La Sanidad Divina
La oración perseverante

Capítulo 15 · 4 min de lectura

La oración perseverante

Lucas 18:1—8 La necesidad de orar con perseverancia es el secreto de toda vida espiritual. ¡Qué bendición es poder pedir al Señor tal o cual gracia hasta que la conceda, sabiendo con certeza que responder a la oración es su voluntad; pero qué misterio hay para nosotros en el llamado a perseverar en la oración, a llamar con fe a su puerta, a recordarle sus promesas, y a hacerlo sin desfallecer hasta que se levante y nos otorgue nuestra petición! ¿No es acaso la seguridad de que nuestra oración puede obtener del Señor aquello que de otro modo Él no daría la prueba evidente de que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, de que es su amigo, de que es su colaborador, y de que los creyentes que juntos forman el Cuerpo de Cristo participan de esta manera en su obra intercesora? Es a la intercesión de Cristo a la que el Padre responde, y a la que concede sus divinos favores.

Más de una vez la Biblia nos explica la necesidad de la oración perseverante. Hay muchas razones, la principal de las cuales es la justicia de Dios. Dios ha declarado que el pecado debe llevar sus consecuencias; el pecado, por tanto, tiene derechos sobre un mundo que lo acoge y permanece esclavizado por él. Cuando el hijo de Dios busca salir de este orden de cosas, es necesario que la justicia de Dios lo consienta; se requiere, pues, tiempo para que los privilegios que Cristo ha procurado a los creyentes pesen ante el tribunal de Dios. Además de esto, la oposición de Satanás, que siempre busca impedir la respuesta a la oración, es una razón para ella (Daniel 10:12, 13). El único medio por el cual este enemigo invisible puede ser vencido es la fe. Firmemente afirmada sobre las promesas de Dios, la fe rehúsa ceder, y continúa orando y esperando la respuesta, aun cuando se demore, sabiendo que la victoria es segura (Efesios 6:12—18).

Finalmente, la perseverancia en la oración nos es necesaria a nosotros mismos. La demora en la respuesta tiene por fin probar y fortalecer nuestra fe; debe desarrollar en nosotros la voluntad firme que ya no soltará las promesas de Dios, sino que renuncia a su propio lado de las cosas para confiar en Dios solamente. Es entonces cuando Dios, al ver nuestra fe, nos halla listos para recibir su favor y nos lo concede. Él hará justicia pronto, aunque se tarde. Sí, a pesar de todas las demoras necesarias, no nos hará esperar ni un momento más de lo debido. Si clamamos a Él día y noche, Él nos hará justicia pronto.

Esta perseverancia en la oración nos resultará fácil tan pronto como comprendamos plenamente qué es la fe. Jesús nos enseña con estas palabras: «Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis» (Mateo 21:22). Cuando la Palabra de Dios nos autoriza a pedir algo, debemos creer de inmediato que lo recibimos. Dios nos lo da; esto lo sabemos por la fe, y podemos decir entre Dios y nosotros que lo hemos recibido, aunque solo más tarde se nos permita comprobar sus efectos aquí en la tierra. Es antes de haber visto o experimentado cosa alguna que la fe se regocija de haber recibido, persevera en orar, y espera hasta que la respuesta se manifieste. Pero aun después de haber creído que somos oídos, es bueno perseverar hasta que se haya convertido en un hecho consumado.

Esto es de gran importancia para obtener la sanidad divina. A veces, es cierto, la sanidad es inmediata y completa; pero puede suceder que tengamos que esperar, aun cuando un enfermo haya podido pedirla con fe. A veces también los primeros síntomas de la sanidad se manifiestan de inmediato; pero después el progreso es lento, e interrumpido por momentos en que se detiene o en que el mal vuelve. En tales casos es importante que tanto el enfermo como quienes oran con él crean en la eficacia de la oración perseverante, aunque no comprendan el misterio de ella. Aquello que Dios parece al principio negar, lo concede después a la oración de la mujer cananea, a la oración de la «viuda», a la del amigo que llama a medianoche (Mateo 15:22; Lucas 18:3; 11:5). Sin atender ni al cambio ni a la respuesta, la fe que está fundada sobre la Palabra de Dios, y que continúa orando con importunidad, termina por alcanzar la victoria. «¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime para con ellos? Os digo que pronto les hará justicia». Dios sabe demorar todo el tiempo que es necesario, y no obstante actuar con prontitud sin esperar más de lo debido. Las mismas dos cosas deben pertenecer a nuestra fe. Echemos mano, con santa prontitud, de la gracia que nos es prometida, como si ya la hubiéramos recibido; esperemos con paciencia incansable la respuesta que tarda en llegar. Tal fe pertenece al vivir en Él. Es para producir en nosotros esta fe que se nos envía la enfermedad, y que se nos concede la sanidad, pues tal fe sobre todo glorifica a Dios.

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