La Sanidad Divina
No por nuestro propio poder

Capítulo 5 · 5 min de lectura

No por nuestro propio poder

«Cuando Pedro vio esto, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro propio poder o santidad hubiésemos hecho andar a este?» (Hechos 3:12).

Tan pronto como el hombre imposibilitado fue sanado a la puerta del templo por medio de Pedro y Juan, el pueblo corrió a ellos. Pedro, al ver que este milagro se atribuía a su poder y a su santidad, no pierde tiempo en corregirlos, diciéndoles que toda la gloria de este milagro pertenece a Jesús, y que es en Él en quien debemos creer.

Pedro y Juan estaban sin duda llenos de fe y de santidad; quizá hayan sido incluso los siervos de Dios más santos y celosos de su tiempo, pues de otro modo Dios acaso no los habría escogido como instrumentos en este caso de sanidad. Pero ellos sabían que la santidad de su vida no procedía de sí mismos, sino que era de Dios por medio del Espíritu Santo. Piensan tan poco de sí mismos que pasan por alto su propia santidad y solo conocen una cosa: que todo el poder pertenece a su Maestro. Se apresuran, pues, a declarar que en esto ellos no cuentan para nada, que es obra del Señor únicamente. Este es el objeto de la sanidad divina: ser una prueba del poder de Jesús, un testimonio ante los ojos de los hombres de lo que Él es, que proclama su intervención divina y atrae los corazones hacia Él. «No por nuestro propio poder o santidad». Así conviene que hablen aquellos de quienes el Señor se complace en servirse para ayudar a otros por medio de su fe.

Es necesario insistir en esto a causa de la tendencia de los creyentes a pensar lo contrario. Quienes han recobrado su salud en respuesta a «la oración de fe», «la oración eficaz del justo puede mucho» (Santiago 5:16, R.V.), corren el peligro de ocuparse demasiado del instrumento humano del que Dios se complace en servirse, y de pensar que el poder reside en la piedad del hombre.

Sin duda la oración de fe es el fruto de una piedad verdadera, pero quienes la poseen serán los primeros en reconocer que no procede de ellos mismos, ni de ningún esfuerzo propio. Temen robar al Señor la menor partícula de la gloria que le pertenece, y saben que, si lo hicieran, le obligarían a retirarles su gracia. Es su gran deseo ver a las almas que Dios ha bendecido por medio de ellos entrar en una comunión directa y cada vez más íntima con el Señor Jesucristo mismo, pues ese es el resultado que su sanidad debe producir. Así insisten en que ella no es causada por su propio poder o santidad.

Semejante testimonio de su parte es necesario para responder a las erróneas acusaciones de los incrédulos. La Iglesia de Cristo necesita oír que se le anuncie con claridad que es a causa de su mundanalidad y de su incredulidad que ha perdido estos dones espirituales de sanidad (1 Corintios 12:9), y que el Señor los restaura a quienes, con fe y obediencia, han consagrado su vida a Él. Esta gracia no puede reaparecer sin que la preceda una renovación de la fe y de la santidad. Pero entonces, dice el mundo, y con él un gran número de cristianos: «Ustedes pretenden poseer un orden superior de fe y de santidad; se consideran más santos que los demás». A tales acusaciones esta palabra de Pedro es la única respuesta delante de Dios y de los hombres, confirmada por una vida de humildad profunda y verdadera: «No por nuestro propio poder o santidad». «No a nosotros, oh Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad» (Salmo 115:1). Semejante testimonio es también necesario en vista de nuestro propio corazón y de las asechanzas de Satanás. Mientras, por la infidelidad de la Iglesia, los dones de sanidad se concedan solo raras veces, aquellos hijos de Dios que los han recibido corren el peligro de enorgullecerse de ellos y de imaginar que tienen en sí mismos algo excepcionalmente meritorio. El enemigo no se olvida de perseguirlos con tales insinuaciones, y ¡ay de ellos si le escuchan! No ignoran sus maquinaciones; por eso necesitan orar de continuo al Señor para que los guarde en humildad, el verdadero medio de obtener de continuo más gracia. Si perseveran en la humildad, reconocerán que cuanto más se sirve Dios de ellos, tanto más serán también penetrados por la convicción de que es Dios solo quien obra por medio de ellos, y que toda la gloria le pertenece. «No yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo» (1 Corintios 15:10). Tal es su consigna. Por último, este testimonio es útil para los débiles que anhelan la salvación y que desean recibir a Cristo como su Sanador. Oyen hablar de plena consagración y de entera obediencia, pero se forman de ello una idea falsa. Piensan que deben alcanzar por sí mismos un alto grado de conocimiento y de perfección, y caen presa del desaliento. No, no; no es por nuestro propio poder o santidad que obtenemos estas gracias, sino por una fe muy sencilla, una fe de niño, que sabe que no tiene poder ni santidad propios, y que se entrega por completo a Aquel que es fiel, y cuya omnipotencia puede cumplir su promesa. ¡Oh, no busquemos hacer ni ser nada por nosotros mismos! Solo cuando sentimos nuestra propia impotencia y lo esperamos todo de Dios y de su Palabra comprendemos la manera gloriosa en que el Señor sana la enfermedad «por la fe en su nombre».

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