La Sanidad Divina
No considere su cuerpo

Capítulo 11 · 4 min de lectura

No considere su cuerpo

Romanos 4:19—21 Cuando Dios prometió dar a Abraham un hijo, el patriarca jamás habría podido creer en esta promesa si hubiera considerado su propio cuerpo, ya envejecido y gastado. Sin embargo, no quería ver sino a Dios y a Su promesa, el poder y la fidelidad de Dios que le garantizaba el cumplimiento de Su promesa.

Esto nos permite captar toda la diferencia que hay entre la sanidad que se espera de los remedios terrenales y la sanidad que se busca solamente en Dios. Cuando recurrimos a los remedios para sanar, toda la atención del enfermo está puesta en el cuerpo, considerando el cuerpo, mientras que la sanidad divina nos llama a apartar nuestra atención del cuerpo, y a entregarnos, alma y cuerpo, al cuidado del Señor, ocupándonos solamente de Él.

Esta verdad nos permite igualmente ver la diferencia entre la enfermedad conservada para bendición y la sanidad recibida del Señor. Algunos temen tomar la promesa de Santiago 5 en su sentido literal, porque dicen que la enfermedad es más provechosa para el alma que la salud. Es cierto que, en el caso de la sanidad obtenida por remedios terrenales, muchas personas serían más bendecidas permaneciendo enfermas que recobrando la salud; pero es muy distinto cuando la sanidad viene directamente de la mano de Dios. Para recibir la sanidad divina, el pecado debe ser tan verdaderamente confesado y renunciado, uno debe estar tan completamente entregado al Señor, el yo debe estar tan realmente rendido para quedar por entero en Sus manos, y de tal manera se debe contar con la voluntad de Jesús de hacerse cargo del cuerpo, que la sanidad llega a ser el comienzo de una nueva vida de comunión íntima con el Señor.

Así aprendemos a entregarle enteramente el cuidado de la salud, y la más pequeña señal del regreso del mal se considera como una advertencia para no considerar nuestro cuerpo, sino para ocuparnos solamente del Señor.

¡Qué contraste presenta esto con la mayor parte de los enfermos que buscan la sanidad en los remedios! Si unos pocos de ellos han sido santificados por la enfermedad, habiendo aprendido a perderse de vista a sí mismos, ¡cuántos más hay que son arrastrados por la enfermedad misma a ocuparse constantemente de sí mismos y del estado de su cuerpo! ¡Qué cuidado infinito ponen en observar el menor síntoma, favorable o desfavorable! ¡Qué preocupación tan constante es para ellos su comer y su beber, la ansiedad por evitar esto o aquello! ¡Cuánto se ocupan de lo que consideran que los demás les deben, de si se piensa suficientemente en ellos, de si se los cuida bastante bien, de si se los visita con la frecuencia debida! ¡Cuánto tiempo se dedica así a considerar el cuerpo y lo que exige, en lugar del Señor y de las relaciones que Él busca establecer con sus almas! ¡Oh, cuántos son los que, por causa de la enfermedad, se ocupan casi exclusivamente de sí mismos!

Todo esto es totalmente distinto cuando la sanidad se busca por la fe en el Dios de amor. Entonces lo primero que hay que aprender es esto: deje de inquietarse por el estado de su cuerpo; usted lo ha confiado al Señor, y Él ha tomado la responsabilidad. Si usted no ve enseguida una rápida mejoría, sino que, por el contrario, los síntomas parecen más graves, recuerde que ha entrado en un camino de fe, y que por lo tanto no debe considerar el cuerpo, sino aferrarse solamente al Dios vivo. El mandamiento de Cristo, «No os afanéis . . . por vuestro cuerpo» (Mateo 6:25, R.V.), aparece aquí con una nueva luz. Cuando Dios llamó a Abraham a no considerar su propio cuerpo, fue para llamarlo al mayor ejercicio de fe que pudiera haber, para que aprendiera a ver solamente a Dios y a Su promesa. Sostenido por su fe, dio gloria a Dios, convencido de que Dios haría lo que había prometido. La sanidad divina es un lazo maravilloso para unirnos al Señor. Al principio uno puede temer creer que el Señor extenderá Su mano poderosa y tocará el cuerpo; pero al estudiar la Palabra de Dios el alma cobra ánimo y confianza. Por fin uno se decide, diciendo: Entrego mi cuerpo en las manos de Dios, y le dejo a Él el cuidado de él. Entonces el cuerpo y sus sensaciones se pierden de vista, y solamente el Señor y Su promesa están a la vista.

Querido lector, ¿entrará usted también en este camino de fe, muy superior al que se acostumbra llamar natural? Ande en los pasos de Abraham. Aprenda de él a no considerar su propio cuerpo, y a no dudar por incredulidad. Considerar el cuerpo da a luz dudas, mientras que aferrarse a la promesa de Dios y ocuparse solamente de Él da entrada al camino de la fe, el camino de la sanidad divina, que glorifica a Dios.

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