios. Note que fueron pronunciadas en relación con un niño afligido, en el combate de la fe al buscar sanidad del Señor Jesús. En ellas vemos que en una misma alma puede surgir una lucha entre la fe y la incredulidad, y que no sin lucha llegamos a creer en Jesús y en su todopoder para sanar a los enfermos. En esto hallamos el aliento necesario para percibir el poder del Salvador.
Hablo aquí especialmente a los que sufren y que no dudan del poder ni de la voluntad del Señor Jesús para sanar hoy sin el uso de remedios terrenales, pero a quienes les falta la osadía de aceptar la sanidad para sí mismos. Creen en el poder divino de Cristo, creen de manera general en su buena voluntad de sanar; han adquirido, ya por las Escrituras, ya por hechos de sanidades realizadas por el Señor solo en nuestros días, la persuasión intelectual de que el Señor puede ayudarlos aun a ellos, pero retroceden ante el aceptar la sanidad, y ante el decir con fe: «El Señor me ha oído, sé que me está sanando».
Note primero que sin fe nadie puede ser sanado. Cuando el padre del niño afligido dijo a Jesús: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos», Jesús respondió: «Si puedes creer». Jesús tenía el poder de sanar y estaba dispuesto a hacerlo, pero pone la responsabilidad sobre el hombre. «¡Si puedes...! Todo le es posible al que cree» (R.V.). Para obtener su sanidad de Jesús, no basta con orar. La oración sin fe es impotente. Es «la oración de fe» la que salva al enfermo (Santiago 5:15). Si usted ya ha pedido sanidad al Señor, o si otros la han pedido por usted, debe, antes de ser consciente de cambio alguno, poder decir con fe: «Por la autoridad de la Palabra de Dios tengo la certeza de que Él me oye y de que seré sanado». Tener fe significa, en su caso, entregar su cuerpo absolutamente en las manos del Señor, y dejarse enteramente a Él. La fe recibe la sanidad como una gracia espiritual que procede del Señor aun cuando no hay cambio consciente en el cuerpo. La fe puede glorificar a Dios y decir: «Bendice, alma mía, al Señor... el que sana todas tus dolencias» (Salmo 103:1-3). El Señor requiere esta fe para poder sanar.
Pero, ¿cómo se ha de obtener tal fe? Dígale a su Dios la incredulidad que encuentra en su corazón, y cuente con Él para ser librado de ella. La fe no es dinero con que se pueda comprar del Señor su sanidad. Es Él quien desea despertar y desarrollar en usted la fe necesaria. «Ayuda mi incredulidad», clamó el padre del niño.
Era su ardiente deseo que su fe no se quedara corta. Confiese al Señor toda la dificultad que usted tiene para creerle sobre el fundamento de su Palabra; dígale que quiere verse libre de esta incredulidad, que se la trae con la voluntad de atender únicamente a su Palabra. No pierda tiempo lamentando su incredulidad, sino mire a Jesús. La luz de su rostro le permitirá hallar el poder para creer en Él (Salmo 44:3). Él lo llama a confiar en Él; escúchelo, y por su gracia la fe triunfará en usted. Dígale: «Señor, todavía soy consciente de la incredulidad que hay en mí. Me resulta difícil creer que estoy seguro de mi sanidad porque poseo a Aquel que la obra. Y, sin embargo, quiero vencer esta incredulidad. Tú, Señor, me darás la victoria. Deseo creer, creeré, por tu gracia me atrevo a decir que puedo creer. Sí, Señor, creo, porque tú vienes en ayuda de mi incredulidad». Es cuando estamos en comunión íntima con el Señor, y cuando nuestro corazón responde al suyo, que la incredulidad es vencida y dominada.
Es necesario también testificar de la fe que uno tiene. Resuélvase a creer lo que el Señor le dice, a creer, sobre todo, lo que Él es. Apóyese enteramente en sus promesas. «La oración de fe salvará al enfermo». «Yo soy el Señor que te sana» (Éxodo 15:26). Mire a Jesús, que «llevó nuestras enfermedades» (Mateo 8:17), y que sanó a todos los que venían a Él; cuente con el Espíritu Santo para que manifieste en su corazón la presencia de Jesús, que está ahora también en el cielo, y para que obre también en su cuerpo el poder de su gracia. Alabe al Señor sin esperar a sentirse mejor, ni a tener más fe. Alábelo, y diga con David: «Señor, Dios mío, a ti clamé, y me sanaste» (Salmo 30:2). La sanidad divina es una gracia espiritual que solo puede recibirse espiritualmente y por fe, antes de sentir su efecto en el cuerpo. Acéptela, pues, y dé gloria a Dios. Cuando el Señor Jesús hubo mandado al espíritu inmundo salir del niño, este lo sacudió con violencia, de modo que quedó como muerto, tanto que muchos decían: «Está muerto». Si, por tanto, su enfermedad no cede enseguida, si Satanás y su propia incredulidad intentan prevalecer, no les haga caso; aférrese a Jesús su Sanador, y Él ciertamente lo sanará.
Capítulo 7 completado
El camino de la fe