Capítulo 10 · 4 min de lectura
El Señor para el cuerpo
1 Corintios 6:13 Hay reciprocidad en las relaciones de Dios con el hombre. Lo que Dios ha sido para mí, yo debo ser, a mi vez, para Él. Y lo que yo soy para Él, Él desea volver a ser para mí. Si, en Su amor, Él se entrega plenamente a mí, es para que yo, amorosamente, pueda entregarme plenamente a Él. En la medida en que, más o menos realmente, le entrego todo mi ser, en esa misma medida Él se entrega también más realmente a mí. Así Dios lleva al creyente a comprender que esta entrega de Sí mismo abarca el cuerpo, y cuanto más da testimonio nuestra vida de que el cuerpo es para el Señor, tanto más experimentamos también que el Señor es para el cuerpo. Al decir «El cuerpo es para el Señor», expresamos el deseo de considerar nuestro cuerpo como enteramente consagrado, ofrecido en sacrificio al Señor y santificado por Él. Al decir «El Señor es para el cuerpo», expresamos la preciosa certeza de que nuestra ofrenda ha sido aceptada, y de que, por Su Espíritu, el Señor impartirá a nuestro cuerpo Su propia fuerza y santidad, y que en adelante Él nos fortalecerá y nos guardará.
Esto es cuestión de fe. Nuestro cuerpo es material, débil, endeble, pecaminoso, mortal. Por eso resulta difícil captar de una vez todo el alcance de las palabras «El Señor es para el cuerpo». Es la Palabra de Dios la que nos explica cómo asimilarlo. El cuerpo fue creado por el Señor y para el Señor. Jesús tomó sobre Sí un cuerpo terrenal. En Su cuerpo llevó nuestros pecados en la cruz, y con ello libró a nuestro cuerpo del poder del pecado. En Cristo el cuerpo ha sido resucitado y sentado en el trono de Dios. El cuerpo es la morada del Espíritu Santo; está llamado a la eterna comunión en la gloria del cielo. Por tanto, con certeza, y en un sentido amplio y universal, podemos decir: «Sí, el Señor Jesús, nuestro Salvador, es para el cuerpo». Esta verdad tiene muchas aplicaciones. En primer lugar, es una gran ayuda para la santidad práctica. Más de un pecado deriva su fuerza de alguna tendencia física. El borracho convertido siente horror por las bebidas embriagantes, pero, no obstante, sus apetitos son a veces un lazo para él, y alcanzan la victoria sobre sus nuevas convicciones. Sin embargo, si en el conflicto entrega su cuerpo con confianza al Señor, todo apetito físico, todo deseo de beber será vencido. Nuestro temperamento también resulta a menudo de nuestra constitución física. Un sistema nervioso e irritable produce palabras que son ásperas, duras y faltas de amor. Pero sea llevado al Señor el cuerpo con esta tendencia física, y pronto se experimentará que el Espíritu Santo puede mortificar los arranques de impaciencia, y santificar el cuerpo, tornándolo irreprensible.
Estas palabras, «El Señor es para el cuerpo», se aplican también a la fuerza física que el servicio del Señor nos exige. Cuando David clama: «Dios es el que me ciñe de fuerza», se refiere a la fuerza física, pues añade: «Él hace mis pies como de ciervas... mis brazos pueden entesar un arco de bronce» (Sal. 18:33, 34, R.V.). De nuevo, en estas palabras: «El Señor es la fortaleza de mi vida» (Sal. 27:1), no se refiere solamente al hombre espiritual, sino al hombre entero. Muchos creyentes han experimentado que la promesa «Los que esperan á Jehová tendrán nuevas fuerzas» (Is. 40:31) toca el cuerpo, y que el Espíritu Santo aumenta la fuerza física.
Pero es especialmente en la sanidad divina donde vemos la verdad de estas palabras: «El Señor es para el cuerpo». Sí, Jesús, el soberano y misericordioso Sanador, está siempre dispuesto a salvar y a sanar. Había en Suiza, hace algunos años, una joven con tuberculosis y cercana a la muerte. El médico le había aconsejado un clima más suave, pero ella estaba demasiado débil para emprender el viaje. Supo que Jesús es el Sanador de los enfermos. Creyó la buena nueva, y una noche, mientras meditaba en este asunto, le pareció que el cuerpo del Señor se acercaba a ella, y que debía tomar estas palabras literalmente: «Su cuerpo por nuestro cuerpo». Desde ese momento comenzó a mejorar. Algún tiempo después comenzó a dirigir lecturas bíblicas, y más adelante llegó a ser una obrera celosa y muy bendecida para el Señor entre las mujeres. Había aprendido a comprender que el Señor es para el cuerpo.
Querido enfermo, el Señor le ha mostrado por la enfermedad qué poder tiene el pecado sobre el cuerpo. Por su sanidad, Él quiere mostrarle también el poder de la redención del cuerpo. Le llama a mostrar lo que hasta ahora no había comprendido: que «el cuerpo es para el Señor». Por tanto, entréguele su cuerpo. Entrégueselo con su enfermedad y con el pecado, que es la fuente original de la enfermedad. Crea siempre que el Señor se ha hecho cargo de este cuerpo, y Él manifestará con poder que verdaderamente es el Señor, que es para el cuerpo. El Señor, que tomó Él mismo sobre Sí un cuerpo aquí en la tierra y lo regeneró, desde el cielo más alto, donde ahora está, revestido de Su cuerpo glorificado, nos envía Su fuerza divina, queriendo así manifestar Su poder en nuestro cuerpo.
Capítulo 10 completado
El Señor para el cuerpo