La Sanidad Divina
Conforme a la medida de la fe

Capítulo 6 · 5 min de lectura

Conforme a la medida de la fe

«Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora» (Mateo 8:13).

Este pasaje de la Escritura nos presenta una de las principales leyes del reino de los cielos. Para comprender los caminos de Dios con su pueblo, y nuestra relación con el Señor, es necesario entender bien esta ley y no apartarse de ella. Dios no solo da o retiene sus dones según la fe o la incredulidad de cada uno, sino que los concede en mayor o menor medida, únicamente en proporción a la fe que los recibe. Dios respeta el derecho de decidir que ha conferido al hombre. Por eso, solo puede bendecirnos en la medida en que cada uno se entrega a su obra divina y le abre todo su corazón. La fe en Dios no es otra cosa que la plena apertura del corazón para recibirlo todo de Dios; por tanto, el hombre solo puede recibir la gracia divina según su fe; y esto se aplica tanto a la sanidad divina como a cualquier otra gracia de Dios.

Esta verdad se confirma por las bendiciones espirituales que pueden resultar de la enfermedad. A menudo se hacen dos preguntas: (1) ¿No es acaso la voluntad de Dios que sus hijos permanezcan a veces en un estado prolongado de enfermedad? (2) Puesto que es cosa reconocida que la sanidad divina trae consigo mayor bendición espiritual que la enfermedad misma, ¿por qué permite Dios que ciertos hijos suyos continúen enfermos durante muchos años, y, hallándose en esta condición, les concede bendición en la santificación y en la comunión consigo mismo? La respuesta a estas dos preguntas es que Dios da a sus hijos según su fe. Ya hemos tenido ocasión de observar que en la misma medida en que la Iglesia se ha vuelto mundana, su fe en la sanidad divina ha disminuido hasta desaparecer por fin. Los creyentes no parecen darse cuenta de que pueden pedir a Dios la sanidad de su enfermedad, y de que por ese medio pueden ser santificados y capacitados para su servicio. Han llegado a buscar únicamente la sumisión a su voluntad y a considerar la enfermedad como un medio para separarse del mundo. En tales condiciones, el Señor les da lo que piden. Él habría estado dispuesto a darles aún más, a concederles la sanidad en respuesta a la oración de fe, pero les faltó la fe para recibirla. Dios siempre encuentra a sus hijos donde están, por débiles que sean. Los enfermos, pues, que han deseado recibirlo con todo su corazón, habrán recibido de él el fruto de la enfermedad en su deseo de que su voluntad sea conformada a la voluntad de Dios. Habrían podido recibir, además, la sanidad, como prueba de que Dios aceptaba su sumisión; si no ha sido así, es porque les faltó la fe para pedirla.

«Como creíste, te sea hecho». Estas palabras dan la respuesta a otra pregunta más: ¿Cómo puede usted decir que la sanidad divina trae consigo tanta bendición espiritual, cuando se ve que la mayor parte de los que fueron sanados por el Señor Jesús no recibieron nada más que una liberación de sus sufrimientos presentes, sin dar prueba alguna de que también fueran bendecidos espiritualmente? También aquí, como creyeron, así les fue hecho.

Buen número de enfermos, habiendo presenciado la sanidad de otros, cobraron confianza en Jesús justo lo suficiente para ser sanados, y Jesús les concedió su petición, sin añadir otras bendiciones para sus almas. Antes de su ascensión, el Señor no tenía una entrada tan libre en el corazón del hombre como la tiene ahora, porque «el Espíritu Santo aún no había sido dado» (Juan 7:39). La sanidad de los enfermos era entonces apenas algo más que una bendición para el cuerpo. Solo más tarde, en la dispensación del Espíritu, la convicción y la confesión del pecado han llegado a ser para el creyente la primera gracia que debe recibir, la condición esencial para obtener la sanidad, como nos dice san Pablo en su Epístola a los Corintios, y Santiago en la suya a las doce tribus dispersas (1 Corintios 11:31, 32; Santiago 5:16). Así, el grado de gracia espiritual que nos es posible recibir depende de la medida de nuestra fe, ya sea para su manifestación externa, o especialmente para su influencia sobre nuestra vida interior.

Recomendamos a todo el que sufre y busca la sanidad, y que anhela conocer a Jesús como su divino Sanador, que no se deje estorbar por su incredulidad, que no dude de las promesas de Dios, y que así sea «fortalecido en fe, dando gloria a Dios», como a él le corresponde. «Como creíste, te sea hecho». Si con todo su corazón usted confía en el Dios vivo, será abundantemente bendecido; no lo dude.

El papel de la fe es siempre asir precisamente aquello que parece imposible o extraño a los ojos humanos. Estemos dispuestos a ser tenidos por insensatos por amor de Cristo (1 Corintios 4:10). No temamos pasar por débiles de entendimiento a los ojos del mundo y de aquellos cristianos que ignoran estas cosas, porque, sobre la autoridad de la Palabra de Dios, creemos lo que otros aún no pueden admitir. No se deje, pues, desanimar en su espera, aunque Dios tarde en responderle, o aunque su enfermedad se agrave. Una vez que haya afirmado su pie sobre la roca inconmovible de la propia Palabra de Dios, y que haya pedido al Señor que manifieste su omnipotencia en su cuerpo, porque usted es uno de los miembros de su Cuerpo y templo del Espíritu Santo, persevere en creer en él con la firme seguridad de que él ha respondido por usted, que se ha hecho responsable de su cuerpo, y que su virtud sanadora vendrá a glorificarle en usted.

Capítulo 6 completado

Conforme a la medida de la fe

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