Capítulo 27 · 5 min de lectura
La obediencia y la salud
«Allí les dio un estatuto y una ordenanza, y allí los probó, y dijo: Si oyes atentamente la voz del Señor tu Dios, y haces lo recto ante sus ojos, y das oído a sus mandamientos, y guardas todos sus estatutos, no pondré sobre ti ninguna de las enfermedades que puse sobre los egipcios; porque yo soy el Señor que te sana» (Éx. 15:25, 26).
Fue en Mara donde el Señor dio a su pueblo esta ordenanza. Israel acababa de ser librado del yugo de Egipto cuando su fe fue puesta a prueba en el desierto, junto a las aguas de Mara. Fue después de haber endulzado las aguas amargas cuando el Señor prometió que no pondría sobre los hijos de Israel ninguna de las enfermedades que había traído sobre los egipcios, con tal que le obedeciesen. Estarían expuestos a otras pruebas, podrían padecer a veces la falta de pan y de agua, y afrontar grandes peligros; todas estas cosas podían sobrevenirles a pesar de su obediencia, pero la enfermedad no podía tocarlos. En un mundo todavía bajo el poder de Satanás, podían ser blanco de ataques venidos de fuera, pero sus cuerpos no serían oprimidos por la enfermedad, porque Dios los había librado de ella. ¿No había dicho: «Si oyes atentamente la voz del Señor tu Dios... no pondré sobre ti ninguna de las enfermedades que puse sobre los egipcios, porque yo soy el Señor que te sana»? Y en otro lugar: «Serviréis al Señor vuestro Dios... y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti» (Éx. 23:25; léase también Lev. 26:14, 16; Deut. 7:15, 23; 28:15—61).
Esto llama nuestra atención sobre una verdad de la mayor importancia: las relaciones íntimas que existen entre la obediencia y la salud, entre la santificación, que es la salud del alma, y la sanidad divina, que asegura la salud del cuerpo; ambas están comprendidas en la salvación que viene de Dios. Es digno de notar que en varias lenguas estas tres palabras, salvación, sanidad y santificación, se derivan de la misma raíz y presentan el mismo pensamiento fundamental. (Por ejemplo, el alemán Heil, salvación; Heilung, sanidad; Heilichung, santificación.) La salvación es la redención que el Salvador ha obtenido para nosotros; la salud es la salvación del cuerpo, que también nos viene del Sanador divino; y, por último, la santificación nos recuerda que la verdadera salvación y la verdadera salud consisten en ser santos como Dios es santo. Así, es dando salud al cuerpo y santificación al alma como Jesús es verdaderamente el Salvador de su pueblo. Nuestro texto declara con claridad la relación que existe entre la santidad de la vida y la sanidad del cuerpo. Las expresiones que lo confirman parecen multiplicarse a propósito: «Si oyes atentamente..., si haces lo recto..., si das oído... si guardas todos sus estatutos, no enviaré sobre ti ninguna enfermedad».
Aquí tenemos la clave de toda verdadera obediencia y santidad. A menudo pensamos que conocemos bien la voluntad de Dios revelada en su Palabra; pero ¿por qué este conocimiento no produce obediencia? Es porque, para obedecer, debemos comenzar por escuchar. «Si oyes atentamente la voz del Señor tu Dios... y das oído...». Mientras la voluntad de Dios me llega por la voz del hombre, o por la lectura de un libro, poco poder puede tener sobre mí; en cambio, si entro en comunión directa con Dios y escucho su voz, su mandamiento se aviva con poder vivo para facilitar su cumplimiento. Cristo es la Palabra viviente, y el Espíritu Santo es su voz. Escuchar su voz significa renunciar a toda nuestra propia voluntad y sabiduría, cerrar el oído a toda otra voz para no esperar otra dirección que la del Espíritu Santo. El que es redimido es como un siervo o un niño, que necesita ser dirigido; sabe que pertenece enteramente a Dios, y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, debe glorificar a Dios.
Pero es igualmente consciente de que esto sobrepasa sus fuerzas, y de que necesita recibir, hora tras hora, la dirección que le hace falta. Sabe también que el mandamiento divino, mientras sea para él letra muerta, no puede impartirle fuerza ni sabiduría, y que solo al dar oído atentamente obtendrá la fuerza deseada; por eso escucha, y aprende así a guardar las leyes de Dios. Esta vida de atención y de acción, de renuncia y de crucifixión, constituye una vida santa. El Señor nos conduce a ella, en primer lugar, por la enfermedad, y nos hace comprender aquello de que carecemos, y luego también por la sanidad, que llama al alma a esta vida de continua atención a la voz de Dios.
La mayoría de los cristianos no ven en la sanidad divina más que una bendición temporal para el cuerpo, mientras que en la promesa de nuestro santo Dios su fin es hacernos santos. El llamado a la santidad resuena cada día más fuerte y más claro en la Iglesia. Cada vez más creyentes llegan a comprender que Dios quiere que sean semejantes a Cristo; y el Señor comienza de nuevo a hacer uso de su virtud sanadora, buscando con ello mostrarnos que todavía en nuestros propios días el Santo de Israel es «el Señor que te sana», y que es su voluntad guardar a su pueblo tanto en la salud del cuerpo como en la obediencia.
Que aquel que espera la sanidad del Señor la reciba con gozo. No es una obediencia legal lo que se le exige, una obediencia que dependa de sus propias fuerzas. No; Dios le pide, por el contrario, el abandono de un niño pequeño, la atención que escucha y consiente en ser guiada. Esto es lo que Dios espera de él; y la sanidad del cuerpo será el resultado de esta fe de niño, porque el Señor se le revelará como el poderoso Salvador que sana el cuerpo y santifica el alma.
Capítulo 27 completado
La obediencia y la salud