La Sanidad Divina
La necesidad de una manifestación del poder de Dios

Capítulo 17 · 4 min de lectura

La necesidad de una manifestación del poder de Dios

Hechos 4:29—31 ¿Es lícito orar así ahora, pedir al Señor: «Concede a tus siervos que hablen tu palabra con todo denuedo, mientras extiendes tu mano para sanar» (R.V.)? Examinemos esta cuestión.

¿No tropieza la Palabra de Dios con tantas dificultades en nuestros días como entonces, y no son las necesidades ahora igualmente apremiantes? Imaginémonos a los apóstoles en medio de Jerusalén y su incredulidad; por un lado, los gobernantes del pueblo y sus amenazas; por otro, la multitud cegada que se niega a creer en el Crucificado. Hoy el mundo ya no es tan abiertamente hostil a la Iglesia, porque ha perdido el temor que le tenía; pero sus palabras halagüeñas son más de temer que su odio. El disimulo es a veces peor que la violencia. Y un cristianismo de mera forma, en el sueño de la indiferencia, ¿no es acaso tan inaccesible como un judaísmo que resiste abiertamente? Los siervos de Dios necesitan, aun en el día de hoy, para que la Palabra sea predicada con todo denuedo, que el poder de Dios se manifieste evidentemente entre ellos.

¿No es tan necesaria la ayuda de Dios ahora como entonces? Bien sabían los apóstoles que no era la elocuencia de su predicación lo que hacía triunfar la verdad, sino que conocían la necesidad de que el Espíritu Santo manifestara Su presencia por medio de milagros. Era menester que el Dios vivo extendiera Su mano, para que hubiera sanidades, milagros y señales en el nombre de Su santo Hijo Jesús. Solo así se regocijaban Sus siervos y, fortalecidos por Su presencia, podían anunciar Su Palabra con denuedo y enseñar al mundo a temer Su nombre.

¿No nos conciernen a nosotros también las promesas divinas? Los apóstoles contaban con estas palabras del Señor antes de que Él ascendiera: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.., y estas señales seguirán a los que creen.., sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán» (Marcos 16:15, 17, 18). Este encargo señala la vocación divina de la Iglesia; la promesa que lo sigue nos muestra cuál es su armadura, y nos prueba que el Señor obra de común acuerdo con ella. Fue porque los apóstoles contaban con esta promesa que pidieron al Señor que les concediera esta prueba de Su presencia. Habían sido llenos del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, pero aún necesitaban las señales sobrenaturales que Su poder obra. La misma promesa es igualmente para nosotros, pues el mandato de predicar el Evangelio no puede separarse de la promesa de la sanidad divina que lo acompaña. En ninguna parte de la Biblia se halla que esta promesa no fuera para los tiempos futuros. En todas las épocas, el pueblo de Dios necesita en gran manera saber que el Señor está con él, y poseer la prueba irrefutable de ello. Por tanto, esta promesa es para nosotros; oremos por su cumplimiento.

¿Hemos de contar con la misma gracia? Leemos en los Hechos que, cuando los apóstoles hubieron orado, «fueron todos llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios». «Y por mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo... y los que creían en el Señor aumentaban más, multitudes así de hombres como de mujeres» (Hechos 4:31; 5:12—15). ¡Oh, qué gozo y qué nueva fuerza recibiría hoy el pueblo de Dios si de nuevo el Señor extendiera así Su mano! ¡Cuántos obreros cansados y desanimados se afligen de no ver más resultados, más bendiciones sobre sus labores! ¡Qué vida vendría a su fe si surgieran señales de esta clase para probarles que Dios está con ellos! Muchos indiferentes serían movidos a reflexionar, más de un dudoso recobraría la confianza, y todos los incrédulos quedarían reducidos al silencio. ¡Y el pobre pagano! ¡Cómo despertaría si viera por hechos aquello que las palabras no le habían permitido asir, si se viera forzado a reconocer que el Dios del cristiano es el Dios vivo que hace maravillas, el Dios de amor que bendice!

¡Despierta, despierta, vístete de tu poder, Iglesia de Cristo! Aunque por tu infidelidad has perdido el gozo de ver aliada a la predicación de la Palabra la mano del Señor extendida para sanar, el Señor está dispuesto a concederte de nuevo esta gracia. Reconoce que ha sido tu propia incredulidad la que por tanto tiempo te ha privado de ella, y ruega por perdón. Revístete de la fuerza de la oración.

«Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo del Señor. Despiértate como en los días antiguos» (Isaías 51:9).

Capítulo 17 completado

La necesidad de una manifestación del poder de Dios

Página 1 / 1 · 4 min restantes en el capítulo