Capítulo 4 · 4 min de lectura
Salud y salvación por el nombre de Jesús
Hechos 3:16; 4:10, 12 Cuando, después de Pentecostés, el paralítico fue sanado por medio de Pedro y Juan a la puerta del templo, fue «en el nombre de Jesucristo de Nazaret» que le dijeron: «Levántate y anda»; y tan pronto como el pueblo, lleno de asombro, corrió a ellos, Pedro declaró que era el nombre de Jesús el que había sanado tan completamente al hombre.
Como resultado de este milagro y del discurso de Pedro, muchos de los que habían oído la Palabra creyeron (Hechos 4:4). Al día siguiente, Pedro repitió estas palabras ante el Sanedrín: «En el nombre de Jesucristo de Nazaret... este hombre está en vuestra presencia sano»; y luego añadió: «Ni hay otro nombre debajo del cielo... por el cual podáis ser salvos». Esta afirmación de Pedro nos declara que el nombre de Jesús sana y salva a la vez. Tenemos aquí una enseñanza de la más alta importancia para la sanidad divina.
Vemos que la sanidad y la salud forman parte de la salvación de Cristo. ¿No lo declara Pedro claramente en su discurso al Sanedrín, donde, habiendo hablado de la sanidad, pasa de inmediato a hablar de la salvación por Cristo? (Hechos 4:10, 12). En el cielo, aun nuestros cuerpos tendrán su parte en la salvación; la salvación no será completa para nosotros hasta que nuestros cuerpos gocen de la plena redención de Cristo. ¿Por qué, entonces, no habríamos de creer en esta obra de redención aquí abajo? Ya aquí mismo en la tierra, la salud de nuestros cuerpos es un fruto de la salvación que Jesús nos ha adquirido.
Vemos también que tanto la salud como la salvación han de obtenerse por la fe. La tendencia del hombre por naturaleza es procurar su salvación por sus obras, y solo con dificultad llega a recibirla por la fe; pero cuando se trata de la sanidad del cuerpo, tiene todavía más dificultad para asirla. En cuanto a la salvación, termina por aceptarla porque por ningún otro medio puede abrir la puerta del cielo; mientras que, para el cuerpo, echa mano de remedios bien conocidos. ¿Por qué, entonces, habría de buscar la sanidad divina? Dichoso aquel que llega a comprender que es la voluntad de Dios; que Dios quiere manifestar el poder de Jesús, y también revelarnos Su amor de Padre; ejercitar y confirmar nuestra fe, y hacernos experimentar el poder de la redención en el cuerpo tanto como en el alma. El cuerpo es parte de nuestro ser; aun el cuerpo ha sido salvado por Cristo; por tanto, es en nuestro cuerpo donde nuestro Padre quiere manifestar el poder de la redención, y dar a ver a los hombres que Jesús vive. ¡Oh, creamos en el nombre de Jesús! ¿No fue en el nombre de Jesús que se dio perfecta salud al hombre imposibilitado? ¿Y no fueron estas palabras: «Tu fe te ha salvado», pronunciadas cuando el cuerpo fue sanado? Busquemos, pues, obtener la sanidad divina.
Dondequiera que el Espíritu actúa con poder, allí Él obra sanidades divinas. ¿No parecería que, si alguna vez los milagros fueron superfluos, fue en Pentecostés, pues entonces la palabra de los apóstoles obraba poderosamente y el derramamiento del Espíritu Santo era abundante? Pues bien, es precisamente porque el Espíritu actuó con poder que Su obra tenía que hacerse visible en el cuerpo. Si la sanidad divina se ve pero rara vez en nuestros días, no podemos atribuirlo a otra causa que a que el Espíritu no actúa con poder. La incredulidad de los mundanos y la falta de celo entre los creyentes detienen Su obra. Las sanidades que Dios va dando aquí y allá son las señales precursoras de todas las gracias espirituales que se nos han prometido, y solo el Espíritu Santo es quien revela la omnipotencia del nombre de Jesús para obrar tales sanidades. Oremos fervientemente por el Espíritu Santo, pongámonos sin reservas bajo Su dirección, y busquemos ser firmes en nuestra fe en el nombre de Jesús, sea para predicar la salvación, sea para la obra de sanidad.
Dios concede la sanidad para glorificar el nombre de Jesús. Busquemos ser sanados por Jesús para que Su nombre sea glorificado. Es triste ver cuán poco se reconoce el poder de Su nombre, cuán poco es el fin de la predicación y de la oración. Tesoros de gracia divina, de los cuales los cristianos se privan por su falta de fe y de celo, están escondidos en el nombre de Jesús. Es la voluntad de Dios glorificar a Su Hijo en la Iglesia; y Él lo hará dondequiera que halle fe. Sea entre los creyentes, sea entre los paganos, Él está presto, con poder de lo alto, para despertar las conciencias y llevar los corazones a la obediencia. Dios está presto para manifestar todo el poder de Su Hijo, y hacerlo de modo admirable tanto en el cuerpo como en el alma. Creámoslo para nosotros mismos, creámoslo para los demás, para el círculo de creyentes que nos rodea, y también para la Iglesia en el mundo entero. Entreguémonos a creer con fe firme en el poder del nombre de Jesús, pidamos grandes cosas en Su nombre, contando con Su promesa, y veremos a Dios hacer todavía maravillas por el nombre de Su santo Hijo.
Capítulo 4 completado
Salud y salvación por el nombre de Jesús