Capítulo 21 · 4 min de lectura
La receta de Dios para el enfermo
«¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados» (Santiago 5:14, 15).
Este texto, por encima de todos los demás, es el que con mayor claridad declara al enfermo lo que ha de hacer para ser sanado. La enfermedad y sus consecuencias abundan en el mundo. ¡Qué gozo, pues, para el creyente aprender de la Palabra de Dios el camino de la sanidad para el enfermo! La Biblia nos enseña que es la voluntad de Dios ver a Sus hijos con buena salud. El apóstol Santiago no vacila en decir que «la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará». ¡Que el Señor nos enseñe a escuchar y a recibir con sencillez lo que Su Palabra nos dice!
Observe, en primer lugar, que Santiago hace aquí una distinción entre la aflicción (o el sufrimiento) y la enfermedad. Dice (v. 13): «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración» (versión revisada). No especifica qué se ha de pedir en tal caso; y aún menos dice que se haya de pedir la liberación del sufrimiento. No; el sufrimiento, que puede surgir de diversas causas exteriores, es la porción de todo cristiano. Entendamos, pues, que el propósito de Santiago es llevar al creyente probado a pedir liberación solo con un espíritu de sumisión a la voluntad de Dios, y, sobre todo, a pedir la paciencia que él considera ser el privilegio del creyente (Santiago 1:2-4, 12; 5:7, 8).
Pero al tratar las palabras «¿Está alguno enfermo entre vosotros?», Santiago responde de una manera muy distinta. Ahora dice con seguridad que el enfermo puede pedir la sanidad con la confianza de que la obtendrá, y el Señor lo oirá. Hay, por tanto, una gran diferencia entre el sufrimiento y la enfermedad. El Señor Jesús habló del sufrimiento como algo necesario, como algo querido y bendecido por Dios; mientras que de la enfermedad dice que debe ser curada. Todo otro sufrimiento nos viene de fuera, y solo cesará cuando Jesús triunfe sobre el pecado y el mal que hay en el mundo; mientras que la enfermedad es un mal en el cuerpo mismo, en este cuerpo salvado por Cristo para que llegue a ser el templo del Espíritu Santo, y que, por consiguiente, debe ser sanado tan pronto como el creyente enfermo recibe por fe la operación del Espíritu Santo, la vida misma de Jesús en él.
¿Cuál es la indicación que aquí se da al enfermo? Que llame a los ancianos de la iglesia, y que los ancianos oren por él. En tiempos de Santiago había médicos, pero no es a ellos a quienes el creyente enfermo debe acudir. Los ancianos eran entonces los pastores y dirigentes de las iglesias, llamados al ministerio no porque hubiesen pasado por escuelas de teología, sino porque estaban llenos del Espíritu Santo, y eran bien conocidos por su piedad y por su fe. ¿Por qué habría de necesitar el enfermo su presencia? ¿No podrían haber orado sus amigos? Sí; pero no es tan fácil para todos ejercer la fe que obtiene la sanidad, y, sin duda, esa es una de las razones por las que Santiago deseó que se llamara a hombres cuya fe fuese firme y segura. Además de esto, ellos eran, para el enfermo, representantes de la Iglesia, el cuerpo colectivo de Cristo, pues es la comunión de los creyentes la que invita al Espíritu a obrar con poder. En suma, ellos debían, según el modelo del gran Pastor de las ovejas, cuidar del rebaño como Él lo hace, identificarse con el enfermo, comprender su aflicción, recibir de Dios el discernimiento necesario para instruirlo y animarlo a perseverar en la fe. Es, pues, a los ancianos de la Iglesia a quienes está encomendada la sanidad de los enfermos, y son ellos, los siervos del Dios que perdona las iniquidades y sana las enfermedades (Sal. 103), los llamados a transmitir a otros las gracias del Señor para el alma y el cuerpo.
Finalmente, hay una promesa aún más directa: la de la sanidad; el apóstol habla de ella como la consecuencia cierta de la oración de fe. «La oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará». Esta promesa debiera avivar en todo creyente el deseo y la expectación de la sanidad. Al recibir estas palabras con sencillez y tal como están escritas, ¿no habríamos de ver en ellas una promesa ilimitada, que ofrece sanidad a todo aquel que ore con fe? ¡Que el Señor nos enseñe a estudiar Su Palabra con la fe de un corazón verdaderamente creyente!
Capítulo 21 completado
La receta de Dios para el enfermo