La Sanidad Divina
Jesús y los médicos

Capítulo 3 · 5 min de lectura

Jesús y los médicos

Marcos 5:25—34 Podemos dar gracias a Dios por habernos dado médicos. Su vocación es una de las más nobles, pues gran número de ellos procuran verdaderamente hacer, con amor y compasión, todo cuanto pueden para aliviar los males y sufrimientos que agobian a la humanidad como consecuencia del pecado. Hay incluso algunos que son celosos siervos de Jesucristo, y que buscan también el bien de las almas de sus pacientes. No obstante, es Jesús mismo quien es siempre el primer, el mejor y el más grande Médico.

Jesús sana enfermedades en las que los médicos terrenales nada pueden hacer, pues el Padre le dio este poder cuando le encomendó la obra de nuestra redención. Jesús, al tomar sobre Sí nuestro cuerpo humano, lo libró del dominio del pecado y de Satanás; ha hecho de nuestros cuerpos templos del Espíritu Santo y miembros de Su propio cuerpo (1 Corintios 6:15, 19), y aun en nuestros días, ¡cuántos han sido desahuciados por los médicos como incurables, cuántos casos de tuberculosis, de gangrena, de parálisis, de hidropesía, de ceguera y de sordera, han sido sanados por Él! ¿No es entonces asombroso que tan pequeño número de los enfermos acudan a Él?

El método de Jesús es muy otro que el de los médicos terrenales. Ellos procuran servir a Dios sirviéndose de remedios que se hallan en el mundo natural, y Dios se sirve de estos remedios conforme a la ley natural, según las propiedades naturales de cada uno, mientras que la sanidad que procede de Jesús es de un orden totalmente distinto; es por poder divino, el poder del Espíritu Santo, que Jesús sana. Así, la diferencia entre estos dos modos de sanidad es muy marcada. Para que la comprendamos mejor, tomemos un ejemplo; he aquí un médico que es incrédulo, pero sumamente hábil en su profesión; muchos enfermos le deben su sanidad. Dios da este resultado por medio de los remedios prescritos y del conocimiento que de ellos tiene el médico. He aquí otro médico que es creyente, y que pide la bendición de Dios sobre los remedios que emplea. También en este caso gran número son sanados, pero ni en el uno ni en el otro caso la sanidad trae consigo bendición espiritual alguna. Estarán preocupados, aun los creyentes entre ellos, con los remedios que usan, mucho más que con lo que el Señor pueda estar haciendo con ellos, y en tal caso su sanidad será más dañosa que provechosa. Por el contrario, cuando es únicamente a Jesús a quien el enfermo acude por sanidad, aprende a no contar ya con los remedios, sino a ponerse en relación directa con Su amor y Su omnipotencia. Para obtener tal sanidad, ha de comenzar por confesar y renunciar a sus pecados, y por ejercer una fe viva. Entonces la sanidad vendrá directamente del Señor, que toma posesión del cuerpo enfermo, y así se convierte en bendición tanto para el alma como para el cuerpo.

«¿Pero no es Dios quien ha dado los remedios al hombre?», se pregunta. «¿No proviene de Él su poder?». Sin duda; pero, por otra parte, ¿no es Dios quien nos ha dado a Su Hijo con todo poder para sanar? ¿Seguiremos el camino de la ley natural con todos aquellos que aún no conocen a Cristo, y también con aquellos de Sus hijos cuya fe es todavía demasiado débil para abandonarse a Su omnipotencia; o más bien escogemos el camino de la fe, recibiendo la sanidad del Señor y del Espíritu Santo, viendo en ello el resultado y la prueba de nuestra redención?

La sanidad que obra nuestro Señor Jesús trae consigo y deja tras de sí bendición más real que la sanidad que se obtiene por medio de los médicos. La sanidad ha sido una desgracia para más de una persona. En un lecho de enfermedad, pensamientos serios se habían apoderado del alma, pero desde el momento de su sanidad, ¡cuántas veces se ha hallado de nuevo a un enfermo lejos del Señor! No es así cuando es Jesús quien sana. La sanidad se concede después de la confesión del pecado; por tanto, acerca más al que sufre a Jesús, y establece un nuevo vínculo entre él y el Señor, le hace experimentar Su amor y poder, comienza en él una nueva vida de fe y santidad. Cuando la mujer que había tocado el borde del manto de Cristo sintió que estaba sana, aprendió algo de lo que significa el amor divino. Se alejó con las palabras: «Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz.»

Oh usted que sufre de alguna enfermedad, sepa que Jesús, el soberano Sanador, está todavía en medio de nosotros. Está cerca de nosotros, y da de nuevo a Su Iglesia pruebas manifiestas de Su presencia. ¿Está usted dispuesto a romper con el mundo, a abandonarse a Él con fe y confianza? Entonces no tema, recuerde que la sanidad divina es parte de la vida de fe. Si nadie a su alrededor puede ayudarle en la oración, si ningún «anciano» está a mano para orar la oración de fe, no tema ir usted mismo al Señor en el silencio de la soledad, como la mujer que tocó el borde de Su manto. Confíe a Él el cuidado de su cuerpo. Aquiétese ante Él y, como la pobre mujer, diga: «Seré sanada.» Quizá tome algún tiempo romper las cadenas de su incredulidad, pero de seguro ninguno de los que esperan en Él será avergonzado (Salmo 25:3)

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