La Sanidad Divina
Jesús sana a los enfermos

Capítulo 23 · 4 min de lectura

Jesús sana a los enfermos

«Sanó a todos los enfermos, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias» (Mateo 8:16, 17).

En un capítulo anterior hemos estudiado las palabras del profeta Isaías. Si el lector aún abriga alguna duda respecto de la interpretación que se ha dado de ellas, le recordamos lo que el Espíritu Santo hizo escribir al respecto al evangelista san Mateo. Se dice expresamente, acerca de todos los enfermos que Jesús sanó: «Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías». Fue porque Jesús había tomado sobre sí nuestras enfermedades que pudo, que debía sanarlos. Si no lo hubiera hecho, una parte de su obra de redención habría quedado sin poder y sin fruto.

Este texto de la Palabra de Dios no se entiende, por lo general, de esta manera. Es opinión comúnmente aceptada que las sanidades milagrosas realizadas por el Señor Jesús deben considerarse solo como la prueba de su misericordia, o como el símbolo de las gracias espirituales. No se ven como una consecuencia necesaria de la redención, aunque eso es lo que la Biblia declara. El cuerpo y el alma han sido creados para servir juntos como morada de Dios; la condición enferma del cuerpo es, al igual que la del alma, una consecuencia del pecado, y eso es lo que Jesús vino a llevar, a expiar y a vencer.

Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, no fue en su carácter de Hijo de Dios que sanó a los enfermos, sino como el Mediador que había tomado sobre sí y llevado la enfermedad, y esto nos permite comprender por qué Jesús dedicó tanto tiempo a su obra de sanidad, y por qué también los evangelistas hablan de ella de manera tan detallada. Lea, por ejemplo, lo que Mateo dice al respecto: «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron a todos los enfermos que padecían diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, los lunáticos y los paralíticos; y los sanó» (Mateo 4:23, 24). «Y recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mateo 9:35). «Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder contra los espíritus inmundos, para echarlos fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia» (10:1). Cuando los discípulos de Juan el Bautista vinieron a preguntar a Jesús si Él era el Mesías, para que se lo probara, Él respondió: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio» (11:5). Después de la sanidad de la mano seca, y de la oposición de los fariseos que buscaban destruirlo, leemos que «grandes multitudes le seguían, y los sanaba a todos» (12:15). Cuando más tarde la multitud lo había seguido a un lugar desierto, se dice: «Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a sus enfermos» (14:14). Más adelante: «Enviaron por toda aquella tierra de alrededor, y le trajeron a todos los enfermos; y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su manto; y todos los que lo tocaron quedaron sanos por completo» (14:35, 36). Se dice también de los enfermos que estaban entre las multitudes que «los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó», y Mateo añade: «de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanos, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel» (15:30, 31). Y finalmente, cuando vino a las regiones de Judea al otro lado del Jordán, «grandes multitudes le siguieron, y los sanó allí» (19:2).

Añadamos a estos numerosos textos aquellos que nos dan en detalle el relato de las sanidades obradas por Jesús, y preguntémonos si estas sanidades nos ofrecen solo la prueba de su poder durante su vida aquí en la tierra, o si no son más bien el resultado indudable y continuo de su obra de misericordia y de amor, la manifestación de su poder de redención que libra al alma y al cuerpo del dominio del pecado. Sí; ese fue en verdad el propósito de Dios. Si, pues, Jesús llevó nuestras enfermedades como parte integrante de la redención, si sanó a los enfermos «para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías», y si su corazón de Salvador está siempre lleno de misericordia y de amor, podemos creer con certeza que hasta el día de hoy es la voluntad de Jesús sanar a los enfermos en respuesta a la oración de fe.

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