La Sanidad Divina
La enfermedad y la muerte

Capítulo 13 · 4 min de lectura

La enfermedad y la muerte

Salmo 91:3, 6, 16; Salmo 92:14 Con frecuencia se hace esta objeción a las palabras del apóstol Santiago, «La oración de fe salvará al enfermo»: Si tenemos la promesa de ser sanados siempre en respuesta a la oración, ¿cómo es posible morir? Y algunos añaden: ¿Cómo puede saber un enfermo si Dios, que fija el tiempo de nuestra vida, no ha decidido que muramos por tal enfermedad? En tal caso, ¿no sería inútil la oración, y no sería pecado pedir la sanidad?

Antes de responder, quisiéramos observar que esta objeción no toca a quienes creen en Jesús como el Sanador de los enfermos, sino a la Palabra de Dios misma, y a la promesa tan claramente declarada en la epístola de Santiago y en otros lugares. No tenemos libertad para cambiar ni limitar las promesas de Dios cada vez que nos presentan alguna dificultad; ni podemos insistir en que se nos expliquen con claridad antes de poder llegar a creer lo que declaran. Nos toca comenzar recibiéndolas sin resistencia; solo entonces puede el Espíritu de Dios hallarnos en la disposición de ánimo en que podemos ser enseñados e iluminados.

Además, quisiéramos observar que, al considerar una verdad divina que por largo tiempo ha sido descuidada en la Iglesia, difícilmente puede comprenderse desde el principio. Solo poco a poco se disciernen su importancia y su alcance. A medida que revive, después de haber sido aceptada por la fe, el Espíritu Santo la acompañará con nueva luz. Recordemos que es por la incredulidad de la Iglesia que la sanidad divina la ha abandonado. No es de las respuestas de este o aquel de quien debe depender la fe en las verdades de la Biblia. «Resplandece en las tinieblas luz» (Sal. 112:4) para los «rectos» que están dispuestos a someterse a la Palabra de Dios.

A la primera objeción es fácil responder. La Escritura fija setenta u ochenta años como la medida ordinaria de la vida humana. El creyente que recibe a Jesús como el Sanador de los enfermos descansará entonces satisfecho con la declaración de la Palabra de Dios. Se sentirá en libertad de esperar una vida de setenta años, pero no más. Además, el hombre de fe se pone bajo la dirección del Espíritu, que lo capacitará para discernir la voluntad de Dios si algo hubiera de impedirle alcanzar la edad de setenta años. Toda regla tiene sus excepciones, tanto en las cosas del cielo como en las cosas de la tierra. De esto, por tanto, estamos seguros según la Palabra de Dios, sea por las palabras de Jesús o por las de Santiago: que nuestro Padre celestial quiere, por regla general, ver a Sus hijos en buena salud, para que trabajen en Su servicio.

Por la misma razón, Él quiere librarlos de la enfermedad tan pronto como hayan confesado su pecado y orado con fe por su sanidad. Para el creyente que ha andado con su Salvador, fortalecido con la fuerza que procede de la sanidad divina, y cuyo cuerpo está por consiguiente bajo la influencia del Espíritu Santo, no es necesario que, cuando llegue su hora de morir, muera de enfermedad. «Dormirse en Jesucristo», tal es la muerte del creyente cuando ha llegado el fin de su vida. Para él, la muerte no es sino sueño después de la fatiga, la entrada en el reposo. La promesa «para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra» (Ef. 6:3) está dirigida a nosotros que vivimos bajo el Nuevo Pacto. Cuanto más ha aprendido el creyente a ver en el Salvador a Aquel que «tomó nuestras enfermedades», más libertad tiene para reclamar el cumplimiento literal de las promesas: «Lo saciaré de larga vida»; «Aún en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes».

El mismo texto se aplica a la segunda objeción. El enfermo ve en la Palabra de Dios que es Su voluntad sanar a Sus hijos después de la confesión de sus pecados, y en respuesta a la oración de fe. No se sigue de ahí que hayan de quedar exentos de otras pruebas; pero en cuanto a la enfermedad, son sanados de ella porque ataca al cuerpo, que ha llegado a ser morada del Espíritu Santo. El enfermo debe, pues, desear la sanidad para que el poder de Dios se manifieste en él, y para que le sirva a Él cumpliendo Su voluntad. En esto se aferra a la voluntad revelada de Dios, y en cuanto a lo que no está revelado, sabe que Dios dará a conocer Su parecer a Sus siervos que andan con Él. Insistiríamos aquí en que la fe no es un razonamiento lógico que de algún modo deba obligar a Dios a obrar conforme a Sus promesas. Es más bien la actitud confiada del hijo que honra a su Padre, que cuenta con Su amor para verle cumplir Sus promesas, y que sabe que Él es fiel para comunicar al cuerpo tanto como al alma la nueva fuerza que fluye de la redención, hasta que llegue el momento de la partida.

Página 1 / 1 · 4 min restantes en el capítulo