La Sanidad Divina
Por vuestra incredulidad

Capítulo 2 · 5 min de lectura

Por vuestra incredulidad

«Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?

«Y Jesús les dijo: Por vuestra incredulidad; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible» (Mateo 17:19, 20).

Cuando el Señor Jesús envió a Sus discípulos a distintas partes de Palestina, los dotó de un doble poder: el de echar fuera los espíritus inmundos y el de sanar toda enfermedad y toda dolencia (Mateo 10:1). Lo mismo hizo con los setenta, que volvieron a Él con gozo, diciendo: «Señor, aun los espíritus se nos sujetan en tu nombre» (Lucas 10:17). El día de la Transfiguración, mientras el Señor estaba todavía en el monte, un padre trajo a Sus discípulos a su hijo, que estaba poseído por un demonio, rogándoles que echaran fuera el espíritu maligno, pero ellos no pudieron. Cuando, después de que Jesús hubo sanado al niño, los discípulos Le preguntaron por qué no habían podido hacerlo ellos mismos como en otras ocasiones, Él les respondió: «por vuestra incredulidad». Fue, pues, su incredulidad, y no la voluntad de Dios, la causa de su derrota.

En nuestros días se cree muy poco en la sanidad divina, porque casi ha desaparecido por completo de la Iglesia cristiana. Cabe preguntar la razón, y aquí están las dos respuestas que se han dado. La mayoría piensa que los milagros, incluido el don de sanidad, deben limitarse al tiempo de la Iglesia primitiva, que su objeto era establecer el primer fundamento del cristianismo, pero que desde entonces las circunstancias han cambiado. Otros creyentes afirman sin vacilar que, si la Iglesia ha perdido estos dones, es por su propia culpa; es porque se ha vuelto mundana que el Espíritu actúa apenas débilmente en ella; es porque no ha permanecido en relación directa y habitual con todo el poder del mundo invisible; pero que, si viera surgir de nuevo dentro de ella hombres y mujeres que viven la vida de la fe y del Espíritu Santo, enteramente consagrados a su Dios, vería otra vez la manifestación de los mismos dones que en tiempos pasados. ¿Cuál de estas dos opiniones concuerda más con la Palabra de Dios? ¿Es por la voluntad de Dios que los «dones de sanidad» han sido suprimidos, o es más bien el hombre el responsable de ello? ¿Es la voluntad de Dios que los milagros no ocurran? ¿Dejará Él, en consecuencia, de dar la fe que los produce? O, de nuevo, ¿es la Iglesia la que ha sido culpable de falta de fe?

¿Qué dice la Escritura?

La Biblia no nos autoriza, ni por las palabras del Señor ni por las de Sus apóstoles, a creer que los dones de sanidad fueron concedidos únicamente a los primeros tiempos de la Iglesia; al contrario, las promesas que Jesús hizo a los apóstoles cuando les dio instrucciones acerca de su misión, poco antes de Su ascensión, nos parecen aplicables a todos los tiempos (Marcos 16:15—18). Pablo sitúa el don de sanidad entre las operaciones del Espíritu Santo. Santiago da un mandato preciso sobre este asunto sin restricción alguna de tiempo. Todas las Escrituras declaran que estas gracias serán concedidas conforme a la medida del Espíritu y de la fe.

También se alega que, al comienzo de cada nueva dispensación, Dios obra milagros, que ese es Su modo ordinario de actuar; pero no es nada de eso. Piense en el pueblo de Dios en la dispensación anterior, en el tiempo de Abraham, a lo largo de toda la vida de Moisés, en el éxodo de Egipto, bajo Josué, en el tiempo de los Jueces y de Samuel, bajo el reinado de David y de otros reyes piadosos hasta el tiempo de Daniel; durante más de mil años ocurrieron milagros.

Pero, se dice, los milagros eran mucho más necesarios en los primeros días del cristianismo que después. Mas, ¿qué del poder del paganismo aun en nuestros días, dondequiera que el Evangelio busca combatirlo? Es imposible admitir que los milagros hayan sido más necesarios para los paganos de Éfeso (Hechos 19:11, 12) que para los paganos de África en la actualidad. Y si pensamos en la ignorancia y en la incredulidad que reinan aun en medio de las naciones cristianas, ¿no nos vemos llevados a concluir que hay necesidad de actos manifiestos del poder de Dios para sostener el testimonio de los creyentes y para probar que Dios está con ellos? Además, entre los creyentes mismos, ¡cuánta duda, cuánta debilidad hay! ¡Cómo necesita su fe ser despertada y estimulada por alguna prueba evidente de la presencia del Señor en medio de ellos! Una parte de nuestro ser consiste en carne y sangre; es, por tanto, en carne y sangre donde Dios quiere manifestar Su presencia.

Para probar que es la incredulidad de la Iglesia la que ha perdido el don de sanidad, veamos lo que la Biblia dice al respecto. ¿No nos pone a menudo en guardia contra la incredulidad, contra todo lo que puede alejarnos y apartarnos de nuestro Dios? ¿No nos muestra la historia de la Iglesia la necesidad de estas advertencias? ¿No nos ofrece numerosos ejemplos de pasos atrás, de complacencia con el mundo, en los que la fe se debilitó en la misma medida en que el espíritu del mundo tomó la delantera? Porque tal fe solo es posible para quien vive en el mundo invisible. Hasta el siglo tercero las sanidades por la fe en Cristo fueron numerosas, pero en los siglos siguientes se hicieron más infrecuentes. ¿No sabemos por la Biblia que siempre es la incredulidad la que estorba la poderosa obra de Dios?

¡Oh, si pudiéramos aprender a creer en las promesas de Dios! Dios no se ha retractado de Sus promesas; Jesús sigue siendo Aquel que sana tanto el alma como el cuerpo; la salvación nos ofrece aun ahora sanidad y santidad, y el Espíritu Santo está siempre dispuesto a darnos algunas manifestaciones de Su poder. Aun cuando preguntamos por qué no se ve más a menudo este poder divino, Él nos responde: «Por vuestra incredulidad». Cuanto más nos entregamos a experimentar personalmente la santificación por la fe, tanto más experimentaremos también la sanidad por la fe. Estas dos doctrinas caminan a la par. Cuanto más el Espíritu de Dios vive y obra en el alma de los creyentes, tanto más se multiplicarán los milagros por los que Él obra en el cuerpo. Así el mundo puede reconocer lo que significa la redención.

Capítulo 2 completado

Por vuestra incredulidad

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