Capítulo 22 · 4 min de lectura
El Señor que te sana
«No pondré sobre ti ninguna de estas enfermedades que traje sobre los egipcios, porque yo soy el Señor que te sana» (Éx. 15:26).
¡Cuántas veces hemos leído estas palabras sin atrevernos a tomarlas para nosotros mismos y sin esperar que el Señor las cumpliera en nosotros! Hemos visto en ellas que el pueblo de Dios debería estar exento de las enfermedades infligidas a los egipcios; ¡y hemos creído que esta promesa se aplicaba únicamente al Antiguo Testamento, y que nosotros, que vivimos bajo la economía del Nuevo Testamento, no podemos esperar ser preservados de la enfermedad ni sanados de ella por la intervención directa del Señor! Sin embargo, como nos vimos obligados a reconocer la superioridad del Nuevo Pacto, hemos llegado, en nuestra ignorancia, a alegar que la enfermedad a menudo trae grandes bendiciones, y que, por consiguiente, Dios había hecho bien en retirar lo que Él había prometido antes, y en dejar de ser para nosotros lo que Él fue para Israel: «el Señor que te sana».
Pero en nuestros días vemos que la Iglesia despierta y reconoce su error. Ve que es bajo el Nuevo Pacto que el Señor Jesús transmitió Su poder de sanidad a Sus discípulos. Comienza a ver que, al encargar a Su Iglesia predicar el Evangelio a toda criatura, Él prometió estar con ella «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20), y que, como prueba de Su presencia, Sus discípulos tendrían el poder de poner las manos sobre los enfermos, y estos sanarían (Mr. 16:15—18). Ve, además, que en los días que siguieron a Pentecostés, el derramamiento milagroso del Espíritu Santo fue acompañado de sanidades milagrosas, que eran prueba evidente de las bendiciones producidas por el poder de lo alto (Hch. 3:16; 5:12; 9:40). No hay nada en la Biblia que le haga creer que la promesa hecha a Israel haya sido después revocada, y oye de la boca del apóstol Santiago esta nueva promesa: «La oración de fe salvará [o sanará] al enfermo» (Stg. 5:15). Sabe que en todo tiempo ha sido la incredulidad la que ha limitado (o puesto límites) al Santo de Israel (Sal. 78:41), y se pregunta si no es la incredulidad la que impide en estos días esta manifestación del poder de Dios. ¿Quién puede dudarlo? No son Dios ni Su Palabra los culpables aquí; es nuestra incredulidad la que impide el poder milagroso del Señor y la que lo retiene de sanar como en tiempos pasados. Que nuestra fe despierte, que reconozca y adore en Cristo el todopoder de Aquel que dice: «Yo soy el Señor que te sana». Es por las obras de Dios como mejor podemos entender lo que Su Palabra nos dice; las sanidades que de nuevo responden a la oración de fe confirman, ilustrándola gloriosamente, la verdad de Su promesa.
Aprendamos a ver en el Jesús resucitado al Sanador divino, y recibámoslo como tal. Para que yo reconozca en Jesús mi justificación, mi fortaleza y mi sabiduría, debo comprender por la fe que Él es realmente todo esto para mí; e igualmente, cuando la Biblia me dice que Jesús es el Sanador soberano, debo apropiarme yo mismo de esta verdad y decir: «Sí, Señor, tú eres quien me sana». ¿Y por qué puedo tenerlo por tal? Es porque Él se da a mí, porque soy «una misma planta con él» (Ro. 6:5, versión francesa), y porque, unido inseparablemente a Él, poseo así Su poder sanador; es porque Su amor se complace en colmar de Sus favores a Sus amados, en comunicarse con todo Su corazón a todos los que desean recibirlo. Creamos que Él está dispuesto a extender el tesoro de bendición, contenido en el nombre «el Señor que te sana», a todos los que conocen este nombre divino y pueden confiar en él. Este es el tratamiento para los enfermos indicado por la ley de Su reino. Cuando traigo mi enfermedad al Señor, no dependo de lo que veo, de lo que siento ni de lo que pienso, sino de lo que Él dice. Aun cuando todo parezca contrario a la sanidad esperada, aun cuando no tenga lugar en el momento o de la manera en que yo había pensado recibirla, aun cuando los síntomas parezcan solo agravarse, mi fe, fortalecida por la misma espera, debe aferrarse inconmoviblemente a esta palabra que ha salido de la boca de Dios: «Yo soy el Señor que te sana». Dios busca siempre hacernos verdaderos creyentes. La sanidad y la salud son de poco valor si no glorifican a Dios y no sirven para unirnos más estrechamente a Él; así, en la cuestión de la sanidad, nuestra fe debe ser siempre puesta a prueba. Quien cuenta con el nombre de su Dios, quien puede oír a Jesús decirle: «¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?» (Jn. 11:40), tendrá el gozo de recibir de Dios mismo la sanidad del cuerpo, y de verla realizarse de una manera digna de Dios y conforme a Sus promesas. Cuando leamos estas palabras, «Yo soy el Señor que te sana», no temamos responder con anhelo: «Sí, Señor, tú eres el Señor que me sana».
Capítulo 22 completado
El Señor que te sana