La Sanidad Divina
La oración de fe

Capítulo 29 · 5 min de lectura

La oración de fe

«La oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará» (Santiago 5:15).

¡La oración de fe! Solo una vez aparece esta expresión en la Biblia, y se refiere a la sanidad de los enfermos. La Iglesia ha adoptado esta expresión, pero apenas recurre a la oración de fe salvo para obtener otras gracias; mientras que, según la Escritura, está destinada especialmente a la sanidad de los enfermos.

¿Espera el apóstol que la sanidad venga por la oración de fe sola, o debe acompañarse del uso de remedios? Esta es, por lo general, la pregunta que se plantea. Se resuelve con facilidad si tomamos en consideración el poder de la vida espiritual de la Iglesia en las primeras edades: los dones de sanidad que el Señor otorgó a los apóstoles, aumentados por la posterior efusión del Espíritu Santo (Hechos 4:30; 5:15, 16); lo que Pablo dice de estos dones de sanidad por el mismo Espíritu (1 Corintios 12:9); lo que Santiago insiste aquí cuando, para fortalecer al lector en la expectación de la fe, recuerda la oración de Elías y la maravillosa respuesta de Dios (Santiago 5:14-17). ¿No muestra todo esto claramente que el creyente ha de esperar la sanidad en respuesta a la oración de fe sola, y sin la añadidura de remedios?

Surgirá otra pregunta: ¿excluye el uso de remedios la oración de fe? A esto creemos que nuestra respuesta debe ser: no, pues la experiencia de un gran número de creyentes atestigua que, en respuesta a sus oraciones, Dios ha bendecido a menudo el uso de remedios, y los ha hecho un medio de sanidad.

Llegamos aquí a una tercera pregunta: ¿cuál es, entonces, la línea que hemos de seguir para comprobar con la mayor certeza, y conforme a la voluntad de Dios, la eficacia de la oración de fe? ¿Consiste, según Santiago, en dejar a un lado todos los remedios, o en usar los remedios como lo hacen los creyentes en su mayoría? En una palabra, ¿es con remedios o sin ellos como la oración de fe obtiene mejor la gracia de Dios? ¿Cuál de estos dos métodos redundará más directamente en la gloria de Dios y para bendición del enfermo? ¿No es perfectamente sencillo responder que, si la prescripción y la promesa de Santiago se aplican a los creyentes de nuestro tiempo, hallarán bendición al recibirlas tal como fueron dadas a los creyentes de entonces, ajustándose a ellas en todos los puntos, esperando la sanidad solo del Señor mismo, sin recurrir además a remedio alguno? Es, de hecho, en este sentido en el que la Escritura habla siempre de la fe eficaz y de la oración de fe.

Tanto las leyes de la naturaleza como el testimonio de la Escritura nos muestran que Dios se sirve a menudo de agentes intermedios para manifestar su gloria; pero, ya sea por experiencia o por la Escritura, sabemos también que, bajo el poder de la caída y el imperio de nuestros sentidos, nuestra tendencia es dar más importancia a los remedios que a la acción directa de Dios. Sucede con frecuencia que los remedios nos ocupan de tal modo que interceptan la presencia de nuestro Dios y nos apartan de Él. Así, las leyes y las propiedades de la naturaleza, que estaban destinadas a hacernos volver a Dios, producen el efecto contrario. Por eso el Señor, al llamar a Abraham para que fuese el padre de su pueblo escogido, no recurrió a las leyes de la naturaleza (Romanos 4:17-21). Dios quería formarse un pueblo de fe, que viviese más en lo invisible que en las cosas visibles; y, para conducirlo a esta vida, era necesario quitarle su confianza en los medios ordinarios. Vemos, por tanto, que no fue por los caminos ordinarios que Él ha trazado en la naturaleza como Dios condujo a Abraham, a Moisés, a Josué, a Gedeón, a los Jueces, a David y a muchos otros reyes de Israel. Su objeto era enseñarles con esto a confiar solo en Él, a conocerlo tal como es: «Tú eres el Dios que hace maravillas» (Salmo 77:14).

Dios quiere obrar de manera semejante con nosotros. Es cuando procuramos andar conforme a su prescripción en Santiago 5, abandonando las cosas que se ven (2 Corintios 4:18) para asir la promesa de Dios, y recibir así directamente de Él la sanidad deseada, cuando descubrimos cuánta importancia habíamos dado a los remedios terrenales. Sin duda hay cristianos que pueden usar remedios sin daño para su vida espiritual, pero el mayor número de ellos es propenso a contar mucho más con los remedios que con el poder de Dios. Ahora bien, el propósito de Dios es conducir a sus hijos a una comunión más íntima con Cristo, y esto es precisamente lo que sucede cuando por la fe nos entregamos a Él como nuestro soberano Sanador, contando únicamente con su presencia invisible. Renunciar a los remedios fortalece la fe de manera extraordinaria. La sanidad llega a ser entonces, mucho más que la enfermedad, una fuente de innumerables bendiciones espirituales. Nos hace real lo que la fe puede lograr, establece un nuevo vínculo entre Dios y el creyente, y comienza en él una vida de confianza y dependencia. El cuerpo, igual que el alma, queda puesto bajo el poder del Espíritu Santo, y la oración de fe, que salva al enfermo, nos conduce así a una vida de fe, fortalecida por la seguridad de que Dios manifiesta su presencia en nuestra vida terrenal.

Página 1 / 1 · 5 min restantes en el capítulo