La Sanidad Divina
Disciplina y santificación

Capítulo 12 · 5 min de lectura

Disciplina y santificación

«Dios nos disciplina para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad» (Heb. 12:10). «Si alguno... se limpia..., será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra» (2 Tim. 2:21).

Santificar algo es apartarlo, consagrarlo, a Dios y a su servicio. El templo de Jerusalén era santo, es decir, estaba consagrado, dedicado a Dios para que le sirviera como morada. Los utensilios del templo eran santos, porque estaban dedicados al servicio del templo; los sacerdotes eran santos, escogidos para servir a Dios y dispuestos a trabajar para Él. Del mismo modo, el cristiano también debe ser santificado, a disposición del Señor, «dispuesto para toda buena obra».

Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, el Señor lo reclamó para su servicio como pueblo santo. «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva» (Éx. 7:16), dijo a Faraón. Libres de su dura esclavitud, los hijos de Israel estaban obligados a entrar de inmediato en el servicio de Dios y a convertirse en sus siervos dichosos. Su liberación fue el camino que condujo a su santificación.

También en este día, Dios está formando para sí un pueblo santo, y es para que formemos parte de él que Jesús nos hace libres. Él «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2:14). Es el Señor quien rompe las cadenas con que Satanás querría tenernos en esclavitud. Él nos quiere libres, enteramente libres para servirle. Él quiere salvarnos, librar tanto el alma como el cuerpo, para que cada uno de los miembros del cuerpo le sea consagrado y puesto sin reserva a su disposición.

Un gran número de cristianos no comprende todavía todo esto; no saben asimilar que el propósito de su liberación es que sean santificados, preparados para servir a su Dios. Emplean su vida y sus miembros para procurar su propia satisfacción; por consiguiente, no se sienten en libertad de pedir sanidad con fe. Es, pues, para disciplinarlos —para llevarlos a desear la santificación— que el Señor permite que Satanás les inflija enfermedad y por ella los mantenga encadenados y prisioneros (Lc. 13:11, 16). Dios nos disciplina «para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad», y para que seamos santificados, «útiles al Señor» (Heb. 12:10; 2 Tim. 2:21).

La disciplina que inflige la enfermedad trae consigo grandes bendiciones. Es un llamado al enfermo a reflexionar; lo lleva a ver que Dios se ocupa de él y procura mostrarle qué es lo que todavía lo separa de sí. Dios le habla, lo llama a examinar sus caminos, a reconocer que le ha faltado santidad y que el propósito del castigo es hacerlo partícipe de su santidad. Despierta en él el deseo de ser iluminado por el Espíritu Santo hasta los rincones más íntimos de su corazón, para que pueda formarse una idea clara de lo que ha sido su vida hasta el presente: una vida de propia voluntad, muy distinta de la vida santa que Dios le exige. Lo lleva a confesar sus pecados, a encomendarlos al Señor Jesús, a creer que el Salvador puede librarlo de ellos. Lo insta a entregarse a Él, a consagrarle su vida, a morir a sí mismo para que pueda vivir para Dios.

La santificación no es algo que usted pueda realizar por sí mismo; ni siquiera puede ser producida por Dios en usted como algo que pueda poseer y contemplar en sí mismo. No; es el Espíritu Santo, el Espíritu de santidad, el único que puede comunicarle su santidad y renovarla continuamente. Por eso, es por la fe que usted puede llegar a ser «participante de su santidad». Habiendo comprendido que Jesús le ha sido hecho por Dios santificación (1 Cor. 1:30), y que es obra del Espíritu Santo impartirle su santidad, la cual se manifestó en su vida en la tierra, entréguese a Él por la fe para que le capacite a vivir esa vida de hora en hora. Crea que el Señor, por su Espíritu, le conducirá a esta vida de santidad y de consagración al servicio de Dios, y le mantendrá en ella. Viva así en la obediencia de la fe, siempre atento a su voz y a la guía de su Espíritu.

Desde el momento en que esta disciplina paternal ha llevado al enfermo a una vida de santidad, Dios ha alcanzado su propósito, y sanará a quien lo pida con fe. Nuestros padres terrenales «por pocos días nos disciplinaban... Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados» (Heb. 12:10, 11). Sí, es cuando el creyente experimenta este fruto apacible de justicia que se halla en condición de ser librado del castigo.

Oh, es porque los creyentes comprenden todavía tan poco que la santificación significa una consagración entera a Dios que no pueden creer de veras que la sanidad seguirá pronto a la santificación del enfermo. Con demasiada frecuencia, la buena salud es para ellos solo un asunto de comodidad y disfrute personal del cual pueden disponer a su antojo; pero Dios no puede así servir a su egoísmo. Si comprendieran mejor que Dios exige de sus hijos que sean «santificados y útiles al Señor», no se sorprenderían de verle dar sanidad y fuerzas renovadas a quienes han aprendido a poner todos sus miembros a su disposición, dispuestos a ser santificados y empleados en su servicio por el Espíritu Santo. El Espíritu de sanidad es también el Espíritu de santificación.

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