Capítulo 20 · 4 min de lectura
¿Es la enfermedad un castigo?
«Por lo cual hay entre vosotros muchos enfermos y debilitados, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo» (1 Corintios 11:30—32).
Al escribir a los corintios, el apóstol Pablo se vio en la necesidad de reprenderlos por la manera en que celebraban la Cena del Señor, atrayendo sobre sí mismos los castigos de Dios. Aquí, por tanto, vemos la enfermedad como un juicio de Dios, un castigo por el pecado. Pablo la considera un verdadero castigo, pues después dice: «castigados por el Señor», y añade que es para impedir que caigan aún más hondo en el pecado, para evitar que sean «condenados con el mundo», por lo que son afligidos de esta manera. Les advierte que, si no quisieran ser juzgados ni castigados por el Señor, si mediante tal examen descubrieran la causa de la enfermedad y condenaran sus pecados, el Señor ya no tendría necesidad de ejercer severidad. ¿No es evidente que aquí la enfermedad es un juicio de Dios, un castigo del pecado, y que podemos evitarla examinándonos y condenándonos a nosotros mismos?
Sí, la enfermedad es, con más frecuencia de lo que creemos, un juicio, un castigo por el pecado. Dios «no aflige ni entristece de buena gana a los hijos de los hombres» (Lamentaciones 3:33). No sin causa nos priva de la salud. Quizá sea para hacernos atentos a algún pecado que podemos reconocer: «No peques más, para que no te venga alguna cosa peor» (Juan 5:14); quizá porque el hijo de Dios se ha enredado en el orgullo y la mundanalidad; o puede ser que la confianza en sí mismo o el capricho se hayan mezclado con su servicio a Dios. Es también muy posible que el castigo no vaya dirigido contra ningún pecado en particular, sino que sea el resultado del predominio del pecado que pesa sobre todo el género humano. Cuando (Juan 9:3), en el caso del hombre que nació ciego, los discípulos preguntaron al Señor: «¿Quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?», y Él respondió: «No pecó este ni sus padres», de ningún modo dice que no haya relación entre el pecado y la enfermedad, sino que nos enseña a no acusar de pecado a todo enfermo.
En todo caso, la enfermedad es siempre una disciplina que debe despertar nuestra atención al pecado y apartarnos de él. Por tanto, el enfermo debe comenzar por condenarse, o discernirse a sí mismo (1 Corintios 11:31), poniéndose delante de su Padre celestial con un sincero deseo de ver todo lo que haya podido entristecerlo, o haya podido hacer necesario el castigo. Al hacerlo así, puede contar con toda seguridad con la luz del Espíritu Santo, quien le mostrará claramente su falta. Que esté dispuesto en seguida a renunciar a lo que discierna, y a ponerse a disposición del Señor para servirle con perfecta obediencia; pero que no se imagine que puede vencer el pecado por sus propios esfuerzos. No, eso le es imposible. Mas que, con toda la fuerza de su voluntad, esté de parte de Dios al renunciar a lo que es pecado a sus ojos, y que crea que es aceptado por Él. Haciéndolo así, se estará entregando, consagrándose de nuevo a Dios, dispuesto a hacer solo su santa voluntad en todas las cosas.
La Escritura nos asegura que, si nos examinamos así, el Señor no nos juzgará. Nuestro Padre solo castiga a su hijo en la medida en que es necesario. Dios busca librarnos del pecado y del yo; tan pronto como le comprendemos y rompemos con estas cosas, la enfermedad puede cesar; ha cumplido su obra. Debemos llegar a ver lo que la enfermedad significa, y reconocer en ella la disciplina de Dios. Uno puede reconocer vagamente que comete pecados sin apenas intentar definir cuáles son; o, si lo hace, puede no creer que sea posible abandonarlos; y, si decide renunciar a ellos, puede que no cuente con que Dios pondrá fin al castigo. Y, sin embargo, ¡cuán gloriosa es la seguridad que nos dan aquí las palabras de Pablo!
Querido enfermo, ¿comprende usted que su Padre celestial tiene algo que reprenderle? Él quiere que su enfermedad le ayude a descubrirlo, y el Espíritu Santo le guiará en la búsqueda. Renuncie entonces en seguida a lo que Él le señale. No querría usted que quedara la menor sombra entre su Padre y usted. Es su voluntad perdonar su pecado y sanar su enfermedad. En Jesús tenemos tanto el perdón como la sanidad; son dos caras de su obra redentora. Él le llama a vivir una vida de dependencia de Él en mayor grado que hasta ahora. Abandónese, pues, a Él en completa obediencia, y ande de aquí en adelante como un niño pequeño, siguiendo sus pasos. Es con gozo que su Padre celestial le librará del castigo, que se revelará a usted como su Sanador, que le acercará más a Él por este nuevo lazo de su amor, que le hará obediente y fiel en servirle. Si, como Padre sabio y fiel, se ha visto obligado a castigarle, también es como Padre que quiere su sanidad, y que desea bendecirle y guardarle de aquí en adelante.
Capítulo 20 completado
¿Es la enfermedad un castigo?