La Sanidad Divina
La oración intercesora

Capítulo 25 · 4 min de lectura

La oración intercesora

«Confesaos, pues, vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho en su operación» (Santiago 5:16, R.V.).

Santiago comienza hablándonos de las oraciones de los ancianos de la iglesia; pero aquí se dirige a todos los creyentes al decir: «Orad unos por otros, para que seáis sanados». Habiendo hablado ya de la confesión y del perdón, todavía añade: «Orad unos por otros».

Esto nos muestra que la oración de fe que pide sanidad no es la oración de un creyente aislado, sino que debe unir a los miembros del cuerpo de Cristo en la comunión del Espíritu. Ciertamente Dios oye la oración de cada uno de Sus hijos tan pronto como es presentada a Él con fe viva, pero el enfermo no siempre posee una fe semejante. Por tanto, para que el Espíritu Santo venga a obrar con poder, generalmente ha de haber la unión de varios miembros del cuerpo de Cristo que reclamen unánimemente Su presencia.

Esta dependencia de nuestros hermanos debe ejercerse de dos maneras. Ante todo, debemos confesar nuestras faltas a cualquiera a quien hayamos agraviado, y recibir su perdón. Pero, además de esto, si un enfermo ha llegado a ver en tal o cual pecado que ha cometido la causa de su enfermedad, y a reconocer en ella un castigo de Dios, debe en tal caso reconocer su pecado ante los ancianos o hermanos en Cristo que oran por él, y que así pueden hacerlo con más luz y más fe. Semejante confesión será también una piedra de toque que prueba la sinceridad de su arrepentimiento, pues es más fácil confesar nuestros pecados a Dios que a los hombres. Antes de que la haga, es preciso que su humillación sea real y su arrepentimiento sincero. El resultado será una comunión más estrecha entre el enfermo y los que interceden por él, y su fe será avivada de nuevo.

«Orad unos por otros, para que seáis sanados». ¿No responde esto claramente a lo que tantas veces se oye decir: de qué sirve ir a M. Zeller en Suiza, al Dr. Cullis en América, o a Bethshan en Londres? ¿No oye el Señor la oración en cualquier lugar en que se ofrezca? Sí; sin duda alguna, dondequiera que una oración de fe viva se eleva a Dios, le halla dispuesto a conceder la sanidad; pero la Iglesia ha descuidado tanto el creer en esta verdad, que es cosa rara en nuestros días hallar cristianos capaces de orar de esta manera. Por eso no podemos estar demasiado agradecidos al Señor de que Él haya inspirado a ciertos creyentes el deseo de consagrar sus vidas, en parte, a testificar de la verdad de la sanidad divina. Sus palabras y su fe despiertan la fe en el corazón de muchos enfermos que, sin su ayuda, nunca llegarían a ella. Son precisamente estas mismas personas las que siempre dicen a todos: «El Señor se halla en todas partes». Aprendan los cristianos a no descuidar la menor parte del maravilloso poder de su Dios, y Él podrá manifestar a todos que Él es siempre el «Señor que te sana» (Éxodo 15:26). Procuremos obedecer la Palabra de Dios, confesarnos unos a otros, y orar unos por otros para que seamos sanados.

Santiago señala aquí todavía otra condición esencial para la oración eficaz: ha de ser la oración del justo. «La oración eficaz del justo puede mucho en su operación». La Escritura nos dice que «el que hace justicia es justo, como él [Jesús] es justo» (1 Juan 3:7). El mismo Santiago fue apellidado «El Justo», a causa de su piedad y de la ternura de su conciencia. Sea un «anciano» o un simple creyente, sólo después de que uno está enteramente entregado a Dios y vive en obediencia a Su voluntad puede orar eficazmente por los hermanos. Juan dice otro tanto: «Cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él» (1 Juan 3:22). Es, por tanto, la oración de quien vive en íntima comunión con Dios la que «puede mucho». Es a tal oración a la que Dios concederá la respuesta que Él no podría dar a algún otro de Sus hijos.

A menudo oímos citar estas palabras: «La oración del justo puede mucho», pero muy rara vez se toman en relación con su contexto, ni se recuerda que es muy especialmente la sanidad divina lo que aquí está en cuestión. ¡Oh, que el Señor levante en Su Iglesia a muchos de estos justos, animados de fe viva, a quienes Él pueda usar para glorificar a Jesús como el divino Sanador de los enfermos!

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