Capítulo 14 · 3 min de lectura
El Espíritu Santo, el Espíritu de sanidad
1 Corintios 12:4, 9, 11 ¿Qué es lo que distingue a los hijos de Dios? ¿Cuál es su gloria? Es que Dios habita en medio de ellos y se les revela con poder (Éx. 33:16; 34:9, 10). Bajo el Nuevo Pacto, esta morada de Dios en el creyente es aún más manifiesta que en los tiempos antiguos. Dios envía el Espíritu Santo a su Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, para obrar en ella con poder, y su vida y su prosperidad dependen de Él. El Espíritu ha de hallar en ella una libertad plena y sin reservas, para que sea reconocida como la Iglesia de Cristo, el Cuerpo del Señor. En toda época la Iglesia puede esperar manifestaciones del Espíritu, porque estas forman nuestra unidad indisoluble; «un cuerpo y un Espíritu» (Ef. 4:4).
El Espíritu obra de diversas maneras en uno u otro miembro de la Iglesia. Es posible estar lleno del Espíritu para una obra especial y no para otra. Hay también momentos en la historia de la Iglesia en que ciertos dones del Espíritu se conceden con poder, mientras que, al mismo tiempo, la ignorancia o la incredulidad pueden estorbar otros dones. Dondequiera que se halle la vida más abundante del Espíritu, podemos esperar que Él manifieste todos sus dones.
El don de sanidad es una de las más hermosas manifestaciones del Espíritu. De Jesús está escrito «cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret... que anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hechos 10:38). El Espíritu Santo en Él era un Espíritu que sanaba, y fue el mismo en los discípulos después de Pentecostés. Así, las palabras de nuestro texto expresan lo que fue la experiencia continua de la Iglesia primitiva (compárese con atención Hechos 3:7; 4:30; 5:12, 15, 16; 6:8; 8:7; 9:41; 14:9, 10; 16:18, 19; 19:12; 28:8, 9). El abundante derramamiento del Espíritu produjo abundantes sanidades. ¡Qué lección para la Iglesia en nuestros días!
La sanidad divina es obra del Espíritu Santo. La redención de Cristo extiende su poderosa acción hasta el cuerpo, y el Espíritu Santo es el encargado tanto de transmitírnosla como de mantenerla en nosotros. Nuestro cuerpo participa del beneficio de la redención, y aun ahora puede recibir sus arras por medio de la sanidad divina. Es Jesús quien sana, Jesús quien unge y bautiza con el Espíritu Santo. Jesús, que bautizó a sus discípulos con el mismo Espíritu, es Él quien nos envía el Espíritu Santo aquí en la tierra: sea para mantener alejada de nosotros la enfermedad, sea para restaurarnos la salud cuando la enfermedad se ha apoderado de nosotros.
La sanidad divina acompaña a la santificación por el Espíritu. Es para hacernos santos que el Espíritu Santo nos hace partícipes de la redención de Cristo. De ahí su nombre «Santo». Por tanto, la sanidad que Él obra es parte intrínseca de su misión divina, y la concede ya para llevar al enfermo a convertirse y a creer (Hechos 4:29, 30; 5:12, 14; 6:7, 8; 8:6-8), ya para confirmar su fe si ya está convertido; así lo constriñe a renunciar al pecado y a consagrarse enteramente a Dios y a su servicio (1 Co. 10:31; Santiago 5:15, 16; Heb. 12:10).
La sanidad divina tiende a glorificar a Jesús. Es la voluntad de Dios que su Hijo sea glorificado, y el Espíritu Santo lo hace cuando viene a mostrarnos lo que la redención de Cristo hace por nosotros. La redención del cuerpo mortal parece casi más maravillosa que la del alma inmortal. De estas dos maneras quiere Dios habitar en nosotros por medio de Cristo, y así triunfar sobre la carne. Tan pronto como nuestro cuerpo llega a ser el templo de Dios por el Espíritu, Jesús es glorificado.
La sanidad divina tiene lugar dondequiera que el Espíritu de Dios obra con poder. Se hallan pruebas de ello en las vidas de los Reformadores, y en las de ciertos moravos en sus mejores tiempos. Pero hay todavía otras promesas tocantes al derramamiento del Espíritu Santo que no se han cumplido hasta este tiempo. Vivamos en una santa expectación, rogando al Señor que las cumpla en nosotros.
Capítulo 14 completado
El Espíritu Santo, el Espíritu de sanidad