Capítulo 28 · 5 min de lectura
La enfermedad y la sanidad de Job
«Salió, pues, Satanás de la presencia del Señor, e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla» (Job 2:7).
El velo que nos oculta el mundo invisible se levanta por un momento en la misteriosa historia de Job; nos revela el cielo y el infierno afanosamente ocupados con los siervos de Dios sobre la tierra. Vemos en ella las tentaciones propias de la enfermedad, y cómo Satanás se sirve de ellas para disputar con Dios y buscar la perdición del alma del hombre, mientras que Dios, por el contrario, busca santificarla por medio de esa misma prueba. En el caso de Job, vemos a la luz de Dios la fuente de donde procede la enfermedad, cuál es el resultado que debería tener, y cómo es posible ser librado de ella.
¿De dónde viene la enfermedad: de Dios o de Satanás? Las opiniones difieren enormemente en este punto. Unos sostienen que es enviada por Dios; otros ven en ella la obra del maligno. Ambos están en error mientras sostengan su parecer con exclusión del que sostiene la otra parte, y ambos tienen razón si admiten que esta cuestión tiene dos lados. Digamos, pues, que la enfermedad viene de Satanás, pero que no puede existir sin el permiso de Dios. Por un lado, el poder de Satanás es el de un opresor que no tiene por sí mismo derecho alguno a abalanzarse sobre el hombre y atacarlo; y, por otro lado, las pretensiones de Satanás sobre el hombre son legítimas, por cuanto la justicia de Dios decreta que quien se entrega a Satanás se coloca a sí mismo bajo su dominio.
Satanás es el príncipe del reino de las tinieblas y del pecado; la enfermedad es la consecuencia del pecado. En esto se constituye el derecho de Satanás sobre el cuerpo del hombre pecador. Él es el príncipe de este mundo, reconocido como tal por Dios, hasta el momento en que sea legalmente vencido y destronado. Por consiguiente, tiene cierto poder sobre todos los que permanecen aquí abajo bajo su jurisdicción. Es él, pues, quien atormenta a los hombres con la enfermedad, y busca con ello apartarlos de Dios y obrar su ruina.
Pero, nos apresuramos a decir, el poder de Satanás dista mucho de ser todopoderoso; nada puede hacer sin la autorización de Dios. Dios le permite hacer todo lo que hace al tentar a los hombres, aun a los creyentes, pero es a fin de que la prueba produzca en ellos el fruto de la santidad. Se dice también que Satanás tiene el imperio de la muerte (Hebreos 2:14), que está obrando dondequiera que reina la muerte, y no obstante no tiene poder para decidir sobre la muerte de los siervos de Dios sin la voluntad expresa de Dios. Lo mismo sucede con la enfermedad. A causa del pecado, la enfermedad es obra de Satanás, pero como la dirección suprema de este mundo pertenece a Dios, también puede considerarse obra de Dios. Todos los que conocen el libro de Job saben con cuánta claridad se pone esto de manifiesto allí.
¿Cuál debería ser el resultado de la enfermedad? El resultado será bueno o malo según que Dios o Satanás alcance la victoria en nosotros. Bajo la influencia de Satanás, el enfermo se hunde siempre más profundamente en el pecado. No reconoce que el pecado sea la causa del castigo, y se ocupa exclusivamente de sí mismo y de sus sufrimientos. No desea sino ser sanado, sin soñar siquiera con anhelar la liberación del pecado. Por el contrario, dondequiera que Dios alcanza la victoria, la enfermedad lleva al que sufre a renunciar a sí mismo y a entregarse a Dios. La historia de Job lo ilustra. Sus amigos lo acusaron, injustamente, de haber cometido pecados de excepcional gravedad, y de haber atraído por ellos sobre sí sus terribles sufrimientos. No era, sin embargo, nada de eso, pues Dios mismo le había dado testimonio de que era «perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 2:3). Pero al defenderse, Job fue demasiado lejos. En lugar de humillarse en abatimiento ante el Señor y reconocer sus pecados ocultos, procuró, con toda justicia propia, justificarse a sí mismo. No fue sino hasta que el Señor se le apareció cuando llegó a decir: «Me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:6). Para él la enfermedad vino a ser una señalada bendición, al llevarlo a conocer a Dios de una manera enteramente nueva y a humillarse ante Él más que nunca. Esta es la bendición que Dios desea que también nosotros recibamos cada vez que Él permite a Satanás herirnos con la enfermedad, y este fin se alcanza en todos los que sufren y que se entregan a Él sin reserva.
¿Cómo hemos de ser librados de la enfermedad? Un padre nunca prolonga el castigo de su hijo más allá del tiempo necesario. Dios, asimismo, que tiene Su propósito al permitir la enfermedad, no prolongará el castigo más de lo que es menester para alcanzar Su fin. Tan pronto como Job Le hubo comprendido, desde el momento en que se condenó a sí mismo y se arrepintió en polvo y ceniza, atendiendo a lo que Dios le había revelado de Sí mismo, el castigo llegó a su fin. Dios mismo lo libró de la mano de Satanás y lo sanó de su enfermedad.
¡Ojalá los enfermos de nuestros días comprendieran que Dios tiene un propósito determinado al permitir el castigo, y que, tan pronto como este se alcance, tan pronto como el Espíritu Santo los haya llevado a confesar y abandonar sus pecados y a consagrarse enteramente al servicio del Señor, el castigo dejará de ser necesario —que el Señor podría librarlos, y querría hacerlo! Dios se sirve de Satanás como un gobierno sabio se sirve de un carcelero. Solo deja a Sus hijos en su poder por el tiempo señalado; después de lo cual Su buena voluntad es asociarnos en la redención de Aquel que ha vencido a Satanás, que nos ha retirado de su dominio al llevar en nuestro lugar nuestros pecados y nuestras enfermedades.
Capítulo 28 completado
La enfermedad y la sanidad de Job